Doña Carmen

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Al día siguiente acudí al trabajo con normalidad. Daba salida o mecanografiaba los documentos que generaba el despacho y que don León me asignaba. De su lectura adquiría conocimientos del mundo procesal, que, desde muy al principio, me parecieron galimatías retóricos cargados de fórmulas estereotipadas. Como dije, y si no, lo digo ahora, don León se dedicaba al derecho civil y mercantil, por ello rara vez se ocupaba de asuntos penales, que era el que me hubiera gustado trabajar llevado por mi afición novelesca, aunque todo ese mundo de transacciones, herencias y compromisos tenía su aquel.

A media mañana, don León salió del despacho y dijo que estaría en casa de don Fulgencio Rocamora, uno de sus mejores clientes. Nada más salir mi jefe, se presentó Paqui en el despacho y se puso a pasar el plumero al tiempo que, con una sonrisa burlona, canturreaba el estribillo de una canción que Gloria Lasso había puesto de moda. Dice así:

Anda chiquillo tira el cigarrillo y márchate a tu casa…

Yo estaba más que corrido y picado, así que me acerqué a ella y le pregunté:

—¿Eso va por mí?

—¿Por qué tiene que ir por ti? —el tono era de guasa.

—Porque conozco la canción —le dije con la respiración entrecortada.

—Y qué, chico, ¿no será por lo del otro día?

—¿Qué pasó el otro día?

—Que me da la impresión que te sentó mal que le subiera yo la compra a la señora.

—¿Por qué me tenía que sentar mal?

Paquita bajó la voz y se puso muy expresiva, como si quisiera hablar con la cara.

—Tú, chaval, crees que yo soy tonta, que no me fijo en cómo la miras. Pues te voy a decir una cosa que te tienes que meter aquí —Paquita puso el dedo índice muy recto sobre la cabeza—: en lo que yo esté en esta casa no pienso permitir que metas en un lío a mi señora ¿Tú sabes quién es doña Carmen?…

Y se contestó ella misma.

… doña Carmen es una artista, doña Carmen Rivas, una gran actriz que ha actuado en los mejores teatros, en las mejores compañías y ha representado las mejores obras de los mejores dramaturgos y cómicos, pero, mira tú por dónde, le dio por enamorarse y casarse con el señor ¿Tú sabes que empezó en la Nueva Escena, y siguió con Laura Pinillos, y con Paco Martínez Soria en el Fontalba y en el de la Zarzuela, y con María Francés, y con doña Lola Membrives cuando vino a Madrid a dar La Malquerida y le dio el papel de La Acacia? Y yo, desde que tenía trece años, siempre con ella… Había que verla con ese porte, con esa voz, tan elegante…

Al percatarse de mi interés continuó con emoción y camaradería.

… por la voz, por ser morena, por lo delgada, por la estatura, le daba la réplica a la primera actriz: era la otra, la mala, y yo creo que eso la perjudicó…

Paqui calló de pronto y volvió la mirada hacia la escalera; bajaba doña Carmen fumando un cigarrillo, muy arreglada, con el pelo recogido. Lucía un vestido camisero con falda de amplio vuelo, con estampado geométrico en blanco y negro, zapatos blancos con tacón de aguja y medias de cristal con costura. Apareció mi diosa, me quedé embobado y Paqui emitió un leve carraspeo. Preguntó por su marido y balbucí que había ido a visitar a un cliente.

—¿Don Fulgencio Rocamora? —preguntó.

Le dije que sí.

—Está bien, gracias —dijo sin apenas mirarme. De su boca salía una bocanada de humo que acentuaba su carácter divino.

«Ven conmigo», le dijo a Paqui y, sin decirme adiós, subió por la escalera perseguida por el anhelo de mi mirada.

¿Cómo se iba a ocupar de mí? Con Rosa había conocido las cualidades humanas, no esas a las que de forma sumaria cobijamos bajo el concepto genérico de humanismo; me refiero a la pasión, el deseo y el gozo; a la lujuria del cuerpo, al sabor de la piel, a su olor. Pero doña Carmen había bajado, ingrávida, la escalera, sin que pareciera que el movimiento fuera con ella ni el aire le pudiera mover el vestido ni alborotar el pelo ¿Era real en ese momento? ¡Qué distinta a la que días antes había jugado conmigo! Porque incluso el humo del cigarrillo contribuía a envolverla en un halo propio de su divinidad.

No habían pasado diez minutos cuando volvió Paqui.

—Vamos, si no te aviso se te cae la baba delante de la señora. Mira, chico, no te pongas en evidencia de esta manera que nos metes en un lío; deja de mirarla así, no vaya a darle por hacer una tontería y nos ponen a todos en la calle.

—¿Tú crees? —le pregunté.

—¿Qué tengo yo que creer?

—Que doña Carmen puede hacer una tontería.

—Mira, chico, en estas cosas nunca se sabe —A Paqui se le encendían los ojos, se le curvaban los labios, el pecho se le agitaba y me miraba de arriba abajo con descaro—; por más que no creo que pueda ver nada en ti ¡Pero si eres un crío!

¿Quería zaherirme? ¿Burlarse de mí? En realidad Paqui defendía lo suyo, porque, como supe después, doña Carmen había sido una actriz más que discreta que cumplía con los papeles que le daban, siempre de mala, como dijo Paqui, quien haría lo que fuera por su señora.

Los padres de Paqui eran gente de teatro, actores de una compañía ambulante, algo más que una farándula, de los que iban de feria en feria como la gente del circo, y, como ellos, levantaban una carpa para actuar bajo cubierto. En la primavera de 1949, una noche de tormenta, cuando viajaban hacia una capital del Norte, en una curva volcó la precaria caravana en la que vivían, con tan mala suerte que murieron sus padres y ella salió ilesa de milagro. Doña Carmen, que por aquel entonces estaba en el Fontalba, una vez se supo del accidente, fue en busca de Paquita, se hizo cargo de ella, y la tomó a su servicio. La trató bien, le dio cariño, y Paqui se hizo la mejor costurera, doncella y asistente. La acompañaba siempre, tanto en Madrid como en los bolos. Paqui fue testigo de los amores de doña Carmen y don León. Cuando éstos se casaron, doña Carmen dejó el teatro y puso como condición que Paqui la acompañara.

—¿Nunca has pensado en dejarla, en vivir por tu cuenta? —le dije años más tarde.

—Nunca. Aunque sé que si alguna vez, por amor, por trabajo no, me tengo que ir, ella no me pondrá ningún impedimento.

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