Vida y andanzas de Cosme Vidal. Segunda Parte

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Una reunión discreta

El Mercedes 600 franqueó la barrera y recorrió el paseo que, a través del espacio ajardinado, llevaba a la puerta del palacete. El conductor paró el vehículo, quitó el contacto y dejó las llaves puestas. Bajó del coche y con pasos pretendidamente elásticos, sin perder la tiesura, subió los escalones y se dirigió a la puerta principal. El empleado que había levantado la barra condujo el coche a la parte trasera del edificio y lo dejó a la sombra.

La puerta estaba abierta y no tuvo ningún problema a la hora de franquearla, como tampoco lo tuvo para subir las escaleras que lo llevaban a la planta superior y dirigirse directamente al despacho que ocupaba la pieza central de las situadas a la banda izquierda, en un largo pasillo que conducía hasta un gabinete acristalado situado al fondo del edificio. La puerta del despacho estaba abierta y de ese modo se podía ver a un hombre delgado y canoso que miraba a través de la ventana y fumaba parsimonioso un habano. El despacho estaba presidido por una pesada mesa de castaño a cuya espalda había dos amplios ventanales cuya luz y visibilidad tamizaban amplios visillos de encaje. Las paredes laterales a derecha e izquierda estaban revestidas con sendas librerías con puertas acristaladas que contenían en sus estanterías obras encuadernadas en piel, de aspecto antiguo. El hombre delgado y canoso estaba en mangas de camisa, de blanco inmaculado y gemelos en los puños. El pantalón era de un color azul muy oscuro con rayas blancas verticales casi imperceptibles, y lo sujetaba con tirantes de color granate, a juego con una corbata lisa del mismo color. El humo del habano, que sujetaba entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda, trazaba volutas azuladas que extendían por el despacho un aroma acogedor y antiguo. El hombre del Mercedes tocó levemente la puerta con los nudillos e inmediatamente recibió la invitación de pasar y a sentarse, cosa que hizo con entera confianza.

—Hay algo que tiene que hacer —dijo el hombre de los tirantes—ya sé que no es de su cometido habitual, pero es un asunto de excepcional importancia y por eso se lo encargo a usted, porque es el más indicado—añadió.

El visitante guardó silencio; lo que le comunicaban era lo más parecido a una orden, y por consiguiente no precisaba de contestación; y ese “algo”, a la fuerza, lo aclararía a lo largo de la conversación. El hombre de los tirantes prosiguió:

—Dentro de dos horas tiene una cita con una mujer —acto seguido, abandonó la ventana, se acercó a la mesa, se sentó, y largó a nuestro hombre un papel con una dirección escrita y unas llaves.

El hombre del Mercedes memorizaría la dirección y se desharía del papel; ahora faltaba que el otro le diera instrucciones. Siguió sin preguntar.

»La mujer se presentará como Manuela Freire, nombre que no tiene por qué ser auténtico; no tengo la descripción, jamás la he visto; y, no se ría, ya sé que parece de película, quizá muy infantil, pero funciona, le tendrá que decir una palabra clave, “caimán” es la palabra, y usted contestará “verde”. No tome notas ni pregunte; ella le dirá de parte de quién va y lo que quiere o propone; usted nos lo transmite, lo valoramos entre todos y le damos respuesta si procede.

»Otra cosa: observe su apariencia, sus gestos, ademanes, actitud, acento, seguridad o titubeos, alguna contradicción, todo lo que le llame la atención; para eso tenemos especialistas, pero tiene que ser usted, sólo usted puede tomar contacto con ella.

»Ah, le repito, espero que no se ofenda, pero le vuelvo a encarecer que el asunto es extremadamente delicado y por eso le pedimos a usted un cometido más propio de nuestros hombres, seguro que lo comprende.

»Y una cosa más. Llevará un coche discreto; Bargueño ya se lo ha preparado; el suyo llamaría la atención.

***

El barrio era de lo más tranquilo y la dirección llevaba a una casa baja, con pequeño jardín a la entrada, de las muchas que de forma irregular se extendían por aquella zona, rodeada de las piquetas de las grandes inmobiliarias. Nuestro hombre pensó que era un acierto usar una casa de ese tipo, libre de la curiosidad de los porteros, aunque no exenta de la de algún vecino; nuestro hombre pensó que reunirse con una mujer llevaría a un equívoco de lo más oportuno. Aparcó el coche, un Seat 127 blanco, descendió, oteó el horizonte y abrió la puertecilla exterior, que dejó juntada, abrió la puerta principal y se introdujo en la casa.

La casa era del tipo de las que llamaban hotelito y hoy decimos chalet, de dos plantas y un pequeño patio con jardín, toda ella pintada de blanco, tejado a dos aguas, y las ventanas protegidas del sol y las miradas exteriores por persianas mallorquinas pintadas de color verde. El jardinillo estaba cuidado y fresco.

Había que aparentar normalidad y por ello, una vez que nuestro hombre se había habituado a la oscuridad, abrió las ventanas de la planta baja para que entraran la luz y el aire. La pieza, conjunto de recibidor y salón, no presentaba particularidad alguna: un tresillo de falso cuero tapizado en verde, una mesita de madera en el centro, una lámpara de pie, una librería y un taquillón de estilo castellano. Frente a la entrada, dos puertas que daban a la cocina y al baño, y a la derecha, una escalera que conducía a las habitaciones de arriba. En la pared de la izquierda, sobre el sofá, había una pintura grande que representaba una escena campestre, una manada de ciervos abrevaba en las aguas de un lago azul; al fondo, altas montañas en diversos tonos de gris azulado; en las paredes, habían colgado diversos platos de cerámica, falsificaciones de Talavera y Manises. Nuestro hombre comprobó que en la casa no había detalle alguno que pudiera llamar la atención o delatara a los ocupantes. En el espacio que hacía de bar, descubrió una botella de Martini rojo, otra de Ginebra Larios, otra de brandy 103, otra de anís del Mono, y una de whisky Vat 69. Miró el reloj y comprobó que aún faltaban diez minutos para que llamaran a la puerta. La luz estaba conectada, entró en la cocina y abrió la nevera, que estaba enchufada y enfriaba; alguien había tenido el detalle de dejar unas cervezas Mahou. Se decidió por una. Abrió los cajones del mueble hasta que descubrió un abridor. En uno de los estantes encontró unos vasos razonablemente limpios. De las observaciones dedujo que alguien se encargaba del mantenimiento de la casa a la que llamó ‘piso franco’. Miró el reloj y éste marcaba las doce en punto, hora exacta en la que sonó el timbre.

Abrió la puerta y ante él vio a una mujer alta, de complexión fuerte, rubia, ojos azules, vestida con una camisola blanca, impecable, y un pantalón malva, acampanado. el bolso y los zapatos eran también blancos, con adornos y filigranas de color malva. «Caimán», dijo ella con una seriedad forzada con que sujetar la risa. «Verde», contestó él y le franqueó la entrada.

Nuestro hombre cerró la puerta tras de sí y se produjo un silencio después de haber pronunciado las palabras de contraseña. Ambos quedaron, uno frente al otro, en el centro del salón, como midiéndose, como si cada cual apreciara las características evidentes del otro. Así, ella ponderó la estatura de él, su condición de hombre de despacho la juzgó por el fino e impecable traje beis claro, la camisa blanca y la corbata de seda amarilla con filigranas. Apreció un gusto antiguo en los zapatos marrones calados, de rejilla, y tomó nota mental: hombre, moreno, pelo corto y ondulado, con grandes entradas, uno ochenta y cinco de estatura, bien pasados los cincuenta y algo entrado en carnes sin llegar a la obesidad; no parece un hombre de acción.

Antes de presentarse, ella hizo un pequeño recorrido por la sala, como si quisiera hacerse una idea del sitio donde estaba, posibles recorridos y salidas, y por dónde pudiera aparecer alguien inopinadamente, acto seguido volvió a la altura de nuestro hombre y se presentó.

—Me llamo Manuela Freire y este encuentro es de interés para altas instancias del Gobierno de mi país.

©Alfonso Cebrián Sánchez

Esta es una obra de ficción. Los hechos y personajes son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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