Una conversación

La-mujer-con-cabra-1927-516x550No me costó demasiado tiempo caer en la cuenta de lo monótona y aburrida que podía ser la vida en el taller, donde cualquier detalle, por insignificante que pareciera, no pasaba desapercibido, como los portentosos estornudos del maestro. Cuando esto ocurría, el oficial más veterano decía: «Veréis lo que tarda» ¿Qué tiene que tardar?, me pregunté yo la primera vez. Al momento aparecía en el patio la vecina de uno de los pisos de arriba, madura ella, tendía una prenda cualquiera en una cuerda lo más alejada de los humos y polvos del taller y se marchaba. A los pocos minutos, sin dar explicaciones, desaparecía el maestro. Entonces, entre risas, los oficiales decían: «Ya va». Me costó comprender la maniobra, entre otras cosas porque estaba convencido de que el amor y sus juegos era privativo de la gente de menos de cuarenta, por eso de que “de los cuarenta para arriba no te mojes la barriga”. Más tarde comprendí que aquel era uno de esos secretos que todo el mundo conoce, y que ellos quizá lo mantenían para así conseguir que todos hicieran como que no sabían.

Me dije que aquello no era para mí: solo, sin amigos, sin Isabelita y sobre todo sin Rosa, me tomé muy en serio salir detrás de ella, donde quiera que estuviera, y al tiempo buscar otras oportunidades, otros mundos más grandes y abiertos. Pero ¿Dónde ir? En mis sueños me proponía empezar por Barcelona, España al fin y al cabo. Mientras taladraba puños de florete, pensaba si Rosa se habría ido a trabajar a una fábrica donde me colocaría con ella. Pero sabía que la mayoría de las mujeres se iban a servir. Me costaba verla de criada, con uniforme y cofia; no, Rosa no había nacido para servir a nadie, tampoco para obrera; Rosa estaba bien en la huerta ¿Por qué se habrá ido?

—¿Por qué se ha ido la prima Rosa? —le pregunté a mi madre.

Se hizo la distraída y no me contestó.

Se lo pregunté a mis hermanas y me dijeron que no sabían. Y reían nerviosas por lo bajo.

Un día me armé de valor y me dije que estas cosas se aclaraban de hombre a hombre. Así que se lo pregunté a mi padre.

Me miró incrédulo, con ojos furibundos, se echó mano al cinto, pero se arrepintió porque, pienso hoy, se dio cuenta de que ya no era un crío. Lo había pillado en la calle, por la tarde. Habíamos regresado del trabajo, aseado un poco, y él salía un rato a la taberna, a echar una partida con otros tres; se jugaban un cuartillo de vino de Yepes.

Sacó tabaco, lio un cigarrillo, aspiró una profunda calada y me preguntó:

—¿Sabes por qué se fue? —se conoce que lo miré sin comprender— ¡Por tu culpa! ¿A quién se le ocurre?

Iba a preguntarle algo así como “¿Qué?”, cuando ya, con otro tono, me puso la mano en el cogote y repitió «A quién se le ocurre» … «¿Y ella? Con un crío, con el hijo de su prima. Podía haber tenido miramiento, pero claro…»

—¿Pero claro qué, padre, qué? —le pregunté cargado de razón.

—¿Qué va a ser, hijo, qué va a ser? Que si tenía tantas ganas ¡Que se hubiera sujetado! ¡Y tú también!

—¿De qué me tenía que sujetar, padre? —me pareció impertinente la pregunta, pero ya estaba hecha.

—¡De eso! ¿De qué va a ser? Os vieron. Haber tenido cuidado, pero ni eso.

Y como si hablara para sí mismo dijo: «Todos hemos sido jóvenes y eso aprieta mucho, pero os vieron, coño, os vieron…»

—¿Quién nos vio?

—¿Qué más da, hijo? Os vieron y se enteró todo el mundo.

—Pero no se tenía que haber ido ¡Yo la quiero!

—Ya lo sé, ya me lo imagino; y ella a ti, según parece y le dijo a tu madre, pero ¿Cómo se puede ser así?

—¿Cómo? —sentí que me crecía al tiempo que veía abatido a mi padre.

—Le dijo a tu madre que no había abusado de ti, que no tiene nada de nada malo que os hayáis querido, que no tiene de qué avergonzarse.

—Pero se ha ido y no tenía por qué —dije de forma amistosa.

—Pero ya lo tenía pensado, irse, quiero decir, eso fue lo que le dijo a tu madre.

—¿Sabes dónde está? —le pregunté pensando que había bajado la guardia.

—¿Para qué lo quieres saber?

—Para irme con ella.

—¿Tú estás loco?

—¿Por qué?

—¿Dónde vas con una mujer que te dobla la edad? ¿Por qué no lo dejas y te olvidas?

—Te he dicho que la quiero, y si no me lo dices, la buscaré.

—No sé dónde está; tu madre tampoco, de verdad. Soy tu padre y te lo podría impedir, ¿Dónde vas con tan pocos años?; pero no quiero que vivamos en un infierno. Te voy a decir cuatro cosas y te voy a dar un consejo.

No sé qué cara debí poner. Mi padre volvió a sacar tabaco y esta vez me dio papel para que liara mi cigarrillo.

—Supongo que sabes hacerlo, que fumarás —me dijo—; bueno, lo sé, menuda es tu madre; nada se escapa a su olfato ni a sus registros.

»No creo que se haya ido por las palabras que tuvo con tu madre, por los reproches; debe haber algo más. Primero lo de su padre y ahora tú. La gente no la dejaba en paz y muchos, no sé si me entiendes, se creían con el derecho…

Comprendí sus palabras y no me resultaba difícil entender que una mujer caía en el vilipendio por un amor mal escondido; yo mismo me había mordido la lengua más de una vez cuando sentía deseos irrefrenables de presumir con mis amigos.

»En la Plaza la dejaron de comprar y el tío Macario le hizo una buena oferta por la huerta y la casa. Lo suyo es que con el dinero haya puesto una tienda o algo así.

—¿Entonces no se ha ido a…?

—No lo sé, eso lo digo yo porque me parece lo más lógico.

—¿Y el consejo?

—El consejo, el consejo… Que yo creo que ella misma se quiso separar de ti, por tu madre, por la familia, por ti o por ella misma; puede que te tomara como un capricho, una tentación irresistible, qué sé yo. Déjate de la prima Rosa, tienes toda la vida por delante. Pero qué coño, no eres más que un mocoso ¡Déjate de la prima Rosa y vuelve a estudiar, eso es lo que tienes que hacer!

Quizá fuera por el tono, porque por un momento me habló como al hombre en que yo me tenía, el caso es que llegué a comprender que me llamara mocoso ¿Qué podía ser para él? Además, descubrí al hombre que no se conformaba con mandar sobre mí, que intentaba ponerse en mi lugar. No diré, al cabo de tanto tiempo, que comprendí a mi padre en todos los sentidos, pero puedo afirmar que sentí el peso de su autoridad, que lo que decía no era una simple imposición de mayores. Hoy concluyo que para él no era fácil ¿Cómo compaginar una cosa con otra? Hoy me parece que trataba de hacerme desistir por la buenas y que, por otra parte, entendía mis razones, por pueriles que le parecieran.

Sobre la imagen: Maruja Mallo, La mujer con cabra, 1927

©Alfonso Cebrián Sánchez

5 respuestas a “Una conversación”

  1. Magnífico relato. Gracias por compartir y también por dar visibilidad a Maruja Mallo, una gran pintora de la generación del 27 y muy desconocida por el hecho de ser mujer. En aquella época eran invisibles. Saludos!!!!

    1. Gracias marylia. Sin embargo creo que en su época, en el contexto de la Residencia de Estudiantes y la de Señoritas, y en el ambiente intelectual de un Madrid republicano, iban, las mujeres, ganando terreno. Eso sí, después de tanto silencio, cuesta entender que no gocen en las antologías, ediciones y planes de estudio, de la misma consideración que los hombres. Así que no hay que parar. Un saludo.

    1. Muchas gracias por tu lectura, y por esta valoración tan cariñosa. Un abrazo, Isabel.

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