¿Para qué saber?

El contacto lleva a la confidencia, la confianza y la curiosidad; a preguntar, a tratar de saber. Sentimos la necesidad de saber la procedencia de los otros. ¿De dónde eres?, preguntamos, como si quisiéramos entrar en los orígenes del otro; no tanto por conocer a sus ascendientes, saber si viven o no, si tienen hermanos…

¿Por qué lo quieres saber?, preguntaba Eugenia ante la curiosidad de Diego. No, nada… por saberlo; en algún sitio tienes que haber nacido, respondía él. Tampoco tiene mucha importancia, decía Eugenia. Y añadía: Anda, vamos a querernos en lo que podamos. Si estaban solos, lo acariciaba, lo besaba, se arrimaba a él. Acababan anudados y entregados al amor.

No se pude decir que Diego insistiera demasiado. Sabía de las exigencias de la actividad clandestina, y Eugenia, en eso, era una profesional. Pero, por esas manías que nos entran, que nos obsesionan y nos llevan a emprender acciones absurdas, empezó calladamente a observar sus ademanes, sus facciones, el modo de vestir, y sobre todo la lengua, los giros, las palabras, a la caza de alguna particularidad fonética, léxica o estilística. En cuanto al habla, trataba de cazar un seseo, un ceceo, un alargamiento o caída vocálicos, algo que le permitiera delimitar el campo. Pero se sorprendió, bien por una cualidad intrínseca o como consecuencia de un arduo aprendizaje, al ver que Eugenia hablaba un español estándar de lo más aséptico.

Empezó, por otra parte, a necesitar correspondencia: tú me has vigilado y observado; yo te vigilo. O bien: todo lo sabes de mí y yo no te conozco. En cierta ocasión se lo dijo y ella le contestó que no, que se equivocaba, que no era del todo cierto. Fíjate si me conoces, le dijo, que no hay un rincón de mi cuerpo en que no hayas estado, ¿qué más quieres?. A ti, contestó Diego. Y ella se replegó en sí misma. Anda, no digas tonterías, voy a llamar.

Cogió la puerta y se fue.

Llamaba desde teléfonos públicos. Nunca repetía, o los iba rotando. Era una práctica como otra cualquiera, una forma de obrar como se supone deben hacerlo aquellos a los que había que localizar y vigilar.

Diego quiso penetrar en los secretos del trabajo de Eugenia, si le gustaba o no, qué sentía al vigilar, al traicionar. Ella le contestaba con evasivas; eso sí, le decía que lo mejor, lo más acertado, era no sentir, hacer del vigilado un objeto, deshumanizarlo. Pero eso es muy difícil, decía Diego, que no estaba seguro de cómo reaccionar a la hora de la verdad, imposible diría, somos humanos, sentimos… Es muy difícil. Ella entonces decía que era verdad, pero todo se aprende.

En otras ocasiones le decía que influir es más difícil que vigilar, inducir una acción, obrar sobre un comportamiento, manipular. ¿Cómo haces conmigo?, le preguntaba Diego. No, no es así, contestaba. Tú estás en esto porque quieres, incluso veo que te gusta.

Esa era una de las conclusiones a las que llegué: a Diego le gustaba la confabulación, la maquinación, la utilización, el poder, en definitiva. Nunca lo dijo así, jamás se lo he oído; creo que jamás lo dirá porque es tanto como reconocer que una vez asomado a los círculos, a los abismos de los que comúnmente abominamos, sentimos su poderosa atracción: debe ser fascinante saber que con un toque sutil, prácticamente imperceptible, puedes cambiar las cosas, incluso la historia.

 

Sobre la imagen: Gary Oldman en El topo (2011), de Tomas Alfredson, sobre la novela homónima de John le Carré

Anuncios

5 comentarios sobre “¿Para qué saber?

    1. En cierto modo son como dos corchos en medio de un estanque. De momento flotan. Ando de cambios de estación y de ambiente. Toledo se prepara para el calor, pero se notan las lluvias caídas: el verde es intenso, el tomillo se desquita de tanta sequía y la retama amarillea los cigarrales. El río… pobre río; el que fuera cantado y de qué forma por Garcilaso:

      “Corrientes aguas puras, cristalinas,
      árboles que os estáis mirando en ellas,
      verde prado de fresca sombra lleno,
      aves que aquí sembráis vuestras querellas,
      hiedra que por los árboles caminas,
      torciendo el paso por su verde seno:
      yo me vi tan ajeno
      del grave mal que siento
      que de puro contento
      con vuestra soledad me recreaba,
      donde con dulce sueño reposaba,
      o con el pensamiento discurría
      por donde no hallaba
      sino memorias llenas d’alegría (…)”

      Gracias, Isabel. Buen fin de semana y un gran abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s