Desde la terraza… Cambió el tiempo

¿Se puede decir mejor?

Te miro, me miras... Nos miramos.

He cogido el café y me he sentado en la terraza. Un solecito suave trepaba por los almohadones del sofá y he cerrado los ojos disfrutando del silencio. Siempre con la sensación de que ese silencio no va a ser duradero. Porque todo a nuestro alrededor se ha convertido en un auténtico grito. De repente, somos libres. Y yo, que durante mucha parte de mi vida me he preguntado qué significa ser libre, hoy descubro lo que es la libertad. Y lo cierto es que me ha sorprendido bastante su definición. Ahora va a resultar que no hacia falta tanta pregunta, ya que ser libre significa “salir a tomar cervezas y calamares”.

Y yo que pensé que la libertad empezaba en nuestra mente.

Pues vaya pérdida de tiempo la mía. Porque eso de tomar cervecitas es algo que llevo haciendo hace mucho, mucho tiempo. Es cierto que últimamente no he…

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Las intermitencias de la vida

Luego el día se ha ido estropeando, pero la mañana, a las ocho, era hermosa, fresquita y perfumada. A esa hora el sol va cogiendo altura, aunque las sombras se alargan lo suficiente para definir formas y colores con la exactitud del día recién estrenado. Ando por el parque.

Y me fijo en el contraste de vida que ofrece el estruendo primaveral de la catalpa con el decaimiento melancólico del olivo: ambos sufrieron los rigores de Filomena, pero, mientras la primera sacó provecho de tanta nieve, el segundo aún padece el rigor y quemazón de tanto frío; pero rebrota.

Es entonces cuando siento que la edad y la modesta presencia no quedan sin recompensa, que, como dijera el poeta, con las aguas de abril y el sol de mayo, como al olivo, algunas hojas verdes me han salido, y que la vida tiene sus intermitencias, quién sabe si caprichosas.

Un día para la concordia

Desde las primeras piedras, tablillas y papiros hasta los modernos lectores digitales, los humanos hemos comunicado necesidad, pensamiento, ciencia y arte mediante signos convencionales y comprensibles por la comunidad, sin desdeñar toda la tradición oral: ambas, oral y escrita, construyen los vínculos sociales, morales y estéticos que dan fe de la condición humana. Por eso las letras, escritas en piedras, tablillas, papiros, vitelas, papel y pantallas, nunca tendrían que ser vehículos de amenazas, insultos y declaraciones de guerra, sino declaraciones de amor, tratados, acuerdos y compromisos, sabiduría, conocimiento, exaltación o calma poética y transporte de ilusiones e historias.

El libro tiene mucho de vehículo, rueda o palanca, y además es portador de aromas y sueños. Parafraseando a Manuel Rivas, los libros arden mal; por eso, que no nos falten.

¡Feliz Día del Libro!

La ilusión literaria

“Miénteme. Dime que todos estos años me has estado esperando. Dímelo”, dice Johnny; y Vienna contesta: “Todos estos años te he estado esperando”. Eso es, encajar, ocupar un sitio, hacer que la vida valga la pena con el bálsamo de la mentira; un mundo basado en la pura verdad sería inhabitable, por eso necesitamos mentir y que nos mientan.

Si uno se atreve a dialogar con ese tipo que refleja el espejo, alguien que cambia tanto que nunca es el mismo, acabará, como Johnny, diciendo: Miénteme.

No es cuestión de echar mano de ventanas, puentes, navajas de afeitar, cuchillas o pistolas, siempre se podrá negociar un pacto, incluso pedirle que mienta, a sabiendas de que uno no se puede mentir a sí mismo.

Por eso la novela —doy por hecho que la lírica es sincera— tiene la potestad y el prestigio de meternos en conversaciones mentirosas, comúnmente aceptadas como verdaderas gracias al arte y buen hacer del autor, y así hablar sin tapujos de deseos, pasiones, mejoras y pérdidas.

Así que, en este momento, quizá convenga viajar por mundos interiores, mantener esa conversación íntima donde la mentira es tan verdadera y, desde luego, mucho menos aterradora que las portadas de los periódicos.

Matar en la ficción

En Abrázame, oscuridad, de Dennis Lehane —Mystic River, Shutter Island y otras más—, Angela Gennaro, que junto a Patrick Kenzie regenta una agencia de detectives privados en Boston, dice: “Durante años intenté convencerme de que no había sentido lo que sentí cuando apreté el gatillo. Que no podía sentir algo así (…). Me sentí como si fuera Dios. Me sentí estupendamente, Patrick”. Angie mató para que otro no matara a su compañero.

Javier Marías, en la entrevista que concede a Juan Gabriel Vásquez, a propósito de la reciente publicación de su nueva novela, Tomás Nevinson, dice: “Casi todo el mundo gusta de pensar bien de sí mismo, y que sería incapaz de matar a sangre fría, bajo ninguna circunstancia. Pero mucha de esa gente no se inmuta cuando por ejemplo la policía mata a un terrorista que acaba de matar a transeúntes pacíficos o aún los está matando. Más bien siente alivio. Hay una gran hipocresía. No queremos ser asesinados, pero tampoco encargarnos personalmente de impedirlo”. Declaración que me lleva a recordar las palabras que dice Manuela, digamos que una espía y jefa de un grupo de ellos, en los apuntes de lo que con el tiempo será una nueva novela mía. Este es el pasaje:

—¿Cuánto llevas en esto? —preguntó Carlos.

—Ah, no, eso no se pregunta. Te voy a decir una cosa: acostúmbrate a no preguntar, no es nada bueno, hazme caso. Pero te voy a contestar. Mucho, mucho tiempo, el suficiente para haber visto de todo, cosas que ni te imaginas. Porque, claro, alguien tiene que quitar la mierda para que no huela. Todos queremos vivir seguros, que nadie nos moleste, ser felices… No tienes ni idea, nadie la tiene, de lo que hay debajo, de lo que hay que hacer para que nadie la pise y la lleve a casa en la suela de los zapatos.

Y Elisa Rubio, protagonista de mi novela Las aguas del olvido, que, como Angie, también mató, después de haber matado dice: “A veces, sola, me pintaba y componía con intención de salir de caza, una no sabe en qué se puede convertir”.

En la novela de Lehane hay un asesino múltiple que acaba confesando que después de matar a su mujer le cogió gusto al hecho de disponer de la vida de otros y de causar dolor, el mayor posible, que el sentido de sus crímenes lo encontraban quienes necesitaban una explicación, pero que en realidad no se trataba de una cuestión de motivos sino de matar en sí.

Cuando uno escribe novelas se encuentra con que a veces tiene o quiere entrar en el hecho de matar, como necesidad narrativa, como elemento de reflexión, o como algo atractivo para el autor, y así un sinfín de motivaciones.

Angie mata por necesidad. Elige y lo hace para salvar a Patrick de una muerte segura. Una vez que lo ha hecho, que la bala salió de su pistola derecha hacia la carne de la víctima, se sintió poderosa, se sintió Dios, sintió el poder que tenía sobre la vida.

Javier Marías nos invita a reflexionar sobre el crimen preventivo. Al principio de su novela, como se puede leer y él mismo cuenta en la entrevista, nos pone ante el hecho real contado por Reck-Malleczewen, autor de cuentos infantiles y de un diario que escondía celosamente por el peligro que para él entrañaba: dice que Adolf Hitler comió en un restaurante sentado en la mesa de al lado y lo tuvo a tiro de pistola. “El caso es llamativo, dice Marías, porque no era un izquierdista ni judío. Era conservador, prusiano, católico, y sin embargo escribió lo que citas. ¿Qué grado de desesperación y de odio lo llevó a esa clarividencia, la de que habría matado sin pestañear a Hitler (que aún no había hecho gran cosa) “de haber tenido un atisbo” de sus atrocidades mayores?”. También se refiere, Marías, mejor dicho, el narrador de su novela, al pasaje de la película de Fritz Lang El hombre atrapado, donde un cazador llega a tener a Hitler en el punto de mira de su escopeta. En ambos casos se habla de un crimen preventivo que bien serviría como ejemplo de otros que se consuman o se pueden consumar con el fin de proteger a la humanidad de aquellos de quienes se supone proviene el daño.

Elisa Rubio, por su parte, busca conseguir con el crimen la retribución que nunca le concederá la justicia, eso en caso de que considere que le han infligido un daño y quitado una paz interior que no recupera. Esa paz no llega nunca, pero no se arrepiente del hecho. Dice: “Crees que la venganza te traerá la paz; piensas que será como un bálsamo que cierra y cicatriza las heridas, que la destrucción del que te hizo daño borrará la huella (…). En contra de lo que comúnmente se cree, no tengo ningún remordimiento por lo que hice. Pero la paz y alegría no vinieron: ninguna cuenta ha sido saldada: murieron mi paz y ese hombre”.

La novela, el relato, penetra en territorios en los que no nos atrevemos a entrar, pero esos hechos y pensamientos, puestos por el autor en personajes de ficción, accederán a los infiernos interiores que habitan en cada uno, y no creo que esté de más atenderlos con el fin de que obren la tan mentada catarsis, al fin y al cabo es una de sus funciones, si no la principal.

El tiempo y su falta

Ando necesitado de tiempo y dedicación para poner en orden los materiales con que organizar mi Anselmo Fraguela, cuando toma mi cabeza por asalto el personaje que quizá ponga voz a la narración que cerrará la trilogía Nada quedó de abril; aún es pronto para hablarlo en detalle. También peleo por dedicar a la lectura el tiempo y dedicación que merecen, sin menoscabo de las labores cotidianas.

Estoy en pleno flagelo por el desorden de mis lecturas, más la envidia que me causa el hecho de que haya gente tan leída que habla con familiaridad de los clásicos, y no deja de citar, en artículos de menos de quinientas palabras, a media docena de obras desconocidas de los autores más recónditos, cuando tropiezo con “El mundo en una novela”, artículo de Antonio Muñoz Molina, publicado este sábado en Babelia.

El escritor y académico viene a lamentarse por “haber tenido que llegar a los 65 años para leer por vez primera Middlemarch”, de George Eliot. Luego entra en consideraciones que no vienen al caso en este artículo mío, para decirnos que no ha leído nada de Emilia Pardo Bazán y Emilio Zola, y poco de Dostoievski. Dice que después de empezar varias veces Los hermanos Karamazov, nunca ha llegado más allá de las 100 primeras páginas. Cada cual puede leer el resto del artículo, pero yo me quedo con lo señalado porque me ayuda a reconciliarme conmigo mismo ¡Cuánto se quedará sin leer!

Sigo con el periódico, y como cada día me interesan menos los Sánchez, Casados, Abascales e Iglesias, y mucho menos los carlistas y nacionalistas diversos, tropiezo con la entrevista que Almudena Ávalos hace a Angélica Liddell en “una conversación por correo electrónico”. ¡Mira que no conocerla!

Angélica Liddell es autora, directora e intérprete teatral, que, a falta de mayor conocimiento, me recuerda a Fernando Arrabal, y que, además, toca fibras para mí muy sensibles. Dice que prepara dos piezas teatrales: Liebestod y Terebrante. En la primera, “El alma de Liebestod es el torero Juan Belmonte” y “Terebrante es una seguiriya a los pies de Manuel Agujetas”. Sigo leyendo y encuentro un provocador ir a contracorriente y a destiempo, como cuando dice: “Este verano vi el cine Doré lleno de jóvenes que iban a ver Saló de Pasolini. Gente rara, muy especial, no eran los guapitos, no tenían encendido el teléfono. No hubo ni una burla, ni una carcajada, iban con un respeto que me conmovió. Me devolvió la fe en las generaciones que vienen, pero en los muy, muy jóvenes. Supongo que en algún momento reventará esta bulimia de egocentrismo, todo este fango social totalitario de los instagramers en busca de protagonismo y halagos, esta ansia de éxito a cualquier precio y a cambio de cualquier cosa, carne de Netflix, una sociedad antagónica a la humildad y al servicio, prepotente, empachados de derechos a toda costa. Un derecho del que no emana un deber no es un derecho. Es lamentable”. Y para concluir, de sus declaraciones y relación con el público y la representación extraigo el espíritu lorquiano expresado, precisamente, en El público.

LAS AGUAS DEL OLVIDO. Alfonso Cebrián

Me permito en esta entrada compartir la reseña que en mi muro de Facebook publicó Esmeralda Sánchez Martín (MademoiselleBovary Bovary) sobre mi novela Las aguas del olvido, a quien agradezco la atención que ha prestado a mi trabajo. 

Como en la vida, en la novela de A. Cebrián, los ríos interiores pasean a placer, indagando territorios ocultos, desconocidos, que a veces escondemos para protegernos y proteger. En el caso de la protagonista: Elisa Rubio, desde su paraíso actual exprime recuerdos y vivencias con la gente que ha sido importante para ella, amistades y amores, fundamentalmente, que han grabado a fuego sensaciones que perviven a lo largo de los años y que conforman, sin poderlo controlar, la personalidad que ella tiene hoy en día. A pesar del paso del tiempo, hay momentos que resurgen, incontrolables, y marcan el camino hacia un destino presentido.

Las aguas del olvido es una novela de puertas adentro. Podríamos calificarla de psicológica pues domina el pensamiento interior, los deseos y conflictos de Elisa, su lucha y profundización en los trances de su experiencia.

Ella nos hace cómplices de sus confesiones, se va haciendo conocer en la relación diaria con sus allegados y hasta nos sentimos solidarios con su manera de actuar al final de la narración.

Alfonso Cebrián es un buen escritor. Conduce una prosa ágil, entretenida, directa, sin demasiada descripción de paisajes y personajes.

Felicito su autoedición, bien preparada, la sintaxis del libro, la frescura a la hora de presentarlo. Y le felicito por haber puesto sus palabras en boca y pensamiento de una mujer de manera magistral.

Esmeralda Sánchez Martín. Salamanca, febrero, 2021

Nota. Para esta entrada he adaptado el formato de Facebook al de WordPress.

El aprendizaje de la vida

Uno no los busca —está el mundo para andar buscando—, pero hay libros que lo encuentran a uno. Esto es lo que me pasó con Vidas samuráis, de Julia Sabina, quizá la novela que necesitaba leer en este tiempo de mascarillas y andares huidizos.

¿Por qué? ¿Qué mejor que leerla uno mismo para descubrirlo? simplemente os adelanto que viene muy bien dejarse llevar por una buena obra, ágil, bien escrita y con oficio, en la que los personajes afrontan sus vidas con naturalidad y sin dar la tabarra de puro quejosos.

El asunto es de lo más sencillo: Maribel, veinticuatro años, se desplaza de Madrid a Lille para hacer un doctorado. Qué fácil, ¿verdad? Pues apoyada en un hecho bastante común, Julia Sabina construye un relato en el que a la protagonista no le ocurre nada fantástico ni extraordinario, a no ser que consideremos y reconozcamos que una de las aventuras más importantes de nuestra vida es la de aprender a estar en el mundo y bregar con las dificultades con que cada cual se va topando, todo esto contado con solidez y solvencia, con gran habilidad a la hora de caracterizar personajes, manejar situaciones, giros y sorpresas. Además, en toda la obra se capta una ironía muy sutil, una mirada compasiva e irónica hacia los personajes, y una bastante sarcástica hacia el mundo académico e universitario.

Y para terminar. Por los comentarios que he leído, alguna crítica ya le ha encontrado sitio a esta novela y a la voz de la autora, voz generacional. Lo cual me parece le pone ciertos límites, porque esta autora le puede poner voz a una joven de veinticuatro años o a cualquiera que pase de los cincuenta.

En definitiva, una novela que recomiendo y una nueva autora que tiene todo el mundo de la creación por delante.

Voy a ser positivo

Vanessa Kirby como princesa Margarita en The Crown

Voy a ser positivo, voy a ser positivo, me repito. Oír el ulular del viento y escuchar el canto de las sirenas, ver y mirar la danza de los árboles, de los pañuelos y los vestidos como banderas. Pero no me sale. El vendaval incierto y racheado agita y golpea las cristaleras de la terraza con un traqueteo infame.

Carmen se dispone a leer el periódico. Me pregunta si me he fijado en la fotografía de portada. Le digo que sí, pero que me la deje ver de nuevo. Un grupo avanza a lo Peckinpah —hay que ver lo que les gusta—, aunque sin armas, resuelto hacia su destino, una vez más.

Como el entrechocar de las ventanas suena la cantinela, murga o tabarra; y una vez más las solicitudes y declaraciones de amor —de los odiosos no me ocupo— chocan con respuestas desabridas y quejumbrosas ¡Qué cansinería!

Pero esta tarde me quedo con la atractiva y sensual princesa Margarita, la de la serie The Crown, aquejada por la pena de constatar lo difícil que es para ella alcanzar el amor. Qué magnificencia de sufrimiento y tedio en estancias tan iluminadas y espaciosas, largas escaleras y altos techos. Eso sí que es glamour, cuánto hay que aprender de los Windsor; familias como esa dan para entretener al pueblo y para buenas películas y series de televisión.

El caso es que ha sido ponerme a escribir y olvidarme del maldito castañear de cristales. Habrá que seguir con la serie.

En torno a ‘La Marea del Tiempo’, de María Jesús Mingot

Al leer poesía nos enfrentamos al reto de agudizar la atención. Como el paseante perdido en el bosque, uno anhela el claro en el que resulte iluminado, que no cegado, por la luz. El poeta, con mayor motivo, se adentra en ese bosque del que nos habla María Zambrano a la busca de un saber esencial, así la palabra estará provista de formas de decir y sentir que lleven al desvelamiento. Al hacer ese ejercicio, no serán fanfarrias y artificios los que encuentre, que lejos de favorecer a la poesía la desfiguran, sino palabras precisas cargadas de sentido. Ese es el viaje que, a mi juicio, ha hecho María Jesús Mingot, fruto del cual nos ha dado La Marea del Tiempo, una experiencia mística llena de calma y sin arrebato, una manera de llegar a las cosas de la vida y decirlas con la palabra poética.

María Jesús Mingot nos invita a realizar junto a ella las grandes preguntas a cambio de que lo hagamos ‘ligeros de equipaje’, como dijera Antonio Machado. Qué fácil resulta penetrar, sentir, intuir silencios como el de Dios embebido en la sencillez de sus versos.

Pero el individuo no es solo un espíritu que inquiere; también es un cuerpo que necesita. Que necesita el calor físico, el roce y la carnalidad del amor, cubrirse y ampararse del frío, quitarse el hambre o defenderse frente al maltrato. Un cuerpo que se gasta y siente el peso del tiempo, la marea. Sabe que se tiene que ir, y para ello nada mejor que desvanecerse, borrarse, caer despacio, leve, sin molestar.

Es mi costumbre, la poesía la leo despacio, la releo y la vuelvo a releer. En cada lectura no encuentro un poema nuevo sino crecido, que va cobrando cuerpo y se acerca a ese acabado que siempre se nos negará. La Marea del Tiempo, así y a mi juicio, es una obra plena de madurez y serenidad, que quizá se ha topado con mi mejor estado de ánimo para percibirla, en el momento justo, en el tiempo justo, en el claro justo. Así lo creo, así lo siento.