El tío Luis

kubala-y-di-stefano-dos-leyendas-del-futbol-mundialCuando eres tan joven, aunque sea con la mejor intención, los mayores no paran de aconsejarte y meterse en tu vida sin que se lo hayas pedido. Una mañana de domingo, mi tío Luis, hermano menor de mi padre, lo suficientemente joven para permitirse conmigo ciertas bromas, aunque mayor para ser para mí una persona de respeto, no sé si a instancias suyas o de mi padre, me invitó a tomar el vermut. Me preguntó por asuntos banales y por la gente de la oficina. Le hablé de mi jefe y también de las mujeres que por allí andaban. Fue cuando adoptó un tono serio para decirme un adagio que yo desconocía, muy gráfico y muy extendido, según supe después. Al principio no le comprendí, pero pasada la sorpresa no me lo tuvo que explicar; al momento entendí que en la familia había adquirido cierta reputación y eso les preocupaba. Cambiamos de conversación y recurrimos al fútbol, Kubala o Di Stéfano, El Madrid o el Barcelona. Antes de despedirnos me dijo que tomara muy en serio su advertencia. Y con tono solemne: «Con esa gente puedes obtener ventajas, pero también te pueden joder la vida, y no sabes cómo».

No eché en saco roto el consejo de mi tío Luis, pero al mismo tiempo se avivó mi interés por doña Carmen. Si mi tío me hablaba tan en serio, quizá por habladurías y dada la fama que me habían otorgado, cabía la posibilidad de que me metiera en un lío y pensé que no haría nada por evitarlo.

Mi tío me habló del trabajo, del sustento, lo que me llevó a pensar que don León me anticipaba sueldos futuros cuando me hablaba del porvenir y de las oportunidades, pero en lo tocante al presente me pagaba lo mismo que el espadero, eso sí, con un horario más decente y un trabajo más limpio. Así que decidí darme a valer y le pedí un aumento de diez duros a la semana.

—¿Cómo me pides eso? Cincuenta pesetas me parece demasiado ¡Doscientas al mes!

—Es para tabaco y el cine, don León; lo que me da lo entrego en casa, que buena falta hace, y así me pago los estudios: he empezado a ir a un profesor.

—Ya, ya… ¿Por qué no te conformas con veinticinco?

Para mi suerte o desgracia, que todo tiene sus matices, apareció doña Carmen para decir:

—Anda, súbele al chico lo que pide, tampoco es tanto y ya va teniendo sus gastos.

Lo peor fue que acompañó a sus palabras con un ligero guiño que no sé si don León llegó a captar.

—Está bien, está bien, pero no te acostumbres —dijo.

Había conseguido el aumento y se agigantó mi zozobra. Doña Carmen había sacado la cara por mí y eso me quitaba el sueño.

©Alfonso Cebrián Sánchez

2 respuestas a “El tío Luis”

  1. Buen relato querido Alfonso. Un gran abrazo.

    1. Muchas gracias, querida Isabel. Vamos progresando con él. Un abrazo.

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