La duda

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Pedro Salinas, La voz a ti debida

Tú nunca puedes dudar, le dice la voz del poeta al objeto de sus palabras. Sin embargo es la duda, o la falta de certeza, el combustible con que se alimenta la que llamaríamos enfáticamente Época Moderna. Don Quijote no duda, sabe quién es, Yo sé quién soy y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino los Doce Pares de Francia, dice; sin embargo, lo confunde el mundo que le rodea. El dorado brillo del yelmo de Mambrino resulta ser una bacía de barbero; los brazos de gigantes, aspas de molino, y el polvo levantado por el paso de un ejército, un rebaño de ovejas. Son los magos y encantadores, que le tienen ojeriza, quienes lo confunden todo, porque la verdad sólo puede ser una, y todo son impedimentos ante la posibilidad de desvelarla. Sin embargo Don Quijote no es un iluso ni un loco sino un hombre de su tiempo, tan confundido como los teólogos y filósofos, que persiguen el ser y la verdad y se topan con simples apariencias porque el mundo se les ha ido de las manos y ha dejado de ser la ciudad de Dios. Sólo son capaces de intuir la existencia, no al pensar, sino al realizar el acto de pensarse a sí mismos.

Pero no es la duda existencial o metafísica la que asalta a Aitor; no, ciertamente, aunque la angustia y desesperación sean las mismas; pero quienes conocemos esta historia sabemos que lo que parecía ser y no era tomó forma en su mente para dejar asentada la duda. Hasta entonces su relación con Amelia había estado libre de sobresaltos. Los días se sucedían con la monotonía de lo previsible. Pensaba en ella, y en ocasiones, como por arte de magia aparecía en el móvil su imagen acompañada de un mensaje que no era otra cosa que la constancia de su amor, expresado mediante consabidas palabras o códigos alusivos a momentos placenteros. Con la noche llegaba la reunión, estar juntos, cenar, para después dedicar un tiempo cada uno a su afición: él con sus coches, motos y fútbol; ella con sus estudios y películas de cine, para culminar anudados con el mismo deseo del primer día, aunque era cierto que le inquietaban las nuevas ocupaciones de Amelia, su repentina afición por los libros, el afán de cursar estudios, la vocación de ejercer una profesión, no porque lo considerara desatención por su parte, tampoco por alguna secreta envidia; en realidad se trataba de una vaga sensación, algo apenas sentido, como un ligero viento frío en la noche apacible.

Al vislumbrar la escena a través del ventanal, el primer impulso fue la huida ¿Qué hago yo aquí? se preguntó, y cogió el camino de vuelta a casa. Nada había visto que le pudiera inquietar, pero había sorprendido una mirada que conocía muy bien porque era similar a la suya, igual que la suya; el segundo, de aparición seca, de toma de posesión, como diciendo: ‘Se ve que está bien contigo, pero esta chica es mía’; y el tercero, de afirmación: yo también soy algo. Además, abrumado por la incertidumbre, recordó lo que había oído decir a su madre: ‘Cuando lo veo tontear con alguna mujer (con el ‘lo’ se refería a su marido), si es sólo conocida me hago amiga suya, y si es amiga me hago más; creo que hasta ahora me ha dado buen resultado’.

Aitor decía que los coches tienen su propia personalidad. Cuando subes a uno, cuando lo pones en marcha, pisas el embrague y metes la velocidad, el coche te habla. Aitor, como buen mecánico, por la disposición del asiento, la dureza o suavidad de los pedales, la entrada de las marchas, las revoluciones a las que la máquina se adaptaba al cambio, la precisión en las curvas, sabía el estado del automóvil y el tipo de conductor; conocía el lenguaje de los ruidos, tirones, paradas y arranques; soy para un coche lo que el médico para una persona; eso le decía a Amelia, que lo escuchaba con los oídos del amor y le decía que hablaba como un poeta, ¿Yo poeta? preguntaba con tono de guasa; no creo que sea capaz de juntar letras para hacer ni un verso, Ya, le decía Amelia, pero no hace falta componer versos para ser poeta, ¿Y eso quién lo dice? Aitor la miraba con ojos alegres, Paco, el de Historia, contestaba ella.

Ese soy yo, vino a decir la tarde en que Amelia reía con Paco y apareció en el bar porque había ido a buscar a su novia con la intención de dar una vuelta y picar algo; para la mayoría un coche es una máquina; para mí tiene su alma y sus secretos. Fue una manera de presentar sus credenciales, de dejar claro que Amelia salía con un chico que merecía la pena.

Después de andar por el barrio, de picar en los bares, regresaron a casa. Hablaron de vaguedades, se dijeron lo que se dicen las parejas cuando están solas con el tono y las palabras con que se comparte la intimidad. Aitor llevaba entre los labios una pregunta a la que no dejaba salir porque escondía otras que se alojaban en su fondo más íntimo. Por primera vez, ante Amelia, eran grandes las reticencias que lo impedían expresarse con libertad, no por temor a la pregunta sino por miedo a la respuesta. Y al fin se decidió. La dejó para el final. Subieron a casa, y como todas las noches, se acostaron y abrazaron con la pasión loca del enamoramiento y los pocos años. Pero esa noche Amelia sintió en Aitor una pasión y apresuramiento desconocidos, como si se dejara la vida. Estaba a punto de dormirse cuando le oyó preguntar, ¿y ese Paco, tiene pareja, tiene mujer, tiene hijos?

Imagen tomada de Internet

7 thoughts on “La duda

  1. Seguimos leyéndote, Alfonso, y con mucho gusto. Acertada introducción para dar paso hoy como único protagonista a Aitor, realmente parece una buena persona y a su contención, después del “apresuramiento desconocido” le dio rienda suelta; estupendo final para desahogar tensiones.
    Gracias Alfonso, un fuerte abrazo.

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    1. Realmente es una buena persona, pero algo le confunde, y se ponen en marcha esas fuerzas dormidas que a menudo se apoderan de cualquiera. A la fuerza de las pasiones, tan bien tratadas en la tragedia clásica, como en el teatro isabelino, intentan oponerse el diálogo y la reflexión racional, no siempre con éxito; y encima, un acto insignificante, una palabra mal interpretada, pone en marcha un proceso de incalculables consecuencias.

      La verdad es que me siento muy afortunado de tener tan buena lectora.

      Buenos días, Isabel; y un abrazo fuerte.

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