Poner la mesa

“-¡Mira, mira, Septimus! —exclamó. Porque el doctor Holmes le había dicho que estimulara en su marido (que no padecía nada serio salvo que estaba un tanto pachucho) el interés por las cosas que ocurrían a su alrededor.

Así pues, pensó Septimus, levantando la mirada, están haciéndome señas. Sin formalizarlo en palabras; es decir, que no sabía leerlo todavía; pero estaba bastante claro, esta belleza, esta belleza exquisita, y las lágrimas empañaron sus ojos al mirar las letras de humo languideciendo y disipándose en el cielo, y confiriéndole, en virtud de su inagotable caridad y risueña bondad, una forma tras otra de belleza inimaginable y mostrando su intención de entregarle belleza, a cambio de nada, siempre, a cambio de una simple mirada, ¡más belleza! Las lágrimas corrieron por sus mejillas”.

Amelia cierra el libro y se dirige a la puerta de salida cuando el tren baja la velocidad al aproximarse a la estación cuyo nombre canta una voz enlatada. En la calle, el sol le cae de plano. Los árboles del parque emiten tímidos trinos, heraldos de la siesta, y la cabeza de Amelia pajarea melodías; a su ritmo y compás abre la puerta, suelta la mochila y se cambia de ropa; en casa le gusta estar cómoda y suelta aunque sea para una hora. Esta nevera parece un huerto, dice la nota que ha dejado Aitor enfundada en un plástico; también algunos mensajes de cariño y más; el caso es que los ojos se le van tras los paquetitos de chuletas y bistecs que su chico, ella dice mi chico, ordena y clasifica para ir consumiendo; pero son las hojas de lechuga y rúcula, las hebras de zanahoria, los granos de maíz, los tomates cherry, unas aceitunas, un poco de pasta fría y unas lascas de salmón ahumado los componentes de la ensalada de mediodía; en la cena, con Aitor, se desquitará.

El pequeño equipo de música selecciona de forma aleatoria las canciones grabadas en un pendrive y Amelia lava, corta, combina sabores y colores; en fin, decora el plato para que le digan algo las escasas calorías.

Desde la mesa se impone la melodía procedente del teléfono móvil, que no la sobresalta aunque le provoque agitación, alegría y prisa por contestar. En la pantalla, una fotografía y una leyenda; ‘Mi amol’, dice la pantalla.

Doña Rosa tiene un pequeño aparato de televisión en la cocina al que mira de vez en cuando para, con su run run, estar al corriente de los cotilleos. No le gusta el microondas pero es lo que tiene cocinar para una sola, que a veces hay que echar mano de él. De primero, lentejas, que tienen mucho hierro y fortalecen la sangre, decía Sole, la cocinera, cuando ella, curiosa, pasaba por la cocina por si caía un dulce. Piensa que su madre acertó, no sabe si por desidia o por un alarde de perspicacia, al dejar su aprendizaje en manos del servicio, qué bien le vino esa ciencia cuando decidió que compartiría su vida con Raimundo, rico en conocimientos y parco en economía. De segundo, lirios rebozados. Los lirios tienen que ser terciaditos y estar muy frescos; si no, mejor dejarlos. Doña Rosa no toma postre, recoge la mesa y deja la loza y los cubiertos en el fregadero. Ahora muele el café y carga una diminuta cafetera italiana que pone al fuego. A la espera del soplido, enciende un cigarrillo y se sirve una copita de anís. Mañana de nuevo sola, pero pasado, Amelia comerá con ella, charlarán y le hará compañía. El humo se deshace en hebras onduladas cuando en la pantalla se anuncia el noticiario de las tres. A esa hora Amelia ha dado cuenta de la ensalada, ha intercambiado palabras de amor con Aitor, también le ha dicho que ha completado el dinero del alquiler y que no se le olvide pasarse por el súper, ha fregado el suelo de la cocina y se dispone a echar un sueñecito de media hora.

Imagen: Breakfast in the Garden. James McNeill Whistler

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9 thoughts on “Poner la mesa

  1. Doña Rosa se pasea lentamente por la cocina en una relación sucesiva de imágenes, mientras Amelia decora su plato para hacerlo más apetitoso.
    Lo plasmas de una manera que me parece estar viendo la escena como una observadora de sus vidas.
    Seguimos, amigo mio.
    Besetes, Alfonso.

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    1. ¿Qué sería de la vida sin cocinas? La arquitectura moderna, sobre todo la que pelea con la falta de espacio, las reduce a pequeños laboratorios alejados de la vida hogareña, pero, ay, las cocinas antiguas, o las que hoy se mantienen en las casas de las aldeas, lugares de acogimiento, charla y café. Y, bueno, ya me parecía a mí que te iba a gustar.

      Y ¿cómo no? Recuerdo cuando convertiste un fragmento de un escrito mío en un poema; con tu mirada poética, le diste el ritmo y la medida. Cuánto me gustó.

      Gracias, amiga, por tus comentarios, ya sabes que muy valiosos.

      Que tengas un fin de semana feliz. Abrazos.

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    1. Es una pena pero no encuentro ese fragmento. He buscado en dos pendrives y un disco duro grande y antiguo, y no lo encuentro. Creo que el documento matriz estaba en el disco duro del ordenador que usé hasta el otoño pasado, que fue a parar al ‘punto limpio’. De él recopilé textos y alguna fotografía: el de ‘Nada quedó de abril’ es sólo texto y ya novela, y el de Amelia es el que va saliendo; el próximo capítulillo ya es de nueva escritura. Y en wordpress no creo que haya manera de recuperarlo una vez cerrado el blog.

      Mira que lo siento, pero te puedo decir que nos quedó un poema precioso. Y, bueno, “¡qué osada!” Pues nada de eso, hazlo siempre que quieras. Te aseguro que ya no se perderán tus versiones.

      En verano pasamos por casas con cocinas de leña a tomar café y charlar; de ahí viene la cocina de Sofía.

      Feliz tarde de domingo y feliz semana. Un abrazo, Isabel

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    1. Claro que no me parece una pérdida de tiempo; lo que siento es haber perdido, o no haber considerado en lo que valen esas conversaciones como para haberlas grabado donde hoy se pudieran rescatar. Además, algo hay de bueno: siempre hay tiempo para aprender a hacer las cosas mejor y con más cuidado; pero, insisto, ha valido la pena buscarlo y de ningún modo ha sido una pérdida de tiempo, sino una decepción por no haberlo cuidado como se merece.

      Buenas noches, querida Isabel, y un fuerte abrazo.

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