Un beso, sólo un beso

—Para una tarde, ya eran novedades —le dije a Diego—; no creo que supieras por dónde tirar.

—Sí, pero lo más fuerte estaba por venir. Quién se lo iba a imaginar. Tomamos café, mantuvimos una conversación insustancial, de las que se usan cuando parece que está todo dicho; de los pormenores ya nos iría poniendo al corriente Freixido. No veía a Elvira muy convencida, yo tampoco lo estaba, y encima tenía que volver a Madrid con Luisa o con él; yo me quedaba con Eugenia y fuera lo que Dios quisiera.

»Cuando se lo dije a Elvira, me dedicó una sonrisa cómplice, no en vano fue con el asunto de la chica misteriosa etc. con el que me presenté una noche en su casa a darle la tabarra. ‘Tú sabrás lo que haces’, me dijo, y se fue con Freixido. Luisa se encerró con Fina en uno de los cuartos y, pasados como tres cuartos de hora, salió. Se despidió de Eugenia con un guiño casi imperceptible; a mí me miró con descaro: ‘Bueno, guapo, que pases buena noche’, me dijo y me estampó dos sonoros besos.

»Fina se había quedado en la habitación o donde fuera, así que me quedé a solas con Eugenia sin saber qué decir. Lo que más me confundía era el aplomo con que se conducía.

—Querrás dormir conmigo —me espetó al tiempo que me ofrecía un cigarrillo. Para ello se levantó del sillón y vino a sentarse a mi lado en el sofá, envolviéndome con su penetrante y enloquecedora proximidad.

»El corazón me latía desbocado. Se me acercó lo suficiente para que sintiera el agobio de su presencia; penetrar en mi espacio como si dijera: ‘Ahora te toca a ti; yo he hecho mi parte’. Sólo tenía que alargar la mano, tomarla por la nuca, acercarle los labios, besarla. Cuando quise recordar, unos labios húmedos y calientes se apretaban a los míos y yo me hundía en el mar de sus cabellos, finos y suaves como el agua. Estaba tan bien, me sentía tan bien, que no hice nada por apartarme, por sorprenderme, por preguntar, sólo dejarme llevar por lo que era beso y sólo beso, como si no tuviéramos brazos ni manos con que tocarnos porque no estábamos en eso, sino en un primer encuentro tan dulce como inesperado.

Fina no fue impertinente. Se dejó notar poco a poco. No es que viniera de puntillas; sus pasos eran suaves, de zapatillas, exentos de ruido. Se dejó notar con un discreto carraspeo al que atendimos sin alborotarnos. ‘Habrá que cenar’, dijo.

Anuncios

Languidece el domingo

Languidece el domingo y me digo: ‘Tienes que escribir una entrada que diga algo’ ¿Qué quiere decir ese “algo”? Darle sustancia al contenido, evitar que lo escrito sea puro juego retórico, fuego de artificio, lujo cultural. Leo La marca en la pared, de Virginia Woolf y disfruto del placer de la literatura, del fluir del pensamiento, de la mezcla de lo poético y lo más prosaico. Ese pensar desordenado es el que tiene mi querida Elisa Rubio en Las aguas del olvido. En El buen soldado, de Ford Madox Ford, el autor dice: “Soy consciente de haber contado esta historia de un modo tan desordenado que tal vez resulte difícil que alguien encuentre el camino en lo que quizá sea una especie de laberinto (…). Y siempre que discutimos un asunto —un largo y triste asunto como éste— solemos saltar hacia atrás y hacia adelante una y otra vez. Recordamos cosas que se nos han olvidado, y más tarde las explicamos aún más detalladamente al advertir que pasamos por alto mencionarlas en el lugar oportuno y que, al omitirlas, hemos podido dar una falsa impresión” (Parte IV, Capítulo I).

Decir algo. Como si la literatura tuviera necesidad de penetrar en los terrenos de la sociología, la historia, la filosofía o la teología para justificarse.

***

La marca en la pared, en Virginia Woolf, Cuentos Completos, traducción de Micaela Ortelli. Ediciones Godot. Buenos Aires, 2012.

El buen soldado, Ford Madox Ford, traducción de Victoria León. Editorial Sexto Piso. Coyoacán, México D.F. 2016.

Las aguas del olvido, Alfonso Cebrián. Amazon, 2017

 

 

No me veo como un enamoradizo

‘No me veo como un enamoradizo’, me dijo Diego uno de estos días en que venimos charlando de asuntos del pasado, como sincerándonos. ‘Sin embargo, es cierto, ellas me atraen o atrajeron con una fuerza que apenas podía dominar y, ya lo ves, me implico hasta lo más hondo, y las quiero, a todas las quiero o las he querido, como más te guste. Es lo que me ocurre hoy con Blanca, aunque sería más preciso si dijera que me vuelve a ocurrir, y si me apuras te diría que en el fondo nunca la dejé de querer, porque no las he querido de una en una, sino a cada una sin dejar de querer a la otra. En cuanto a Blanca, ¿quién diría que al cabo de los años íbamos a encontrar esta paz? Pero entonces, después de aquello me dejó porque necesitaba romper con todo lo relacionado con lo que pasó’.

Echó en su vaso un par de cubitos de hielo y se añadió más whisky. Sacó del bolsillo de la camisa uno de sus cigarrillos y lo encendió con un mechero de los que suelo tener sobre la mesa; por mi parte yo encendí uno de los míos.

—No deberías fumar —me dijo en tono de broma—; y no te apures, Luisillo, que no te voy a dejar sin historia. Te voy a contar lo que me pasó después de que Freixido nos enrolara para sacar adelante nuestra revista… ¿De verdad no te diste cuenta?

—Hombre, algún cambio se notó, pero iban tan deprisa los acontecimientos y las novedades que no me dio por pensar en nada; además, tampoco me parece que se lo tomaran muy en serio, sobre todo si atendemos al último cambio, del que ya supe algo más —le dije con ironía.

—En fin, fuera como fuere, ya sabes que aceptamos y quizá nos justificamos diciéndonos que no quedaba otra, que tampoco era tanto lo que nos pedían, que con algo de habilidad nos saltaríamos las instrucciones. Lo que no sabíamos, aunque no es difícil de imaginar, es que aquello no iba a pasar de ser un trámite más y que se olvidarían de nosotros.

 

Con todo, se fue imponiendo la calma o al menos cesaron las hostilidades. La tarde tocaba a su fin y el sol desparramaba destellos rojizos encaramado en el ocaso. Volvieron Eugenia y Fina y con ellas entró en la casa una bocanada de frío.

—Habrá que tomar un café y pensar en irse a Madrid —dijo Freixido.

Eugenia dijo que ella lo prepararía y Diego aprovechó para acompañarla con la excusa, no del todo insincera, de que le gustaba mucho el café y sus preparativos, ver como lo hacen los otros porque siempre se aprende algo, incluso en las operaciones más sencillas, aunque lo que en realidad quería y Elvira captó en el acto era quedarse a solas con Eugenia. Hablaron de cosas intrascendentes: cómo moler el grano, si hay que calentar antes el agua. Eugenia le dijo que se tenía que conformar con café molido de paquete, que no se lo dijera a Freixido, y menos mal que no es de sobre, le dijo.

—¿Cuándo te puedo ver? —le preguntó Diego de sopetón, sin preparativos ni transiciones.

—Ya me estás viendo —contestó Eugenia con una sonrisa.

—No es a eso a lo que me refiero —replicó Diego.

—Ya, ya me lo imagino; si te ocurre lo que pienso, ¿por qué no te quedas?

Diego, por mucho que lo deseara, no esperaba una proposición tan directa. Nervioso, se puso a dar paseos por la cocina.

—¿Quién vive aquí? —fue lo único que se le ocurrió preguntar.

—Eso qué importa, ¿te quedas o no? Bueno, digamos que vive Fina; pensé que lo habías notado.

Disfrutar de lo que uno tiene

11 2 18 13 57 Office LensAndo leyendo —Releyendo en algunos casos. Recuerdo un artículo escrito por Juan Goytisolo cuando éste tuviera la edad que yo tengo ahora, en el que decía que ya no podía permitirse el lujo de leer cualquier cosa, que prefería dedicar el tiempo a releer aquello a lo que daba importancia—, y me encuentro con estas consideraciones de Robinson Crusoe cuando por fin se toma un tiempo para pensar y reflexionar. Dice:

“El mundo se me aparecía como algo remoto, que en nada me concernía y del que nada debía esperar o desear. En una palabra, me hallaba del todo aislado de él y como si ello hubiera de durar siempre; me habitué a considerarlo en la forma en que acaso lo hacemos cuando ya no estamos en él; un lugar en el que se ha vivido pero al que ya no se pertenece”.

Y continúa:

“Vivía ahora de un modo mucho más confortable que al comienzo, y con una tranquilidad harto mayor tanto para el alma como para el cuerpo. Me sentaba a comer sintiéndome lleno de gratitud, y admiraba la providencia de Dios que así tendía mi mesa en la soledad. Aprendí a estar reconocido a la parte buena de mi situación y a olvidar en lo posible la mala; prefería tener más en cuenta lo que me daba placer que las privaciones; y eso me hacía experimentar a veces tan secreto júbilo que no podría expresarlo, y si lo menciono aquí es solamente para llamar la atención de aquellos que no saben gozar alegremente de lo que Dios les ha dado porque solo ven y envidian lo que Él no ha querido concederles. Toda nuestra aflicción por lo que no tenemos nace de la falta de gratitud a lo que nos ha sido dado”.

En fin, no sólo lo malo, repugnante e insoportable nos debe inducir a la reflexión; también merece la pena pensar en lo bueno que nos trae la vida.

 

Imagen: portada de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe con traducción de Julio Cortázar e ilustraciones de Carybé. La presente edición recupera la versión publicada en Buenos Aires en 1945 por Editorial Viau. Ejemplar sacado de mi biblioteca, editado por Libros del zorro rojo en 2015.

La atracción de Eugenia

—Mucho pides tú —dijo Luisa, aunque bajando el tono en plan conciliador—. Habrá que consultar; siempre que todos cumplamos… En fin, se hará lo que se pueda, ¿te parece bien, compañera? —la expresión de Luisa denotaba empero una mezcla de ironía y mala uva.

—Entonces, amigos míos, no se hable más; mañana en mi despacho ultimamos los detalles —Freixido había quedado definitivamente fuera de juego. Algo tenía que decir para recuperar la autoridad menoscabada.

—Perdona que me inmiscuya —dijo Luisa—; no creo que reunirse en tu despacho sea lo más prudente, nadie tiene que saber nada, siempre que éstos mantengan la boca cerrada. Además, ya saben de qué va y no necesitan más explicaciones. Tú —dirigiéndose a Freixido— serás nuestro enlace; para estos dos como si no existiéramos, nunca hemos estado aquí.

 

Ese “nosotros” implícito, me dijo Elvira, no me pasó desapercibido: acababa de vender el alma al diablo y me quedé sin saber si también era de “nosotros” o de cualquier otra cosa. Porque así fue, mi querido Luis, vendí el alma al diablo y te confieso que no me salió mal la jugada, con la ventaja de que al final de mi vida no le tendré que rendir cuentas porque el pago ya se lo he dado y, siguiendo con la confesión, no creas —tú eres testigo— que me he visto obligada a hacer nada del otro mundo. Porque las fuentes, ya sabes, cada uno las busca como puede, y si son ellas las que se te ofrecen…

Si eso, la confesión, me la hubiera dicho hace años, hubiera objetado que de algún modo había traicionado la deontología profesional, que esos procedimientos no son correctos, eso sin poner en peligro nuestra relación, porque hubiera hecho lo posible por no disgustarla ni enrabietarla. Hoy día no, quiero decir que nada le hubiera dicho. A estas alturas el escepticismo me ha tomado por completo, intento que nada me conmueva. La historia de Elvira, en cuanto a los avatares de la revista y los suyos propios, me refiero a lo relacionado con su profesión, lo que puede tener interés para contarlo, aquí termina; eso no significa que a lo largo se su vida no haya protagonizado episodios de interés, pero entonces estaríamos hablando de otra historia que hoy por hoy no cuento, ni creo que me dejara hacerlo. Luego está lo que le pasó a Diego, cuya narración no termina aquí; en su caso estamos al principio, no sólo por lo que le sucedió, sino por el alcance que tuvo, todo ello debido a la atracción que sobre él ejerció Eugenia.

 

Las condiciones de Elvira

—A ver —prosiguió Luisa—, vais a colaborar con el Estado. Seréis una ventana de información y opinión: el Ministerio quiere que se hable de esto, y vosotros habláis; el Ministerio quiere que esto o lo otro se sepa, y vosotros lo contáis…

—¿Qué ministerio? —preguntaron Elvira y Diego a la vez.

—El Ministerio —contestó displicente Luisa—. ¿Qué ganáis? Pasta y prestigio. Así que, vosotros veréis. Ah, y dos cosas: la primera, éste —volvió la cabeza hacia Freixido— tenía muchas dudas; yo, ni una, y eso que no os conozco. Aunque sé que sois listos y sabéis lo que os conviene; en algo hay que ganarse la vida; si queréis os hablo de los grupos de opinión y cosas así ¿Os hablo?

—No, rica, no hace falta —Elvira volvió a la carga— lo has dejado muy claro —acercó la taza para que Freixido le echara un sorbito de aguardiente—. Y la segunda, ¿cuál es la segunda?

—Ah, sí la segunda —respondió Luisa— Pues lo segundo que os tengo que decir es que de lo hablado aquí ni palabra. Da lo mismo si aceptáis como si no. No nos gusta que nadie vaya por ahí…

 —Entendido, mona, entendido… Pero, digo yo, ¿qué más nos podéis ofrecer? ya que nos vendemos…

Al oír esto Diego no pudo evitar la sorpresa y Elvira levantó la mano en señal de que guardara silencio y la dejara seguir.

—Ahora voy a poner mis condiciones —Elvira continuó retadora—. Diego tiene que ser el redactor jefe…

—Pero está Luis —objetó Freixido—. No conviene hacer cambios que hieran susceptibilidades.

—Ya; no me he expresado bien. Quiero decir sueldo y rango; lo mejor es que se dedique a escribir, en fin, discursos, artículos de opinión, biografías… No importa el nombre con el que firme. Ah, y si un día le da por terminar la novela que siempre está escribiendo, la presenta a un premio importante, y si no gana tiene que quedar finalista, con la edición y promoción aseguradas. Y ahora entro yo. Quiero pasar como fija a la plantilla de una buena cabecera; en la revista figuraré como colaboradora. Esas son mis condiciones.

El tiempo amarillo

En las casas, ya se sabe, con el tiempo se acumulan cachivaches, trastos, ropas, adornos; y papeles, venga papeles. De vez en cuando doy una vuelta porque hay cosas que te pueden hacer falta y no sabes ni donde están. Y mira por dónde descubro, porque se trata de un auténtico descubrimiento, una carpeta de esas azules con tiras de goma repleta de recortes del suplemento literario del ABC, que un amigo me regalaba. Hoy los papeles están viejos y amarillos — creo que los voy a digitalizar—, y para mí tienen un gran valor literario y sentimental: Justo González, así se llamaba mi amigo, ya no está con nosotros.

Parafraseando a Miguel Hernández, diré que el tiempo se pone amarillo sobre los papeles, pero al leer los textos, veremos que hay asuntos en los que apenas se ven los cambios. Y siempre será un placer leer la prosa exacta de Miguel Delibes.

Delibes ABC0002

Al grano, Freixido, al grano

—Si no ha dicho nada de condiciones —protestó Diego.

—Bueno, ahora os las dice: ¿Verdad que ahora se las vas a decir?

Elvira y Diego miraban alternativamente a uno y a la otra. Les costaba entender quién de los dos tenía mayor autoridad o mando, aunque el estilo apuntaba hacia Luisa; se la veía más acostumbrada a tener la última palabra.

—Pues nada, no es difícil de entender —continuó Freixido—. Constituimos la empresa… No, no me cortéis, por favor… Aquí tengo los documentos y no hay que preocuparse por la gestión. Yo seré presidente y vosotros socios. Sigo: no hay ningún dinero que poner; sólo seguir trabajando.

—¿Cómo si tal cosa? Vamos a ver Freixido —Elvira se dirigió a él con ostentación, a la vez que ignoraba a Luisa sin disimulo—. ¿Dices que cierran la revista y al tiempo ponen una empresa a nuestra disposición?. Aquí hay gato encerrado y yo lo quiero ver; y Diego también, ¿verdad Diego?

Diego asintió con la cabeza y miró retador a Luisa y a Freixido. Se veía que éste estaba dispuesto a dar las explicaciones pedidas, aunque daba la impresión de necesitar la aprobación de Luisa, por más que ésta lo hubiera invitado a darlas, lo que llevaba a pensar que Freixido quisiera evadirse de esa responsabilidad y endosársela a ella. Lo único que encontró fue una mirada fría y evasiva, como si le dijera: ‘Venga, dilo ya; al fin y al cabo no puedes pretender que trabajen sin saber lo que hacen, aunque bien se entiende que no hay que estar muy sobrado de perspicacia para en seguida comprender de qué va la vaina; vamos, corre el riesgo de una puñetera vez y verás como al final nos hacemos con ellos; siempre habrá un asidero al que agarrarse, o con el que agarrarlos para dejarlos atados con el compromiso y el aliciente de hacer un trabajo mejor pagado y con acceso a las cloacas, eso tira mucho; me sorprende que quieras hacerte el nuevo, después de tanto tiempo. Venga, dale, ya verás: en cuanto se lo digas sabrás que yo tengo razón’.

Paso a paso, el dominio que parecía ejercer Freixido, se vino abajo: no había que ser un lince para notar que Luisa tenía tal ascendiente sobre él, que lo mostraba dubitativo e inseguro. No obstante, carraspeó varias veces y volvió a tomar la palabra:

—No sé si os lo he dicho; de todos modos, lo repito: los fondos vienen de otro sitio y además condicionados; esto quiere decir que estamos obligados a responder a unas expectativas y unos objetivos, que además servirán para calcular la cuantía y frecuencia de la ayuda. A cambio tenemos que insertar noticias, anuncios y filtraciones, con lo cual disfrutaremos de muchas exclusivas, y eso, no tengo que decirlo, nos pondrá en ventaja y redundará beneficio de la tirada y del prestigio de la revista.

—A ver, a ver —protestó Diego—, explícate mejor, que no acabo de verlo claro.

—Claro, lo que se dice claro, sí está, guapo —dijo Luisa con sorna—, lo que pasa es que vuestro amigo no acaba de decir las cosas; así que, al grano, Freixido, al grano.

Unas condiciones

—Pero eso no es ningún secreto —dijo Elvira—; la revista es pública y también quien la edita.

—Sí, eso es así —Freixido volvió a tomar la palabra—, lo malo es que no le ven la puñetera utilidad, por eso la quieren suprimir, quitarle la subvención, que es tanto como cerrarla.

—Pero ya se nos ocurrirá algo —objetó Diego.

—Claro, seguir con la revista —continuó Freixido—, pero, ¿cómo la editamos? ¿De dónde sale la pasta? Cada grupo editorial tiene la suya; dos si me apuras.

—Podemos hacer lo de Triunfo: seis o siete nombres y diez o doce seudónimos: así damos sensación de poderío.

—Ya —intervino Luisa, que estaba muy callada—. Pero dime: ¿Adónde ha ido a parar Triunfo? ¿Y La Calle? ¿Y Hermano Lobo? ¿Y Por Favor? Anda, cántate otra.

—Esto va en serio —sentenció Freixido—. Nosotros no tenemos capacidad financiera para seguir —y se anticipó al ademán de Elvira—. No, Elvira, no: no tenemos dinero, y no me vengas con que mi hermano sí lo tiene: ese no pone un duro, si lo sabré yo. A no ser que…

—Así que hay un ‘a no ser que’ —la incomodidad de Elvira estaba próxima a la violencia.

—A no ser que —prosiguió Freixido— nos hagamos cargo de la cabecera y nos constituyamos en empresa.

—Pero qué dices, Freixido ¿No acabas de hablar de que no tenemos dinero y bla, bla, bla…?

—Dice, señora mía —intervino Luisa—, que si queréis seguir contando vuestros cuentos y jugando a ser periodistas, y además cobrar por ello, tendréis que aceptar las condiciones que este señor os va a exponer.

 

La subvención

Fina y Eugenia recogieron y llevaron a la cocina los platos y cubiertos que quedaban en la mesa, entraron en una habitación y en menos de un minuto salieron a la carretera. El sol de la tarde penetró hasta el fondo. Por las ventanas se filtraba a través de los visillos. Amable Freixido se mojó los labios, carraspeó, juntó las manos como el obispo que pretende así teñir las palabras de solemnidad:

—Queridos amigos —dijo con voz campanuda—, el objeto de traeros aquí guarda relación con el estado de la revista.

No se puede negar que, como golpe de efecto, las palabras liminares de Freixido lograron captar la atención de Elvira y Diego; no tanto de Luisa.

—Como sabéis —prosiguió—, vivimos tiempos de cambio; en el Ministerio están haciendo todo tipo de inspecciones, auditorías e inventarios, y…

—Y nos vamos a la puta calle —dijo Diego, que en esta ocasión se anticipó a Elvira y la dejó con la palabra en la boca.

—Calma, Diego, calma —Freixido, hacía círculos en el aire con los dedos índice—; queda mucho por hablar; déjame continuar. Nadie irá a la puta calle, como dices; habrá cambios, eso es lo que os quiero decir.

—Entonces, ¿para qué has montado este número? —preguntó Elvita.

Freixido no pudo contener la carcajada. Lo acompañó Luisa, que demostró así que no todo en ella era contención: casi se le saltan las lágrimas.

—Ay, Elvira —dijo Freixido—; todo un número, tienes razón ¿Sabes que en realidad no había nada en el bolso? Los billetes, más falsos que los del Monopoly; la pistola, manipulada: le falta el percutor ¿Sabes por qué este número? Porque si os llamo a mi despacho habríais montado un cisco allí mismo; y si os hubiera dicho que quería hablar con vosotros discretamente, os hubierais traído a los demás; y quiero hablar con vosotros, sólo con vosotros.

—Y luego —Elvira estaba guerrera—, ¿ésta qué hace aquí? —dijo señalando a Luisa con la barbilla.

—Luisa es colaboradora mía y su presencia es imprescindible. Por eso Luisa está aquí —dijo remarcando las sílabas.

—Está bien —terció Diego—, vamos al grano. Hablabas de cambios, reorganización, auditorías, inspecciones…

—Exacto, Álvarez, exacto —volvió Freixido a la carga—, y, claro, han descubierto la revista; mejor dicho, la subvención.