Una extraña invitación

 

Paisaje Cezanne
Paisaje, Paul Cezanne, 1870

Miró el vaso y la botella, la tomó y rellenó el recipiente con una ración generosa. Pensó, una vez más, en la alegría sorda y desvaída que trae beber a solas. Volvió a mirar hacia el teléfono, una llamada, un rato de compañía, un par de billetes, y vuelta a la soledad. Ahora que tenía una responsabilidad más alta, se permitía andar al borde de la prudencia como última válvula de escape. Pensó que a su padre no se le había exigido tanto: había formado una familia, criado a sus hijos. Comprendía que para su madre no había sido fácil, recordaba la palidez y el ligero temblor, cuando a altas horas de la noche, sonaba el teléfono y el padre no había regresado. Pero la vida se iba llevando y el padre no tuvo que renunciar a nada. Encendió un cigarrillo y dio un trago largo mientras pensaba en el sinsentido y la infelicidad, en si el precio a pagar no era demasiado alto. Acabó el contenido y añadió un chorrito más, miró al techo y soltó una carcajada. Fina, la muy canalla, una vez jubilada, desapareció ¿Por qué tuvo que mostrarse? ¿Por qué removerlo todo?

Pasado un tiempo, Luisa recibió, por carta, una extraña invitación. Fina le mandó un pasaje de avión y la reserva a su nombre en un afamado hotel ¿Cómo había averiguado que dispondría de algo de libertad en aquellos días? No lo llegó a saber; tampoco se lo preguntó. El caso es que siguió al pie de la letra las instrucciones y, cuando estaba deshaciendo la maleta y colocando sus cosas, recibió una llamada. Era Fina, que le dijo que la esperaba en el salón.
Cuando la vio, apenas la reconoció. Estaba rejuvenecida y había cambiado la ropa severa del trabajo por otra más informal. Se saludaron efusivamente, tomaron un café, y Fina la invitó a salir.
—¿Sin acabar de deshacer la maleta? —Luisa hacía honor a su sentido del orden.
—Ya lo harás —contestó Fina —; ahora nos vamos.
El día se mostraba espléndido y la bahía lucía una luz alegre de invierno. Cerca había un coche aparcado, un todoterreno. Subieron y salieron de la ciudad. Fina condujo bordeando la costa hasta que, llegados a un punto, enfiló hacia el interior. Tomaba carreteras y pistas que tiraban hacia arriba. Pasaban bajo túneles vegetales que formaban los altos robles, castaños, salgueiros, nogales y eucaliptos. Cuando Luisa pensó que estaban en medio de la nada, después de ascender por una pista irregular, surcada y desgastada por los regueros, surgió a su izquierda una casa toda de piedra y madera, rodeada de prados y manzanos, con un lavadero adosado a la pared que traslucía las vetas blancas, azules y oro viejo de la piedra, bajo un lecho de agua cristalina, donde se dejaba oír el resbalar de una película de agua. Para contemplar la magnífica fachada principal, orientada al sur, había que sentarse en el centro de una explanada de césped cuidado y recién cortado, para así descubrir la balconada corrida de hierro forjado, el acristalado del mirador, a dos bandas, sur y poniente, la puerta enmarcada por dintel y pilares de piedra, claveteada, y con un imponente llamador de bronce bruñido. Luisa no salía de su asombro: tan pronto reía como abría la boca y los ojos sin ninguna contención.
—¿Y esto? —acertó a preguntar.

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4 comentarios en “Una extraña invitación”

    1. Lo primero, gracias por tu valiosa apreciación.
      En cuanto a este relato, en principio, es un esbozo de lo que pretendo convertir en novela. Ahora están en cola dos: una en el Premio Azorín en espera de fallo y la otra la estamos corrigiendo Carmen y yo. Esta última tiene su origen en lo que escribí bajo el título de La Casa Dorada en el anterior blog, y pretendo hacerla pasar por otro concurso a ver qué suerte corre; para autopublicarla tiempo hay.
      Un abrazo, Isabel. Y feliz semana.
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