El impresor

Buchdruck-15-jahrhundert_1—Hombre, don Florentino —León extendió las manos pidiendo calma—, no tiene por qué ser tan categórico ¿Cómo se le ocurre que les voy a denunciar? No pienso decir nada a nadie de lo que me han dicho y de lo que he visto, que en realidad no ha sido nada…

—No, si no vamos a poner en duda su palabra —don Florentino tomó la suya en nombre de todos—, pero ¿no ve que lo necesitamos? ¡Son actos humanitarios, por Dios!

A León Aguirre, hombre joven y enérgico, no le importaba el riesgo, pero no soportaba entrar en contradicción con quien pensaba que era. No le iba a resultar fácil pasar de defender a la patria, por mucho que ésta se le fuera derrumbando, a conspirar contra ella; tenía una vida, una biografía corta aún, familia, amigos, creencias, hasta ahora; tampoco estaba poseído de esa inspiración que lo hace a uno caer del caballo para abrazar una nueva fe. El silencio se prolongaba y todos lo miraban expectantes.

—Además no creo que baste con mi pericia, habrá que disponer de papel, timbres, sellos, tintas… todo eso.

A los presentes se les iluminaron los semblantes, que no eran capaces de contener el contento que les daba el giro de la conversación.

—De eso no hay que preocuparse —dijo don Armando con suavidad y cautela—; de eso hay quien se encarga.

Todo sea por Carmen, pensó León, que al tiempo se dijo que, ya que se tiraba, lo mejor era hacerlo de una vez, y de cabeza.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó.

No por deseada la determinación de León Aguirre dejó de sorprender a los allí reunidos. Don Florentino, en nombre de todos, le dio un abrazo solemne y de bienvenida, como si fuera el nuevo miembro de una secta que lo hubiera recibido; reclutado, pensó León en su fuero interno.

—Hombre, ahora mismo no nos vamos a poner, aquí no operamos, aquí jugamos al mus. Así que vamos a jugar. Siéntese y aprenda.

A la vuelta, paseando hacia la Gran vía, dijo don Florentino:

—Le invito a cenar, y de paso hablamos con libertad: algo tendrá que decirme —y tomaron camino de la calle Infantas.

Don Florentino pasó por el gabinete de su madre, donde ésta dormitaba al son del run run del aparato de radio. Trini, a su lado, tejía lo que sería una rebeca. Don Florentino le pidió que les preparara una tortilla, de las tuyas, dijo con zalamería, y vino, una botella de rioja, de las que tengo guardadas. Trini sonrió y dijo que así haría.

Cumplimentada la madre y encargada la cena, se acomodaron en el gabinete de don Florentino, quien abrió un pequeño armario con puertas de cristalera esmerilada y sacó una caja de ‘Tabacos de Filipinas’, ofreció a León un cigarro y tomó otro para él.

—Tú primero —dijo el anfitrión— y ofreció a León el cortaperillas y los fósforos. A León no le pasó desapercibido el tuteo.

Encendieron los cigarros y pronto el ambiente, cerrado de por sí, se llenó de volutas de humo y aroma de tabaco un poco seco. Se hizo uno de esos silencios previos a una conversación buscada, y lo rompió don Florentino, justo en el instante en que León iba a señalarle la incomodidad que había sentido en la librería.

—Fíjate si confío en ti que he dado pie a que conocieras a más gente de la que debieras; en estos asuntos cuanto menos se sepa o conozca, mejor: mejor para todos y mejor para ti. Eso que ahora, con la victoria aliada, Europa se estabilizará y calmará: ya no habrá que sacar a nadie porque todo cambiará también en España. Buena sería nuestra inactividad, aunque nunca falta gente perseguida y por lo tanto necesitada de ayuda, pero eso, si fuera preciso, lo haríamos al descubierto, o de tapadillo y no de forma clandestina, sin necesidad de correr estos riesgos, en todo caso. Eso querría decir, no te lo oculto, que este ominoso régimen, con su general al frente, habría caído.

—Si me permite —objetó León Aguirre—, le diré que eso no va a ser tan fácil. No creo que Franco quiera dejar el poder; además, y usted lo sabe, cuenta con el apoyo y temor de todo el Ejército, más una parte nada despreciable de la población. No, no creo que esto se disuelva como un azucarillo o caiga como un castillo de naipes; lo sabre yo.

León se dio un respiro para proseguir, cambiar de tema y expresar sus quejas, cuando don Florentino le ganó por la mano, y cambió asimismo de tema con una pregunta:

—¿Qué te ha parecido don Armando? —A León le chocó una pregunta a la que tenía que responder sin que pareciera llegado el momento de expresar y ejercer, al menos, su derecho al pataleo, porque le parecía, y así quería decirlo, que no había sido propio del don Florentino que él conocía la encerrona a que lo había sometido, y eso no quería dejarlo en el tintero.

—No sé bien —contestó León—. Si he de decir algo, me ha parecido un hombre correcto, los otros también. Se lo ve triste. Aventuro que no le ha ido bien, supongo que con la guerra y lo que ha venido después —en ese punto pensó, pero no lo dijo, qué habría pasado si el resultado hubiera sido el contrario, si quienes hubieran ganado hubieran sido los rojos, como se decía entonces, pero prefirió no abrir ese debate—. Diría que vive solo, quizá en una pensión, o con alguien que le da pocas alegrías. No veo que sea como usted ni mucho menos, dicho sea con todo respeto.

—Hombre, para no saber, algo has dicho —don Florentino inhaló una profunda calada y siguió hablando al tiempo que expulsaba el humo por la nariz—. Don Armando Centenera, antes de la guerra, quiso seguir la suerte de don Gregorio Pueyo, con quien había trabajado y aprendido el oficio, cuando era muy joven, don Armando, naturalmente, y continuó con la viuda e hijos hasta que decidió establecerse por su cuenta; y no le fue mal al principio. Pueyo tenía bien atados a sus autores, supo sacar adelante un negocio que se nutría de los buenos y reconocidos, a quienes publicaba obras menores en ediciones baratas, y eso mismo quiso hacer don Armando, y no creas que no tuvo vista, porque fue recogiendo obras de géneros ínfimos y mal considerados: género chico, género ínfimo, poesías ripiosas, novelas lacrimógenas y de aventuras, auténticos folletines, todo ello muy popular. A mí, por qué no decirlo, algo me publicó.

»Pero vino la guerra y aquí, en Madrid, resistimos, como bien sabes. Don Armando, como los demás, imprimía y publicaba todo lo que le daban; otra cosa era cobrar en efectivo, cosa que no siempre sucedía. A medida que avanzaba el conflicto y el asedio se hacía más angustioso, muchos trabajos los cobraba en pagarés, o simplemente hojas manuscritas, firmados por quien iba a hacer el encargo; a veces también le pagaban con vales que canjeaba por patatas, pan, garbanzos, lentejas, tabaco… Como las cartillas de racionamiento actuales, pero en ese caso el vale le servía como moneda.

»Entraron los nacionales y le pasó lo que a mí: alguien respondió por él y le respetaron la vida, aunque él tuvo que pasar año y medio en diferentes cárceles, finalmente en Porlier, pendiente de un juicio que nunca llegó, creo que por suerte. Lo soltaron y se vio con un taller inutilizado e inservible, y además inhabilitado para ejercer su profesión y negocio. De los dos hijos que tenía nunca volvió a saber, y Aurora, su mujer, murió, diría que de pena. Vive con una hermana mayor que él, soltera, que lo cuida y lo lleva con la limpieza y el decoro que siempre mereció.

Sobre la imagen: Imprenta francesa del siglo XVI. Autor desconocido.

©Alfonso Cebrián Sánchez

Esta es una obra de ficción. Los hechos y personajes son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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