Una mujer pelirroja

Puede que fueran esa fe desmesurada y esa despreocupación por el destino de sus papeles, fuera de mi concurso, las que me enternecieron y por eso decidí ponerme en faena. De momento me esperaba el engorroso trabajo de tirar de la pesada maleta y de contestar a quien me preguntara que no me desplazaba, según el decir de Cosme Vidal, procurando no desvelar el contenido, no por nada, simplemente por dejar sin satisfacer la curiosidad impertinente y cotilla.

Me habla poco de usted, me dijo cambiando de tema. Sé lo que cuenta en sus libros, pero no le conozco. De mí hay poco que contar, le dije sin ánimo de extenderme. Por extraño que parezca, por lo general la vida de quien escribe es de los más pedestre y aburrida. Pudiera parecer que estamos al cabo de la calle y gozamos de amplias experiencias, eso es lo que damos a entender, pero qué va, todo es invención, amplificación: de un gramo de experiencia hacemos una tonelada de relato: no se puede estar en misa y repicando, le dije. Me gustaría estar de acuerdo con usted, me dijo al tiempo que dibujaba con un palo en la tierra algo sin forma definida, pero a mí, por lo que leerá y le iré contando, me ha dado tiempo a las dos cosas. Incluso ahora, retirado, no falta quien me pida orientación o consejo sobre alguna de mis aptitudes. En fin, como le acabo de decir, ya le iré contando; de momento prefiero que lea, no lo vaya a estropear, ¿no le parece?

Ese ‘¿No le parece?’ era de los que llevan implícita la respuesta; no tuve más remedio que asentir; además, con habilidad, al anunciarme que era un hombre de experiencia, me abrió el apetito de la lectura, rompiendo así el propósito de esquivarlo.

La mañana se fue nublando, empezó a correr un aire fresco que provocó el movimiento y rumor de unas hojas que empezaban a amarillear. Íbamos a ponernos en marcha, cuando apareció ante nosotros, como de improviso, una mejer pelirroja, delgada pero no flaca. Aparentaba una edad entre los cuarenta y cincuenta años. Nos saludó cortésmente y, dirigiéndose a Cosme, le dijo que había aparcado en la calle próxima. Cosme nos presentó. Me dijo que Soledad, que así se llamaba la pelirroja, era su hada protectora. Hace frío para que pasen las horas sentados en un banco del parque, luego vienen los enfriamientos, dijo y miró a Cosme al tiempo que sacó del bolso un denso foulard o ligera bufanda para que éste se abrigara el cuello. Cosme la miró con cariño y protestó por los cuidados, que a su juicio aún no le eran perentorios. Mujer, y ahora qué hacemos, tenemos tanto que contarnos, protestó sin acritud. Nos podemos juntar en un café, dije yo proponiendo una solución y contraviniendo una vez más mis propósitos. Eso estaría bien, pero no puede ser a diario, dijo ella. Por qué, pregunté. Porque no vivimos aquí y yo no puedo acercarlo todos los días, me contestó. Y añadió: Hombre, visitar la cuidad merece la pena, pero tengo abandonado el trabajo, y en este oficio no se puede una descuidar; me lo enseñó él ¿Sabe?. Sole, hija mía (no me pasó por alto el gesto de contrariedad de ella cuando la llamó hija), deja que descubra las cosas por sí mismo, si no, no tiene gracia. De acuerdo, dijo Soledad, pero eso no invalida lo que he dicho. Por qué no os veis un día a la semana, la pregunta sonaba a propuesta. Fijadlo y yo me organizo para traerte ese día y de paso me doy una vuelta, hago alguna compra, y pienso ¿Les vale así? Qué remedio, dijo Cosme ¿Está bien los miércoles? A mí me viene bien cualquier día, dije. Sí, los miércoles, corroboró Soledad. Aquí en principio, después ya buscarán el sitio, dijo buscando mi aprobación. Ahora nos vamos ¿Te parece?. Cosme asintió con docilidad, se despidieron de mí y salieron andando. Allí quedaba yo con una maleta repleta de papelotes y trabajo. No me importó que no me ofrecieran llevarme en el coche. Pensé y me dije que estaba bien así, que de momento nuestra amistad no estaba en el punto de ofrecernos la casa y cosas de esas. Leería y a la semana siguiente lo comentaríamos. Pero tenía que ir a casa y lo peor no era la maleta sino el contenido ¿Cómo lo vería Carmela?

Sobre la imagen: Mujer pelirroja. Amedeo Modigliani (1918)

©Alfonso Cebrián Sánchez

5 respuestas a “Una mujer pelirroja”

  1. Un magnífico fragmento, Alfonso. Mi mujer, cuando la conocí, era pelirroja.
    Un abrazo de domingo

    1. Y eso también te enamoró… Un abrazo, amigo.

  2. Me gusto mucho el relato . Te mando un beso

    1. Muchas gracias. Otro mío para ti.

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