Las rocas errantes

Pero llegué a casa y Carmela no estaba cual Molly repanchingada en la cama con los pechos sueltos y desparramados. Tampoco yo había comprado riñones de cerdo para freír y desayunar; sólo traía el pan y el periódico a diferencia de Leopold, quien, por su parte, se proveía de revistas literarias cuyas hojas pendían de una alcayata. No recuerdo si antes o después del desayuno, atravesaba el patio y se encerraba en la cabina donde hacía los deberes y leía los premios del mes. Acabados los deberes y la lectura, hacía un ejercicio de crítica literaria y tiraba de la cadena. En mi caso, eso sí, el periódico me acompaña en tan noble retiro y no faltan días, casi todos, en que no merezca parecido destino, salvado en el último momento por la suavidad del rollo de papel.

Pero Carmela no estaba y nada más abrir notaba su ausencia. No es un perfume o un modo de estar las cosas, un orden u olor, es un sentir que te da la seguridad de que te va a contestar cuando al abrir la puerta haces el saludo acostumbrado.

El periódico venía como siempre. En este último, en la contraportada, una pretendida actriz, muy empoderada, quería enmendar la plana al mismísimo Shakespeare, algo así como reescribirlo, reinterpretar sus personajes, para disgusto del otro Bloom. Pienso que necesitamos la dopamina más que el comer. Como si no tuviéramos bastante con las catástrofes que la naturaleza proporciona, tenemos que atender a la sarta de estupideces que diariamente nos sirven, en perfecta conjunción y reparto de papeles, la prensa diaria y digital, dichas sin pestañear por unos niñatos irresponsables. Cada día lo leo menos, pero son tantos años… Y los papeles de Cosme llamándome como sirenas que pretenden que naufrague y destroce mi nave contra las rocas errantes.

Sonaron la puerta y la voz cantarina de Carmela. Dio dos besos al aire y no tardó en vestirse de faena, abrir un paquete de salmonetes envueltos en papel de estraza y, cosa rara, conminarme a pelar y freír las patatas. Me chocó que me invitara a participar en la cocina así que supuse que se traía algo entre manos. Naturalmente me afeó, eso sí, con una sonrisa, que cortara más patata que piel, me dijo cómo las tenía que cortar, me indicó la cantidad de aceite necesario, cómo saber cuándo está caliente… Le dije que, para eso, mejor que las friera ella. Hay que aprender de todo, quién sabe lo que vamos a necesitar, replicó. Pasa algo, le pregunté con la mosca tras la oreja. Nada, cariño, nada, pero el mañana nadie lo tiene asegurado, sentenció.

Los salmonetes fritos tenían el sabor de la mar y de la roca. Carmela tiene un arte especial, lo mismo que con el bacalao y el rodaballo, para dejar la piel crujiente y la carne desprendida de la espina, de modo que se vea la imbricación de las lajas. Abrí una botella de Marina Alta muy fría, un vino pálido que deja en el paladar un lejano recuerdo a la uva moscatel, tan espléndida en aquellos entornos. Después de comer nos echamos la siesta.

Una vez descabezado el sueño, dejé a Carmela en la cama caliente y acogedora para enfrentarme por fin al cuerpo amontonado de los escritos de Cosme Vidal.

©Alfonso Cebrián Sánchez

2 respuestas a “Las rocas errantes”

  1. Ya el título me gusta. Leer tu relato, más.
    Buen día, amigo.
    Un fuerte abrazo.

    1. Muchas gracias, Isabel. Un pequeño homenaje al poeta clásico que ya nos señaló ese eterno volver a nuestras pequeñas Ítacas. Un abrazo, amiga.

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