El prendedor

Vamos, dijo, y pagó la cuenta. El portero paró un taxi. En lo alto, las cornisas dibujaban las calles. La luna, llena, se sobreponía a la catarata de luces urbanas. Ella abrió la puerta y accedieron a un vestíbulo pretencioso y recargado. Tomaron el ascensor de la izquierda y se desabotonó el abrigo. No tardó en sorprender la mirada directa al escote. Entraron en el cálido apartamento, Ponte cómodo, le dijo; abrigo y gabardina, junto con el bolso, fueron a parar a un sofá, Whisky, preguntó de manera retórica y llenó dos vasos. Era el vestido en su cuerpo un guante de tafilete.

Cantaba como los ángeles. Por los caminos, villas, plazas y pórticos de iglesias sonaban los nombres de Macabrú y Gaucelm Faidit. El nuevo estilo, tan dulce, difería de los recios cantares que entonaban los juglares procedentes del norte; los nombres referidos al amor, la belleza y la mujer resonaban en esas lenguas tan parecidas a la que utilizaban para entenderse, pero tan diferentes en tonos y músicas, que parecían moverse en busca del mejor decir. Cantaba como los ángeles, y había elegido para sus canciones esa lengua de los confines, tan musical y sonora, como hecha para el amor. Cantigas y endechas escalaban fachadas y empalizadas, y penetraban por las ventanas de la morada más modesta y de la más alta torre. Los corazones de doncellas y dueñas se ensanchaban con música tan dulce.

Tan alto subían las canciones, que acertaron, y detrás el joven, a atravesar visillos y celosías de la cámara de la bella condesa. Días antes, había tendido un puente de miradas cómplices con el trovador, cuando atraída por tan bello canto, salió a pasear por la plaza y el mercado. Así, todas las noches, una cascada dorada, antes ceñida por un prendedor afilado y puntiagudo coronado por una cabeza de león de marfil, se derramaba suelta sobre las blandas sábanas, que apenas cubrían las infatigables acometidas de la pareja.

Tanto va el cántaro a la fuente y no hay nada que hagamos que no acabe por ser sabido, que ese ir y venir llegó a oídos del conde en el instante en que el amaestrado neblí abatía el vuelo inmaculado de una paloma. Y esa misma noche, la luna llena fue testigo del rayo acerado que se abatió sobre el pecho del joven cuando iniciaba el ascenso hacia la dicha.

La luna, tan blanca y tan grande, enmarcó en la ventana la figura del amado. La joven condesa, como siempre, le hizo sitio, pero ese tacto, ese olor… cuando se quiso dar cuenta, el conde aferraba con el dogal de sus manos el delicado cuello de su esposa.

Cuando lo vio, recordó el retrato que le había mostrado la echadora de cartas en una barraca de feria, Mira bien esta cara, míralo bien, algún día lo encontrarás y sabrás lo que tienes que hacer. Toma, y le dio un prendedor con la cabeza de un león de marfil. Y lo vio en aquel bar de hotel. Desde ese momento, como si una extraña mano la llevara, no fue dueña de sus actos.

Lo desnudó con parsimonia y con el sigilo de una serpiente lo metió en la cama. El hombre, enardecido, se abalanzó sobre ella, que lo recibió como el pozo de un oasis. Con dedos expertos, la mujer localizó el quinto espacio intercostal izquierdo del que con tanta fruición la amaba, colocó la punta del prendedor, y asestó una puñalada directa al corazón. El conde aflojó las manos y cayó como un fardo sobre su esposa. La luna vestía de plata la cámara de la condesa.

Publicado anteriormente en el blog, hoy cerrado, Un té con Draupadi, bajo el seudónimo de madamebovary

 

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7 thoughts on “El prendedor

    1. Sí, están emparentados. Digamos que ellas me han dejado la esencia de su blog y el derecho de autoría; y yo, en justa correspondencia, procuro estar a su altura; pero ellas son muy ellas, vaya si lo sé.

      Gracias, Enrique; yo, como ellas antes, también disfruto con tus cosas. Un abrazo.

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  1. Decirte otra vez que leerte es un auténtico placer, Alfonso, sería repetirme, pero ¡Ay! no puedo evitar decírtelo de nuevo.
    Un abrazo, tan cómplice, como esa mirada del trovador.

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  2. Delicioso texto que agradezco hayas recuperado del arcón de “madame bobary”, era una escritora genial, “muy leída” y que hacía unos comentarios extraordinarios.
    Buena herencia recibiste, amigo Alfonso, y tal era tu relación con ella que la fusión en todo es perfecta.
    Y cambiando de tema… así que te diriges hacia el Mediterráneo, que bien ¿y qué tal dirigirte después a Madrid para conocer a una gran amiga de “madame”?
    Un abrazo muy fuerte, Alfonso. Pásatelo bien.

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    1. Hola, Isabel. Sí, estoy mirando algunos textos por si merece la pena actualizarlos; bueno, éste está sin revisar, tal como salió en su día; miento: he quitado una coma.

      Y, cambiando de tema, tarde o temprano buscaré la forma de conocer a esa gran amiga de madame.

      Un beso fuerte.

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