Isabelita, 2

auguste_renoir_seashoreMe había limpiado los zapatos y arreglado como de domingo; me había afeitado los cuatro pelos de una barba incipiente para después bañarme la cara con el Varon Dandy de mi padre. Mi madre me dijo burlona: «Dónde andarás tú», para añadir: «Ni se te ocurra venir tarde». Mis hermanas me miraban con admiración, como si pensaran que no tardando mucho habría un muchacho que se limpiaría los zapatos y acicalaría para ellas.

Aquella tarde llovía. Isabelita acudió a las ocho menos veinte con impermeable y paraguas. Yo esperaba resguardado en un portal. Esos diez minutos se me hicieron eternos; el corazón se me llenó de dudas; Isabelita me saludó con una alegre sonrisa y me preguntó dónde íbamos.

¿Dónde íbamos con quince años? A pasear por las calles mojadas hasta alcanzar los soportales donde a esa hora la juventud se protegía de la lluvia. Isabelita iba muy linda y arreglada debajo del impermeable rosa, transparente. Me fijé en que se había iluminado los párpados, se había dado rímel en las pestañas y se había pintado levemente los labios con un tono rosa, pero yo, que me había acicalado para ella, no pensé que lo hubiera hecho por mí; tampoco supe interpretar el hecho de que se hubiera calzado unos zapatitos de tacón no demasiado alto sobre los que le costaba mantener el equilibrio, que recuperaba cogiéndose de mi brazo, y que las medias de cristal apenas se ceñían en sus delgadas pantorrillas. Yo, fiel a las enseñanzas de Energía y Pureza, librillo muy en boga en los internados, y a los consejos del confesor, miraba a Isabelita como si de un templo de castidad se tratara y, como me había enamorado de ella, para mí era intocable, tanto, que no me atreví a decirle lo mucho que me gustaba, mucho menos que la quería, y ni siquiera fui capaz de pedirle un beso. De esa guisa, charlando de niñerías y completamente ajeno a las pequeñas coqueterías que Isabelita se traía conmigo, de las que he caído en la cuenta con el paso del tiempo, consumí saliendo con ella los días de mis vacaciones.

Ya en el internado, intercambiamos cartas: ella utilizaba el nombre de mi hermana mayor para saltar la censura y yo se las mandaba a casa de la amiga, cuyos padres parecían ser más tolerantes que los suyos. En ellas me decía que me echaba de menos; yo también a ella. Recibí una con un beso estampado con pintalabios y pensé en los que no le había pedido y le daría en cuanto volviera a verla. Pero las cartas se fueron espaciando, así como las palabras, hasta que dejó de escribirme.

En verano, cuando volví de vacaciones, supe que se había echado un novio cuatro años mayor. Seguro que él le dio el amor que esperaba y yo no le supe dar. Por lo demás, me consta que Isabelita se casó con él y que fueron todo lo felices que se puede ser en esta vida. Yo, por mi parte, aprendí de forma dolorosa, sobre todo en edad tan tierna, que hay respetos de lo más decente que no te enseñan los libros, y mucho menos la obrilla de Monseñor Tihamer Toth.

Sobre la imagen: Auguste Renoir, Por la orilla del mar (1883)

©Alfonso Cebrián Sánchez

7 respuestas a “Isabelita, 2”

  1. ¡Amor al los 15… Me encanta!
    Buen domingo, Alfonso.
    Abrazos.

    1. Y por ahí anda el recuerdo. Un abrazo, amiga.

  2. Esos amores primeros que, aunque viviéramos mil años, nunca olvidaremos.
    Bonito recuerdo, precioso relato.
    Besos con abrazo.

    1. Así es querida Chelo. Gracias. Un abrazo fuerte.

  3. El primer amor. Una historia muy linda Alfonso.

    1. Suelen ser dulces como las cerezas, y gratas para recordarlas pasado el tiempo. Un abrazo, Isabel.

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