En la biblioteca

Encaramada en el último peldaño de la escalera, Amelia pasa el plumero con manos amorosas sobre los cantos y lomos de los callados libros. Los hermanos Karamazov, Guerra y Paz, La Regenta, Fortunata y Jacinta, Anna Karenina, Madame Bovary, La educación sentimental… Ay, Amelia, hija, en el despacho de don Raimundo no muevas nada, pasa el plumero con mucho cuidado, le dijo doña Rosa cuando la fue poniendo al corriente de las tareas… Como si a él le importara, Amelia cruza la mirada con el señor del retrato colgado en la pared, un señor de esos que son viejos a los cuarenta, esta doña Rosa… habla de don Raimundo como si viviera. Amelia toma al azar un volumen de las Obras Completas de Pío Baroja,

 El año 1830, un día, al anochecer, apareció en Bayona, en la fonda del navarro Iturri, un hombre que llamó la atención de los que estaban allí. Era un tipo seco, amojamado, con la cara y las manos curtidas por el sol. Tenía el aire de cansancio de los que vienen de países tropicales. Vestía redingote negro, pantalón con trabillas, sombrero de copa de alas grandes y corbata de varias vueltas.

¿Será verdad o mentira? Aunque sea mentira parece verdad. Lo hablaré con el profesor.

El reloj del despacho inicia las campanadas de las diez cuando doña Rosa, desde la puerta, le dice que se va con las de Revuelta, a comprar y dar una vueltecita.

Amelia canturrea mientras se aplica con el plumero en los objetos de la mesa de don Raimundo; se sienta en el sillón de cuero color tabaco, abre el estuche repujado y se pasa por la nariz con cómico gesto un habano con la vitola de Partagás; abre la carpeta, coge una cuartilla de papel avitelado con membrete, hace que moja la pluma en el tintero, y, seria, sobre el aire, inicia la escritura de una carta… Todo limpio, todo en su sitio, pasar el plumero… Una cancioncilla sale de sus labios. El despacho, aun después de ventilado, conserva la atmósfera de principios del siglo XX. Aquí se habla bajito y con propiedad, aquí las palabras tienen más peso.

El cántico de un pajarillo se escapa de la bata de la joven, ¡Aitor! Suspira, y saca el teléfono móvil. Pasa el dedo por la pantalla en la que ambos con las cabezas juntas sacan la lengua a la cámara y en el ángulo superior izquierdo se puede ver el muñequito del whatsapp. Abre y ve que es de ‘Miamol’. El mensaje: una boca dibujada precede al sufijo –ta; detrás, una sarta de corazones, guiños, sonrisas y lenguas. También ha recibido la imagen de un cartel en el que se dice que al fin y al cabo los ladrones de Alí Babá sólo son cuarenta, o algo parecido. ‘ja, ja, ja…’, contesta Amelia, y un rosario de corazones, labios, sonrisas y lenguas.

En el despacho se respira el aire de un tiempo ajeno a la muchacha: para ella es como un templo de la ciencia y el saber. Como siempre, pasa la mano por la cabeza del busto que descansa sobre una peana de madera de nogal, ¿Quién es?, preguntó a doña Rosa, Séneca, le contestó, un romano nacido en España, un hombre muy antiguo y muy importante. Amelia se quedó con la copla y no paró hasta que el profesor de Sociales les dio una clase sobre Séneca y su tiempo. Lo mira y le guiña el ojo antes de pasarle el plumero. Tan eminente hombre soporta la broma con su particular estoicismo.

Imagen tomada de Internet

 

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11 thoughts on “En la biblioteca

  1. Amelia, es el presente que compagina dos mundos en los que parece desenvolverse bien. Esos enseres de Don Raimundo sintiendo la caricia del plumero, ese despacho con tronío y sabores de principios del siglo pasado, esa curiosidad que la lleva a leer un párrafo de Pío Baroja y dudar de su veracidad, con ese pajarillo que le avisa de recibir amores con textos cortos y muñequitos y corazones…
    Y que bonito lo dices, Alfonso. Qué bien describes la escena… siempre sentí no poder seguir leyendo toda la novela, que es lo que me pide el cuerpo.
    ¡Hasta la próxima!
    Feliz semana. Un fuerte abrazo.

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  2. Ay, Alfonso, esos relatos, tus relatos, me hacen sentir ese rancio y agradable calor de la nostalgia, de un mundo pasado, olvidado y tremendamente añorado cual fue el mío, ese que mem traes con tus relatos.
    Un abrazo amigo Alfonso y feliz noche.

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    1. Sí. Ese ambiente tan personal e íntimo al que nos lleva la nostalgia. Y falta una cosa: el olor. Algo leí no hace mucho sobre la subordinación del olfato a otros sentidos más preponderantes, siendo el de la vista el primero. Sin embargo añoramos los aromas, en este caso a papel, cuero, madera y tabaco, al fin y al cabo desprendidos por materiales nacidos de la tierra, y que volverán a ella para ser de nuevo humus, alimento o madera con la que hacer otros muebles y otros libros. Pero la lengua no nos da palabras para nombrar los olores, sino metáforas con las que asociarlos. En fin, nostalgia de lo bueno de un mundo pasado que no va a tener fácil volver.

      Gracias por tus palabras y un abrazo.

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  3. Me trae recuerdos Amelia y su plumero. Me recuerda la biblioteca de mi padre donde yo me escondía y sentada en un sillón ya empezaba a devorar mis primeros cuentos.
    La has hecho tan real que la he visto canturreando, hojeando a Pío Baroja y hablando con Aitor. Espero con impaciencia la continuación y comprobar que Amelia crece y aprende, a la vez que nos lo cuentas.
    Un fuerte abrazo y feliz semana, querido Alfonso.

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    1. Qué bien. Te imagino buscando el silencio, la intimidad y el misterio; y la admiración infantil hacia el padre que ha creado el mejor espacio para la evasión.

      En Amelia hay muchas Amelias. Acuden a las casas a ganar un salario que las permita vivir, llenan las aulas de las Escuelas de Adultos, donde manifiestan sus afanes de independencia y crecimiento, y con su hacer ponen a la vista el significado profundo de la palabra libertad.

      Un abrazo, linda María.

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  4. A mis padres tengo que agradecerles mi amor por la lectura y la música. Mira que regalo tan inmenso.
    Es cierto, hay mucha Amelias que nos enseñan sobre la perseverancia y la ambición de crecer.
    Feliz martes, amigo mío.
    Un abrazo grandote.

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