Clásicas

Fregó los cacharros, recogió la cocina, se cambió y fue a echar un vistazo a doña Rosa, que dormía plácidamente, Si me duermo, te vas sin despedirte; no te preocupes, es mi cabezada, ya lo sabes; un poco tarde, pero bueno; tú te vas y pierde cuidado, hija. La verdad es que habían pasado un buen rato y no pensaba echar en saco roto los consejos recibidos, salteados de pequeñas historias. Vamos, quién iba a decir que doña Rosa había padecido unos celos tan grandes, No creo que entre ellos hubiera nada, le dijo, nada de eso, pero, hija, ¿tú sabes lo que es sentirte en tu casa como una convidada de piedra? Que si este fonema, que si la relajación de las oclusivas; yo qué sé, porque yo no entendía nada. Un día cogí uno de sus libros, en la biblioteca estará, lo acababa de publicar un colega suyo, de mi marido, claro… ¡No entendí nada! Luego ella dijo que se inclinaba por las clásicas, y a eso se dedicó; también puedes ver en la biblioteca algunas traducciones suyas, y versiones de teatro y poesía. Pero tengo que reconocer que Aurorita era muy lista, por eso creo que no hubo nada; admiración nada más. Pero me daba una rabia oírla recitar ¡En griego! Y Raimundo, embelesado. ¡Si se le caía la baba!… Por eso, tú no, no seas tonta, aprende, aprovecha, que la juventud se va muy deprisa y luego no es igual; y ese novio tuyo, si te quiere, acabará comprendiéndote. Déjalo que gruña, que se queje, que diga lo que quiera, porque, ¿no será un bruto capaz de pegarte?

-No, doña Rosa, no, no es eso…

-Creo que en el fondo tiene miedo –dijo la anciana.

-¿Miedo de qué, doña Rosa?

-Sí, hija, sí, miedo; miedo de que lo aventajes, de que lo dejes atrás.

-Pero yo no quiero eso.

-Ya, hija, pero, ¿tú sabes lo que se sufre cuando te ves disminuida? ¿Tú sabes cómo llegué a odiar a Aurorita? En silencio, eso sí; ni una queja; nadie supo nada; pero, hija, qué quieres; me costó lo suyo comprender que Raimundo en nada me hacía de menos cuando estaba con ella y lo pasaba tan bien, que cada una ocupábamos nuestro lugar, y que el mío estaba en su corazón y en otro sitio que no te voy a decir.

Doña Rosa, entre risas, le dio otro pequeño tiento a la botella de anís.

 

Imagen: Medea, por Anthony Frederick Augustus Sandys

Cogiendo naranjas

Sentada en la mecedora de mimbre mira con ojos ausentes las vigas pintadas de azul que surcan el techo encalado. Mientras, arrima los pies descalzos al calor del tronco de algarrobo que se anima con el crepitar de unas ramas de almendro. Diríase que descansa relajada después de un día de larga faena dedicada a la cosecha de la naranja, pero al mirarla sorprenderemos un leve temblor de boca y el nacer de unas tímidas lágrimas.

 

Bueno, bueno, así es que nos has salido roja. El comisario Comillas corta la boquilla de un cigarro y levanta la vista para mirarla con dureza, No sé qué coño queréis los niños bien. Hace un nuevo esfuerzo para sostenerle la mirada sin que sus ojos trasluzcan asomo de miedo o inseguridad. Lo mira pero no le contesta, Tienes suerte; tu padre tiene amigos; yo lo hago por él, que te conste ¡Si por mí fuera a todos los comunistas de mierda os mandaba al paredón! O a trabajos forzados, a eso os mandaba yo, vagos de los cojones ¡A trabajar, eso es lo que os hace falta! ¿Oyes? yo no me corto contigo: tú no eres una señorita. Y a todo esto, ¿qué tienes que decir? ¡Contesta, joder!

Una semana antes el comisario Comillas recibía una llamada de jefatura. Que si podía averiguar algo de la hija de Santisteban, que había desaparecido; que Flori estaba descompuesta; que sospechaba que andaba en líos de comunistas y eso. No le costó trabajo encontrarla. Sólo tuvo que llamar al famoso inspector que trabajaba a sus órdenes directas, Apañarla un poco y subirla a mi despacho ¿No se os habrá ido la mano? Por esta vez vale con un buen susto.

 

Más que los golpes dolían las vejaciones, Puta, me decían, ¿con cuántos te acuestas? Ahora te vas a enterar de lo que es un hombre. Y me hacían desnudarme, y miraban mi cuerpo con una suciedad torva que jamás podré olvidar. No, no se tapaban la cara, sabían que no era necesario, que nunca tendrían que pagar por ello. Hay que olvidar, dicen… Cabrones…

La luz de la lámpara cae sobre dos cuerpos desnudos. Ambos fuman y de vez en cuando echan un trago de ron a palo seco, Ahora estoy bien aquí contigo. Es muy duro saber que eres una apestada para quienes hasta hace poco eran tus amigos, tus compañeros, tus camaradas. Pero no dije nada, no hablé. Si vieras al hijo de puta de Comillas; el tío baboso alabando su amistad con mi padre y al mismo tiempo insinuándose, Tú eres gilipollas -decía-, con lo bien que te lo podías hacer si quisieras. Los policías no somos tan malos como cuentan. Defendemos lo que ganamos a pulso, joder. Sabemos mucho y tenemos agarraderas. Dicen que si se muere el abuelo esto va a cambiar, pero a nosotros no nos joden. Ay, niña, con lo bien que te lo podías montar con nosotros.  Ahora sales y haces que todo siga igual. Nos cuentas cosas, ya sabes. Lo de ahora no ha sido nada, muñeca, un aperitivo. Mira, a ese con cara de niño lo he tenido que sujetar. Cuando lo dejo suelto, y no siempre lo puedo controlar, no sabes lo que es capaz de hacer. Tu padre, qué suerte tienes; pero si no colaboras, ¡ni Santisteban ni hostias! Así toda la mañana y luego me decía que con lo joven y guapa que soy. De todas formas, añadía, ya sabes que todo lo puedo tomar por la fuerza, Pero no colaboré, jamás tuve nada que ver con ellos. Fue muy doloroso lo que hicisteis, bueno tú no: creo que nunca dejaste de creer en mí. Fue el niñato ese que vino de Alemania ¿Te acuerdas? Al principio se me apartó y yo lo entendí: estaba quemada; siempre he comprendido eso. Pasó el tiempo, murió el innombrable, todo cambiaba. Ya les era más difícil raptarme, o habían perdido el interés por mí; y vino ese rubiajo de mierda. Y a vosotros se os abría la boca ¿Recuerdas? Pero qué gilipollas éramos. Armas, revolución, mierda. Y la María, Cuidado con ese que es policía; y vosotros, Que va, qué va, si es un tío muy majo, lo que pasa es que no veis más que brujas. Menos mal que hubo quien se lo tomó en serio e investigó, si no yo, terrorista ¡Si soy incapaz de matar una mosca! Pero el hijo de puta os envenenó. Que si yo era una infiltrada; y os lo creísteis a pie juntillas ¿No me conocíais? Aguanté hostias, vejaciones, insultos. Soporté el vacío de más de tres años, y lo comprendí. Para acabar como chivata. No sé cómo os miro a la cara.

 

La noche avanza lenta. Una suave y húmeda brisa cargada de azahar penetra por la rendija abierta en la ventana meciendo con suavidad las leves cortinas. El fuego chisporrotea y la mujer se inclina lentamente hacia adelante para pasar las manos sobre los fatigados pies. Su mirada se pierde en el fondo del fuego. Bajo un amplio ventanal hay una mesa grande donde quedan platos con restos de comida y una botella de vino casi terminada. En el centro, un cenicero repleto de colillas. En el ambiente se respira un fuerte olor a hachís. De arriba bajan susurros y risas. Sobre una silla, y desparramadas por el suelo, se ven ropas de hombre y de mujer.

 

Enero de 1985

Paco

Paco, el profesor, se quedó de un aire. Qué le pasa a este chico, se preguntó. No es que se le hubiera ido la preocupación, pero al menos tenía una certeza: el mensaje o lo que fuera era de Amelia.

 

Cuando apareció por la escuela, no pasaba de ser una chica más. Luego, la aplicación y la inquietud; el interés y la voluntad; la pasión y la fe; la admiración hacia el conocimiento; y más aún: unos ojos profundos de color indefinible, la curva perfecta de sus jugosos labios, la piel tersa y delicada: dichosas las manos que te acaricien, la boca que te bese, piensa, y hace por parar. Pero hay noches en las que no acude el sueño; y en la vigilia, la imagen de Amelia, los ojos de Amelia, los labios de Amelia… y el deseo. La inmensa cama. La ausencia de Marga, su hueco: el desamor y el olvido… la infinita soledad; y en esto, Amelia, la obsesión de Amelia, el furioso deseo, tanto, que hay que acudir a íntimos desahogos.

 

Aitor camina deprisa aunque se quiere dar tiempo para pensar. Pero es el ansia de saber, de estar con ella, de decirle, de que ella le diga. Ese tío está por ella, no hay más que verlo, ¿desde cuándo un profe se interesa tanto? Ya es mayorcita. Saca el teléfono, vuelve a mirarlo, vuelve a leer: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.

 

Imagen: René Magritte, Le Visage du génie, 1927, óleo sobre lienzo, Musée d’Ixelles, Bruxelles,

Tiempo de lectura

Hay una sacudida de hierba y rocío al abrir la puerta. Te sigue una mariposa blanca a ras de suelo. Te viene a la memoria –siempre la literatura- el personaje –una mujer- de Cien años de soledad, pero no tienes a mano un ejemplar y tampoco te apetece consultar la Wiki. De lo alto baja el piar agudo de un mirlo al que otro contesta a lo lejos. Avanzas por la pista hasta llegar a la casa semiderruida y cubierta por las plantas parásitas a la que atribuyes una historia que nada tiene que ver con la de la familia que en ella vivió hasta su completo abandono. Más abajo, las silvas se comen literalmente las ruinas de otra que formó parte de los sueños de alguien que luego no pudo cumplirlos. Con qué ilusión te enseñó los planos y perspectivas, los árboles que iba a plantar, el estanque que iba a llenar con las aguas del reguero que atraviesa la finca; pero nuestras ilusiones van por un lado y la vida se empeña en torcerse, en ir a lo suyo. El valle se ensancha y del fondo sube el rumor de algún automóvil que circula por la que pomposamente llamamos ‘carretera general’. Amarillean los prados, hace calor, apenas llueve.

Es tiempo de lectura y descanso. Entras con fuerza en Patria, de Fernando Aramburu. Te alegra ver que el libro, en cuanto a estructura y técnica narrativa, se asemeja a lo que tú escribes: un mosaico de escenas abiertas, provistas de conectores para que el lector las ensamble en una estructura superior y un conjunto de voces que sienten y cuentan. No es una historia de buenos y malos, sino de perdedores; tampoco el autor se remite a la fortuna o a las circunstancias para dar sentido a la tragedia: cada cual sabe lo que hace y por qué lo hace. Es un alivio, en un momento de neolengua espesa y alambicada, que no se hable de conflicto político, sino de odio irracional y también de callada vergüenza o silencio cobarde. Es una historia de ficción perfectamente verosímil, una forma de abrir la herida en carne viva, la mejor manera de prepararla para la cura y cicatrización, mucho mejor, desde luego, que hacer como que no ha pasado nada y cerrar en falso. No hay un progreso temporal que haga avanzar la fábula con sus caídas y mejoras: todo se sabe desde el principio y el autor vuelve una y otra vez sobre las acciones principales para que las veamos desde distintos planos, desde puntos de vista diferentes. El autor siente algo parecido al pudor a la hora de intervenir, de modo que son los personajes los que dicen la historia. Parafraseando a Mario Vargas Llosa en cuanto a Cien años de soledad, diré que Patria es una novela atractiva tanto para el lector culto y exigente como para el lector elemental que sólo sigue la anécdota y no se interesa por la lengua ni por la técnica narrativa.

Y tú piensas en la necesidad que tienen tantos de sentirse parte de algo, de trascender esa vida tan diminuta –tan pedestre en ocasiones- en algo superior a lo que vincular sus emociones, bien sea una creencia, una religión o una patria.

Hay que crear un relato compartido, lees u oyes decir; un mundo de ficción, algo en lo que nos podamos mirar sin sentir las aristas, dices tú; que los historiadores cuenten lo que convenga y que los apacentadores de masas creen contrafácticos a fuerza de rellenar significantes vacíos.

En este punto interviene Carmen y te dice: Alfonso, no te pongas estupendo.

 

Siente una vibración en el bolsillo. Saca el teléfono, lo mira, y lo deslumbra el nombre como un fogonazo. Un vuelco de alegría le cambia el semblante. Paco observa el cambio y sujeta como puede la pregunta, Me voy, dice Aitor, Pasa algo, pregunta Paco, Nada, contesta Aitor, Pero es ella, Paco no puede reprimir la pregunta, Sí, es ella; y lo deja con la palabra en la boca.

 

Imagen tomada de la portada de la novela Patria, de Fernando Aramburu, Tusquets, Barcelona, 2016

 

Ansiedad

El reloj marca las siete y media cuando Aitor baja el capot del coche en el que está trabajando. Recoge la herramienta y corre a los vestuarios. El encargado se sorprende; Aitor no acostumbra a dejar nada pendiente. Mira el móvil y no hay mensajes. Por fin se decide y escribe rápido: “¿Qué coño haces que no me llamas?” Levanta el dedo para pulsar la flechita el tiempo suficiente para arrepentirse. No, eso no, y escribe: “¿Qué haces? Te echo de menos”. Titubea pero al final se decide y lo manda.

El móvil de Amelia, en el bolsillo de la bata, emite la vibración y el sonidito. Pero la bata y la mochila están el cuarto donde se cambia. Friega los cacharros después de echar a doña Rosa en el sofá a que dé una cabezadita.

No hay respuesta inmediata. No hay respuesta. El muchacho toma una ducha que apenas lo relaja. Se pone la ropa de calle y guarda el mono en la mochila; al jefe no le gusta que anden por el taller con el mono tieso de grasa; a él tampoco. Sale y se despide de los compañeros de forma maquinal. Con la cabeza en Amelia, sube al coche y se va despistado. Cuando quiere recordar se ha saltado el semáforo; no presta atención a los pitidos y gestos de los airados conductores. Aparca lejos, al otro lado del parque y lo cruza sin hacer caso de los pájaros, el estanque, los patos, los rosales y las adelfas. Hay niños jugando en los columpios y por encima de las copas de los árboles luce una espléndida puesta de sol. Sube a casa y ella no está. No le extraña; todavía no es la hora. Suelta la mochila, anda de un lado a otro, resopla, enciende un cigarrillo, abre una cerveza. Sale de casa, sale a la calle, se encamina hacia la escuela, se mantendrá sereno, no se la piensa liar, pero, ¿por qué no le contesta? Seguro que ha mirado el móvil, está claro ¿Se habrá molestado? Tampoco es para tanto. Bueno, si quiere estudiar que estudie, pero que no se haga con él la lista; tanto cine, tanto teatro, tanto libro… ¿Para qué saber tanto? Total, para lo que vale ¿No será mejor ser un buen currante? Unas libras en el bolsillo, los colegas, ¿para qué más? Ya lo decía la abuela del Jaro, que se le habían secado los sesos de tanto estudiar.

Llega a la altura del bar, se asoma; no está. Ir o no ir a la escuela, a esperar a la puerta como los novios antiguos. Su abuela contaba cómo se reían de los novios cuando esperaban a la puerta del taller. Los miraban desde las ventanas y los hacían esperar. Fumaban y andaban de arriba abajo, de izquierda a derecha, y tu abuelo, la primera vez que le di permiso para ir a esperarme, estuvo a punto de irse, que se te va, Angelita, que se te va, me dijo la Pura. Ay, Dios mío, con lo que era la Pura y hoy sale a la calle a dar un paseíto agarrada a un taka-taka; yo así no salgo; prefiero quedarme en casa.

Cruza la calle, al fin y al cabo hará lo mismo que hacía su abuelo… ¿Y si sale con el profesor ese? ¿Y si se me cruzan los cables? No se ha percatado de que Paco, el profesor, lo espera en la puerta.

-Te he visto cruzar y me he quedado aquí esperando -le dice Paco a modo de saludo.

-Ah, sí, Paco, el profesor -Aitor se hace el despistado.

-¿No vendrás a buscar a Amelia? Porque no ha venido -Paco lo mira intrigado.

-¿Cómo que no ha venido?

-No, no ha venido; tampoco ha llamado, porque vienes a buscarla, ¿no es así? –pregunta con preocupación.

-Sí, claro –responde Aitor.

¿Y si le ha pasado algo? Es muy extraño; nunca ha faltado –La voz y el rostro de Paco evidencian alarma.

La cabeza de Aitor parece una hormigonera: todo le da vueltas. Mira al profesor, mira al suelo, aprieta los puños, la boca, resopla. Mita a Paco con fijeza. El profesor siente que un escalofrío le recorre el cuerpo de pies a cabeza.

 

 

Qué calor

6:00 de la mañana. Empiezo a respirar, pero ya no tengo sueño. Algo he dormido, creo. No, no era fiebre; sólo recuerdo algo como un sueño en bucle. No leo, no escribo, no…, bueno sí, aunque antes de las doce.

6:30, primera ducha. Me da ánimos el fresco abrazo del agua; duran lo que tardo en secarme. Desayuno.

7:00, a la calle; 9:30, vuelta empapado en sudor, con el pan y el periódico; nueva ducha.

10:00, ¿fruta o gazpacho?

11:30, repaso del periódico, ¿para qué comentarlo?

12:30, la casa en sombra, como una jaima, dispuestas las cortinas como grandes abanicos; nada de ventiladores ni aire acondicionado, ¿que no? a la una entra fuego por las ventanas. Aire acondicionado hasta las doce de la noche.

¿Que hacer? ¿Cine? ¿Lectura? ¿Siesta? ¿Nada?

Vemos la película argentina El ciudadano ilustre. Volver a la tierra puede ser un infierno, sobre todo si la has convertido en tu mundo literario. División de opiniones sobre el final después del final: no me gustan los estrambotes; a Carmen le parece acertado.

Inicio ¡Ya era hora! la lectura de Patria. Independientemente del contenido, ya me gustan la estructura que se adivina y los recursos formales: distribución en capítulos cortos con su propio título, y en el primero, menos de tres páginas y media, con ágiles pinceladas presenta (se presentan) a tres personajes, caracteres, conflictos… Ah, y un uso magistral del estilo indirecto libre.

Y dejo aquí la entrada. El ordenador escupe fuego por la ranura del ventilador ¡Me voy a la ducha!

 

 

Por amor

Ella lo adoraba.

Guardaba como un tesoro una fotografía suya y todas las noches la miraba con embeleso en la penumbra de su habitación, alumbrada por una lámpara minúscula. Pero él tenía novia, la otra. Todos los días pasaban ante su ventana. Con los ojos brillantes de lágrimas y ensombrecidos por la tristeza los veía a través de los visillos.

(En aquel tiempo la gente estaba muy sola y apenas podía expresar los sentimientos)

Desde muy pequeña había jugado con él, y desde entonces lo amaba con pasión enfermiza; sin embargo, a pesar de todo, no perdía las ganas de vivir; lo adoraba, ¿acaso su felicidad no era suficiente alimento? ¡Qué importa que se case con otra! Lo amo y eso me basta.

Él se casó con la otra y se fueron a vivir a un barrio cercano. Tuvieron dos hijos. Ella quedó de amiga solícita, que cuida a los hijos de los otros cuando van al cine o a cenar fuera, que cuida a los padres viejos; por amor le cambiaba los pañales a su padre.

Pasaron los años sin que ningún detalle, por nimio que fuera, escapara a su escrutinio; hace tiempo que no lo ve feliz; sus ojos han perdido el brillo seductor y las ojeras se hacen más lívidas y profundas. Estudia, espía, observa el tono del habla, las miradas, los gestos… y ve que una sombra espesa se interpone entre la pareja. Intenta sonsacar a la otra.

No es alegría sino tristeza lo que siente cuando ésta le confirma que el desamor se ha instalado en su casa, vamos, que tiene una amante, Y no creo que sea por mi culpa, le dice; al contrario, lo soporta esperando que sea un cansancio pasajero, ese que dicen que tarde o temprano llega. Procura saber lo menos posible, hacer que no se percata de su frialdad o falta de pasión, o los ardores desmesurados y a destiempo; se hace cargo del regreso de la oficina a horas intempestivas, de los cabellos en la camisa y del olor a otro perfume. Fue entonces cuando se constituyó en confidente y pañuelo de lágrimas de su rival. La acompañó y ayudó hasta que se hizo imprescindible. Veía, olía, sorbía las cosas de él; planchaba su ropa; cuando la otra andaba deprimida, hacía la comida; todos los días, a media mañana, preparaba café.

Hoy recorre con pasos cortos y lentos el patio rectangular de altas paredes y alambradas altas. Y él es libre.

 

Publicado en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de madamebovary

Celos

El reloj se acerca a las cinco sin que ninguna de las dos parezca tener prisa. En el taller, Aitor mira de vez en cuando el móvil sin que pueda apreciar señal alguna de llamada o mensaje; se ha enfadado, no le cabe la menor duda, pero no tiene por qué. Si no la quisiera le daría lo mismo, bueno, también en lo que sea su chica lo tiene que respetar; pero es que la quiere, de eso no hay duda, y ahora bien lo sabe cuando en su fuero interno crece la sensación de que no es tan suya como cree, de que se puede ir, de que lo puede dejar; entonces… entonces no quiere ni pensarlo.

 

“Mis celos, esos que tanto me atormentaron durante demasiado tiempo, vinieron cuando apareció Aurorita. Y qué mal lo pasé; hoy lo recuerdo y me da pena de mí, de Raimundo, y de ella también; y me da vergüenza porque aún siento el ridículo; pero entonces lo veía todo tan grande; todo lo malinterpretaba según le convenía a la obsesión que me tenía dominada. Porque, mi querida niña, lo peor de las obsesiones, y los celos no son otra cosa, es que te hacen ver las cosas como tú quieres y, aunque parezca mentira, quieres ver lo que en realidad te daña, así que, palabra, acto, mirada, qué sé yo, cualquier cosa, es una prueba fehaciente de que en realidad ocurre lo que crees que ocurre, y no hay nada que te quite del error.

“Aurorita, como comprenderás, hoy es una señora más bien mayor, jubilada, pero entonces era una niña joven, no muy guapa, con unos enormes ojos oscuros y una mirada profunda; pero, con todo, no eran sus cualidades físicas las que mejor la adornaban sino una fina inteligencia y una curiosidad insaciable…

 

Imagen: Fotograma de Ballet Mécanique (1924), Man Ray

El viaje de Carlota

A propósito de la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, José María Guelbenzu escribe en El País de 23 de noviembre de 2016:

“En el mundo de la teoría literaria, a la figura del narrador de esta novela se le conoce como “narrador no fiable”. No se trata de un mentiroso o un tergiversador necesariamente, sino alguien que por su manera de contar, de seleccionar los acontecimientos y por el caprichoso orden en que va ofreciendo sus revelaciones, crea la sospecha, o al menos la incomodidad, en el lector. Una sospecha que la narración no aclara todo lo que debiera aunque el contenido de la misma sí queda expuesto de una manera comprensible.

Los hechos reveladores van apareciendo a conveniencia del narrador, que oculta o desvela según le parece, con saltos atrás y adelante que se atienen al interés del narrador, lo que obliga continuamente a atar cabos y crea el soberbio y terrible clima de tragedia humana que atraviesa la historia”.

 

Doña Rosa eleva la mirada hacia el techo y emite un largo suspiro. Da un pequeño sorbo de la copita de anís y prosigue:

-Ay, hija, perdona si me voy por las ramas, pero no creas que se me ha olvidado lo que te quería decir, lo que pasa es que hay que llegar a ello, y de paso te cuento lo de mi hermana Carlota, ¿te aburro?

-Qué va, doña Rosa; al contrario; a mí me gustan mucho las historias. Si usted viera la cocina de mi abuela; se ponen a contar y no paran. Yo, muchas veces, cuando estoy allí, ni me entero porque no sé de quiénes hablan, muchos ya están muertos o murieron hace muchos años. Hacen lo que nosotras ahora: un pocito de café, y luego, encima, venga chorritos de aguardiente; así hasta las tantas de la noche. Cuando era pequeña, me mandaban a la cama, oye, que está la cativa, decían, pero me quedaba escuchando en lo alto de la escalera. Entonces contaban chistes e historias subidas de tono que yo entendía a medias, y no vea cómo se reían.

-Es que lo de Carlota tiene su gracia. Pues sí, no ibas descaminada. Coincidieron en el portal y el ascensor estaba averiado. Según nos contó Carlota, muerta de risa, el artista se ofreció a subirla en brazos y ella, lejos de incomodarse, le rió la gracia. Así fue como se conocieron y así fue como Carlota, bajo el pretexto de visitarnos, se veía con él, que por cierto no se anduvo por las ramas y le propuso que se fugaran a la manera romántica. Mi hermana aceptó y se fueron a Venezuela, donde encontraron trabajo en una emisora haciendo radioteatro. Después vinieron los culebrones de la televisión y Carlota, ya madura, se especializó en papeles de madrastra, mala, muy mala, y él de padre bondadoso. Ambos, si se terciaba, impostaban el habla de allí, y cuando el papel lo requería, hacían de españoles.

“Claro, mis padres no tuvieron más remedio que aceptar los hechos y, ¿sabes a quién le tocó cuidarlos?

-Esa respuesta sí me la sé; a usted ¿a quién si no?

-Pues eso es. Además, la ruina fue de tal calibre que apenas podíamos contratar a nadie; bueno, miento, alguna aportación hicieron mis hermanos para que viniera una mujer y me ayudara. Así que, ya ves cómo son las cosas, por mucho que te propongas luego salen como a Dios le da a entender. Y ahora sí, ahora te voy a hablar de los celos, de los que yo sufrí sin que nada ni nadie tuviera ninguna culpa.

 

Imagen tomada de Internet

Carlota

Sabes qué es el estraperlo, pregunta doña Rosa, y Amelia, sorprendida, se siente en la obligación de responder.

-No sé, ¿algo así como el contrabando?

-Sí, algo parecido, aunque no es lo mismo comprar de contrabando que de estraperlo; de contrabando podías comprar un capricho y de estraperlo algo necesario, muy necesario, como el pan, pero veo que me voy por las ramas, ¿por dónde iba? Ah, sí, de los celos por los estudios.

“Ya te he dicho que don Raimundo no era el partido que soñaba mi madre, pero bien que se  impuso; no, si luchador y tozudo era un rato. Sacó la carrera con sobresalientes y matrículas, y aprobó a la primera la oposición de adjunto. Con esos títulos se presentó a pedir mi mano, y vaya si lo consiguió. Yo, por mi parte, dije que o me casaba con él o me iba a una misión al África; vieron tal decisión en nosotros, que dieron su brazo a torcer. Porque Raimundo y yo nos queríamos desde niños, bien pronto nos prometimos en secreto, sólo lo sabía mi hermana Carlota.

“Ay, si te cuento lo de mi hermana Carlota -doña Rosa vuelve a llenar las copitas-; menuda campanada -ríe con desenfado-. Resulta que Raimundo y yo vivíamos aquí, en esta casa, y en el tercero había una pensión. Pues bien, en la pensión pasaban temporadas, cuando los contrataban para el Price, unos artistas de variedades: cantaban, tocaban instrumentos musicales y hacían juegos malabares: cosas así; eran tres hermanos: dos chicas y un chico.

“Dio la casualidad de que Carlota, que venía mucho por casa, y a la que no le hacía ninguna gracia la encomienda de mis padres…

-Toma, menuda gracia me habría hecho a mí; me hacen a mí eso y me marcho de casa…

-Sí, hija, si, y harías bien, pero eso lo hacían muchas familias, y lo malo era que la señalada obedecía sin rechistar; y lo que es peor, solían elegir a la que tenían como poco agraciada, como si dijeran, ya que no va a ser fácil casarla, que nos cuide. Y el caso es que Carlota, que no era una belleza de las que se estilaban entonces, alta, huesuda, con la cara un poco larga, era muy elegante y resultaba muy atractiva…

-¿Y qué pasó, doña Rosa? No me lo diga; se conocieron en el ascensor, digo, al artista ese, al hermano, al de la pensión…

-Bueno, algo parecido.

 

En la imagen: Ritratto di Margherita, (1916). Amedeo Modigliani. Tomada de Internet