La existencia, que no es poco

Pasado el silencio de rigor le pregunté si salía de viaje. No por Dios, me dijo, aunque yo en realidad no viajo, me desplazo, voy y vengo de los sitios, que no es lo mismo que viajar. Y si lo dice por la maleta, es que traigo mis papeles para que se haga cargo de ellos y les dé mejor destino del que yo les puedo dar.

Intenté disimular el susto. Me pregunté si estaría majareta. Mi primer impulso fue el de decirle: Quite usted, por Dios; qué hago yo con todo esto. Pero la convicción y seguridad que mostraba, unidas a mi natural cortedad, obraron sobre mí y se impusieron sobre cualquier otra reacción, de modo que no protesté y fingí prestar interés por aquel montón de mamotretos. No pensé en la utilidad literaria y editorial que pudieran tener; al contrario, se me cortó la respiración pensando en el agobio, pero Cosme captó una sonrisa que interpretó como de aceptación y contento.

Llegados a este punto, me veo en la obligación de advertir, porque se entiende que cuando escribo esto he llegado a conocer mejor a mi amigo, como así es, que Cosme Vidal no es ningún pánfilo y que tiene mucha más experiencia y trastienda que la que yo le suponía.

Abrió la cremallera del bolsillo de la parte frontal y sacó un manuscrito. Éste es el relato del que le hablé, el primero. Y lo volvió a guardar. No quiero que ahora, aquí, lo lea; ya lo hará tranquilo y sin estar yo presente; mañana, si lo ha leído, me lo comenta; si no, ya habrá tiempo.

Mientras hablaba, yo hacía acopio de fuerzas con que protestar. Qué se ha creído, le diría, para después mandarlo a hacer puñetas con el ruego imperativo de que me dejara en paz. Sin embargo, le dije que esa misma tarde lo leería y al día siguiente se lo comentaría. Acto seguido, de la forma más imprudente y sin atender a los reproches que sin duda me haría Carmela, le dije que, si veía posibilidades, hablaría con mi agente y le expondría un proyecto que, al hilo de sus obras, tenía entre manos.

Ni que decir tiene que Cosme Vidal se interesó por el asunto, pero me dijo algo que me descolocó. Me dijo que no le importaba tanto el destino editorial de sus escritos como mi opinión y mi buen hacer para darles forma, porque quería que yo los reescribiera y los firmara. Al fin y al cabo, una vez que los ha transformado, usted es el autor, y lo único que pretendo es que presenten un aspecto decoroso. Y añadió: Figúrese que usted tiene la idea de una casa, los espacios, la distribución, la perspectiva, y le pide a un arquitecto que la proyecte y la construya: la casa, la obra, será del arquitecto, pero usted será quien la disfrute.

Pero qué sentido tiene esto que me propone, señalé la maleta con la cabeza, si no ve la luz. Y usted me lo pregunta, me preguntó a su vez. El de su existencia, que no es poco, me contestó.

Sobre la imagen: Frank Lloyd Wright, Residencia Kauffmann o Casa de la cascada. Construida entre 1936 y 1939. Mill Run, Pensilvania.

©Alfonso Cebrián Sánchez

3 respuestas a “La existencia, que no es poco”

  1. Y tanto que no es poco…
    Buen día, Alfonso. Un gran abrazo.

    1. Alguien me dijo una vez que «escribimos para salvarnos». Es verdad y así lo vivo. Un fuerte abrazo y feliz semana, Isabel.

  2. Ciertamente, existencia.
    No dejes nunca de escribir, Alfonso.
    Un abrazo desde, (cerrando los ojos), la casa de la cascada. (Frank Lloyd Wright, siempre fue motivo de estudio y controversia académica en mis años estudiosos).

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