Prender un cigarro

El ambiente se fue adensando con el humo de los cigarrillos y el del habano que fumaba Freixido, que prendió con meticulosidad, explicando cada paso: primero cortar la perilla con el cortaperillas, que es una pequeña guillotina, después encender el fósforo, mejor que mechero, y además de palo largo para que no se apague. ‘Es fácil’, dijo. ‘Se calienta la boquilla y se quema así, con el puro horizontal entre los dedos y dándole vueltas, sin llevárselo a la boca’. Elvira apoyaba la mejilla en la mano, con gesto de burla y aburrimiento. ‘Y dale con el numerito del puro’, se decía y miraba a Diego buscando su complicidad.

‘Supuse que el numerito iba dirigido a las otras, aunque por otra parte…’, me dijo Elvira. ‘Acuérdate que con nosotros siempre lo hacía cuando encendía un cigarro; y recuerda cómo nos reímos el día que vimos El detective y la muerte’. Vaya si me acuerdo. Vino a mi casa con ganas de estar conmigo; yo siempre estaba para ella. Después de amarnos con ganas, hicimos algo de cena, fiambre supongo, y encendimos la televisión. Todo eso lo recuerdo perfectamente, y sin embargo no recuerdo si es el Detective, la Muerte, o un tercero, el que explica el modo de encender un cigarro.

Freixido siguió con su exposición y le hizo ver a Elvira que había captado su recochineo, así que prosiguió: ‘Una vez que hemos quemado la boquilla, y está roja, nos llevamos el cigarro a la boca y soplamos hacia afuera, ¿sabéis por qué?’ Y sin esperar respuesta continuó: ‘Porque de este modo evitamos chupar nicotina’. Después de soplar pasó de nuevo la llama del fósforo por la boquilla, lo apagó, se llevó el cigarro a la boca, y dio una profunda calada. Expulsó el humo hacia arriba, echó un chorreón de aguardiente en la taza del café, bebió un sorbo, y prosiguió:

»No tuvo que pasar mucho tiempo para que los ingleses fueran conocidos por todo el contorno; la gente se acostumbrara a su presencia y, eso sí, enseguida empezaron a comentar las andanzas del hijo, al que todo el mundo llamaba Andrés, Andrew en realidad. No resultaba fácil verlo durante el día; sin embargo, cuando oscurecía, salía de la casa, andaba por las pistas y subía al monte para regresar a altas horas de la madrugada. Había quien decía que lo había visto correr con los caballos, bañarse en las pozas, y andar por los bordes de los acantilados…

—¿Y eso qué tiene que ver con las botellas? —interrumpió Luisa, como si tuviera prisa por conocer el final (Me dijo Elvira: ‘yo creo que Luisa conocía a Freixido tanto como nosotros y lo interrumpió para hacerle ver que lo mejor sería ir al grano de una vez’).

—No seas impaciente, Luisa, ya llegará lo de las botellas —contestó Freixido y volvió a tirar del cigarro.

Anuncios

Unos ingleses

Amable Freixido era un excelente anfitrión y Fina hacía los honores yendo y viniendo de la cocina. Sacó una fuente con requesón muy cuajado y carne de membrillo y volvió a desaparecer. A los cinco minutos vino un fuerte aroma de café y Eugenia puso sobre la mesa las tazas, el azúcar y la miel. En ese momento, aunque no el recelo, se había esfumado la tensión y charlaban animadamente como si se tratara de una reunión de viejos amigos.

—Habrá que tener cuidado al sacar éstas a la basura —dijo Freixido señalando las botellas vacías—. Esto me recuerda una anécdota, historieta o vaya usted a saber, que me contó uno que va por allí los veranos. Coincidimos en un mesón. Iba yo con Florencio Cascales, uno que también tiene una muy buena que ya os contaré, y en la mesa de al lado comían, bueno comer, no, engullir es lo que hicieron, aunque nosotros no les íbamos a la zaga; eso, que eran dos parejas que por la edad y el trato entre ellos debían ser dos matrimonios. Y, claro, se cruzan conversaciones, que de dónde vienen, que aquí serán muy buenos los percebes, pero yo me sé un sitio… Total, que a los cafés nos sentamos con ellos y montamos una tertulia muy animada, y a la vista de las botellas que se fueron bebiendo, de unos y de otros, uno de los veraneantes nos contó una curiosa historia, que no digo yo que sea cierta, aunque por la reacción que provocó un comentario mío tirado a voleo, dijo el veraneante, me parece verosímil.

»El fulano en cuestión nos dijo que en una casa cercana a la que alquilaba aparecieron una madre y un hijo, ambos británicos, ingleses decía todo el mundo; ella jubilada y él bastante joven, fuerte, dinámico, y muy simpático, sobre todo al lado de la madre, que se la veía reservada y de poca conversación: salía a pasear y no paraba con nadie, a lo sumo respondía con una sonrisa a quien la saludaba, será por el idioma, decían. Ni que decir tiene que la presencia de los ingleses levantó una polvareda de comentarios, opiniones y suposiciones. A todos les parecía extraño, aunque dentro de lo normal, que la madre, jubilada, viviera allí, cosas más raras se ven, pero el hijo, tan joven y fuerte… ¿es que no trabaja? se preguntaban.

Cuidado con la autocensura

Hace unos días asistí a la presentación de una novela. Hablando de su obra, la novelista confesó que había tenido que trabajar duramente para dar con un léxico y una sintaxis que no desvirtuaran el tono de la obra (La acción transcurre en una cárcel) y al tiempo ‘suavizar’ en lo posible los estilos y registros del lenguaje.

No he leído la novela (la tengo en cola de lectura) y no le pregunté por ello (tampoco los demás lo hicieron), aunque, supongo, lo haría por quitar protagonismo al habla en beneficio de la trama; no quiero pensar (quizá se lo pregunte si tengo ocasión) que lo hiciera para evitar herir la supuesta sensibilidad del lector, habida cuenta del creciente temor que se viene instalando merced  a las manifestadas peticiones, cuando no exigencias, en cuanto a quitar o prohibir palabras, situaciones, escenas o imágenes cuyo contenido hiera la sensibilidad de lectores o espectadores, o les incomoden con una concepción de la vida que no es la suya. Como muestra tenemos la petición realizada por una vecina de Nueva York a la dirección del Metropolitan (Met), y que pretendía alcanzar las 9.000 firmas, para que retirara de la exposición la obra “Teresa soñando”, de Balthazar Klossowski (Balthus),  porque “El Met está, tal vez sin intención, respaldando el voyerismo y la cosificación de los niños”, según ella. La dirección se negó; hizo bien.

Y esto viene a cuento porque uno, sin apenas darse cuenta, por no molestar, por agradar, por caer bien, puede caer en la autocensura: en evitar palabras, situaciones, escenas, comportamientos o reacciones polémicas que el arte muestra y pone en juego con el fin, entre otros, de aproximarse a la verdad y la belleza, y también, y no menos importante, dar salida y expresión a lo que de otra forma no se sabe decir ni representar.

Creo que hay que estar muy atentos, y ser muy finos en el análisis, para encarar esta ola de puritanismo que supone una amenaza muy seria para nuestra forma de vida, para la libertad de expresión y creación; no podemos permitir que desde las redes sociales, magnífico instrumento por otra parte, con notorio menosprecio de la verdad, se destruyan vidas y reputaciones, porque al final acabaríamos perdiendo todos.

 

Imagen: Teresa soñando (1938), Balthazar Klossowski (Balthus), Met. Nueva York

Rape con guisantes

No crean que no pienso en mi falta de tenacidad, en que soy demasiado contentadizo o, por qué no decirlo, conformista, con toda la carga peyorativa que ello implica. Me enamoro de Elvira como un adolescente y no peleo por hacerla mía. Bueno, mía fue en el sentido que hasta hoy se le daba a la expresión, como yo lo fui suyo, no me queda la menor duda, y no vayan a pensar que me pararon el respeto por su libertad y sus decisiones, en realidad me faltó la convicción que tienen algunos para hacer llegar sus actos hasta las últimas consecuencias. Porque yo me moría por estar con ella, siempre con ella, no sólo en la oficina o el bar, en el cine, por la calle, viajando o vegetando, sino en la casa y en la cama; oír su voz, su conversación, su risa; verla peinada, despeinada, vestida, desnuda; tocarla, acariciarla, sobarla, y, cuando estábamos juntos, cuando me asaltaba su olor no me podía aguantar y cortaba de raíz lo que estuviéramos haciendo, lo que fuera, y ella debía de estar en lo mismo, porque cuando esto ocurría se nos cambiaba la mirada y buscábamos con prisa la comodidad de un espacio íntimo y tranquilo, y no siempre era esto posible, lo cual resultaba muy embarazoso; y esto pasaba, como ya dije, a su aire, porque ella era la que marcaba las fechas y los días; y yo siempre dispuesto, tal era —y sigue siendo— mi enamoramiento. Porque me enamoran de ella, aparte de otros dones, su energía y fogosidad. Y no sé si a otros —cuando hablamos de eso podemos mentir, y mucho—, pero a mí me entusiasma, y a la vez me acompleja, su enorme capacidad amatoria: cómo la envidio, y a la vez siento el orgullo que le supongo a un macho en tiempos de berrea.

Pero, como vengo diciendo, no soy persistente y apenas me propongo grandes empeños, quizá por eso Amable Freixido no me tuvo en cuenta o me descartó cuando organizó aquel tinglado del que fui cómplice involuntario, diría, y del que ahora me cuentan algo porque quizá consideren que, muerto Freixido, ya está todo amortizado y no importa que se sepa.

 

No conforme con las almejas, Freixido anunció la salida de un rape con guisantes, de modo que Fina, que parecía ejercer de cocinera, criada y ama de llaves, fue a la cocina y al poco tiempo apareció con una fuente de pescado, cortado en pequeños filetes, fritos con un sutil rebozado, y depositados sobre una salsa marinera en la que destacaban, por su color, los guisantes, y alrededor, una tanda de patatas, cortadas no demasiado delgadas y fritas a la inglesa. Los ánimos de Elvira se apaciguaron —los de Diego ya lo estaban— y siguieron comiendo, y hablando de lugares comunes a la espera de que Freixido quisiera decir algo, cosa que, según se ponía de manifiesto, no ocurriría hasta los postres o el café.

La pasión de Elvira

Hasta esa noche había considerado a Elvira como a una hermana. Mantenía con ella una relación fraternal de esas en las que prevalece la camaradería sobre los sentimientos, y el deseo queda excluido porque te parece incestuoso, y entonces te descartas como amante, pareja o compañero ocasional.

Pero el latigazo del deseo me recorrió el espinazo y lo inmediato fue sentir vergüenza, como si lo que estaba sucediendo, y lo que podía venir, no fuera legítimo, como una intrusión o abuso de confianza, pero tenía la mano pegada a su rodilla, y mi dedo pulgar inició un vaivén sobre el comienzo del muslo, y así, era incapaz de apartarla. Elvira hablaba, trataba de expresar sus razones y argumentos, pero me di cuenta de que iba perdiendo el hilo, no porque yo relajara la atención sino porque hablaba con la voz entrecortada. Y ya no pude parar. Avancé la mano a lo largo de la cara interna del muslo hasta palpar la redondez voluptuosa de su carne. Elvira interrumpió el discurso y emitió un largo suspiro, cerró los ojos y avanzó ligeramente el labio superior. No dijo nada, pero bajó la mano y la aferró a la mía, y con energía, no con avidez, la dirigió a su sexo y ella misma apartó la estrecha franja de las bragas.

Y así comenzó mi primer encuentro sexual con Elvira, y como consecuencia, me enamoré perdidamente de ella y le propuse establecer algún tipo de relación. Como me paró en seco, desde entonces vamos a su aire.

 

Sin embargo, es ahora, al cabo del tiempo, cuando llego a saber aquello que me fue vedado. Escribo estos papeles y cuento lo que he terminado por descubrir, no porque de algún modo se me mostrara algún indicio, o ellos emitieran algún signo que me pusiera en alerta, ha  ocurrido porque ellos han querido, cada uno por su lado, quién sabe si no se han puesto de acuerdo para repartirse los papeles, o, simplemente porque cada cual quiere contar lo suyo o su propia versión. Han tenido que pasar los años para tener noticia de los manejos y combinaciones de Amable Freixido, de la colaboración de Elvira y Diego, quizá por distracción o juego, o por el sabor excitante de la aventura, aunque esta última no sea de la índole de las vividas por los personajes de novela, y yo, al que Diego en su relato presenta como el responsable de un recóndito departamento de fontanería, he sido el último en enterarse, y es muy posible que nunca lo hubiera sabido si a estos dos, ahora, no les da por contarme, a sabiendas de que quien lo lea lo tomará por ficción y por lo tanto mentira, de modo que todo quedará a salvo encerrado en un relato.

Y a llevarlos con elegancia

 

1No, no me cogió el atasco: el frío, la nieve, la incompetencia, el abandono, y la consiguiente subida de adrenalina. Pero por si acaso, para lo que queda de invierno, para viajar en coche, además de la mejor compañía, me propongo llevar conmigo café, coñac o aguardiente, mantas, algo de comer, una linterna y…  ‘Así os ponemos…’, para la espera.

No hace mucho nos habló de él nuestra amiga María, me quedé con la copla y ya lo tengo ¿Qué os puedo decir? Que esta colección de relatos, aparte de ofrecernos buena literatura y alguna que otra enseñanza, a nadie dejará frío.

 

 

 

La rodilla de Elvira

Diego también habla de Elvira. Lo hace en el manuscrito que será, por fin, la novela que tenía pendiente, en la que gratuitamente me hace enfermar y morir, y Elvira acaba siendo mi enfermera y albacea testamentaria. ‘No es para tanto’, me dijo Diego cuando, después de leer el manuscrito, le llamé la atención. ‘¿Tú sabes la aprensión que me ha entrado?’, le pregunté sin esperar respuesta. ‘Me vigilo la tos, fumo con temor, me miro las ojeras, me controlo el peso…’. Y me dijo: ‘Bah, hombre, no me seas hipocondríaco, si estás como un roble; fue una licencia que me tomé; si quieres quito toda esa parte’. Bien sabía que eso era jugar con ventaja, que no le iba a pedir que quitara nada; y me gustó que me acompañara Elvira, incluso me ha dado la idea de hacerla depositaria de mis voluntades, quién mejor. Pero en ambos casos, tanto en la confesión de Elisa como en la de Diego, Elvira figura como una suerte de buena amiga, excelente si me apuran, facilitadora y comprensiva: un hombro sobre el que llorar, cuando en realidad tiene una personalidad mucho más compleja, algo que esboza Elisa sin llegar a detenerse; claro que ella —Elisa—bastante tiene con hablar de su peripecia, por más que trate de despistarnos con otras cuestiones.

Hablando del asunto —de mi enfermedad inventada—, Elvira me dijo: ‘No entiendo por qué nos hace eso’. Entonces yo aproveché para alabar su discreción, su silencio sobre lo nuestro, si es que en realidad hay algo, o acaso lo hubo. ‘Anda bobo; lo nuestro es distinto, es… no sé cómo llamarlo’ ‘¿Fraternidad amorosa?, le pregunté. ‘Algo así; llámalo como quieras’, y se echó a reír.

Tengo que decir, con cierto desorden, eso sí es verdad, que nuestra relación no puede calificarse como una relación amorosa corriente, es más, diría que nuestro primer encuentro tuvo algo de involuntario, al menos no fue perseguido ni buscado. Aquella noche, como tantas otras, tomamos unas copas con los de la revista y algún que otro amigo, y la acompañé a su casa, cosa que ocurría con bastante frecuencia, porque nos gustaba tomar la última y rematar la conversación. En un determinado momento —el whisky y la maría no faltaban—posé la mano derecha sobre su rodilla, algo habitual, al menos entre nosotros, pero en aquella ocasión, mis dedos, y sobre todo la palma de la mano, sintieron una plácida sensación al posarse sobre tan cálida redondez, y no sé si ellos —los dedos y la palma— o mi mente, o todos a la vez, descubrieron el contacto placentero de una piel extremadamente suave que sugería la promesa de un placer más intenso en el caso de que la mano se aventurara más arriba, más adentro.

Elvira

Me gusta hablar de Elvira, con ustedes, claro está; no acostumbro a sacar su nombre en cualquier ocasión; menos aún a contar episodios que sólo son de nuestra incumbencia. El caso es que Elvira aparece en algunos escritos, como la confesión de Elisa, que la convirtió en novela y la anda publicando, y descubre un episodio real, supongo, porque Elvira no me lo ha contado y no creo que Elisa se lo invente; lo cierto es que nos da una idea de cómo puede ser nuestra amiga y, también, de los caminos por los que se mueve la confianza y lo vaga que suele ser la idea de compartir, si es que algo se comparte, o mejor, se yuxtapone, algo así como poner las soledades una al lado de la otra sin que de ningún modo penetren o establezcan conexiones —interfaces diría alguien moderno— a través de las que intercambiar fluidos y sentimientos.

Tal como habla Elvira —si Elisa no ha modificado nada—, parece que lo nuestro no lo considera siquiera una relación, incluso llego a pensar que ya lo ha olvidado; también puede ser que lo viera como un juego fraternal, o, también es lógico, sea la discreción, el pudor de hablar de un conocido.

En fin, estas son las palabras puestas por Elisa en boca de Elvira:

“—Estoy tan acostumbrada a hacer lo que me da la gana que no quiero saber nada de parejas ni nada parecido: no me gusta enredarme con nadie porque después vienen las exigencias; bueno, te miento, sólo repito con Martín. No lo conoces; no está en nuestra onda; es un hombre que trabaja en una empresa y vive en una de esas ciudades dormitorio, está casado y tiene tres hijos; me lo dijo el día que lo conocí. Le dije que no me interesaba su vida ni a él la mía.

»Habíamos establecido un sistema de citas para reunirnos un día de la semana, a una hora determinada, en una plaza, para acabar en una habitación de hotel. Si alguno fallaba, al cabo de una semana, acudíamos al mismo sitio a la misma hora y pretendíamos que cada cita fuera siempre la primera y la última. Yo permanecía en la habitación, desde cuya ventana se veía la puerta de la calle, por la que él se alejaba sin volver la cabeza. Nos impusimos unas reglas muy estrictas. Nada de conocerse, contar, hablar de trabajo, de la familia, del pasado o del futuro. Nos instalamos en el presente y sólo decíamos palabras de amor, o jugábamos a mirarnos. De esta manera disfrutábamos de una complicidad que no iba más allá de los encuentros. Nunca nos exigimos nada, aunque por nada del mundo queríamos que acabara nuestra relación, por eso acudía temerosa de que no apareciera. Sabía que Martín era un hombre feliz, enamorado de su mujer y amante de sus hijos porque él me lo dijo el día que nos conocimos, cuando le dije que por ahí no siguiera, que no quería saber nada. Habíamos hecho el amor y Martín creyó que había llegado la hora de las confidencias, pero fue lo suficientemente listo para no insistir. Coincidimos en un restaurante de medio pelo donde compartimos mesa por no haber otras libres. Me invitó a café y me propuso de golpe tomar una habitación. En principio fue la sorpresa más que la impresión, pero me agradaba aquel tipo seco como un desierto, lacónico, aunque con una mirada que era como una penetración. El caso es que a las cuatro de la tarde subimos unas escaleras quejumbrosas hasta llegar al cuarto piso donde había una placa de porcelana con una inscripción”.