Viaje a París

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París en Blanco y Negro

A Luisa no le quedaron ganas de hacer nada, tampoco de acabar la carrera, pero fue el tesón de sus padres y de Josefina Freire, amiga de la familia y antigua compañera de su padre, quienes la sacaron de la depresión y la animaron a concluir los estudios. Fue Josefina quien la reclutó para la nueva sección que se estaba formando; algo nuevo, arriesgado y poco de fiar para los de arriba, aunque auspiciado por el jefe, experto en servicios de información. De ese modo, fue una de las primeras mujeres que formarían parte del nuevo organismo, en el que Josefina Freire desempeñaría un papel relevante.

Pero aquella era una noche triste. El metro seguía su curso estación tras estación, y Luisa parecía no llevar rumbo, como si no le importara donde bajar.

De pronto pareció despertar de un sueño, tomó conciencia de la situación, pensó que Eugenia se las arreglaría sola. Sabía perfectamente cuál era la misión y cuál era su papel, incluso tenía permiso para tomarse un desahogo siempre que no se comprometiera demasiado. El metro entró en la estación de Valdeacederas y ella tenía que haber bajado en Cuatro Caminos. Bajó, cambió de andén y dirección y esperó al tren que venía de Plaza de Castilla. Tomó nota de que, metida en sus pensamientos, había dejado de prestar atención. Miró a la gente, poca, que había en ambos andenes y esperó en la cabecera hasta que llegó el tren. Subió, inspeccionó el vagón de arriba abajo y recostó la espalda en uno de los laterales. En esa posición, con aire despistado, esperó hasta llegar a su destino. Bajó, miró con disimulo hacia ambos lados y emprendió la marcha hacia la salida, no sin antes tomar nota de una mujer joven rubia, con zamarra amarilla y pantalones negros y un joven de pelo teñido, cresta, imperdibles en las orejas, chupa de cuero sintético verdoso y pantalón azul marino hecho jirones. Sonrió para sí: a pesar de la parafernalia cantaban demasiado: parecían salidos de Cornejo. Salió a Reina Victoria y bajó por la acera de la derecha hasta Dr. Federico Rubio. Entró en un edificio de apartamentos y miró el buzón. Cogió el ascensor, pulsó el tercer piso, salió, fue hacia la puerta G, abrió y se sintió en su casa.

Una vez dentro, se desnudó, tomó una ducha caliente, se puso el pijama, la bata, las zapatillas y conectó la TV. De la nevera sacó una pastilla de chocolate y cubos de hielo; del bar, una botella de whisky. Se sentó cómoda en el sillón y se sirvió un trago generoso.

Parecía que miraba la televisión, el programa insustancial o la película descatalogada, pero no importaba, el caso era sentir el runrún y tenerla de compañía. En ese momento pensaba poco en el trabajo; en cambio le venían  a la mente deseos incumplidos y a la memoria fragmentos de una vida a la que poco exigía, pero al menos algo de eso que llaman felicidad.

Y claro que hubo un tiempo en que fue feliz. Fina la había mandado a París en comisión de servicio. Su misión consistía en contactar mediante un buzón de seguridad con un infiltrado en lo que se llamó Junta Democrática para recibir información de lo que allí se respiraba, los proyectos, los contactos, todo ello por interés directo de la Presidencia del Gobierno.

¿Por qué ella? Pensaron, en realidad fue Fina, que una mujer se movería más cómoda. La tapadera era una representación de cosméticos a cargo de una conocida firma. Un día, diversas circunstancias retrasaron su vuelo y tuvo que hacer noche en el hotel próximo al aeropuerto.

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