La blancura de la ballena

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Era la blancura de la ballena lo que me horrorizaba por encima de todas las cosas”

Fue el domingo al leer “Herederos de Necháiev”, artículo de Mario Vargas Llosa publicado en el País, cuando caí en la cuenta de la enorme cantidad de lecturas que tengo pendientes y pensé en el tiempo con tacañería. El autor parte de la lectura de Los demonios, “obra maestra de Dostoievski”, para poner el foco en el rechazo de la violencia política, pero, fundamentalmente, en la penetración de la obra en “las raíces mismas de la crueldad humana”.

No he leído Los demonios; ya la tengo en cola de lectura: en Amazon se puede obtener en formato digital por 0,47 €, editada por Galaxia Gutenberg, además están las librerías y las bibliotecas públicas.

Solemos decir que el azar es caprichoso y al mismo tiempo que una cosa lleva a la otra, el caso es que el pasado viernes, la sección de mi muro de Facebook llamada ‘Viernes de cine’ la dediqué a Moby Dick, de John Huston, basada en la novela homónima de Herman Melville. Para refrescar la memoria eché mano del libro, del que saqué escenas y frases, lo cual me llevó a prestar atención a la fragilidad de esa facultad tan preciada. Tener la novela en la mano, un ejemplar de los que entran por todos los sentidos, fue una bendición de Dios.

Hace años —lo que antes podían ser lustros hoy son décadas— leí un artículo de Juan Goytisolo en el que decía que había llegado a una edad en la que apenas leía novedades; sólo se dedicaba a releer los libros que consideraba importantes; sin llegar a una conclusión tan radical, desde luego me apliqué el cuento y me puse con Moby Dick. Lo bueno que tiene la relectura es el placer de sorprenderte con escenas, capítulos, pasajes o estilos que te habían pasado desapercibidos o se te habían olvidado plenamente. En fin, leer como si fuera la primera vez, cosa que es también aconsejable para otros menesteres. Y me encuentro con el fantástico Capítulo 42: ‘La blancura de la ballena’. En capítulos anteriores, Ahab conjura a la tripulación con el doblón de oro; ahora, Ismael reflexiona sobre el valor simbólico del color blanco. Señala su valor dual, pero enfatiza la unión mística del mismo con el terror irracional, el que escapa a la simple comprensión: blancos son monstruos como el oso o el tiburón, las nevadas soledades esteparias, el para los indios sagrado caballo blanco de las praderas; y, sobre todos ellos, como símbolo, el cachalote blanco, encarnación del mal y la violencia. Y concluye: “¿Os asombra entonces la ferocidad de la caza?

No queremos verlo, nos asusta encararlo, pero la literatura clásica reflexiona sobre la presencia del mal en el mundo y en nosotros mismos, y, por lo tanto, la posibilidad de hacerlo. Es difícil reconocerlo, más aún dominarlo, pero entre la banal satisfacción y la agónica lucha me quedo con esta última, por más que digan lo contrario los filósofos del bienestar.

3 respuestas a “La blancura de la ballena”

  1. Estoy de acuerdo con lo que expones, Alfonso. Y para mí también es un placer reencontrarme con los libros que ocupan espacio y tiempo en mi biblioteca. Gracias y que pases un feliz día.

    1. Son una tentación. Recuerdo una preciosa entrada en que hablabas de ello y nos enseñabas algunos ejemplares. De vez en cuando los miro, los toco… Y quisiera volver a leerlos. Ay el tiempo…

      1. El tiempo se nos va de las manos, amigo…¡afortunadamente!

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