Después de lo vivido

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Edward Hooper, Verano (1943)

—Elvira —contestó la interpelada, que de forma confusa comenzó a percatarse del juego.

Fueron unos segundos, unos breves segundos, pero suficientes para que se diera cuenta de la naturaleza de la relación en que estaba entrando. No lo podía negar: estaba loca por Simon y no le importaba ir tras él donde quisiera.

La habitación era coqueta y sin recargar. Conforme a la moda, la pared estaba decorada con papel pintado de fondo rosa pálido con motivos de un rosa más intenso. Por lo demás, había una cama de matrimonio, dos mesillas, una coqueta y una butaquita descalzadora. Cortinas a tono con el papel y la colcha. Olía a limpio y se percibía que la sirvienta había esparcido unas gotas de perfume con un pulverizador. Elvira se dejó abrazar confiada, desnudar confiada, aunque no pudo evitar un leve suspiro cuando tocó la avidez ansiosa de Simon. El resto fue una ceremonia que a ella le cambió la mirada. Cuando se puso ante el espejo supo que la miraba otra Elvira.

 

Cuando todo estuvo empaquetado y clasificado le dimos al empleado de la mudanza la dirección del guardamuebles que nos recomendaron en la agencia. Se trataba de una de las dependencias desocupadas de un antiguo e histórico convento; las monjas se las arreglaban para aprovechar tanto espacio libre. Más tarde, con el paso de los días, una vez familiarizados con la casa, fuimos disponiendo espacios, clasificando destinos, en fin, lo que hacemos para hacer de ella la prolongación de uno mismo.

—Fíjate —me dijo Luis, melancólico—, fueron muchos años, para qué decir el número; no quiero que nos haga tan viejos.

—Aquí fue… en ese sofá —señalé con la mirada el viejo mueble tapizado en canutillo, como pana, color tabaco, oscurecido por el uso.

—Sí, ahí fue… Lo tengo tan presente. No creas que se me fue la mano, lo hice sin pensar… pero lo que sentí…

—¿Y si lo fuiste buscando? A mí me encantó; y no veas cómo me puso; pues mira ahora —pasé la mirada por el techo.

—¿Después de lo vivido? —Luis trataba de confluir con mi mirada.

—Después de lo vivido, eso es, después de lo vivido.

—En eso me aventajas, cariño; al fin y al cabo, yo…

—No creas, en el fondo es igual o parecido —le dije—. En este mundo de abajo, el cretino es al menos un cretino modesto, ignorante y atrevido, pero modesto; por ahí arriba las ignorancias son patéticas y los atrevimientos, tan peligrosos… No me arrepiento, volvería mil veces a hacer lo mismo, creo yo, pero, superada la atracción, tampoco creas que merece tanto la pena: una puede estar orgullosa o avergonzada de su vida; o ambas cosas, pero de la suya; lo estúpido es construir tu experiencia en base a vidas ajenas: yo no soy quienes he conocido, ni quienes he amado o amo; yo no soy tú ni tú eres yo, y así está bien, cada cual consigo mismo.

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