Clásicas

Fregó los cacharros, recogió la cocina, se cambió y fue a echar un vistazo a doña Rosa, que dormía plácidamente, Si me duermo, te vas sin despedirte; no te preocupes, es mi cabezada, ya lo sabes; un poco tarde, pero bueno; tú te vas y pierde cuidado, hija. La verdad es que habían pasado un buen rato y no pensaba echar en saco roto los consejos recibidos, salteados de pequeñas historias. Vamos, quién iba a decir que doña Rosa había padecido unos celos tan grandes, No creo que entre ellos hubiera nada, le dijo, nada de eso, pero, hija, ¿tú sabes lo que es sentirte en tu casa como una convidada de piedra? Que si este fonema, que si la relajación de las oclusivas; yo qué sé, porque yo no entendía nada. Un día cogí uno de sus libros, en la biblioteca estará, lo acababa de publicar un colega suyo, de mi marido, claro… ¡No entendí nada! Luego ella dijo que se inclinaba por las clásicas, y a eso se dedicó; también puedes ver en la biblioteca algunas traducciones suyas, y versiones de teatro y poesía. Pero tengo que reconocer que Aurorita era muy lista, por eso creo que no hubo nada; admiración nada más. Pero me daba una rabia oírla recitar ¡En griego! Y Raimundo, embelesado. ¡Si se le caía la baba!… Por eso, tú no, no seas tonta, aprende, aprovecha, que la juventud se va muy deprisa y luego no es igual; y ese novio tuyo, si te quiere, acabará comprendiéndote. Déjalo que gruña, que se queje, que diga lo que quiera, porque, ¿no será un bruto capaz de pegarte?

-No, doña Rosa, no, no es eso…

-Creo que en el fondo tiene miedo –dijo la anciana.

-¿Miedo de qué, doña Rosa?

-Sí, hija, sí, miedo; miedo de que lo aventajes, de que lo dejes atrás.

-Pero yo no quiero eso.

-Ya, hija, pero, ¿tú sabes lo que se sufre cuando te ves disminuida? ¿Tú sabes cómo llegué a odiar a Aurorita? En silencio, eso sí; ni una queja; nadie supo nada; pero, hija, qué quieres; me costó lo suyo comprender que Raimundo en nada me hacía de menos cuando estaba con ella y lo pasaba tan bien, que cada una ocupábamos nuestro lugar, y que el mío estaba en su corazón y en otro sitio que no te voy a decir.

Doña Rosa, entre risas, le dio otro pequeño tiento a la botella de anís.

 

Imagen: Medea, por Anthony Frederick Augustus Sandys

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3 thoughts on “Clásicas

  1. Un final de texto … brillante, Alfonso, envidiable.
    Tus contenidos, en fin, ya sabes, tienen la virtud de hacerme ver las imágenes de lo que escribes. No sucede siempre, aquí, sí.

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