Una reunión de trabajo

La joven abrió la puerta, y la forma de mirarlos parecía indicar que no le resultaba extraño que se presentaran dos desconocidos, del interior salía un leve y callado murmullo. Ante la mirada interrogativa de la muchacha, Diego, a sabiendas de que Elvira no estaba dispuesta a decir ni palabra, dijo que habían ido porque tenían un papel con esa dirección escrita. La muchacha sonrió con aire de complicidad, se hizo a un lado y les franqueó la entrada. Apenas dieron dos pasos cuando se encontraron en el minúscu­lo saloncito del apartamento. Cuatro personas, además de la joven, tres hombres y una mujer, se acomodaban en los ablandados asientos de un viejo tresillo. La joven arrimó unas sillas y les invitó a sentarse; ella hizo lo mismo. Pasaban los minutos y el aire se iba cargando de humo de tabaco rubio; los allí reunidos mantenían un pesado silencio a veces alterado por monosílabos sin respuesta. Uno de los hombres pidió una copa de coñac y la joven preguntó a los demás qué querían. Ella llenó un vaso grande y ancho de hielo y se sirvió ron hasta el borde. Los hombres tomaron coñac y la otra mujer agua; Elvira y Diego pidieron whisky. Con los primeros tragos hablaron del tiempo, del tráfico y de las obras de las calles, pero cuando empezaban a sentirse incómodos, la mujer de mediana edad, traje sastre ceñido y cabello negro recogido en una cola caballo, después de un leve carraspeo, inició la conversación.

-Supongo que todos han recibido la carta y la tienen aquí; ya saben que es imprescindible traerla.

Con ojos duros e inquisitoriales recorrió uno a uno a los circunstantes; con tono que sugería fría amabilidad, prosiguió:

-Ni que decir tiene que se les ha escogido de entre muchas personas después de un examen minucioso y muy selectivo, el objeto de nuestro trabajo no es para menos.

El hombre calvo, algo entrado en carnes, que había pedido la copa de coñac no parecía muy cómodo y, por los continuos carraspeos, daba la sensación de querer hablar. La mujer le clavó una mirada helada, se puso en pie y se alisó la falda. La luz de la lámpara del rincón proyectaba su figura sobre la pared y su rostro anguloso se llenó de sombras. Se hizo de nuevo un largo silencio. Pasado un instante, tomó de nuevo la palabra y en breves rasgos les dijo que trabajarían de forma inconexa, pero coordinados por ella; que hicieran todo al pie de la letra por absurdo que les pareciera; y, después les exigió la máxima discreción.

-La verdad, quisiera saber de qué va esto. Ya sé que en el anuncio pedían seriedad y discreción, pero a mí no me gustan los líos- dijo el hombre del carraspeo a la vez que añadía coñac a su copa.

-Pero le gustará el dinero, supongo -dijo la mujer dibujando por primera vez una sonrisa-. Además, quisiera que me explicara por qué habla usted de líos: esto es un negocio como otro cualquiera y, en todo caso, si no le interesa, puede retirarse.

-Hombre, yo no es que dude de la limpieza de su negocio, pero, la verdad, quisiera verlo más claro. A mí no me gusta hacer las cosas sin saber para qué, eso es lo que veo de raro en este asunto –hablaba temeroso y miraba a los demás como pidiendo su apoyo.

La chica y los otros dos hombres fumaban y no entraban en la conversación, quizá esperando que el otro se desgastara; Elvira y Diego lucían sonrisas impersonales y se miraban de reojo como diciendo, y esto de qué coño va. La mujer que llevaba la voz cantante volvió a tomar asiento, cruzó las piernas, y con aire aparentemente distendido dijo:

-Bueno, antes de entrar en materia vamos a conocernos, ¿me podéis enseñar las cartas?

 

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5 comentarios sobre “Una reunión de trabajo

  1. Una página más, Alfonso, intrigante, astutamente coqueto y la pregunta final, todo un reto. Consigues que del texto me pase a la escena simplemente cerrando los ojos y me imagino a la seductora autora de tan misteriosa pregunta final, haciéndola … y como.
    Feliz viernes, escritor.

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