De uniforme

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Luisa lo miró divertida, como diciendo: Ya veo por dónde vas; no sé si sabrás, piloto, que estás cogiendo mi rumbo.

—No, no me espera nadie en el sentido que creo que me pregunta. Trabajo, mucho trabajo; sólo eso.

El piloto tuvo la tentación de preguntar por el sentido que atribuía Luisa a su pregunta, pero desistió; descartó lo que sería una impertinencia.

—Cuánto lo siento —dijo—. Quiero decir que es una pena que tenga que volver a España en el vuelo de mañana, porque la acompañaría con mucho gusto si no tuviera inconveniente. Podríamos cenar, en fin, salir un rato.

Luisa se dio cuenta de que el piloto tenía un punto de timidez, que no se atrevía a dar el siguiente paso. Habrá que ayudarlo, pensó.

—En fin —lo envolvió con una mirada seductora—, es una pena porque habría aceptado con mucho gusto su compañía, pero con una condición…

—¿Cuál? —preguntó él.

—Que fuera de uniforme.

El piloto captó el énfasis, la picardía, y dijo:

—Pero eso tiene solución. Ahora mismo me cambio, me pongo el uniforme y problema resuelto.

Luisa, acostumbrada a tener paciencia, se dijo que no le quedaba más remedio que entrar por lo derecho:

—Podemos hacer una cosa —dijo casi con maldad—. Sube a su habitación y se cambia, viene a la mía —le dio el número— y le invito a una copa ¿Qué le parece?

El piloto se esforzó por ocultar el desconcierto que le producía una invitación tan directa. Cualquiera podía pensar que por fuerza tenía que ser un hombre curtido y avezado en esos asuntos por las peculiaridades de su oficio: siempre viajando y frecuentando mundos y personas. Cualquiera pensaría que había salido a tomar una copa para entablar conversación y demás. Pero ninguna de esas consideraciones sería la acertada. Simplemente no tenía sueño. La experiencia le decía que en esos casos lo mejor que podía hacer era emplear alrededor de una hora en dar un paseo o tomar una copa para llamar al cansancio. Por lo demás era un hombre felizmente casado con una esposa a la que amaba y deseaba, y dos hijos, ambos varones, preciosos y saludables. En suma, era un hombre feliz. Por eso le sorprendió el agrado de conversar con Luisa, lo mucho que lo atraía y el punzante deseo de tener una aventura con ella. Esta noche sólo, pensó, mañana como si nada, la cabeza en su sitio, nada de líos.

Dijo al camarero que le apuntara las copas y subieron a las habitaciones. No pudo evitar pensar en lo cómico de la situación: ponerse el uniforme para reunirse con una mujer. Por un momento pensó en cancelar la cita, pero el picotazo del deseo lo animó a vestirse con la mayor prestancia, con el ánimo de gustar. No se demoró demasiado y se rio interiormente porque se dio cuenta del temor a que Luisa se impacientara y eso la hiciera cambiar de idea. Pensó en lo insólito de la situación y comprobó que no tenía nada que ofrecer. Cayó en la cuenta de que en el maletín guardaba los bombones que acostumbraba llevar para su mujer y los niños, pero descartó cogerlos, ni por asomo se le ocurriría perpetrar semejante traición. Así que fue a la cita con las manos vacías porque al final sólo podía llevar unos botellines iguales a los que ella tenía en la nevera de su habitación. Llamó con los nudillos tenuemente y, pasados tres o cuatro segundos Luisa abrió la puerta.

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