Es decir, el amor

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Joan Mirò. ‘Bailarina’, 1925

La carta, dentro de la moderación exigida, era un modelo de entrega en cuanto a la admiración, y mostraba su disponibilidad para salir, según se decía entonces: ir al cine, a una cafetería, pasear, ir al baile… en fin, salir juntos como trámite previo a lo que sería un noviazgo, es decir, el amor…

Simon respondió presuroso y le pidió una cita:

 

Cuando leas esta, me llamas a este número y quedamos.

 

Le decía de una forma de lo más coloquial; ella marcó el número con ilusión y temblores.

Pero, veamos, no creo que se trate de contar los pormenores de un inicio amoroso, en apariencia, como tantos otros. Salieron, fueron al cine y se besaron; fueron al baile y lo hicieron apretados; buscaron rincones oscuros y se tantearon el cuerpo hasta que él le propuso ir a la casa de una señora a la que conocía por terceros, donde estarían cómodos y solos, sin que nadie les molestara.

Ella tuvo miedo y angustia, pero dijo que sí. Así, como por casualidad, paseando, subieron al entresuelo de doña Pura, que les abrió con una sonrisa acogedora y zalamera y, ante Simon, montó la comedia de no conocerse: «Me manda Carlos Enríquez, amigo mío; me dijo que usted me recibiría, yo soy Simon», dijo él. «Ah, sí, Carlitos, muy bien; siendo su amigo, aquí tiene su casa y a esta servidora».

Llamó a una sirvienta, les preguntó si querían te, café, algún refresco. Elvira tenía la boca seca y pidió un vaso de agua; Simon pidió un té con leche. La señora Pura miraba a Elvira con descaro compasivo. Les ofreció una tabaquera con cigarrillos rubios americanos. Elvira cogió uno con cortedad y Simon hizo lo propio. Simon tomó con familiaridad un encendedor que reposaba sobre la mesita. El gesto pasó desapercibido a los ojos de Elvira, así como la sonrisa de desaprobación de doña Pura. Apareció la sirvienta con un juego de té y dos servicios, y una jarrita de agua y un vaso para Elvira. Doña Pura rompió el hielo:

—Hace mucho que no veo a Carlitos —dijo con un cierto retintín.

—Ya, sí, eso me dijo —contestó Simon; un día de estos me acercaré; a lo mejor tengo ocasión de pasar con frecuencia, me dijo.

—Ah, claro —dijo doña Pura con picardía—; pues cuánto me alegro, no hay nada mejor que recibir a los amigos. Y esta amiga suya tan linda ¿Cómo se llama?

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