Como en el cine

las-mejores-playas-de-la-indiaLa mayoría sueña con aventuras y unos pocos las viven, siempre que a la de vivir la llamemos rutina. Hay épocas sin sorpresas, cada día sigue al anterior dentro de lo previsible, pareciera que nada me pudiera suceder, salvo que estaba próximo mi cumpleaños, el de los ansiados dieciocho. No por ello los hados dejan de enredar: por fin recibimos carta de la prima Rosa. No parecía una carta normal, mi madre abrió con reparo un sobre muy fino, algo abultado, y se encontró con una tarjeta y unas hojas de papel de carta escritas por ambas caras. En la tarjeta, un tal Enrique Llorens Cantó y María Rosa Muñoz Carrasco nos comunicaban que contraían matrimonio y nos invitaban a asistir a la ceremonia y posterior banquete. La boda se celebraría en la ciudad de Alicante.

La carta se la dirigía a mi madre y en ella le decía que se había establecido en dicha ciudad, que vivía de alquiler en un barrio próximo al mercado donde había cogido el traspaso de una parada, que había puesto una verdulería frutería, y que no le iba nada mal. Preguntaba por nosotros en general y a mi madre le pedía que fuera la madrina. El novio era un viudo sin hijos, que tenía una casa de comidas próxima al mercado. También decía que los domingos iba a la playa y se bañaba en el mar. Mis padres se pusieron muy contentos y decidieron que fuéramos los cinco. Yo me negué.

Por amor propio no quise ir a la boda. Se casaba con un viudo, seguro que mayor, y se olvidaba de mí. Y, claro, llenó de contento a mis padres y de estupor a mis hermanas, que no comprendían mi negativa. Así que, por unos días, me quedé como dueño y señor de mi casa sin tener que ocuparme de nada, para eso estaban mis tías con quienes me turné para las comidas. En cuanto a las noches, disfruté de la soledad. Y me gustó.

En la soledad de la casa, de mi dormitorio, evocaba a Rosa con despecho y lujuria, revivía nuestra breve e intensa relación, sufría el mazazo de su boda, el vacío de su ausencia. La echaba de menos, a ella y a su cuerpo, y, por muy triste que estuviera, la naturaleza juvenil tiene tales exigencias, que sentía las imperiosas urgencias del amor y el sexo; a la necesidad de Rosa se unía el deseo enfermizo de doña Carmen.

Pasada una semana, mis padres y hermanas volvieron rojos como gambas. Contaban maravillas de aquella tierra, del mar, y de la suerte que había tenido la prima Rosa. Y yo pensaba: menuda suerte, sin mí, la huerta y el río, todo el día en el mercado, y encima con un viudo, seguro que viejo y achacoso. Sin hacer nada por evitarlos, me asaltaban los peores pensamientos: deseaba que fuera muy desgraciada, que no pasara día en que no sintiera mi pérdida. Acto seguido, aquel delirio me avergonzaba ¿Por qué ha de ser desgraciada? ¿No se te va a ti la cabeza detrás de doña Carmen?, me decía.

El contento y satisfacción de mis padres llenaron mi corazón de rabia: no quise seguir escuchando, cogí la gabardina y me fui a la calle. Encendí un cigarrillo y a la espalda sentí los pasos de mi padre.

—¿Quieres una cerveza? Venga, te convido —me dijo, y me tomó del brazo para darme un leve empujón cómplice.

Entramos en la taberna. En ella, cuando era niño, de la mano de mi padre, había visto con asombro al Hombre de goma, un contorsionista que anudaba su cuerpo con brazos y piernas y lo flexionaba de forma inverosímil. El hombre, después de actuar, pasaba la gorra y se iba con la música a otra parte. Era la taberna del tío Braulio. El tío Braulio tenía la cara ancha, con un lobanillo en la frente, otro en la mejilla y otro en la barbilla; se cubría con una boina pequeña. En su faz mostraba todos los tonos del rojo, que no por eso hacían honor a sus caldos, pues lo recuerdo como un hombre sobrio y afable, cuya afición, según los circunstantes, no pasaba de aguar el vino, broma que lo ponía de mal humor y por eso, precisamente, no dejaban de mortificarlo. Mi padre pidió un chato de blanco para él y una cerveza para mí.

—Ha sido lo mejor —me dijo mirándome a los ojos.

No sé qué vio en los míos, porque le sostuve la mirada. Prosiguió:

—Para ella y para ti; ella está muy bien establecida y acompañada por un buen hombre; tú tienes toda la vida por delante y parece que el abogado está contento contigo; yo, desde luego, sí.

Ante mi gesto interrogativo, continuó:

—Sí, hijo. Hubiera preferido otra cosa, bien lo sabe Dios. Que hubieras continuado en el colegio, acabado los estudios y conseguido una buena colocación; pero, lo reconozco, le estás echando un par, tú me entiendes: sigues con los estudios y encima trabajas… El resto, lo de Rosa, se te pasará, conocerás a una chica, os casaréis y me traeréis nietos… Ya lo verás.

Tomé un sorbo de cerveza y saqué cigarrillos, Winston, rubio americano. Le ofrecí a mi padre y cogió uno. El aroma del tabaco rubio se extendió por la taberna y tuve que repartir.

A mi padre no le dije que mi último deseo era el de casarme, como tampoco entraba en mis proyectos echarme una novia que fuera la madre de mis hijos. Tampoco que el trabajo donde el abogado, como él decía, tenía los días contados porque mi intención era marcharme al extranjero, hacerme apátrida, evitar la mili y llenar mi vida de aventuras. Porque, por otra parte, en mis ensoñaciones y quimeras, me fugaba con doña Carmen a un lugar con playa y cocoteros, donde mantendríamos una relación tórrida y natural, servidos por aborígenes sonrientes y felices, como en el cine.

©Alfonso Cebrián Sánchez

7 respuestas a “Como en el cine”

  1. La prima Rosa, al final, se casó y ahí sigue doña Carmen muy presente. Precioso relato. Gracias por compartir!!!!

    1. El joven Cosme, como todos, se debate entre la ‘realidad y el deseo’. Cuanto más a esos años en que todo cuenta. Gracias a ti, Marylia. Un abrazo.

  2. Gracias Alfonso, por compartir la belleza de sus letras.
    Buena semana.
    Elvira

    1. Gracias, Elvira, a ti también por las tuyas. Un abrazo.

      1. Muchas gracias, Alfonso.
        Eres muy gentil, otro abrazo.

  3. El pobre muchacho aún no sabe que el tiempo lo cura casi todo. Y que la vida trae muchas sorpresas y aventuras si sabes descubrirlas.
    Contenta de leerte, querido Alfonso.
    Un abrazo grande, grande.

    1. Él descubre e intenta descubrir, pero también las vueltas con las que no cuenta. Un placer enorme sentir tu mirada. Un abrazo muy fuerte, querida María.

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