Sobre ‘La arquitectura del miedo’ y algunas evocaciones

En las mañanas de verano, un grupo de chavales tomaba la estrecha vereda que había en el rodadero que bajaba al Baño la Cava; iban a bañarse en las aguas del Peñón, bajo el Puente de San Martín. Uno de los chavales era yo.

Nadábamos y nos dejábamos llevar por la corriente hasta aparecer orgullosos en el arenal de la presa de la Fábrica, al otro lado del río, en Solanilla. Aparte del placer de nadar, nuestra intención —al menos la mía— era deslumbrar —con escaso éxito— a las muchachas que allí se bañaban y tomaban el sol.

Y siempre acabábamos hablando de La Cava. En nuestros cuentos era hija del rey moro o de un rico judío; de la leyenda de Don Rodrigo y La Cava no teníamos ni idea. En cualquier caso, a La Cava la acompañaban eunucos ciegos y fieles soldados que matarían a quien osara mirarla. Porque en nuestras fantasías, La Cava se bañaba desnuda y era la mujer más hermosa que nadie conociera. Cada uno, en su fuero interno, intentaría poner cuerpo —imaginado— y rostro a la bella Cava; yo elegía el de una mujer toledana de barrio, de notable y famosa belleza, cuyo nombre no viene a cuento.

La Cava no bajaba al río por calles, caminos ni cuestas, como cualquier mortal; ella se servía de los dédalos de túneles y cámaras que, como todo el mundo sabe, horadan la base rocosa de Toledo.

Veamos:

Carmen Pinedo Herrero en su publicación La arquitectura del miedo dice: “Acompañemos a don Illán de Toledo y a su ingrato visitante a través de las palabras del infante don Juan Manuel y de Jorge Luis Borges. Escribe el primero de ellos en su Libro de los ejemplos del conde Lucanor y de Patronio (1330-35): “entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran rato de guisa que parecía que estaban tan bajos que pasaba el río Tajo sobre ellos. Y desde que estuvieron al final de la escalera, hallaron una posada muy buena, y una cámara muy adornada que allí había, donde estaban los libros y el estudio en que había de leer”.

Y continúa:

“En 1935, Borges escribe –o reescribe– en El brujo postergado: “explicó don Illán que las artes mágicas no se podían aprender sino en sitio apartado, y tomándolo por la mano, lo llevó a una pieza contigua, en cuyo piso había una gran argolla de fierro. Antes le dijo a la sirvienta que tuviese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandaran. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca y luego una especie de gabinete con instrumentos mágicos”.

Lo que me trajo a la memoria el pasaje de La Venta del Alma, de Mario Roso de Luna, en este caso refiriéndose a un tal don Illán Leví de Fez, según consta en un manuscrito hallado por él cuando acompañaba, según cuenta, a Gregorio Pueyo, famoso editor madrileño, que dice así:

“Abrumados Agar y yo por la enorme carga, descendimos en silencio, paso tras paso, hasta las rampas y escaleras de bajo el río. Más de una vez el cansancio nos obligaba a detenernos, ya que no el temor a dar un mal paso, en aquel interminable escape que nos ahogaba en angustia”. A tal trance, Agar, bellísima bailarina y titiritera, e Illán habían llegado huyendo de la Inquisición y llevándose de paso parte del tesoro visigodo que Jacob el Judío, tío de Illán, escondía en las cámaras que dedicaba a la alquimia y a la magia, bajo el río, adonde se accedía y de donde se salía bajando y subiendo largas escaleras de caracol.

* * *

“Miras a tu alrededor. Reconoces el lugar donde te hallas: sólido, estable, un territorio en el que cada objeto es lo que es y ocupa calladamente su lugar, un ámbito seguro donde entregarte a la lectura. A mí me gustaría, sin embargo, minar esa confianza, desdibujar los límites, hacer que lo que te rodea se convierta en otra cosa sin dejar de ser lo que es. Desearía que, en algún momento, no pudieses evitar mirar a tu espalda, vigilar el picaporte de la puerta, aguzar el oído. Quisiera, sobre todo, que llegases a desconfiar de esa pared, esa ventana, esa mesa, preguntándote si son lo que siempre has creído que eran: mesa, pared, ventana. Nada más.

Porque el miedo es eso: una pregunta”.

Así comienza La arquitectura del miedo, de Carmen Pinedo Herrero. Pero será mejor que hagáis el recorrido con ella.

6 respuestas a “Sobre ‘La arquitectura del miedo’ y algunas evocaciones”

  1. Alfonso, gracias por esta tentadora recomendación. Gran abrazo!!!

    1. Es un trabajo muy interesante, bien investigado y ameno. Abrazos.

  2. Hola Alfonso nos interesa re publicar textos tuyos en masticadoresdeletras quieres participar saludos Juan mi email fleminglabwork@gmail.com

  3. Me encanta la arquitectura. Regularmente la pienso como espacios de desarrollo humano, pero no lo había pensado así. Te mando mi link si te quieres dar una vuelta http://www.cuadronegro.com

    1. Gracias por comentar. Mira, es muy interesante, riguroso y documentado el estudio de Carmen Pinedo Herrero. Pero no te puedo contar más de lo que hay en la entrada sin romper el interés que el párrafo crea. El caso es que esos espacios están ahí, en nuestra cultura y en nuestro imaginario.

  4. […] Sobre ‘La arquitectura del miedo’ y algunas evocaciones — […]

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