Casting

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio del salón flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Se sumergió entre las sábanas como quien se deja llevar por la suave pendiente de una playa. Su dedo de alabastro, con toque mágico, acabó con el último destello de fosforescencia.

Las primeras luces, como las de días anteriores, la sorprendieron en la cama, ovillada y feliz. Sobre la alfombra descansaba, cerrado, como un estuche de nácar, su pequeño ordenador portátil. El sol entraba a borbotones por el amplio ventanal y alargaba la mano para acariciarle la espalda mientras la sábana le vestía de suavidad el resto del cuerpo. Despertó. Siguió el rastro de sedas y encajes hasta llegar a la mesa en la que dos copas contenían restos de champán; una, un ligero toque bermellón en el borde. Canturreando se mojó los labios y a saltitos, como una bailarina, se metió en la ducha. El domingo acababa de comenzar.

Salió de la ducha, dorada, caliente y esponjosa como el pan reciente. El espejo empañado la envolvía en una gasa cuando sintió con la suavidad del algodón y la firmeza del alabastro la mano abierta como un abanico sobre la leve curva de su vientre. Un suspiro profundo como una navaja y seco como un latigazo delató el calambre que la sacudió de la cabeza a los pies. Los ojos le sonreían a través del espejo. Todo es tan confuso, un brumoso sentir empañado y húmedo, la mano como un abanico, los labios como un aleteo, y la presión urgente y nebulosa que, como sueño o fantasía, se adivina en las diminutas perlas condensadas en la bruñida superficie y se siente en los pulsos del corazón agitado. Es entonces cuando el cuerpo se abre como una granada.

Ducha

Con el énfasis del trueno y la intensidad del relámpago llegó el estremecimiento.

Sin prisa, como si tal cosa, volvieron el sonido de la radio del vecino, el voceo del tapicero, el taconeo del piso de arriba y la cascada de una cisterna lejana. Relajada y diáfana, sonrió a la muchacha del espejo y la señaló con el índice de la mano izquierda; su lengua recordó el crujir de las tostadas y su olfato el aroma del café con leche: sentía hambre. Otra vez de puntillas, con pasos de bailarina, cruzó el salón hasta llegar a la bata que, como una bandera, había caído arriada a sus pies la noche anterior.

Ay, la abuela Antonia. El pan, bien torrado, crujiente, tierno y dorado, en rebanadas, ni muy gruesas ni muy finas. Un tomate maduro, pequeño y con mucho zumo, que caiga a chorro sobre el pan. Una anchoa de salazón lavada al grifo para quitarle el salitre. Y aceite virgen, de la almazara. El café, sobre la leche bien caliente ¿Y las salsas? Cada una a su ritmo y con su tiempo, Paciencia, paciencia y amor, decía cuando le preguntaban el secreto.

Pero no tiene ni el pan ni el tomate ni la anchoa ni el aceite ni la lumbre ni la paciencia ni a su abuela. Aun así, con el pan, el aceite, el tomate, el café y la leche del súper, le queda el recuerdo de su amor, que todo lo impregna.

Por la ventana penetra el sol. Esperan las calles.

El sol, como una cascada de oro, se deja caer a borbotones sobre la estancia, Qué desorden, piensa, y recoge las copas y candelabros, la botella, los platos, el mantel, las servilletas y la ropa de la cama. Tararea y se vence de un lado a otro, armónica y ágil. Cuando quiere recordar, todo ha recuperado su orden. Escruta el armario: vestido liviano de crespón salpicado de florecillas, de ágil caída y mejor ajuste, zapatos altos de alegres colores; tenue raya de ojos y de labios, el cutis rosado natural, cabello suelto y al viento. La acera se viste de fiesta con sus andares. El aire lanza una pícara ráfaga y levanta un ala del vestido, que revolotea a su caer ayudado por su mano que lo alisa como si tal cosa. La mirada sonríe alta, y baja los ojos del espectador sorprendido.

Marilyn

El vestido se remecía y garbeaba poniendo rúbrica a sus andares, el vientecillo travieso hizo un garabato con el borde de su falda, y el largo escaparate, poblado de estáticos espectadores, se unió a la fiesta reflejando el travelín de su paseo. Dos manzanas adelante, ante la puerta de un pequeño teatro, había una larga cola de chicas jóvenes y frescas en busca de una escena, una frase, para trabajar en la serie que rompería todos los índices de audiencia. Enfrente, personas de edad, y algunas jóvenes, eran absorbidas por el oscuro frescor de la puerta del templo. Un alegre campaneo llamaba a misa de doce.

Le había dicho que enseñara la tarjeta al señor de la puerta, que así no tendría que esperar. Un hombre joven con camisa y pantalón negros, y cabello recogido en la nuca con una coleta, la miró de arriba abajo con descaro y tomó la tarjeta, sonrió, la recorrió de nuevo y le dijo que pasara, y luego se volvió sonriente y con las manos en alto hacia las que esperaban y elevaban tímidas protestas. Después de una breve espera, se abrió la puerta del patio de butacas y salió una joven, como ella, con los ojos llorosos, Pasa, te acompaño, le dijo la mujer que hacía de recepcionista, y la condujo al escenario, a la vuelta, cuchicheó unas palabras al oído del que sería el director, al menos era el que llevaba la voz cantante, Bien, ya conoces la escena, le dijo; tienes que hacerme sentir que eres una mariposa. Música y luces se adueñaron del escenario.

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Publicado en el blog  El cuento inacabado -hoy cerrado- bajo el seudónimo de madamebovary.

 

 

 

 

 

 

 

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8 thoughts on “Casting

  1. Pura prosa poética, poesía bellísima, prosa de alta calidad… Gracias por rescatar este texto de los tiempos de nuestra gran “madamebovary”. Pero que bien escribes, Alfonso. Tengo unas ganas inmensas de ver reunidos los capítulos, los relatos… Tengo ganas de tener un libro tuyo entre las manos.
    Me repito, ya lo sé. Y me seguiré repitiendo.
    Un fuerte abrazo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Y yo siempre repetiré que tus comentarios, seguro, mejoran mis palabras con la calidad de las tuyas. Ya sabes, ando con proyectos, otro de ellos es el de reunir una colección de cuentos y relatos cortos. En cuanto a lo del libro, alguna decisión tendré que tomar. Ya te diré. Ah, y “El mar, en llanto dulce”

      Un abrazo muy fuerte y felicidades.

      Me gusta

  2. Yo era un gran seguidor de madamebovary y aún sigo lamentando su cierre. Este, el tuyo, me lo recuerda y mucho.
    Magnífica entrada Alfonso. Las vacaciones y algún desgaste del motor interno, me impidió llegar antes hasta aquí, ahora, ya estoy mejor. Este blog tiene poder curativo
    Feliz tarde

    Le gusta a 1 persona

    1. Me permito responderte Enrique, porque parece que ambos estamos abonados a este magnífico escritor que es Alfonso Cebrián.
      Siento adelantarme a la respuesta que te va a dar, pero no me contengo. Madame Bovary y él son la misma mente, el mismo papel, el mismo lápiz, el mismo sentimiento, el mismo arte. Utilizaba tal nombre como pseudónimo; si no me equivoco, esto lo explicó al principio de abrir el blog. A mi me dio un vuelco el corazón, tuve que cambiar de afectos y de admiraciones, pero enseguida comprendí que un pseudónimo no es más que una sombra de la que conviene liberarse, y Alfonso lo hizo. Merece todo nuestro agradecimiento.
      Saludos.

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    2. Hola, Enrique. Mejor vacaciones que desgaste, pero ese motor, siendo sensible, trabaja más. Me alegro de que estés mejor, y si en algo se puede contribuir, adelante.

      Ya te lo dice Isabel, y se lo agradezco -cuánto amor pone en todo lo que toca-: madamebovary, Sofía y yo somos la misma persona; bueno, Sofía es un trasunto de Mari Carmen; y, efectivamente, después de un debate entre los tres, decidimos salir a dar la cara, el nombre y el apellido porque “un pseudónimo no es más que una sombra de la que conviene liberarse”.

      Muchas gracias, Enrique, y que tengas un buen día.

      Le gusta a 2 personas

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