Matar en la ficción

En Abrázame, oscuridad, de Dennis Lehane —Mystic River, Shutter Island y otras más—, Angela Gennaro, que junto a Patrick Kenzie regenta una agencia de detectives privados en Boston, dice: “Durante años intenté convencerme de que no había sentido lo que sentí cuando apreté el gatillo. Que no podía sentir algo así (…). Me sentí como si fuera Dios. Me sentí estupendamente, Patrick”. Angie mató para que otro no matara a su compañero.

Javier Marías, en la entrevista que concede a Juan Gabriel Vásquez, a propósito de la reciente publicación de su nueva novela, Tomás Nevinson, dice: “Casi todo el mundo gusta de pensar bien de sí mismo, y que sería incapaz de matar a sangre fría, bajo ninguna circunstancia. Pero mucha de esa gente no se inmuta cuando por ejemplo la policía mata a un terrorista que acaba de matar a transeúntes pacíficos o aún los está matando. Más bien siente alivio. Hay una gran hipocresía. No queremos ser asesinados, pero tampoco encargarnos personalmente de impedirlo”. Declaración que me lleva a recordar las palabras que dice Manuela, digamos que una espía y jefa de un grupo de ellos, en los apuntes de lo que con el tiempo será una nueva novela mía. Este es el pasaje:

—¿Cuánto llevas en esto? —preguntó Carlos.

—Ah, no, eso no se pregunta. Te voy a decir una cosa: acostúmbrate a no preguntar, no es nada bueno, hazme caso. Pero te voy a contestar. Mucho, mucho tiempo, el suficiente para haber visto de todo, cosas que ni te imaginas. Porque, claro, alguien tiene que quitar la mierda para que no huela. Todos queremos vivir seguros, que nadie nos moleste, ser felices… No tienes ni idea, nadie la tiene, de lo que hay debajo, de lo que hay que hacer para que nadie la pise y la lleve a casa en la suela de los zapatos.

Y Elisa Rubio, protagonista de mi novela Las aguas del olvido, que, como Angie, también mató, después de haber matado dice: “A veces, sola, me pintaba y componía con intención de salir de caza, una no sabe en qué se puede convertir”.

En la novela de Lehane hay un asesino múltiple que acaba confesando que después de matar a su mujer le cogió gusto al hecho de disponer de la vida de otros y de causar dolor, el mayor posible, que el sentido de sus crímenes lo encontraban quienes necesitaban una explicación, pero que en realidad no se trataba de una cuestión de motivos sino de matar en sí.

Cuando uno escribe novelas se encuentra con que a veces tiene o quiere entrar en el hecho de matar, como necesidad narrativa, como elemento de reflexión, o como algo atractivo para el autor, y así un sinfín de motivaciones.

Angie mata por necesidad. Elige y lo hace para salvar a Patrick de una muerte segura. Una vez que lo ha hecho, que la bala salió de su pistola derecha hacia la carne de la víctima, se sintió poderosa, se sintió Dios, sintió el poder que tenía sobre la vida.

Javier Marías nos invita a reflexionar sobre el crimen preventivo. Al principio de su novela, como se puede leer y él mismo cuenta en la entrevista, nos pone ante el hecho real contado por Reck-Malleczewen, autor de cuentos infantiles y de un diario que escondía celosamente por el peligro que para él entrañaba: dice que Adolf Hitler comió en un restaurante sentado en la mesa de al lado y lo tuvo a tiro de pistola. “El caso es llamativo, dice Marías, porque no era un izquierdista ni judío. Era conservador, prusiano, católico, y sin embargo escribió lo que citas. ¿Qué grado de desesperación y de odio lo llevó a esa clarividencia, la de que habría matado sin pestañear a Hitler (que aún no había hecho gran cosa) “de haber tenido un atisbo” de sus atrocidades mayores?”. También se refiere, Marías, mejor dicho, el narrador de su novela, al pasaje de la película de Fritz Lang El hombre atrapado, donde un cazador llega a tener a Hitler en el punto de mira de su escopeta. En ambos casos se habla de un crimen preventivo que bien serviría como ejemplo de otros que se consuman o se pueden consumar con el fin de proteger a la humanidad de aquellos de quienes se supone proviene el daño.

Elisa Rubio, por su parte, busca conseguir con el crimen la retribución que nunca le concederá la justicia, eso en caso de que considere que le han infligido un daño y quitado una paz interior que no recupera. Esa paz no llega nunca, pero no se arrepiente del hecho. Dice: “Crees que la venganza te traerá la paz; piensas que será como un bálsamo que cierra y cicatriza las heridas, que la destrucción del que te hizo daño borrará la huella (…). En contra de lo que comúnmente se cree, no tengo ningún remordimiento por lo que hice. Pero la paz y alegría no vinieron: ninguna cuenta ha sido saldada: murieron mi paz y ese hombre”.

La novela, el relato, penetra en territorios en los que no nos atrevemos a entrar, pero esos hechos y pensamientos, puestos por el autor en personajes de ficción, accederán a los infiernos interiores que habitan en cada uno, y no creo que esté de más atenderlos con el fin de que obren la tan mentada catarsis, al fin y al cabo es una de sus funciones, si no la principal.

2 respuestas a “Matar en la ficción”

  1. Muy interesante reseña, Alfonso. Gracias.
    Feliz semana y un gran abrazo.

    1. Hola, Isabel. Durante la escritura de La Casa Dorada, Carmen me decía que le daba pena ‘matar’ a Carmelo, pero el relato tiene sus exigencias. La reflexión de Javier Marías, según voy leyendo, incide -en la ficción, claro- en la ambigua relación visión que tenemos de ciertos criminales, las muertes que ocasionan, y los modos de combatirles. La lectura de su novela no te deja indiferente. Un abrazo fuerte, amiga.

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