La partida de mus

Esto que voy a contar parecería hoy de lo más normal, pero nos tenemos que remontar a un día caluroso de julio de 1969. Lo recuerdo porque en el televisor que hacía poco tiempo habían puesto en el bar hablaban de la inminente llegada a la Luna de la primera nave tripulada.

—Eso es mentira —dijo el tío Sátur.

El tío Sátur era amigo íntimo de mi abuelo. Este se encogió de hombros como diciendo: Y a mí qué más me da; con tal de que juguemos la partida.

—¿Y tú sabes jugar? —me preguntó el tío Sátur.

—Algo —le contesté—; aunque solo sea por lo que llevo visto.

—Hoy tienes buena pareja, puñetero, aunque con este —señaló a mi abuelo— y conmigo no tenéis nada que hacer. Perdéis, ya lo verás.

Todo empezó a la hora de la comida: ¡Qué fatalidad!, no paraba de repetir mi abuelo.

—¡Vaya por Dios! —replicaba mi abuela— Ya encontrarás a otro ¿Quién no va a querer jugar con la Vicen de pareja?

—Eso es lo malo, que va a haber más que palabras; mira que irse a ingresar el Tino; y anda que avisa.

—Pero, hombre —dijo mi abuela con retintín— ¿Cómo se pueden avisar esas cosas? Uno se pone malo y ya está.

—Ya, ya. Tú siempre lo ves todo tan fácil; a ver cómo nos apañamos.

—Pues que juegue el muchacho y así no hay líos —mi abuela siempre iba a lo práctico.

—¿Quién? ¿Este? Pero si este no sabe ir ni a grandes ni a chicas.

—Será por falta de veros. Si en esta santa casa no se hace ni se habla de otra cosa.

Mi abuela tenía razón; a mi abuelo, a mi padre, a mis tíos y a todos sus amigos los había visto siempre jugando al mus; pero a mí nunca me llamó la atención y no era fácil enrolarme en una partida.

—Entonces, ¿te atreves?

—Hombre, abuelo. Atreverme, claro que me atrevo; otra cosa es que esté a vuestra altura.

—¡Eso ya lo sabía yo! —sentenció mi abuelo— Pero ¿qué dirá la Vicen?

—¿Qué va a decir? ¿Tú crees que no va a preferir, por muy mal que juegue, a un buen mozo que a un vejestorio como es el Tino? Venga, tú, esta tarde, a jugar la partida, y no se hable más.

Mi abuelo me miró con una especie de compasión resignada, aunque acató el no se hable más de la abuela como un fallo inapelable.

El día había salido de pleno verano. Comimos, dormimos la siesta, nos arreglamos y mi abuelo y yo nos fuimos al bar de la plaza. A esa hora, las siete de la tarde, el sol ya estaba cayendo. La mole del Ayuntamiento y las casas colindantes proyectaban su sombra sobre un espacio rectangular, donde también contribuían al fresco las sombras de cuatro grandes acacias. La Consuelo, la dueña del bar, baldeaba y refrescaba el terreno mientras el Gregorio colocaba las mesas y las sillas de tijera. En una apartada, donde la sombra era más densa, jugaríamos la partida. Solo faltaba esperar a que dieran las ocho, lo que hicieron las campanas de la iglesia con medido compás.

Aún resonaba la última campanada, cuando un Mercedes negro apareció y paró en medio de la plaza. Del asiento del conductor bajó un hombre alto que dio la vuelta y abrió servicial la puerta derecha trasera. Del automóvil salió una mujer de edad indefinida, pelo corto, aunque no demasiado, ojos grandes que podían resultar verdes o violeta, alta y esbelta, aunque de formas rotundas. Pantalón y suéter negros, y un pañuelo rojo alrededor del cuello. Era la Vicen, mi compañera de juego.

Todo el mundo pensaría que aquella partida acrecentaría mi afición por el mus; pero no fue así. Hoy apenas recuerdo los lances, de si iba con chicas o grandes, con pares o treinta y una. Lo que no se me olvida son los gestos, sus gestos, mejor dicho.

La Vicen era la Vicen para el tío Sátur y mi abuelo; doña Vicenta para las gentes del pueblo. Siempre fue muy guapa la jodía, decía mi abuelo con cariño. Claro que llegó ese señor de Madrid, compró las mejores fincas, hizo la casa, qué digo la casa, un palacio, y se encaprichó de ella, de la Vicen, quiero decir. Y la Vicen, que no era tonta, lo llevó al altar y la hizo una señora, para que te enteres, me dijo un día mi abuelo cuando le pregunté por otra partida.

Porque yo, entonces, desde la partida, me enamoré de ella y me dio por ir al pueblo los fines de semana. Fueron los gestos. Y era tan hermosa. La tenía frente a mí y yo no atendía a los lances del juego porque tan pronto me guiñaba el ojo como enarcaba las cejas, avanzaba un labio, sacaba la lengua o me lanzaba un beso, y, claro, yo no pensaba en nada salvo en controlar mi turbación. Había que verlo. Mi participación fue un desastre y ella, que ocupaba en la partida el puesto que había dejado vacante su difunto padre, no paraba de reír al tiempo que me lanzaba unas miradas compasivas que me traspasaban el alma.

—¿Qué te pasa alma cándida? Que te veo venir —me dijo mi abuelo al ver mi ansiedad por organizar otra partida— Dónde vas, criatura, si la Vicen puede ser tu madre, y además no hay sitio.

—¿Qué quiere decir, abuelo?

—¿Con qué?

—Con eso de que no hay sitio.

—¿Qué voy a querer decir? Que está ocupada, eso quiero decir.

—¿Qué está casada? Eso ya lo sé. Además todo esto es hablar por hablar ¿De dónde saca que yo…?

—Que tú y que todos ¿Qué te has creído? ¿Que eres el primero al que la Vicen vuelve loco? Mira, muchacho, deja eso, que no te va a llevar a ningún lado. Te vas a quedar con la cabeza caliente y los pies fríos. Y además el Valenciano…

—El Valenciano, ¿quién es el Valenciano?

—El chófer, ¿quién va a ser? El Valenciano está liado con la Vicen ¿Te enteras? Pues eso. Todo el mundo lo sabe, pero calla ¿Sabes por qué? Te lo voy a decir. Porque el señor, que ya es muy mayor, consiente. Cuenta la Manuela, la que va a asistir, que esa lo sabe todo, que el señor les dijo: Solo os pido dos cosas: una, que no me perdáis el respeto, y otra, que me cuidéis hasta el día de mi muerte.

Cuando voy al pueblo, a veces me cruzo con doña Vicenta. Es una señora muy anciana, con el pelo blanco muy cuidado, elegante, cuyos ojos no han perdido la belleza ni la vivacidad. Cuando nos encontramos, siempre nos paramos a saludarnos. Yo voy con Emilia, mi mujer, y ella del brazo de un hombre mayor, conservado y con su antigua gallardía, el Valenciano. Cuando ella me mira recuerdo sus pícaros gestos y me deja la sensación de que siempre supo de mi azorado enamoramiento.

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