La siesta

Es la hora de la siesta. En la pantalla, el busto deja ver el conato de sonrisa con que convierte la miseria y la muerte en puras banalidades. Doña Rosa se ha pasado a la penumbra del salón, a la blandura del sillón, en el que, muy a su pesar, dormitará y dejará pasar una tras otra las secuencias del serial. A lo lejos se oyen las campanadas del viejo reloj. Amelia se refresca y recompone después de haber dado una cabezada, echada en el sofá cama. Por el patio de luces asciende un ritmo de bachata que acompasa su ir y venir, para sacar mandilón y zapatillas de la mochila, y en su lugar poner cuadernos y libros. Son las cuatro y hay que hacer un repasillo en la Biblioteca, le gustan el silencio y el ambiente, como si se estudiara mejor. Después, en Adultos, Mates con Lola, la nueva, la interina.

Con la aparente desgana que viene de la rutina, doña Rosa fregó la loza, colocó la cocina, fregó el suelo, y se mudó al salón. Encendió la televisión y se aprestó para ver el capítulo del día del culebrón de la Primera. Para ello tenía dispuesto un sillón de alto respaldo, un cojín de látex ajustado a las lumbares y un escabel para combatir la hinchazón de los pies. Atacaba la serie con entusiasmo, pero al cuarto de hora se le cerraban los ojos y, a pesar de los esfuerzos, acababa dormida después de emitir un sonoro ronquido. En muchas ocasiones, más de las que ella quisiera, se despertaba cuando había acabado el capítulo de la serie. Entonces miraba el reloj por si se le había pasado la hora de arreglarse para reunirse con las amigas. Había tardes que la despertaba el ring del teléfono y se levantaba sobresaltada y presurosa, no fuera a no llegar a cogerlo. Y cuando lo descolgaba y reconocía la voz de Pili Revuelta, Reme Alonso o Purita Díaz, no podía evitar un gesto de decepción que trascendía al tono de su voz, porque lo que deseaba era oír la voz de Gonzalo, su hijo, de quien siempre esperaba la llamada que llegaba de pascuas a ramos.

Pero esta tarde lo que sonó fue el timbre de la puerta. Con pasos torpes, con las piernas dormidas, salió al recibidor y preguntó quién era sin atreverse a abrir la mirilla. Esperanza, le contestó una voz suave y bien timbrada. Espera, hija, ahora te abro, le dijo, y se fue al cuarto de baño a refrescarse y atusarse para estar presentable.

Abrió la puerta, y ante ella estaban Esperanza y Matilde: la primera de mediana edad y la segunda más joven. Miró el reloj y vio que marcaba las cinco y media, Venga, pasad y charlamos un ratito, les dijo. Entraron con la confianza que da el haber sido siempre bien recibidas y se sentaron en el sofá. Sobre la mesa depositaron unos folletos y una biblia con las cubiertas de cuero negro.

Imagen: La siesta, Vincent Van Gogh (según Millet), 1890,Musée d’Orsay, París. Bajada de Internet

7 thoughts on “La siesta

    1. Doña Rosa responde a ese tipo de mujer mayor, sola y autosuficiente que tanto abunda. Aunque de escuela antigua, tienen un coraje y una dignidad desconocidos porque viven en un retiro silencioso y discreto. Y doña Rosa acumula esa sabiduría que se adquiere cuando se tienen los ajos abiertos.

      Gracias por tu comentario, María. Y un beso fuerte.

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