La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.

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“todo pasa y todo queda”

Pablo ha hecho su camino. Montse García, con enorme pulso artístico, calidad y solidez narrativa y, sobre todo, una mirada amorosa y tierna, nos ha tenido al corriente de la aventura de acabar sumido en una oscuridad a la que se cuelan los recuerdos, agarrados al anecdotario cotidiano.

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Como no podía ser de otra manera

Pablo ya…estará asaltando los cielos

“Sostiene el bastón con las manos juntas, señalando una nube. Pienso que me va a hablar del tiempo y dice:

-Allí estará San Pedro, esperándome

-Pero si tú no vas a misa, no eres de ellos

-Y eso qué “tié”que ver…cuando me muera voy allí…y luego ya veremos si entro o no”

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Pablo García subido en una silla y sosteniendo un cochecito.

Vivió noventa años. Según creo supo sacarle provecho a la vida

Murió el último día de octubre de 2018

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Montse García (Note Claves)

He acompañado a Pablo en sus últimos años

escribiendo y dibujando sus crónicas para dar recado de él

Gracias por leer.

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Un nuevo trabajo

“Escucha con atención”, me dijo. Noté el cuerpo tenso, no pude evitar un escalofrío ni la sensación de que vivía escenas anteriores aunque en un marco diferente. No necesitaban montar un número. Quise odiar a Eugenia pero no pude; al contrario, al verla, al mirarla, revivía los momentos pasados, los días, que fueron muchos, en que convivimos, en la pasión y el amor que nos tuvimos. Y en ese momento la tenía de nuevo conmigo, requerido de forma rocambolesca para no sé qué que me diría Luisa, una Eugenia que pretendió hablarme con una firmeza profesional que me sonó impostada, que de nuevo me buscaba sin que yo alcanzara a intuir en qué consistía su requerimiento.

»Para imprimir solemnidad al asunto, Luisa dio una profunda calada al cigarrillo, tomó un breve sorbo de cerveza, carraspeó ligeramente y comenzó:

—Como comprenderás, Diego, sabemos dónde estás y qué haces —hizo una pausa, volvió al cigarrillo, a la cerveza, aclaró nuevamente la garganta, la voz le había salido ronca—. Precisamente por tu posición y por haber trabajado con nosotros eres la persona idónea para que te encomendemos este nuevo trabajo.

»No sé cuál sería mi expresión, pero se interrumpió al ver la cara que puse. Aunque pienso, en fin, lo sé, todo estaba previsto, se trataba de una pausa ensayada, pensada, programada, diríamos hoy, para dejarme respirar, para que me expresara, para descomprimirme, para crear mi expectación al tiempo que, en principio, quedaba al descubierto el asunto por el que me habían llamado. Eso lo debía de saber en aquel momento, con varios años de profesión y experiencia, después de escribir acotaciones en los discursos, señalar las pausas, los énfasis, los cambios de tono. Pero estaba tan tenso que no pude evitar estar a su merced.

 

—¿Cómo que un nuevo trabajo? —balbució.

—Sí, claro, un nuevo trabajo para nosotros sin apenas riesgo; algo sencillo, y todos nos beneficiaremos; no tendrás queja, ya lo verás.

—¿Y si me niego? —adoptó una mirada hosca; trataba de retener sin éxito la de Eugenia.

—No te puedes negar —apoyó Eugenia, que estaba como recién salida de un rapto, de una ausencia.

—¿Por qué no me puedo negar? —la pregunta era para las dos; las miró alternativamente para enfatizar. Buscaba la respuesta de Luisa por dos razones: quería oírselo por su mayor jerarquía, siempre le pareció evidente, y por evitar que Eugenia le dijera algo desagradable.

—Porque no nos conviene —dijo fatalmente Eugenia—. A ti porque sufrirías las consecuencias; a nosotras porque sería un fracaso que no nos podemos permitir.

—¿Qué consecuencias? —se atrevió a preguntar.

—Graves y de todo tipo —apoyó Luisa—. Créenos, no te conviene. Has trabajado con nosotras, nos conoces, sabes que no nos gustan los jueguecitos…

—¿Ah no? —preguntó airado dirigiéndose a Eugenia.

—No, no te confundas —Eugenia respondió con sequedad—; no nos gustan los juegos; a mí menos; nunca he jugado contigo, otra cosa es el alcance de las relaciones, los motivos, los gustos, las necesidades…

—Las necesidades… ¿Qué necesidades? —Diego iba elevando el tono e ignorando la presencia de Luisa.

—Las necesidades, Diego —Eugenia bajó la voz—; deberías saberlo, haberlo pensado, esto es así; todos lo sentimos; no te engaño. Pero ahora no vamos a hablar de eso; más adelante, si quieres, hablamos y te aclaro las dudas, siempre que pueda.

Reencuentro

Esa es otra historia, había dicho Diego cuando le pregunté por la llamada apurada de Eugenia. Le dijo que se reuniera con ella donde él sabía.

—¿Y acudiste? —le pregunté. Bien sabía la respuesta.

—Claro que acudí —me contestó—. Con celeridad, sin pensarlo.

No diré que Diego aceptó la espantada de Eugenia como si tal cosa, pero tuvo que admitir que eso era lo que temía. Cualquier día vuelvo a casa y no está, se decía, incluso se lo llegó a plantear. Qué cosas tienes, contestaba ella, intentando que no sonara a evasiva. El desánimo no le hizo mella y apenas se le notó el contratiempo. Una vez le pregunté y me dijo que habían cortado; con esa expresión me lo dijo, y yo lo interpreté como una de tantas rupturas; no le di la menor importancia.

En el ínterin ocurrieron los cambios a los que me he referido, y acabamos en el departamento de información y propaganda, así lo llamaron, donde leíamos los periódicos, seleccionábamos las noticias, los comentarios, los bulos, en fin, todo lo que interesara, para contestar, escribir, diseñar, confeccionar discursos; éramos los negros de la organización.

»No podía pensar —Diego sorbió un trago de whisky—. Eugenia, al cabo del tiempo, me llamaba; y la vi apurada y en peligro; sólo pensé en actuar, en acudir inmediatamente; me vi con ella, otra vez con ella, continuando quién sabe qué aventura.

»Blanca se mantenía distante y la habían mandado a una región, la suya, como trampolín para regresar a Madrid. Eso creía.

»Y entremedias… Bueno, de eso no hablo, ya lo cuenta Elisa. Así que te lo repito: ese es mi sino, por eso me da miedo querer; lo de hoy no me lo acabo de creer, temo que el día menos pensado se romperá.

»Llegué al bar convenido, discreto, de clientela móvil y de paso, y comprobé que no estaba, aunque supuse que en un momento aparecería, como así ocurrió. La acompañaba Luisa, los años no la habían maltratado y mantenía el atractivo de la mujer resuelta que era. Eugenia estaba espléndida, madura, grave; y perdí la cabeza. Otra vez, me dije, acabas de salir de un fracaso que no alcanzas a explicarte, porque Elisa te ha echado de su vida sin contemplaciones, sin darte una mínima explicación, algo para comprender, y ya estás de nuevo metido en otro asunto del que, seguro, saldrás mal parado. Has venido, dijo Eugenia, y me besó con un roce, suficiente para abrasarme. Luisa me besó convencionalmente y señaló una mesa donde sentarnos.

»De la primera observación que hice, no conseguí ver ninguna señal de apuro, ninguna invitación a cambiar de sitio, ninguna prisa. De sus expresiones, aunque sabía que de ahí apenas se podía sacar nada de lo que preocuparse, más bien se deducía que se trataba de un reencuentro en el que algo me habían de exponer o explicar. No contaba ni por asomo que, al cabo del tiempo, Eugenia me hubiera convocado para explicarme su desaparición. Naturalmente, la situación picó mi curiosidad y me puso expectante y tenso.

»Nos sentamos, pedimos unas cervezas y esperamos a que se alejara el camarero, pero al quedarnos solos se hizo el silencio. Nos mirábamos, sonreíamos, nos volvíamos a mirar, y nadie decía nada. Fue Luisa la que, de manera formularia, me preguntó por mi vida, cómo me iba y esas cosas.

—Supongo que lo sabréis —le dije sin reticencia, aunque con intención.

—Bueno, sí, lo sabemos; para qué te vamos a engañar —dijo con naturalidad—; lo que me preocupa es que no te hayas dado cuenta, bueno, en eso sí te miento; eso quiere decir que hacemos bien nuestro trabajo.

—¿Por qué te preocupa? —pregunté por seguir el hilo.

—Porque no hay que bajar la guardia; menos ahora.

»La conversación insustancial y la pasividad de Eugenia empezaron a incomodarme. Tomé la determinación de dar por terminado lo que me pareció un simulacro, de decirle lo que llevaba guardado. Pero me sentía confuso, falto de energía; por aquellos días andaba rumiando lo de Elisa. Me preguntaba por mi maldita pasividad, mi manía de dejar hacer. Si alguien toma una decisión, no hay que intervenir. Si una mujer te echa de su vida, desapareces sin más; no vuelves, no preguntas, no pides explicaciones… ¿Qué supe de ella? Una noche se abrió conmigo y me habló del dolor que llevaba dentro, persistente y enloquecedor. Pero yo la aceptaba como era, con sus rarezas, caprichos y locuras. Y su forma de amar, tan distinta y a la vez tan plena como la de Eugenia; nadie como ella me ha marcado la espalda y luchado para meterme dentro de sí, con ese ansia, con ese deseo enloquecido. Blanca a su lado es como un oasis, un mar en calma, un lago de aguas tibias, acogedor y cálido. Blanca, sobre todo hoy, es pura ternura. Qué le voy a hacer; en el fondo tengo mucha suerte.

»Pero estaba hablando de la incomodidad que me producía la pasividad de Eugenia, que me sugería distanciamiento o deseo de no hablar del pasado, como si se tratara de un reencuentro de colegas, nada que ver con la urgencia que había empleado al llamarme, y que encima no saben qué decirse. Entonces me decidí y dije:

—Ya que no sacáis el tema, lo saco yo; supongo que, salvo los detalles, lo nuestro no es ningún secreto —miré a Eugenia con fijeza—; y bien que me dejaste a verlas venir, abandonado y burlado. Buena forma de desaparecer, sí señor, como si fuera una puta, o un puto, que para el caso es lo mismo. Con que íbamos a por el tal Mateo.

»Eugenia me miró con intensidad. Luisa encendió un cigarrillo y, literalmente, miró para otro lado. Eugenia me dijo:

—No me voy a disculpar. Tienes toda la razón, esto es injusto; también para mí, pero no me voy a disculpar; las cosas son así y yo no puedo cambiarlas. Ahora le toca hablar a Luisa. Escucha con atención.

El Referéndum

Habitualmente, después de cambiar impresiones, se prodigaban en caricias y juegos amorosos. Era como estar instalados en unas vacaciones eternas. Habían adquirido el hábito de estar juntos, de vivir una cotidianeidad de trabajos, compras, salidas… Hasta que llegó el día del Referéndum y se votó con el consabido resultado.

—Cariño, voy a faltar unos días —dijo Eugenia entre las sábanas—. Ya sabes, el trabajo: reuniones, informes, resultados; yo qué sé.

—Yo no puedo ir, claro.

—No, no; esto es así.

—¿Sabré dónde estás?

—No, no puedes.

—¿Me llamarás?

—Tampoco puedo.

—¿Te volveré a ver?

—Qué cosas tienes —Eugenia lo envolvió con una sonrisa cautivadora.

Pero Diego captó una neblina en sus ojos, una incierta tristeza, una humedad reprimida. Impresión que se acrecentó cuando aquella noche Eugenia lo amó como una posesa.

A la mañana siguiente se despidieron con un beso. Diego se fue a su trabajo. Eugenia dijo que no tardando también se iría ella.

Cuando Diego volvió, alrededor de las tres, vio que en la placa del buzón habían puesto una cartulina con su nombre solo. Cuando subió al piso, no quedaba ni rastro de Eugenia. Las sábanas, las toallas, las servilletas habían desaparecido. Encima de la cama, muy bien colocados, había juegos de sábanas, manteles, toallas, servilletas. Y encima de todo, un sobre bastante abultado con una cantidad considerable de dinero. El piso estaba perfectamente pulido: nada de restos de comida, un pelo en la bañera, nada.

 

Es mi sino, me dijo. He nacido para el abandono, para que se me vayan cuando más las quiero. Si no fuera por Blanca, nuestro encuentro, al cabo del tiempo…

No quería interrumpir su lamento, pero me moría de ganas de saber algunas cosas que quedaban en el alero.

—Si no he perdido el hilo, hay algo que no me has contado —le dije—; está lo de la llamada; cuando Eugenia te llamó tan apurada.

—Ah, sí, es verdad… Pero esa es otra historia.

¿Qué supe yo de todo aquello? ¿Qué interés podía tener para mí? Hombre, Diego es mi amigo, hasta no hace mucho trabajábamos juntos. Se habla, se conversa, se comparten confidencias… no porque seamos de una pasta especial sino porque al cabo del día hacemos unas cuantas horas de bar. Es ahí donde aparecen las cuestiones personales, se presentan los amores, las parejas, las relaciones. Claro que conocí a Eugenia. Una joven muy bella, de mirada entre irónica e interrogativa, que salía —entonces se decía así— con Diego, que vivía con él. Aficionada al cine y a la novela negra, que trabajaba en banca, en una caja de ahorros o algo así, inquieta; en fin, como todos.

Por fin lo tenemos

—Tienes que abordarlo; si lo conoces, tienes que abordarlo; ya sabes, no puede pensar siquiera que albergas algún resquemor por lo pasado. Venga, vamos, me presentas como a todos, al fin y al cabo soy tu compañera —lo sonrió y guiñó el ojo para que se decidiera—. Ahora que nos mira.

—¡Pero bueno! —exclamó Diego con fingido entusiasmo— Mira por dónde…

Avanzó con pasos rápidos y le tendió la mano. El tal Mateo se vio sorprendido, pero reaccionó haciendo un esfuerzo para reconocer a quien se dirigía hacia él tan decidido y confianzudo.

—¡Hombre! Tú eres… ¿Matías? Sí, sí, claro, Matías… Ya recuerdo…Qué tiempos… ¿Y cómo se llamaba la chica aquella?

—Pilar, supongo que te refieres a ella —dijo Diego con su mejor sonrisa.

—Ah, claro… Pilar… Rubia, más bien alta, estudiante… Sí, sí, claro… Pilar.

—Bueno, no sé si lo sabrás… Ahora pica muy alto; está con los del Gobierno… Ah, esta es Eugenia, mi compañera; y este es Mateo, ¿no es así?

—Sí, sí, claro, Mateo. Pero eso era en aquellos tiempos… Braulio Cortés —se presentó e intercambió con Eugenia los besos de rigor— Y tú, no te llamarás Matías, supongo.

—No. Mi nombre es Diego, Diego Álvarez.

—Vaya, qué bueno; ahora que nos conocemos por nuestros nombres os presentaré a estos compañeros, a ver si hacemos algo grande.

Braulio Cortés fue presentando a los circunstantes, cuatro hombres y dos mujeres, todos de sobra conocidos.

 

Ya se ve, de vez en cuando me asaltan las dudas ¿Por qué cuento todo esto? Qué bonito sería decir que, como ya hice, que me mueve el deseo de esclarecer los hechos y la necesidad de contar la verdad. Pero, ¿a quién le interesa? Diego ha contado una historia densa, me atrevería a decir que ejemplar. Cuando lo asaltó la primera idea, vino como el sabio que descubre por fin una fórmula mágica y me gritó: ¡Ya lo tengo! ¡Una casa! Partiré de la casa, será el lugar, el centro de la historia. Alrededor de la casa crecerán los personajes. Pasó dos años de escritura incansable: Ya no es sólo la casa, dijo, una comarca, eso es lo que es, un espacio vivo, un mundo… Y me dijo que me incluiría en su relato. Trátame bien, le dije, y pareció acceder a mi pueril deseo, hasta que, ya lo he dicho, me hizo enfermar y me mató.

 

Diego cobró ánimos con la novedad, la suerte del encuentro fortuito, y así se lo dijo a Eugenia:

—Por fin; ya lo tenemos.

—Por fin, ¿qué? —lo interpeló con expresión que venía a decir algo así: No te hagas ilusiones, todavía queda mucho por hacer, mucha tela que cortar.

—Por fin tenemos al tal Mateo —la voz le salió baja y dubitativa.

—Ahora empezamos —puntualizó Eugenia—. Pero, cariño, no lo sientas, después de un día viene otro; no hay que tener prisa. En lo que los de arriba no digan nada estamos bien así.

El tal Mateo

Diego se quejó a Eugenia sin enfatizar demasiado. Le dijo que ya se daba cuenta de que habían conseguido su complicidad a cambio de nada. No estás siendo honesta conmigo, le dijo, aunque, bien mirado, ¿qué honestidad se puede pedir en el mundo en que nos movemos? Eugenia le preguntó por qué y Diego le dijo que no veía los avances en la búsqueda y acercamiento del tal Mateo. Eugenia le dijo que no se precipitara, que había que tener paciencia y saber esperar. Entonces él le confesó sus sospechas: El tal Mateo no os interesa en absoluto; ya no sé si es cierto lo que Fina me contó; creo que lo hizo por encelarme, dijo airado. En ese punto Eugenia se quedaba con ganas de decirle que había otras cosas que también lo encelaban, pero eso era tanto como incluirse en el asunto y lo dejaba hablar. Todo tiene su ritmo, mi vida, le decía; la fruta tiene que madurar para cogerla del árbol; y en eso estamos.

Claro que los objetivos eran distintos. Diego de todos modos se hallaba en continuo debate consigo mismo: primero se sentía con la obligación moral de cumplir con el compromiso, o excusa, por el que se había enrolado en semejante tarea; segundo, el que se resiste a confesar: el enorme atractivo de Eugenia. Porque en el fondo en aquel tiempo vivió un amor equívoco, un idilio que parecía no tener fin.

En otras ocasiones pensaba que Eugenia alargaba lo que llamaba la misión pensando que, una vez acabada, ya no tendría objeto seguir juntos; a ella le asignarían otro trabajo y a él lo despedirían. Tampoco, por otra parte, ninguno de los dos quería eternizar el idilio: ambos sabían que estos asuntos tienen su final y, a la vista de lo que tenían delante, convenía salir indemne.

Pero, como suele ocurrir, fue el azar el que los encaminó hacia el tal Mateo. Las cosas ocurrieron de la forma más normal: una reunión, un intercambio de experiencias, y allí estaba.

Eugenia ya se lo había advertido: tarde o temprano llegaría el momento: el azar es un factor con el que siempre hay que contar y hay que estar preparado. No te puedes permitir la menor emoción, decir o hacer algo que lo ponga en guardia; hemos de contar con su preparación, su entendimiento y su perspicacia; que es un pobre membrillo, mejor; pero hay que pensar todo lo contrario.

Tenía un aspecto más recio que el que recordaba. Habían pasado los años, se le había caído bastante pelo, lucía canas en la barba y había cambiado de tipo de desaliño. Ya no vestía la guerrera tipo militar y los tejanos descoloridos; ahora llevaba una americana azul Mahón y unos chinos de color mostaza, holgados y con pinzas. Por el modo de conducirse se veía que ejercía predicamento e influencia entre los circunstantes, lo que hacía que departiera en el grupo de los dirigentes de alto nivel.

Grandes dudas

Podía hacer una pequeña sinopsis de lo contado, pero todo está aquí. Por ello os invito a remontar el blog página a página: al fin y al cabo sólo se trata de un pequeño esfuerzo.

 

No les costó demasiado penetrar en los círculos de decisión. En realidad no había nada novedoso. En la medida en que se escalaban peldaños aparecían los mismos sujetos que en otro tiempo dirigían o tenían relevancia en las cúpulas. Capacidad, tiempo y esfuerzo, sobre todo estos últimos, eran los atributos necesarios para formar parte de los núcleos con poder de decisión: no como miembros de una estructura orgánica sino como colaboradores voluntariosos, de ese modo, imprescindibles. También era preciso mostrar entusiasmo y disposición para portar pegatinas, banderas y pancartas, o gritar consignas en las concentraciones, manifestaciones y marchas.

Hubo un momento en que Diego empezó a sospechar que no importaba tanto la localización y seguimiento del llamado Mateo como el hecho de estar allí, que en realidad su función no era otra cosa que servir de soporte para Eugenia y darle legitimidad y cobijo dentro de lo que se estaba organizando, que el Gobierno necesitaba información de primera mano y por eso los había infiltrado. Sobre todo porque era un hecho cada vez más nítido el cambio de posición y el consiguiente riesgo que se corría. No en vano entró en circulación, sin que pareciera falso, el rumor de que ni EE.UU ni la Europa que se estaba fraguando hubieran dejado a España entrar en el Mercado Común sin el compromiso previo de permanecer en la Organización Atlántica.

Naturalmente ese rumor se extendió por la revista de la mano de Freixido, y nadie hizo nada por desmentirlo, ni siquiera discutirlo, salvo Diego, muy en su papel, pero en este caso ajeno a tal movimiento, el de Freixido.

Elvira, por su parte, vivió su momento más dulce, destacada por su periódico como testigo de excepción de los cambios que se estaban operando en medio mundo.

En cuanto a mí, vivía una época de grandes dudas. Los convulsos acontecimientos provocaron una gran dispersión de voluntades y compromisos, así que pensé que había llegado el momento de hacer bien mi trabajo sin otra consideración que la idea que tenía de mi propia honestidad, aunque siempre hay que hacer la salvedad de que esa medida nos la ponemos nosotros mismos, y de nosotros dependen las trampas. Con esto quiero decir que, por falta de nexo, me dediqué a trabajar solo, sin responder ante nadie salvo mi jefe, Freixido, a poner en juego mi capacidad profesional exclusivamente.

La revista nunca había ido bien; no había sido una publicación de grandes tiradas, sino una oferta turística. Con los cambios, parecía que íbamos a coger fuerza, entrar en el mercado, pero éste estaba monopolizado por publicaciones que se iban decantando por la ideologización o el sensacionalismo. Eso fue lo que debieron ver, porque, con el paso del tiempo, la clausuraron definitivamente, no sin antes ofrecerme el trabajo que he venido ejerciendo hasta hace poco, expulsado por la edad, las nuevas tecnologías y las redes sociales, a cambio de una fidelidad perruna hacia mis patronos.

Me ofrecieron la posibilidad de formar un equipo que consistiera en un colaborador, una secretaria y yo mismo. Elvira quedó descartada; no porque nadie la vetara; simplemente en ese tiempo ella volaba a gran altura, además nos habíamos impuesto, para la buena marcha de nuestra irregular relación, evitar trabajar juntos. Es cierto que pensé en Diego, aunque no pude demorar mi decisión, entre otras cosas porque no merecía la pena; en definitiva me vino impuesto desde arriba. Y arriba estaba Blanca. Diego lo cuenta de otra manera pero ocurrió como yo lo cuento.

Por ejemplo Dinamarca

Cloacas

—¿Cuánto llevas en esto? —preguntó Diego.

—Ah, no, eso no se pregunta. Te voy a decir una cosa: acostúmbrate a no preguntar, no es nada bueno, hazme caso. Pero te voy a contestar. Mucho, mucho tiempo, el suficiente para haber visto de todo, cosas que ni te imaginas. Porque, claro, alguien tiene que quitar la mierda para que no huela. Todos queremos vivir seguros, que nadie nos moleste, ser felices… no tienes ni idea, nadie la tiene, de lo que hay debajo, de lo que hay que hacer para que nadie la pise y la lleve a casa en la suela de los zapatos. Aunque no todos son asuntos escabrosos o inconfesables, que es lo primero que se piensa, no cariño, en general somos de lo más pedestre; desde luego impresiona lo fácil que es traicionar, y no creas que la traición viene por la presión o la amenaza. El motor suele ser la venganza, pero no creas que ésta se genera, digo los deseos, por motivos poderosos; viene de lo más pueril. Y la envidia. Los envidiosos son un filón: cómo nos saben buscar; cómo nos encuentran. Ya ves que te hablo y te doy confianza; pero anda, no le des muchas vueltas, no digas que no me ha salido bien el pulpo.

Esta conversación la mantienen dos de los personajes que intervienen en el relato que vengo publicando en este blog.

 

Realidad y ficción

Empecemos por un tópico: la realidad es mucho más sorprendente que la ficción. La escena viene a ser como sigue: el Delegado del Gobierno se entrevista con un policía de los de la cloaca: ‘Hay que reivindicar el secuestro’, le dice al policía. ‘Ya —contesta éste—, pero es que a mí no se me da bien eso de redactar ¿por qué no me escribe usted lo que hay que decir?’ El Delegado coge una servilleta de papel, saca la pluma y escribe una nota de puño y letra que entrega al policía.

Ni a Le Carré, ni a Marías ni a mí mismo se nos habría ocurrido una escena tan chusca. Las situaciones y los personajes tienen que ser verosímiles, la historia tiene que ser coherente. Sin embargo, la escena descrita —en esencia— está sacada de la realidad y forma parte de un sumario.

 

El comisario

 Habrá que situarse en el momento, contextualizar. En el tiempo del que hablaremos, 2009, el comisario no era el comisario aunque fuera comisario. Trabajaba en las alcantarillas para los buenos, al parecer.

 

Sobremesas

Ya no hay puros en las bodas. Antes no había sobremesa que no estuviera presidida por ceniceros abarrotados, humo de puros y botellas de coñac. El ambiente era relajado y se contaban chistes, se decían chascarrillos, se cotilleaba, se criticaba a los ausentes…

 

La sobremesa

Según publica un supuesto medio digital, en el año 2009 se celebró una comida cuyos comensales eran un juez, una fiscala y tres comisarios de policía. En la sobremesa, según se infiere de unos cortes de audio, la fiscala y hoy ministra, Dolores Delgado, dijo, refiriéndose al juez Grande Marlaska, hoy también ministro, que era maricón. La grabación de las cintas, y su publicación, se atribuye al comisario Villarejo. La conversación es privada y por lo tanto velada al público.

 

Fariseos

No lo puedo evitar: me dan miedo los personajes públicos que, a juzgar por sus declaraciones, nunca se han masturbado, fumado un porro, emborrachado; jamás han mirado un culo, contado un chiste, reído un chascarrillo, participado en un cotilleo…

Dice Pablo Iglesias: “Alguien que se reúne de manera afable con un personaje de la basura de las cloacas de Interior en nuestro país debe alejarse de la vida política porque hace daño a la mayoría parlamentaria que protagonizó la moción de censura”. Pero hombre de Dios ¿pueden unas palabras, supuestamente dichas en 2009 en una sobremesa dentro de una comida privada, acabar con la reputación de una persona? En cuanto a las cloacas, sería bueno que Iglesias nos señalara la ausencia de cloacas en alguno de los países que le sirven de modelo, por ejemplo Dinamarca.

El banco de pensar

¡Qué calor! Y qué le voy a hacer, tiene un efecto perverso: estoy desganado y cansado de este bochorno que embota los sentidos y, será por su causa, menos dispuesto a pasar por alto este maldito alicatado territorial y urbano en que han convertido la costa mediterránea. Sí, es cierto, la playa es hermosa, el mar azul y la arena rubia, pero la huella humana impone un suelo de cristal y los edificios obstaculizan arteramente el paso a la débil brisa. Menos mal que disfruto de un pinar, de algún solitario banco de madera en el que sentarme a leer amenizado por el canto rabioso de las chicharras. Escribir, cuando me despeje.

Pero no todo el verano ha sido así, siempre puede haber un locus amoenus, y yo tengo el mío donde, lejos del mundanal ruido, disfruto del silencio, la sombra, el fresco, la amistad y un vaso de buen vino; no te garantiza la disposición a escribir, pero te alegra la vida.

En esas estaba cuando aparecieron por allí mis queridos amigos Cati y Fidel. Ella es un culo de mal asiento y él se deja llevar. ¿Qué hacéis aquí?, me preguntó en seguida. Nada, ¿te parece poco?, le contesté. ¿Y no vais a ningún sitio?. No, le volví a contestar. Aunque no es del todo cierto: Carmen se ufana de ser una de las primeras personas que ha visto el Pórtico de la Gloria recién restaurado. Pues eso no puede ser, prosiguió Cati con toda energía, hay que ir al “banco más bonito del mundo”. Naturalmente, no nos podíamos negar; sólo alcancé a defenderme diciéndole que había venido romper mi paz horaciana.

Claro que fuimos. La vista de los cabos, los acantilados y los rompientes es impresionante, pero el banco… Nada de pensar, no da tiempo. Todo el mundo con sus cámaras y sus móviles: una foto y que pase el siguiente. Mis amigos autóctonos dijeron: Ya volveremos en invierno y con temporal.

Cati estaba encantada y a punto de acabar con la memoria de su móvil de última generación.