En el tocador

Antes de salir hacia la Escuela, Amelia cambió el DVD: dejó en la Biblioteca Las horas y retiró Amadeus. Lo llevaba apuntado. Paco, el de Historia, se la había recomendado. Es divertida, le dijo; además te permite observar el contraste entre los caracteres apolíneo y dionisíaco. Se vieron a la salida de clase y ella le dijo que esa noche iba a ver la película. Fueron al bar a tomar una caña. Paco le refería la escena en que Salieri pelea con las notas y tiempos en la composición de una pieza breve para el Rey. Satisfecho con el resultado, le dirige a Cristo crucificado unas palabras de agradecimiento. El Rey la interpreta con notable torpeza y en esto aparece Mozart, que se ofrece para tocar su versión. Con jovial facilidad improvisa y deja a todos boquiabiertos y a Salieri bastante corrido. Pero no te creas nada, son licencias de Milos Forman y los guionistas. Paco tenía verdadera gracia para el relato y un notable talento para explicar los temas más abstrusos: era un buen profesor. Los alumnos asistían a sus clases con devota expectación y él tenía los ojos puestos en Amelia. Estaba encantado con su curiosidad, interés y capacidad de trabajo, cualidades que servían de ayuda a un talento bastante despierto; además, se sentía atraído por la muchacha y hacía lo posible por estar junto a ella.

El diablo se las arregla para disponer las cosas de modo que se enreden en las apariencias. En verdad hace honor a su título de Príncipe de las Tinieblas y en ellas envuelve los actos más intrascendentes para condicionar y cambiar el curso de una vida. Aquella tarde, Aitor volvió a casa a la hora de costumbre, comprobó que Amelia se había olvidado de sacar los filetes del congelador y que estaban duros como una piedra. Entonces pensó pasar por la Escuela, recoger a Amelia, dar un paseo y picar algo. Pasó por delante del ventanal del bar y pareció no reparar en la pareja que, sentada ante unas cañas, reía con frescura y ganas. En un breve intervalo de tiempo tomó nota de la forma de mirar del hombre y de la espalda de la mujer; en la pizca de un instante analizó el sentimiento que traslucían esos ojos, y en ese pequeño lapso reconoció la espalda de Amelia. No entró en el bar, no se paró a pensar. Sintió que le faltaba el aire y dio media vuelta. Apretó los puños, tomó aire, y llegó a un estado próximo a la normalidad. Qué tiene de malo que se ría con el profe, se preguntó; venga, hombre, no seas ridículo. Volvió de nuevo sobre sus pasos y se dirigió al bar.

Cuando se quedó sola, doña Rosa se encerró con su coquetería. Estaba próxima la hora de salir a pasear y merendar con las amigas; no había más remedio que retocarse para darle al rostro y a las arrugas una mezcla de disimulo, realce y brillo, sin exagerar, porque no le gusta una cara de muñeca vieja. Había dejado de teñirse y agradecía al cielo que le hubiera dejado alguna hebra de cabello negro entre las canas, eso sí, había perdido volumen y peso y había que llevarlo corto. Las cejas bien perfiladas, un poco de sombra en los ojos, algo de rímel en las pestañas y rojo en los labios; una crema antiedad, eso sí, de marca blanca porque la pensión no da para más, porque Raimundo no es que aportara algo aparte de su sabiduría y su cátedra, que no es poco; bueno, ella tampoco, que todo lo había dilapidado su padre entre Villa Rosa y El Palomar, y a la hora de casarla no hubo con qué dotarla. Menos mal que el piso es de renta antigua, buena cara se le pone a doña Fernanda, la propietaria, y sobre todo a su hijo Adolfito, que si por él fuera todos los vecinos estarían criando malvas. Gracias que se ha mantenido delgada, bueno, razonablemente, aunque eso tiene la pega de las tallas: la ropa asequible es demasiado moderna: los pantalones, por ejemplo, tienen la caja muy estrecha y la cintura muy baja, y a ella le gustan los pantalones en invierno y entretiempo, para no coger frío, porque, dónde va a su edad con esos inventos tan ceñidos, por muy mono que resulte el vestido. Y el zapato, de tacón bajo, ya habrá tiempo de dejarlo, eso que las torceduras, los tobillos, las rodillas, las caderas. En fin, un último retoque y una gotita de Chanel 5: a todo no se va a renunciar.

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2 thoughts on “En el tocador

  1. Hoy has cambiado el privilegio a del protagonismo a Amelia y me alegra, lo necesitaba la chica… Como buen novelista nos has dejado con “la miel en los labios” sobre el desencadenamiento de la situación de Aitor y su reacción frente a lo que acababa de ver en la cafetería; seguiremos atentos al desenlace.
    Y de doña Rosa que te voy a decir, si mimas su personaje con una delicada gota de Chanel nº 5…
    Encantada como siempre de leer tus textos.
    Feliz primavera. Un abrazo muy fuerte.

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    1. Es que el diablo viene a enredar y a torcer lo derecho; para eso es diablo. Ahora les toca a los personajes, en este caso a Aitor, entenderse con la novedad que le turba.

      ¿Y doña Rosa? Ay, doña Rosa; con ella el diablo no se atreve.

      Siempre agradecido con tu presencia. Un abrazo fuerte y feliz primavera para ti y los tuyos.

      Le gusta a 1 persona

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