Usted, por ejemplo

A qué se refiere, le respondí con otra pregunta. A la única confesión que hay, a la confesión por antonomasia, a la que se hace en el confesionario, en la que se dicen los pecados al confesor, que te los perdona y absuelve al instante, me contestó vehemente. Bueno, alguna, le contesté esta vez, cuando la primera comunión y poco más. Ah, querido amigo, la confesión es una experiencia única, una conversación íntima tras la cual recibes un alivio inmediato. Claro, el tema favorito del confesor era el Sexto, Mandamiento quiero decir, ¿Qué? ¿Cuándo? ¿Con quién? ¿Cuántas veces? ¿Y piensas? Verá mi querido autor, supongo, qué supongo, seguro, a qué dudarlo, seguro que usted ha leído Caballeros de fortuna, seguro que recuerda el curso acelerado de sexualidad que los niños recibían en el confesionario. Qué maravilla. Había un cura que me hacía contar con pelos y señales cosas que jamás había hecho, aunque sí pensado, y mucho. Porque después la cosa cambió, pero en el colegio, onanismo puro, eso sí cargado de fantasía. Eran tan punzantes las preguntas con que te examinaba, tan sugerentes, que con ellas te animaba a contar con pelos y señales hechos que sólo anidaban en su pensamiento. Que si habías estado con chicas, que si las habías tocado aquí y allí, que si aquello había provocado reacción en alguna parte de tu cuerpo, que si habías llegado a consumar el acto. Y yo, y todos, que sí, y coincidíamos, porque en el colegio no usaban confesionario y los días de confesión se aprovechaba cualquier resquicio, en que el cura nos presionaba brazos y espalda con unos dedos como garfios, para después apartarnos y darnos la absolución como el que perdona a un criminal. Así que la ficción del confesionario adquiría niveles épicos. Ah, a lo que iba: todo está encaminado a suprimir el deseo y el pensamiento mismo, como si lo relativo al sexo fuera sucio y deleznable, para luego decirnos que sólo se purificaba en el matrimonio siempre que sirviera para la procreación, a donde teníamos que ir puros y libres de concupiscencia. ¿Y la señora andarina? Pues eso, muy guapa y atractiva.

Me iba acostumbrando a su compañía y a su charla, aunque no por ello dejaba de preguntarme por qué me había abordado y se había hecho con una parte de mi tiempo y amistad. Iba a preguntarle cuando, como siempre, se me adelantó. Yo también escribo, me dijo, además mucho. Tengo contada parte de mi vida, o de mis vidas, según se mire, pero, como escribe Verdú, porque conoce a Verdú, naturalmente. A algún Verdú conozco, le dije, y recordé a uno que tenía una sastrería, aunque no creo que sea el mismo. Me refiero a Vicente Verdú, aclaró; claro que lo conoce. Murió, dije. Algo suyo he leído, pero no lo conocí en persona, si es a lo que se refiere. No, claro, ya sé, prosiguió, cómo puedo pretender que conozca a todo el mundo, aunque, como verá más adelante, en la medida en que sepa más de mí, comprenderá que no está de más tener a alguien que te pueda ayudar o sacar de un atolladero, también, si se tercia, ofrecerle el hombro, o él a ti el suyo, o bien una mujer que te consuele de los padecimientos amorosos, o ella se consuele contigo, que la soledad es mala consejera, pero, como le decía, Vicente Verdú escribe: “El estilo, además, que suele asociarse a una forma más ligera o venial, acaba siendo tan decisivo y moral como la sangre”. Por qué le digo esto. Porque yo no tengo estilo, tal como se concibe mayoritaria y vulgarmente. Escribo, escribo y escribo, pero sé que mi prosa no es literaria; y si lo intento, eso, que sea literaria, lo estropeo, lo lleno de adverbios y adjetivos, y me voy por las ramas; pero usted…

Confieso que me halagó ese “pero usted”, que interpreté como si dijera: usted sí lo tiene. Sin haber leído ni media palabra suya, me sentí obligado a decirle que cada cual tiene el suyo, que lo importante es que responda a una voz propia y que lo contado no decaiga. Ése es el problema, me replicó, que no guardo ni forma ni orden, y para eso me hace falta alguien que lo cuente mejor que yo, usted, por ejemplo. Qué cosas tiene, le dije.

Como siempre, dio por terminada la conversación, se incorporó, se despidió y se marchó.

Sobre la imagen: Urbanita solitario (1932) Herbert Bayer

©Alfonso Cebrián Sánchez

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