El Flaco Bernal

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Wifredo Lam. Composición (1930)

—¿Los celos? —Luis preguntó sorprendido.

—Sí, querido, los celos; los de la madre, que debió pensar que me traía algo con su marido. Es cierto que resultaba untuoso, pesado, cortés y galante, pero pensé entonces, también ahora, que era una forma de comportarse del narco, como un modo de ser, una norma de relación con las mujeres. Porque en realidad no hubo nada, nada me propuso; el hombre se comportó de lo más cortés, pero no su mujer; los celos, el niño que quiere complacer a su mamá… yo qué sé. Cualquier día lo mata un competidor, y muerto el perro se acabó la rabia.

A Luis lo fascinaba la nueva faceta que iba apareciendo en Elvira. Era una mujer resuelta, malhablada, pero esto era nuevo. Hablaba de la muerte con desenfado, con despreocupación, como si la violencia y la muerte fueran asuntos sin importancia, gajes del oficio.

¿Alguien a quien andaban buscando? ¿Los celos de una mujer? ¿El hijo ajustando cuentas? Vaya pastel, cualquiera diría que me estás contando un culebrón —dijo Luis con sorna.

—Sí, es verdad, visto aquí y ahora parece un culebrón, pero cuando lo vives, tienes un subidón de adrenalina que te obliga a vivir el momento con gran intensidad, con un frenesí que te impide el descanso.

»Se trataba de lo siguiente: mi objetivo era un español refugiado y escondido cerca de la frontera. El Flaco Bernal, así llamaban al narco, lo tenía bajo su protección, me dijeron que en pago por favores mutuos. ¿Cuál era mi misión? Tomar contacto con el español y facilitar una conversación discreta. Previamente, el Flaco lo había tanteado porque en definitiva se trataba de ponerlo a nuestro servicio, ya te imaginas, un infiltrado, un topo.

»La tapadera sería un trabajo que yo haría sobre el narco, sus tentáculos y penetración, beneficiarios y víctimas.

—Pero eso era muy peligroso —Luis parecía un novato sin experiencia.

—Claro, hijo —contestó divertida—. Es que lo mío era periodismo del de verdad; no de salón y oficina; ya no queda, ¿te has fijado? Ni siquiera hay sitio para los freelancers; unos pocos becarios pendientes de las pantallas, atentos a las redes sociales y lo que sirven las dos o tres agencias que quedan, que a su vez ‘fabrican’ noticias para activar los ‘me gusta’ de los lectores y a las necesidades estratégicas de los patronos. Pero allí sola, improvisando, sin nadie que te cubra la espalda…

—Pero una vez dentro…

—Una vez dentro, si no andas lista, te cuentan lo que quieren, y tu vida, como dice la canción, tu vida no vale nada. Un reportaje sobre un personaje como el Flaco tiene mucho de alimento para su ego —hay que darle de comer—, de hacerlo pasar por un personaje importante, desprendido y generoso. A los narcos les gusta que los vean como seres bondadosos arrastrados por la fatalidad, queridos por el pueblo, del que son benefactores y defensores, algo así como señores feudales que cuidan de su feudo y sus siervos. En eso consiste el fracaso del Estado, que no se hace cargo de lo que el narco resuelve con facilidad a cambio de fidelidad inquebrantable.

»Pero mi misión consistía en poner en suerte al español, contribuir a que lo convirtieran en un topo, no tanto para los comandos operativos, para lo que estaba quemado, sino para la política, para que, como otros, hiciera cundir el desánimo y la sensación de derrota.

2 comentarios en “El Flaco Bernal”

  1. Esos relatos, Alfonso, son deliciosamente malvados, dulcemente inesperados y siempre brillantes.
    No sé si sería correcto, pero me gustaría tener un papel en esa historia y no, precisamente, como topo.
    Bromas a parte, enhorabuena Alfonso por ser incansable tu voluntad de escribir, siempre.

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