Al servicio de Su Majestad

foto-espia»En España está pasando algo y no sé si son ustedes conscientes. El giro de la política económica augura grandes cambios, y serán los universitarios de hoy quienes los protagonicen. Por eso le vamos a pedir algo…

La verdad es que lo que decía me sonaba a chino, pero intentaba disimular mi desconcierto.

… No se preocupe, dijo Mr. High, como si me hubiera leído el pensamiento, si es tan competente como dice Mr. Leon, en breve tiempo se pondrá al corriente y estará preparado para realizar el trabajo que le encomendamos…

“El trabajo que le encomendamos” ¿Qué trabajo?

… ¿Qué tendría que hacer?… Informarnos… ¿De qué?… No, no me mire así, no le vamos a pedir que haga de chivato, como dicen ustedes; simplemente queremos que observe, tome notas, sobre todo de profesores y alumnos que le parezcan notables, que tengan iniciativa, facilidad de palabra, influencia sobre los otros… eso es lo que queremos…

El señor High me empezaba a asustar ¿Qué les había dicho de mí don León? ¿Cuáles eran esas cualidades de las que yo no me había dado ni cuenta? Por si acaso, yo decía que sí maquinalmente, porque, en puridad, jamás me habían preocupado los asuntos de que me hablaba. Y si me preguntaban, ¿Qué tenía que contestar?

… Pero no se preocupe mi joven amigo; matricúlese y después con nosotros adquirirá las competencias para hacer bien el trabajo.

Mr. High acabó su parlamento y acto seguido invitó a los otros dos a completar la charla. Tomó la palabra don León. Dijo:

—Mire, señor Vidal —era la primera vez que se dirigía a mí de esa manera—, como podrá comprobar, nuestros amigos le ofrecen una oportunidad única: formación académica y quién sabe si trabajo bien pagado ¿A cambio de qué? De nada duro, difícil ni deshonroso. A nadie va a perjudicar que nuestros amigos tengan referencias para así conocer mejor a notables compatriotas nuestros; al contrario, bien llevado el asunto, a todos puede reportar beneficios. Puede usted decir que no, nadie le obligaría; pero, créame, perdería una oportunidad de las que se presentan una vez en la vida, y si se deja pasar un tren, etc. En fin, que ya está todo dicho.

Don León estuvo convincente y yo deseaba que me convencieran: la aventura y el provecho venían de la mano y las playas con cocoteros podían esperar. Finalizó Mr. Warren:

—No tengo mucho que añadir, joven amigo —dijo sin perder la sonrisa—. Simplemente dos cosas: la primera, puede usted no aceptar nuestra oferta; y la segunda, no tiene por qué contestar ahora, pero el próximo miércoles tienen que traer una respuesta. Si es positiva, inmediatamente comenzará su preparación…

Parecía haber terminado, dejó pasar unos segundos y, cuando observó que mi expresión y postura daban por terminado el discurso, añadió:

… Ah, y tiene que saber que de esto no puede hablar con nadie: padres, novias, amigos… ¡Nadie! Esta conversación no ha existido, Mr. Vidal.

Las expresiones y modos cardenalicios de aquellos dos hombres me desconcertaron de tal modo que era incapaz de pensar. Levanté tímidamente la mano, como cuando lo hacía en clase, en el colegio, para preguntar lo primero que se me ocurría para hacer ver que había comprendido, que me había enterado, pero Mr. High cortó cualquier intervención mía. Me dijo: «No, ahora no, Mr. Vidal; ahora, si es tan amable, baja y nos espera en el salón que tan bien conoce; Mr. Aguirre no tardará. Piense en lo que le acabamos de ofrecer».

La invitación a salir, lejos de incomodarme, fue un alivio para mí. Inmediatamente, sin que yo lo buscara, el ego se me hinchó de orgullo: unos filántropos ingleses se interesan por España y me eligen a mí, y mira si habrá candidatos, para buscar a los mejores hombres.

Esperaba a don León y hacía cábalas sobre mi nueva situación, porque pensaba decir que sí sin encomendarme a dios ni al diablo. En Madrid, solo, atendiendo a mis estudios y, suponía, con algo de dinero ¿Qué más se puede pedir?

Estaba abstraído con tales pensamientos, cuando se abrió la puerta y aparecieron los tres hombres. Don León me ordenó que lo esperara en el coche y, como siempre, de eso ya me había asegurado, intercambió con los dos ingleses unas señales apenas perceptibles y se despidieron.

En esta ocasión nos daba tiempo de sobra para volver a casa a la hora de comer, callejeó hasta llegar al Puente de Toledo y enfiló la salida de Madrid. Apenas hablamos.

A mitad de camino me preguntó:

—¿Qué, decidido ya, o todavía no?

—Ya lo tengo decidido, don León.

—¿Y qué?

—Que acepto, que me gusta la oferta.

—¿Te gusta? Pues te va a encantar, muchacho. Bienvenido al servicio de Su Majestad la Reina

2 respuestas a “Al servicio de Su Majestad”

  1. Gracias una vez más, Alfonso, por este momento de plácida lectura.
    Buen domingo y un gran abrazo.

    1. Gracias a ti, querida Isabel. Un fuerte abrazo y feliz semana.

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