El tiempo y su falta

Ando necesitado de tiempo y dedicación para poner en orden los materiales con que organizar mi Anselmo Fraguela, cuando toma mi cabeza por asalto el personaje que quizá ponga voz a la narración que cerrará la trilogía Nada quedó de abril; aún es pronto para hablarlo en detalle. También peleo por dedicar a la lectura el tiempo y dedicación que merecen, sin menoscabo de las labores cotidianas.

Estoy en pleno flagelo por el desorden de mis lecturas, más la envidia que me causa el hecho de que haya gente tan leída que habla con familiaridad de los clásicos, y no deja de citar, en artículos de menos de quinientas palabras, a media docena de obras desconocidas de los autores más recónditos, cuando tropiezo con “El mundo en una novela”, artículo de Antonio Muñoz Molina, publicado este sábado en Babelia.

El escritor y académico viene a lamentarse por “haber tenido que llegar a los 65 años para leer por vez primera Middlemarch”, de George Eliot. Luego entra en consideraciones que no vienen al caso en este artículo mío, para decirnos que no ha leído nada de Emilia Pardo Bazán y Emilio Zola, y poco de Dostoievski. Dice que después de empezar varias veces Los hermanos Karamazov, nunca ha llegado más allá de las 100 primeras páginas. Cada cual puede leer el resto del artículo, pero yo me quedo con lo señalado porque me ayuda a reconciliarme conmigo mismo ¡Cuánto se quedará sin leer!

Sigo con el periódico, y como cada día me interesan menos los Sánchez, Casados, Abascales e Iglesias, y mucho menos los carlistas y nacionalistas diversos, tropiezo con la entrevista que Almudena Ávalos hace a Angélica Liddell en “una conversación por correo electrónico”. ¡Mira que no conocerla!

Angélica Liddell es autora, directora e intérprete teatral, que, a falta de mayor conocimiento, me recuerda a Fernando Arrabal, y que, además, toca fibras para mí muy sensibles. Dice que prepara dos piezas teatrales: Liebestod y Terebrante. En la primera, “El alma de Liebestod es el torero Juan Belmonte” y “Terebrante es una seguiriya a los pies de Manuel Agujetas”. Sigo leyendo y encuentro un provocador ir a contracorriente y a destiempo, como cuando dice: “Este verano vi el cine Doré lleno de jóvenes que iban a ver Saló de Pasolini. Gente rara, muy especial, no eran los guapitos, no tenían encendido el teléfono. No hubo ni una burla, ni una carcajada, iban con un respeto que me conmovió. Me devolvió la fe en las generaciones que vienen, pero en los muy, muy jóvenes. Supongo que en algún momento reventará esta bulimia de egocentrismo, todo este fango social totalitario de los instagramers en busca de protagonismo y halagos, esta ansia de éxito a cualquier precio y a cambio de cualquier cosa, carne de Netflix, una sociedad antagónica a la humildad y al servicio, prepotente, empachados de derechos a toda costa. Un derecho del que no emana un deber no es un derecho. Es lamentable”. Y para concluir, de sus declaraciones y relación con el público y la representación extraigo el espíritu lorquiano expresado, precisamente, en El público.

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