Pescado al horno

Como los demás días, permanecí sentado y pensativo. Traté de rumiar la propuesta. Ardua tarea, pensé, mirar, expurgar, clasificar y leer nuevamente todos estos papelotes, y reescribir lo que conviniera, porque tendría que decidir el interés literario de lo que contara. Una parte de mi instinto me decía que lo que mejor podía hacer era decirle que la mayoría de las vidas, por extraordinarias que nos parezcan, son anodinas, tediosas y pedestres, que las biografías no tienen nada que ver con la literatura y no le interesan a nadie. Pero la otra parte se preguntaba si resultaba interesante o tenía un valor apreciable ¿Y si yo era incapaz de dar forma a sus historias?

Por más que me resistía, aprecié y agradecí que me eligiera y buscara, aunque, con total sinceridad hacia mí mismo, me dije que no sería por la fama y la fortuna. Llegado a ese punto me corregí ¿Y si sus papeles dan para un premio de postín?

Entonces abrigué la idea de hacer esbozos que discutiría con él, sentados en el banco, naturalmente. Le propondría elegir un seudónimo potente con que lanzarnos a la aventura de la edición. Quizá Cosme tuviera relaciones desconocidas por mí, que me descubriría si yo me ponía con sus escritos. Aunque había roto con Álvaro Contreras, o quizá no tanto, nada se perdería con exponerle nuestro proyecto, hay otros editores aparte de Laura Cortezo ¿Y si Álvaro se dejaba llevar por lo que tenía de aventurero y renovador? Y me propuse, porque así lo exigiría el material, dejarme de metaescritura y metanovela: contar desde el principio al fin y ya está: autores más conspicuos que yo, puede que, atendiendo a las exigencias de los grandes premios, habían abdicado de su estilo característico y se habían plegado al formato exigido. Si ellos lo hacían, ¿por qué no yo? Llamaría a Álvaro.

Abstraído como estaba, apenas noté que estaba chispeando; sólo me percaté cuando las cuatro gotas pasaron a ser un chaparrón. El otoño avanzaba y se empezaba a sentir el frío.

Cuando llegué a casa, Carmela estaba en la cocina. Pasa y cuéntame, me dijo. Cosa extraña que me invitara a pasar a sus dominios exclusivos, donde siempre la estorbo. Abrí una botella de Cune para celebrarlo y serví dos copas. Le dije que mi nuevo amigo también escribía. Toma, exclamó, y seguro que en este bloque hay más de un escritor. Pero hombre, si hoy escribe todo el mundo: España, lo mismo que Argentina, está llena de escritores y sicólogos. Y dentistas, le dije con desenfado. Ya, cariño, continuó, pero esos ganan plata, los sicólogos también, que estamos como cabras… y, por qué no, algunos escritores. Muy pocos, le corté. Hombre, si te refieres a la tasa, ¿uno por cien mil? ¿Por un millón?, se puso guasona. Qué corrosiva eres, le dije amoscado. ¿Corrosiva? Si no hubiéramos trabajado en lo nuestro, ¿de qué viviríamos, de la beneficencia? Y qué escribe ese… Cosme. Cosme Vidal, precisé. Está bien, qué escribe Cosme Vidal. Su vida, su biografía, le contesté. Y tan importante es su vida para contarla, me preguntó. No sé, tendré que leer algo, le contesté, aunque una vida, por pedestre que sea, si está bien contada… Y para eso estás tú, me dijo con sorna. Quién sabe, le repliqué. Voy a llamar a Contreras. Llámale, con eso no pierdes nada, dijo, pero luego no te lamentes. Entre frase y frase, entre sorbo y sorbo, iba y venía de echar un vistazo al horno donde se estaba asando una corvina sobre un lecho de patata y cebolla.

Salí de la cocina y fui hacia el teléfono sopesando la oportunidad del momento, hora de comer: quería entrarle bien. Lo llamaría a la tarde. A la tarde pensé en no precipitarme; antes habría que leer algo, al menos para tener una idea. Por otra parte, tenía que contar con Cosme. En definitiva: a qué viene tanto entusiasmo y tanta prisa. En cualquier caso, qué ganaba con crearme obligaciones sobrevenidas, que tanto cuesta luego zafarse de ellas. Por ello vería lo que trajera sin mostrar el menor entusiasmo. Hay que escuchar a Carmela, que de buenos apuros te ha sacado.

Con este lío en la cabeza, después de dormir como un bendito, a la mañana siguiente volví a la rutina. Salí de casa algo más abrigado, el frío se iba haciendo con las mañanas, y derechito fui a tomar posesión de mi banco. Saqué el pan del bolsillo, lo fui desmigando, y eché los pequeños trozos en el camino, iluminado por un sol sin fuerza. Los gorriones acudieron sin prisa. Como los días anteriores, por el paseo apareció Cosme con su notable presencia. Alto, delgado, barba entrecana, cerrada y afeitada. A pesar de los años, se apreciaba que había gozado de un cuerpo elástico y fibroso, coronado con una cabeza ligeramente alargada, que conservaba un cabello fuerte y negro, con alguna cana. Como los días anteriores, vestía un traje gris oscuro, camisa blanca y corbata granate. Su cuerpo soportaba la indumentaria como si fuera una segunda piel, arrugada con normalidad y pulcritud, lo que le daba un plus de elegancia. Desde luego el terno resultaba extraño de acuerdo con lo que acostumbraba la gente a vestir por el parque. Extrañamente, tiraba de una maleta negra de tamaño mediano. Quien lo viera pensaría que se había extraviado de un viaje, más cuando llegó al banco y se sentó.

Sobre la imagen: Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas. Clara Peeters (1611). Museo del Prado, Madrid.

©Alfonso Cebrián Sánchez

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