Mañana será otro día

Pero no todo era eso. No pude evitar pensar, sobre todo después de la aparición de la pelirroja, que se estaba urdiendo un montaje en torno a mi persona, cuestión que luego apoyó Carmela cuando me vio aparecer con la maleta y le conté lo acontecido. ¿Pero ese tal Cosme no sabe conducir? ¿Acaso no puede viajar solo? Y esa Soledad, qué es para él. Carmela no dejaba de mortificarme con sus preguntas y puyas. A ver si te están montando un timo; ya sabes que hay timadores que trabajan a largo plazo, como en la película de Redford Y Newman; cómo estaban entonces, por cierto. Pero mujer, protesté, qué pueden sacar de nosotros. Mucho no, desde luego, contestó, pero imagínate que una vez metido en harina te hablan de un proyecto, una inversión, ya sabes… Y por qué yo, pregunté, ya sería demasiada casualidad que este hombre me hubiera encontrado. Por el Internet, me contestó. ¿Comprendes por qué no quiero saber nada de eso de las redes sociales? Porque cualquiera puede saber demasiado de ti; si juraría que nos espían por el móvil.

Carmela, después de apretarme con su sarcasmo, aflojaba la presión. Pero no tienen por qué ser unos timadores, dijo. Además, estando avisado, sólo tienes que negarte a participar en cualquier cosa que te propongan y te parezca rara; y, desde luego, no se te ocurra poner un duro. De todos modos, me vas contando, que cuatro ojos ven mejor que dos. Ahora bien, no sé si habrás pensado en el trabajo que tiene todo eso, y no pretenderás que te ayude; a mí me gusta lo tuyo aunque no le guste a nadie, pero no, no me pienso poner con esos papelajos.

Como siempre, expuestas sus objeciones, Carmela se iría implicando y no me dejaría solo, que bien sabía compaginar su vida social y sus aficiones con esa colaboración con la que siempre conté y me resultó tan grata. Así, ella me dijo que abriera la maleta. A ver qué hay en esta maldita maleta, me dijo.

La maleta, entre tanto, permanecía de pie, junto a la pared del recibidor, como un testigo mudo. Caía la tarde y un sol tibio entraba en la terraza y calentaba nuestros cuerpos y la conversación.

El primer problema que nos planteamos fue buscar sitio para los papeles, encontrar un lugar donde no estorbaran ocupando un espacio que, aunque no escaso, ya estaba asignado a nuestras cosas, de modo que no faltara ni sobrara. Carmela, más práctica que yo, dijo que habría que poner una mesa auxiliar en el cuarto de trabajo. Así que bajas al trastero y subes la antigua mesa de la terraza. La mesa en cuestión tiene las patas abatibles, la tabla circular, y pesa como un muerto. Pero allá que bajé y la saqué del trastero, con tal fortuna que un vecino joven y fortachón que por allí andaba, al ver lo que quería, la subió a pulso hasta el ascensor para después, una vez en casa, abrirla y ponerla donde le dije. Carmela le obsequió con una sonrisa que tenía mucho de maternal y, sin el menor empacho, le pidió que nos ayudara a depositar en la mesa los papeles de la maleta, cosa que el joven hizo en un santiamén. El joven vecino nos ofreció su ayuda para lo que necesitáramos y se despidió seguido por esa mirada maternal de Carmela.

Nos quedamos solos, miramos el montón de papeles, nos miramos, nos echamos a reír, y ahí los dejamos. Mañana será otro día, ¿no te parece?, dijo Carmela. Mañana será otro día, remaché yo.

Sobre la imagen: Paul Newman y Robert Redford en un fotograma de El golpe, dirigida por George Roy Hill (1973)

©Alfonso Cebrián Sánchez

4 respuestas a “Mañana será otro día”

  1. Reblogueó esto en Mi cajón de sastre en WordPressy comentado:
    Mañana será otro día, Alfonso.

  2. Siempre atrayente. Tus «cortes» so, siempre, interesantes, Alfonso.
    Un abrazo de domingo.

    1. Después de algún tanteo, recupero un ‘género’ en el que estoy cómodo. Gracias y un abrazo, amigo.

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