El camino más corto

“No hay nada, absolutamente nada por lo que merezca la pena arriesgar la vida. ¿Y alguien? ¿Habría alguien por quien mereciese la pena arriesgar la vida de todos nosotros?”.

“Desde este momento, siempre quisiera vencer todos los obstáculos, vencerme a mí misma y sentirme poderosa sobre los demás, tendría que odiar. Era el camino más corto”. Estas reflexiones son de Verónica. Más adelante hablo de ella.

En la última entrada dije que iniciaba la lectura de Entra en mi vida, de Clara Sánchez. También dije que me había enganchado y así fue de principio a fin. No voy a contar la historia, mejor leerla, pero sí hablaré de las protagonistas, Verónica y Laura, dos muchachas a quienes conoceremos en su preadolescencia, diez y doce años, y reencontraremos en su primera juventud, diecisiete y diecinueve años, que, aunque con crianzas y vidas dispares, el destino hace por reunirlas. Porque será la causalidad la que desencadene el empeño que, con fuerza y tesón, llevará a Verónica hacia Laura.

Se podría decir que andamos por la vida despistados. Cuántas dudas: ir o no ir, acercarse o no, y si no, al menos llamar o preguntar: hacerlo o no hacerlo puede determinar el futuro. Una anécdota, un descuido, o quizá algo que nos llama la atención. Puede ser una palabra, una mirada, un gesto, un trozo de conversación, o la esquina de una fotografía que aparece en una cartera, encima de una mesa, que está ahí porque alguien ha tenido un descuido, y en la foto alguien a quien no conocemos y nos peguntamos quién es. Si eso le ocurre a una niña de diez años, a Verónica, el hecho adquiere una relevancia que desborda su percepción de niña. Y a la cabeza vienen preguntas que no se hacen, pero ahí quedan hasta que la niña deja de serlo y ya sabe que el pensamiento puede llevar a la acción, y la vida deja de ser previsible. Por eso nos interesamos y por eso ya no podemos dejar de leer porque queremos saber.

Y dos observaciones. Una. Es muy de agradecer que la autora caracterice a dos jóvenes que actúan como adultas que son. Dos. Me aventuro a decir que Clara Sánchez, de forma deliberada, renuncia a plantear situaciones melodramáticas en beneficio de una coherencia estilística donde mandan la precisión y el orden. Esa forma de contar, a mi juicio, disfruta del beneficio de la perfección formal, sin embargo prefiero que la narración esté salpimentada con pequeñas dosis de sentimentalismo, aunque no demasiadas.

Y como suele ocurrir, al menos a mí, una cosa lleva a la otra. Leo en El País la presentación de Encargo, primera novela de Berta Marsé. El apellido pesa mucho y para mí Juan Marsé es una referencia, el caso es que compro la versión digital. Y otras dos chicas: Desi y Yesi, pero me falta contexto, tengo que leer más. De cualquier manera, anticipo que la lectura, a medida que avanzo, me lleva a otra novela ya leída, escrita también por una mujer. Tiempo de escritoras, diría.

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