Servidumbres de la autoedición

Como sabéis, no hace mucho que salió mi primera novela -publicada; escrita tengo alguna más-. Por diversas causas, y la que luego diré no es baladí, recurrí a la autopublicación en Amazon, autopublicación pura y dura hasta la última coma. Y, qué os puedo decir, la edición es mejorable, no por culpa de ellos, sino mía: cómo me habré metido en este berenjenal. Pero todo se aprende: a hacer constar los derechos y advertencias, a borrar números de página, a editar márgenes e interlineados, en fin, a hacer el libro más vistoso. Y es que estuve en una presentación y, casualmente, el libro presentado era una autoedición de Amazon, pero muy atractivo y bien hecho. Porque, claro, das el visto bueno al documento, y cuando tienes el libro en la mano comprendes el porqué de la corrección de pruebas ¡Jamás pensé que los errores se notaran tanto! ¡Pero si no los veía por más que mirara la pantalla o el papel! En fin, pido disculpas a mis queridos amigos que disponen de esta edición -en compensación les diré que a la larga será la más apreciada-. Yo, por mi parte, estoy muy ocupado trabajando en la mejora. Ah, y una de las razones de haberme decantado por la autopublicación es la comodidad: tendrían los editores que hacer cola a la puerta de mi casa para que considerara decidirme por alguno de ellos; como no vienen…

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¿Y la sorpresa?

No fueron cinco minutos; pasaba más de un cuarto de hora cuando apareció, y con ella el rojo de una cazadora de piel.

Durante la espera jugamos a las adivinanzas: Elvira dijo que debía dedicarse a algo muy raro: en las entrevistas de trabajo utilizan salas de reuniones para intimidar al aspirante, para que se encuentre solo y desprotegido, y en las reuniones crean un problema para ver las reacciones, a no ser que se trate de una técnica nueva y sofisticada. Y yo le dije…

-Ya, ya sé qué le dijiste -lo interrumpí porque conocía de sobra su costumbre de atribuir a ciertos tipos (conmigo lo hizo) una muy cierta pertenencia a la CIA; lo del MI6 vino más tarde, pero eso ya lo contaré a su debido tiempo-. Dijiste que…

-Pues no, no dije que fuera de la CIA; dije que era del CESID… ¿Del CESID? -me preguntó Elvira con recochineo, aunque le gustó la idea-; ¡no me jodas, pero si eso parece una agencia cutre y siniestra! -Y rompió a reír.

-No, Elvira, no -le insistí-, esa es la fachada, pero luego tienen gente de lo más diversa. Mira esa señora, por ejemplo -y señaló a una mujer de más de sesenta años que tiraba de un carrito de la compra-, ¿por qué no puede ser un agente camuflado? ¿Quién te dice que los del piso no son aspirantes a espías?

En esas estábamos cuando por fin salió del portal.

 

-Vaya, si seguís aquí; eso es que os interesa lo que os voy a decir. Bueno, vamos a conocernos. Me llamo Luisa -sonrió amistosamente y alargó hacia Diego una mano de dedos largos y finos; a Elvira la saludó con fingida desgana, como si no hubiera dado por terminado el duelo-. Y vosotros, ¿cómo os llamáis?

-Éste es Jesús y yo soy María -contestó Elvira con algo de coña.

-Ya; y yo soy la Magdalena -Luisa añadió para sí algunas palabras con pinta de malsonantes.

Bajaron por escaleras interiores hasta desembocar en una avenida delimitada, a una banda por las construcciones del barrio, y a la otra por una vaguada en la que trajinaban camiones y excavadoras. A la vista lucían los restos descoloridos y ajados de unas pancartas con la leyenda: “La Vaguada es nuestra”. Luisa se acercó a un R-12 amarillento con algunas rozaduras.

-Pasa tú delante -dijo Elvira, y ella se acomodó en el asiento de atrás.

En el interior se apreciaba una mezcla de aromas, de perfume y tabaco; por lo demás, denotaba mayor cuido que la parte externa. Luisa arrancó el vehículo y, contrariamente a lo que Elvira y Diego esperaban, se dirigió a la Carretera de la Playa, donde tomó la dirección de Fuencarral.

-Como no me decís adónde vamos, tomo yo la iniciativa -dijo Luisa-. Además, os reservo una sorpresa.

Y, cambiando constantemente de carril, añadió:

No, no temáis; no es nada malo -dijo al tiempo que esbozó una leve risa.

-¿Por qué tenemos que pensar eso? -Se sintió Diego obligado a preguntar.

-Hombre, si tenéis algo mío y por lo que veo no me lo queréis devolver… Aunque ya os he dicho que os indemnizaría-

-¡Pero qué indemnización ni qué narices! -Elvira adoptó un tono bronco y decidido-. Verás, te propongo un trato: nos quedamos la mitad del dinero; ¿la pistola? Esa para ti, a nosotros no nos sirve; y nos lo tienes que agradecer porque me da la impresión de que es lo que más te importa, vaya usted a saber por qué. Ah, y una cosa más: nos cuentas de qué va todo esto.

-Vaya, al menos tenemos por dónde empezar -replicó Luisa.

-¿Y la sorpresa? -balbució Diego.

-¿La sorpresa? Enseguida la veréis.

Pisó el acelerador a fondo y enfiló por la carretera de Colmenar.

 

 

Venga, chico; vamos p’alante

Como comprenderás, me dijo Diego ante la tercera o cuarta cerveza, la conversación de tanteo tenía que acabar; por otra parte, la aparición de la chica, tan atractiva como despistada, impuso un silencio incómodo; y tienes que tener en cuenta que la mujer quería continuar…

…No es fácil explicar el sentido de todo aquello, porque desde el punto en que decidimos acercarnos a la dirección que figuraba en el bolso, todo iba adquiriendo, si cabe, una dimensión más absurda, sobre todo si tenemos en cuenta que nos fuimos dejando coger en una red bien tejida. Y es inútil decir que la curiosidad pudo con la ambición: tú sabes que es así, que los dólares no eran otra cosa que dinero, y dar con la propietaria del bolso, vamos, la que me lo endosó, tiene una fuerza de atracción irresistible.

Entonces le dije que era todo natural, comprensible, quién se resiste a la tentación perseguir un sueño tan sugestivo. De todos modos, continué, no veo, en principio, el objeto de una reunión como la que cuentas: un piso en la periferia, gente dispersa que sólo tiene en común haber recibido una carta; y encima, aparecéis vosotros y le venís como anillo al dedo a la mujer que había organizado aquella farsa… porque seguro que aquello era una farsa… como si os estuviera esperando ¿Desde cuándo?

Diego me reprochó que siempre me adelanto, que me falta paciencia, que no hago más que buscar atajos.

 

A juzgar por el silencio, Luisa no tenía ningún interés en que Andrea conociera el tema de la conversación, tampoco, al parecer, quiso abusar de la aparente docilidad de la muchacha.

-¿Cómo habéis venido? -preguntó.

Diego contestó que en autobús.

-Bien, entonces vamos en mi coche; decidme dónde os dejo.

Elvira hizo una señal a Diego que quería decir: ‘Ni se te ocurra darle mi dirección’, y éste carraspeó como para decir algo, pero Luisa se le adelantó:

-¿Al centro, quizá? ¿No fue por allí donde…?

-Si, por allí fue -Andrea seguía la conversación por si captaba algo-, pero no es allí donde queremos ir ahora -contestó Diego.

-Entonces, ¿a qué esperáis para decirme un sitio? Bueno, mientras lo decidís vamos bajando; mejor dicho, me esperáis abajo si no os importa: cinco minutos, no más. Ah, y no os vayáis; seguro que sé cómo encontraros, alardeó.

 

Te puedes imaginar cómo salimos. Elvira me dijo que éramos unos auténticos gilipollas, Claro, tu encuentro, la mujer misteriosa, la pistola, la pasta… y tú, como en las películas americanas, me metes en una investigación sin pies ni cabeza; claro, como la morena te quita el sueño. Y yo le contesté que bien le gustó venir conmigo, Pronto te ibas tú a perder cualquier asunto que tenga pinta de ser una buena historia.

No hizo falta que me lo dijera, me imaginé la sonrisa de Elvira. Seguro que lo cogió del brazo y le espetó: ‘Venga, chico; vamos p’alante’

La respuesta

La pregunta, lanzada de sopetón, causó el efecto pretendido por Luisa que, atenta, escrutó la reacción de sus interlocutores y pudo observar sus respingos de asombro; además, no pudieron evitar mirarse como diciendo: ‘¿Sabrá algo? Contesta tú, que yo no sé qué decir’.

-¿Dónde están qué, o quiénes? -Diego ensayó un gesto desagradable como de no dejarse intimidar; Elvira mantuvo la sonrisa sin despegar los labios.

-Qué; quién ya sé dónde está; demasiado sabéis a lo que me refiero.

 

Lo cierto es, me dijo Diego hablando del asunto, que más adelante nos confesó que había tenido mucha suerte, En realidad no os esperaba, nos dijo, ¿a quién se le ocurre enredar sobre lo que te cae del cielo?, A dos periodistas, le dije. Y fíjate lo que es la naturaleza de las personas. Al decir eso, me arrepentí: acabas de meter la pata, me dije; Elvira me acababa de fulminar con la mirada, y sin embargo, esa presunción tonta fue la que abrió la llave para que nos contara todo lo que necesitábamos, o queríamos, saber.

 

Elvira comprendió que con aquella mujer no cabía el disimulo; por otra parte, su olfato le indicaba que no perdían nada diciéndole lo que ya sabía, por eso, una vez repuesta de la sorpresa, le dijo:

-Sí, efectivamente, creo que tenemos eso por lo que preguntas, pero no creas que te lo vamos a dar así como así, eso en caso de que sea tuyo, mejor dicho, de la chica del bolso; no creo que tengáis interés en reclamarlo ante la ley ¿Me equivoco?

-Bueno, diría que prefiero arreglarlo entre nosotros – Luisa abandonó el tono duro, parecía que se inclinaba por una relación más amistosa. Iba a seguir cuando se abrió la puerta. Andrea, que así se llamaba la muchacha, regresó de la calle. Luisa la presentó como su ayudante, lo cual provocó una sonrisa irónica de la chica.

¿Qué le iba a contar a Gloria?

¿Qué le iba a contar a Gloria? Ya sabe que me llamo Elisa Rubio, que soy pintora, que he vivido en Madrid casi toda mi vida, que tengo sesenta años… cumplidos ¿Qué más le puedo decir? ¿Lo que no quiero ni nombrar? ¿Lo que me sigue quemando? Y lo que hiciste, ¿a quién se lo cuentas? Piensas que hay quien comprende lo que a otros no conmueve, pero luego te dicen que hay que olvidar y asumir para paliar el daño ¿Cómo olvidar, borrar de un plumazo y a otra cosa? Empezar de nuevo, cambiar de barrio, de ciudad o de país; de profesión, de hombre o de mujer; adoptar un perro o un gato; cambiar de peinado o de estilo; hacerte moderna si eres antigua, o seria si eres alegre. Ponerte el mundo por montera, beber, comer, follar; recluirte en un monasterio. Negarte a envejecer, tomarte la vida como un juego. Una bastante hace con trabajar, tener amigos, haber amado, y oponer resistencia a las manos que cada noche sin falta emergen del horror y te aferran con fuerza.

 

Las aguas del olvido, pequeño fragmento. En eBook y papel, publicado en Amazon

Las cartas

Ese ‘¿Me podéis enseñar las cartas?’ se podía interpretar como: ‘Bueno, pongamos las cartas boca arriba’, o bien, ‘Vamos a hablar claro’, pero los asistentes, la joven que abrió la puerta, la del vaso de ron hasta el borde, la de los pechos agresivos, fue la primera en abrir un cajón y sacar, doblado, un folio de color siena, escrito por una cara, que alargó a la mujer del traje sastre ceñido y cabello negro recogido en una cola de caballo; la otra mujer abrió tímidamente el bolso y sacó una hoja del mismo color, cosa que hicieron los dos hombres a la vez, aunque pareció darse más prisa el que planteó las objeciones.

-¿Y ustedes? -se dirigió a Diego y a Elvira.

-Bueno, nosotros… nosotros no tenemos esa carta -dijo Elvira componiendo una sonrisa retadora.

-Pero… ¿Por qué han venido? -la chica que abrió la puerta intentó meter baza sin éxito.

-No se esfuerce -dijo la que a todas luces mandaba en la reunión-, ya sé que no se les ha convocado -manteniendo la sonrisa de Elvira-. Al menos me dirán qué les trae por aquí, porque a la vista está que ustedes no conocen a esta chica, ni a nadie de los que aquí estamos.

En ningún momento se molestó en preguntar a la joven si esperaba a alguien, o en aclarar si se trataba de un malentendido.

 

Era lista la tal María Luisa, me dijo Diego hablando del tema. Porque tengo que decir que la curiosidad y el afán les llevaron a relacionarse con ella; también porque entre los tres establecieron una extraña complicidad. Ya sé que te puede parecer increíble, pero así era -y así seguirá siendo- esa mujer.

 

La mujer del traje sastre aceptó el reto de Elvira y dijo que no importaba, pero sentía curiosidad por saber qué les había llevado allí.

-No hay nada que ocultar, aunque este señor…

Y señaló al hombre gordo y calvo.

… pero hay asuntos que requieren cierta reserva -Elvira se las arregló para completar la frase. La mujer, que a partir de ahora llamaremos María Luisa, escondió en la sonrisa una mueca de desagrado.

-Eso mismo -dijo-, pero no me dicen qué les trae aquí, porque esta chica -señalando a la joven- no les esperaba.

Iba Diego a arrancar con una explicación cuando Elvira se adelantó para decir que en realidad la dirección se la había dado una amiga, Mirad si os puede aprovechar, nos dijo porque sabía que andábamos sin trabajo; es que a ella le salió algo en Japón y no lo necesitaba.

Un fino observador habría sorprendido un ligero fruncimiento de ojos y labios, como de haber encajado un golpe o algo por el estilo. Así que en Japón, dijo para sí.

Bueno, me vale así. Ustedes se pueden ir -se dirigió a los dos hombres y a la mujer-; dentro de dos o tres días me pongo en contacto con ustedes y hablamos despacio del trabajo y las condiciones. Y tú -dirigiéndose a la chica-, ¿puedes ausentarte una media hora?

No sin extrañeza se fueron marchando; la chica se puso una prenda con que abrigarse, salió y cerró la puerta.

María Luisa los midió con la mirada, les dio la espalda, agachó la cabeza como pensando,  se volvió a girar, y con dura expresión dijo:

-Ahora me van a decir dónde están.

¿Vuelta a la normalidad?

Hay que ser muy ordenado y constante para publicar un relato por entregas: mantener una frecuencia regular (¿Hay frecuencias irregulares?), y, sobre todo, no dispersarse. Se pueden dar multitud de explicaciones: un viaje, una mediodepre, cantidades ingentes de trabajo, asuntos importantes, ¿y por qué no la fiaca? (El otro día cogí al vuelo una declaración grabada de Fernando Fernán Gómez. Decía que él estaba especialmente dotado para no hacer nada: si hubiera nacido heredero, decía, no se me hubiera ocurrido trabajar); pero no, la causa ha sido mi especial incapacidad para manejar esto de la informática: menudo trabajo me ha costado editar Las aguas del olvidodisponible en Amazon, y que podéis conseguir con sólo pinchar uno de los enlaces (No sé por qué me viene a la memoria Francisco Umbral en un programa de televisión: “¡Yo aquí he venido a hablar de mi libro!”).

Así que nos habíamos quedado con Elvira y Diego (También aparecen en Las aguas…) asistiendo a una extraña reunión en un apartamento del Barrio del Pilar de Madrid. Habían acudido impulsados por la curiosidad: Diego había tenido un encuentro con una extraña mujer a la que seguían dos sabuesos con muy malas intenciones. La mujer (Eugenia Honrubia) endosa a Diego un bolso que contiene una considerable cantidad de dinero y una pistola. Previamente hay alusiones a hechos que ocurren en distintos tiempos, como el reencuentro entre Diego y Blanca.

¿Qué ocurrirá en la mentada reunión? Lo sabremos muy pronto en la próxima entrega.

Donde más le duele

Hace unos meses, publiqué este artículo en ARTE Y DENUNCIA. Ojalá los hechos que se comentan dejen de producirse porque hayamos aprendido a querer y respetar; hoy, lamentablemente, siguen ocurriendo: los que se saben y los que quedan ocultos.

Arte y denuncia

El amor a los hijos, su cuidado, la preocupación, el desvelo, la alegría y el contento son los sentimientos naturales de los padres. Veo desde mi ventana en el afán de una hembra de vencejo por acarrear el barro del nido, que milagrosamente se sostiene bajo una cornisa, la diligencia con que transporta el alimento de sus crías, el cuidado con que otea el horizonte.

Cuesta entender la muerte de un niño; es una violencia que ofende en lo más hondo. Quienes gustamos de contar historias apenas nos permitimos crear una vida incipiente para luego quitarla. En Ángel Guerra, Benito Pérez Galdós narra con la minuciosidad que lo caracteriza la enfermedad y muerte de Ción, la hija del protagonista; conmueve profundamente la pérdida; el padre queda destrozado. Hace unos días, en el programa Hoy por hoy de la cadena SER  (España), una mujer a la que se le había…

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Las aguas del olvido

Siempre hay un gesto, una mirada, un ademán que nos caracteriza, viene a decir Elisa Rubio, narradora de esta historia.

Retirada de la vida profesional, como tantos otros, decide pasar los últimos años de su vida en un lugar de la costa mediterránea. Hace amistad con Héctor Lavalle -tiene nombre de tanguista, nos dice- y con él comparte paseos, aficiones y alguna confidencia. También, entre café y café, conversa con Gloria Montesinos, antigua actriz y canzonetista mexicana, hija de un español. Hablan y hablan, pero Elisa sabe que hay cosas que, por lo terribles, no se pueden contar, que si las dices dejan de pertenecerte y quedan sometidas a la interpretación y el cambio.

Nunca ha sido fácil la relación entre la memoria y el olvido. Aunque parezca lo más sensato dejar que el tiempo vaya depositando una pátina de olvido sobre los peores recuerdos, éstos se resisten y luchan por mantenerse vivos, aunque duelan.

Elisa, tan reservada, se abre ante el lector como si quisiera darse a conocer, como si quisiera advertirnos de las trampas que nos reserva la vida.

 

Con esta presentación, por fin, aparece en Amazon mi primera novela. Me ha costado preparar la edición, pero ahí está. El libro está fresco y esperando a los lectores.

Muchas gracias a los que participáis en esta conversación bloguera tan entrañable: vuestro apoyo es impagable. Va por vosotros.


 

Las aguas del olvido está disponible en tapa blanda y en eBook:

‘tapa blanda’ en: www.amazon.es/dp/1973326353, y también en amazon.com > uk > de > fr > it > jp

eBook en: www.amazon.es/dp/B077PJF1MZ, y también en amazon.com > uk > de > fr > it > nl > jp > br > ca > mx > au > in

 

Publicar o no publicar

¿Quién no ha intentado publicar sus escritos? Porque, acabada la escritura, viene el trabajo duro: repasar, corregir, añadir, podar; hasta que te dices: ‘Hasta aquí hemos llegado; ahora a ver si publicamos’.

Creo que en algún sitio lo he escrito: qué gusto da la función esta del ordenador, la de seleccionar y suprimir; ya lo escribió Umberto Eco en El péndulo de Foucault: le das a la tecla y ¡hala! a la nada cibernética. Digo esto porque llevaba escritos dos largos párrafos de lamentos sobre las dificultades de publicar, pero, siguiendo este hilo y buscando el lado bueno del medio digital, he hundido la jeremiada y me voy a lo positivo: me autopublico (¿no es esto una redundancia?) y así no tengo que andar con los manuscritos de puerta en puerta.

Pero no todo va a ser tan fácil ¡Qué trabajo preparar el archivo! Lo diseñas en word con cuidado y esmero, te bajas la herramienta para confeccionar el libro, pero no sabes nada de formatos y ‘saltos de página’; y, encima, el tal útil no respeta nada de tipos de letra, márgenes, sangrías y párrafos. En fin, en eso ando: peleando y aprendiendo. Espero no tardar demasiado.