Cerrado por vacaciones

¡¡¡Feliz verano!!! ¡¡¡Hasta septiembre!!!

Anuncios

La buena educación

No importa que sea San Juan, Año Nuevo, el santo del pueblo, del barrio, o el botellón de la Facultad. Jóvenes, menos jóvenes, viejos que se creen jóvenes, se divierten y no tienen reparo en dejar vasos de plástico, botellas de plástico (o de cristal), bolsas de plástico, condones de látex, vomitonas, meadas y demás excrecencias en las playas y plazas que los Ayuntamientos, con encanto o sin él, tralarí, tralará, han puesto a su disposición ¿Pan y circo?

Que no cunda el pánico. A primera hora de la mañana, una brigada contratada al efecto quitará la mierda y dejará la playa (o la plaza) impoluta para uso y disfrute de los primeros bañistas.

Hay cosas que no cambian. Nunca entendí por qué en casa de los ricos no había escupideras ni ceniceros. Ahora sí.

Sobre la imagen: Una playa cualquiera, esta mañana.

¿Para qué saber?

El contacto lleva a la confidencia, la confianza y la curiosidad; a preguntar, a tratar de saber. Sentimos la necesidad de saber la procedencia de los otros. ¿De dónde eres?, preguntamos, como si quisiéramos entrar en los orígenes del otro; no tanto por conocer a sus ascendientes, saber si viven o no, si tienen hermanos…

¿Por qué lo quieres saber?, preguntaba Eugenia ante la curiosidad de Diego. No, nada… por saberlo; en algún sitio tienes que haber nacido, respondía él. Tampoco tiene mucha importancia, decía Eugenia. Y añadía: Anda, vamos a querernos en lo que podamos. Si estaban solos, lo acariciaba, lo besaba, se arrimaba a él. Acababan anudados y entregados al amor.

No se pude decir que Diego insistiera demasiado. Sabía de las exigencias de la actividad clandestina, y Eugenia, en eso, era una profesional. Pero, por esas manías que nos entran, que nos obsesionan y nos llevan a emprender acciones absurdas, empezó calladamente a observar sus ademanes, sus facciones, el modo de vestir, y sobre todo la lengua, los giros, las palabras, a la caza de alguna particularidad fonética, léxica o estilística. En cuanto al habla, trataba de cazar un seseo, un ceceo, un alargamiento o caída vocálicos, algo que le permitiera delimitar el campo. Pero se sorprendió, bien por una cualidad intrínseca o como consecuencia de un arduo aprendizaje, al ver que Eugenia hablaba un español estándar de lo más aséptico.

Empezó, por otra parte, a necesitar correspondencia: tú me has vigilado y observado; yo te vigilo. O bien: todo lo sabes de mí y yo no te conozco. En cierta ocasión se lo dijo y ella le contestó que no, que se equivocaba, que no era del todo cierto. Fíjate si me conoces, le dijo, que no hay un rincón de mi cuerpo en que no hayas estado, ¿qué más quieres?. A ti, contestó Diego. Y ella se replegó en sí misma. Anda, no digas tonterías, voy a llamar.

Cogió la puerta y se fue.

Llamaba desde teléfonos públicos. Nunca repetía, o los iba rotando. Era una práctica como otra cualquiera, una forma de obrar como se supone deben hacerlo aquellos a los que había que localizar y vigilar.

Diego quiso penetrar en los secretos del trabajo de Eugenia, si le gustaba o no, qué sentía al vigilar, al traicionar. Ella le contestaba con evasivas; eso sí, le decía que lo mejor, lo más acertado, era no sentir, hacer del vigilado un objeto, deshumanizarlo. Pero eso es muy difícil, decía Diego, que no estaba seguro de cómo reaccionar a la hora de la verdad, imposible diría, somos humanos, sentimos… Es muy difícil. Ella entonces decía que era verdad, pero todo se aprende.

En otras ocasiones le decía que influir es más difícil que vigilar, inducir una acción, obrar sobre un comportamiento, manipular. ¿Cómo haces conmigo?, le preguntaba Diego. No, no es así, contestaba. Tú estás en esto porque quieres, incluso veo que te gusta.

Esa era una de las conclusiones a las que llegué: a Diego le gustaba la confabulación, la maquinación, la utilización, el poder, en definitiva. Nunca lo dijo así, jamás se lo he oído; creo que jamás lo dirá porque es tanto como reconocer que una vez asomado a los círculos, a los abismos de los que comúnmente abominamos, sentimos su poderosa atracción: debe ser fascinante saber que con un toque sutil, prácticamente imperceptible, puedes cambiar las cosas, incluso la historia.

 

Sobre la imagen: Gary Oldman en El topo (2011), de Tomas Alfredson, sobre la novela homónima de John le Carré

En eso consiste

No creas, no lo hice mal del todo —me sigue contando sin contestar a mi pregunta—. Me hubiera quedado. No te puedes imaginar el gusto que le coges al engaño y al disimulo, todo ello para perpetrar una traición, porque, por mucho que se diga, se trata de eso, de ganar confianza. El objetivo tiene que sentirte próximo, como un amigo, para soltar prenda, no por indiscreción sino por cooperación, ganar a uno más para la causa, un cómplice, un compañero, alguien con quien te jugarías la vida. ¿Sabes lo peor? Que no sientes mala conciencia porque acabas convencido de la bondad, por necesaria, de la misión.

—Ya, pero te me escapas, Diego, te me escapas…

—¿Por qué? Te lo estoy contando todo; y no es muy confesable.

—Te me escapas porque no me acabas de decir tus motivaciones reales.

—Es que no es fácil. Ya te he dicho que fue por Blanca, y por mí, ¿acaso no comprendes que nos jodieron la vida?

—Hombre, también me doy cuenta de que ahora estás con Blanca, y Eugenia es… ¿un buen recuerdo?

—Pero, ¿qué más da? —no digo que se pusiera tenso, aunque reaccionó en la dirección que yo quería.

—No sé, no sé si dará lo mismo; eso únicamente lo puedes saber tú —le contesté.

—Digo qué más da porque mis cosas con Eugenia no invalidan mi necesidad de desquite; ella puso en mi mano los medios para tomármelo, al menos eso creí. Lo que pasa es que eres un puñetero puntilloso y ahora te quieres desquitar por el tiempo en que te tuvimos in albis. Ya escribió Flaubert, y veo que tú lo sigues al pie de la letra, algo parecido a esto: ‘La biografía de un amigo hay que escribirla como si fuera una venganza’.

Podía haber dicho touché, pero no quise darle semejante satisfacción. Lo que sí le dije fue que su cita de Flaubert era imprecisa y que además le cambiaba el sentido, la cita literal es: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. Pero Diego no andaba descaminado en sus apreciaciones; no negaré que el despecho se adueñó de mí durante demasiado tiempo; sobre todo sentí, aunque me cuesta reconocerlo, la falta de confianza de Elvira. Por mucho que uno lo niegue, quieres saber vida y milagros de quien duerme contigo, aunque no sea siempre, aunque no conviva. Paul, personaje protagonista de El último tango en París, pretende hacer del piso un islote utópico exento de sentimientos, incluso de lenguaje: allí no existen los nombres. Pero Paul trata de poseer a Jeanne, la protagonista, a toda ella. Y la persigue, quiere saber quién es, se muestra, pregunta, dice su nombre y un retazo biográfico; y camina hacia su propia destrucción, hasta la muerte.

 

No les resultó difícil entrar en contacto con uno de los grupos que por aquellos días se formaban y crecían como hongos, animados por la oportunidad que se les presentaba: culminar una gran movilización contra uno de los bloques militares formados al abrigo de la llamada “Guerra Fría”. Las plataformas antiotan eran un excelente banderín de enganche: los conocimientos, la experiencia y el entusiasmo servían de pasaporte para llegar a tocar los centros de decisión, pero lo que más les importaba era navegar por los meandros y recorridos que les llevaran al objetivo, a situarlo, a conocer sus conexiones y, lo más importante, detectar los contactos que llevaran hasta él: ‘Nosotros informamos’, decía Eugenia. ‘Otros harán lo que tengan que hacer. En eso consiste’.

 

Sobre la imagen: Fotograma de El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972

 

 

 

La fuerza de una pasión

Rene Magritte, La Memoria

»Nos abrasamos. Lo esperado era una relación aparente, una pareja como cualquiera, un chico y una chica que comparten piso, que tienen una relación… Lo que se presupone es confuso e incompleto, algo que casa con individuos solitarios y descomprometidos. No diría que nosotros no lo fuéramos, al menos en mi caso eso pensarían, o fue como me viera Freixido al informar sobre mí. Pero vivimos el presente como un sueño, como un mundo entre paréntesis, sin conciencia del final. Como en un juego, nos metimos en harina como dos niños traviesos para quienes el engaño no tiene consecuencias…

 

Disimular, engañar, no digo traicionar porque exageraría ¿Quién hubiera pensado que alguien que trabaja a tu lado, que toma copas contigo y te habla de su vida; que comparte carpetas, noticias; que te pasa sus escritos para que los supervises y les des el visto bueno, te propone como cosa informal asuntos que le vienen impuestos por no se sabe quién, que lo dicho está ordenado y supervisado por otros, creado con un fin que no sabes? Aquel empeño en comparar a nuestros militares con los de la OTAN, el déficit en cuanto a su formación, el dominio de idiomas y tecnologías, y la idea central: la convivencia con militares demócratas, todo ello razonable pero interesado en aquel contexto, acompañado de datos sobre la obsolescencia de nuestro armamento y de la falta de operatividad de nuestras tropas. Y las filtraciones. Sabes que éstas siempre son interesadas, que las fabrican para ajustar cuentas, manipular información, ideología, estado de ánimo… Pero no se te ocurre pensar ni por asomo que el que está a tu lado y es tu amigo está metido en un juego de espías por vengar a una mujer y estar al lado de otra, aunque, efectivamente, como le dije, Blanca no te culpó, como bien sabes; te asoció, así te lo dijo, con lo peor que le había pasado, un episodio de su vida con el que no contaba porque no valoró el peligro o nadie la advirtió.

Otra vez el juego. La necesaria ignorancia o desprecio del peligro porque en caso contrario nada se haría, o quedaría todo en manos de los más osados, no necesariamente valientes. En cualquier caso, creo, te vengabas por ti mismo, porque en el fondo bien supiste que todo hubiera sido distinto si no la hubieran delatado, entregada como cebo, como el que dice: Si queréis carne, ahí la tenéis, inocente además, que nada os dirá porque nada sabe. Eso hace daño, mucho daño, tanto que la mente se te cierra y además necesitas atribuir la culpa, no importa a quién, tampoco si es o no justo, es algo que va más allá del puro razonamiento. Lo peor es el rechazo. Quizá pensara: ¿Por qué no me lo advirtió? Como si uno tuviera la facultad de saber, proteger, anticiparse.

Diego se esforzó en hacerme creer que únicamente lo movió el afán de justicia. Lo hizo de forma notable; por más que disimulaba no conseguía engañarme, armó un relato en que hizo lo imposible por establecer el equilibrio, como si pretendiera reivindicarse ante Blanca, convencerla de que compartía su dolor y hacía todo lo que estaba en su mano por repararlo. Con su historia demostraba la propensión que tenemos para inventar justificaciones; creo que no se daba cuenta de que al tratar de dignificar la peripecia, dejaba a la intemperie la pasión que lo movía, nada inconfesable por otra parte, tampoco incompatible con su esfuerzo reparador, porque a ciertas alturas de la vida, con poco que hayamos sentido, estamos dispuestos, digo más, prestos, a comprender la fuerza de una pasión. La locura de los brazos, los besos, las miradas; el hambre de comerse el uno al otro.

 

Sobre la imagen:  René Magritte, La Memoria, 1944, colección privada.

En todo caso lo tengo conmigo

Confidencia tras confidencia voy avanzando con el relato. Lo que tuvo un comienzo dubitativo, porque no conviene olvidar que me puse a escribir por despecho, va creciendo conforme me descubren aquello que ignoraba y ni siquiera pude imaginar, lo cual me hace pensar en lo que tiene de verdad lo que me cuentan o será que yo, son tan largas las noches, lo pongo de mi propia cosecha y les atribuyo hechos que están muy lejos de haber vivido, o se los endoso inducidos o deducidos de medias palabras o actitudes ambiguas, que hoy analizo a raíz de lo que me dicen; o bien puede ser que sean asuntos inventados debido a mi propensión a la fábula, que, desde luego, ellos conocen y alimentan. Ya he dicho que todo esto lo cuento por despecho, por la osadía que tuvo Diego al matarme en un relato suyo, por lo demás una soberbia narración en la que habla de una mujer solitaria, ya vieja, golpeada por la violencia que en tiempos pasados sufrió, y también de una tía de Blanca, cuya presencia inunda la vieja casa en la que ahora viven Blanca y Diego, en lo que llaman la Aldea, dentro de un valle fértil y generoso. Todo ello viene porque, es cierto, Elvira y yo los visitamos hace no demasiado tiempo. Arrastraba un catarro pesado y molesto, pero Elvira insistió tanto, y yo me muero por complacerla, que allá fuimos porque no hay nada en el mundo que me impida darle gusto. Pero de ahí, un catarro, a llevarme a morir a Suiza, hay un salto excesivo. Se lo reproché y me dijo que le venía muy bien al relato. Fue cuando me propuse escribir la verdad y en eso estoy, aunque, confieso, ya no me fío de mi imaginación y mi fantasía; tampoco creo que las distinga.

En cuanto a mi relación con Elvira, no tenía pensado entrar en los pormenores de nuestra relación, pero son tan reales los recuerdos, y los sentimientos tan vivos, que no puedo parar la mano ni la pluma. Elvira… Siempre tengo ganas de ella. Pasan los días y se hacen tan largas las ausencias. Venía, dejaba un artículo, un reportaje, y yo en la pecera como expuesto, deseando que entrara. Soportar sus ausencias, algunas largas y lejanas. Hacerme a la idea de haberla perdido sin perderla. Porque ella es así. Se da toda en el instante y pasado el momento la pierdes, hasta que vuelve, siempre vuelve.

 

No les resultó difícil hacer ver al mundo que eran una pareja feliz. Eugenia se instaló en casa de Diego y comenzó a trabajar en una sucursal de la Caja Postal. Le habían elegido un puesto funcionarial con jornada de mañana para que así tuviera la tarde libre y tiempo para comprometerse; además, los trabajos puramente manuales ya no gozaban del prestigio de otros tiempos entre aquellos con quienes se iban a relacionar. Diego, por su parte, no tuvo que hacer nada nuevo, de suyo gozaba de ser una pieza codiciada por estar vinculado al mundo de las publicaciones. Ahora sólo faltaba reaparecer, tomar contacto con los conocidos, penetrar en el meollo de la organización, estar cerca del objetivo. ‘Tenemos que ser auténticos, creíbles’, le dijo Eugenia. ‘Tú ya lo eres, has estado con alguno de ellos. Tienes que abominar de Blanca, criticar su posición; la atacarás por traidora y vendida, ¿no lo crees así?’. Diego le contestó que no, que no pensaba eso de Blanca, que no la mentaría, que no la metería en eso. Eugenia se percató de su pasión e inmadurez: no volvería a mezclar los sentimientos con el trabajo. ‘¿Qué me importa a mí Blanca?’, se dijo. ‘En todo caso lo tengo conmigo’.

Una belleza turbadora

La realidad penetró por la ventana en forma de furiosa luz, traspasó inmisericorde los visillos y los sorprendió como dos seres anfibios, blancos, de luz lechosa. Diego dormía entre los pechos de Eugenia, que parecía amamantarlo.

­—¿Qué hora será? —preguntó ella. Con los dedos acariciaba los cabellos del hombre, y él  se dejaba hacer como si estuviera dormido.

—¿Para qué quieres saberlo? —preguntó Diego con voz impostada de sueño. Aspiró profundamente el aroma del seno de Eugenia.

—Porque me tengo que reportar.

—Reportarte…

—Sí, cariño; llamar a un número, decir que estoy disponible, esperar instrucciones… Reportarme.

—¿Eso lo tendré que hacer yo?

—Claro, pero conmigo; ya te lo dijo Fina: sólo conmigo.

—¿Cómo lo haré?

—Muy fácil. Apenas nos separaremos; seremos pareja, ya sabes; viviremos juntos. Mañana empiezo a trabajar en un lugar donde hay una buena plantilla de mujeres. Me tienen que decir dónde y a quién me tengo que presentar. Después tú en la revista y yo en mi trabajo. Así nos presentaremos, así nos conocerán, eso sabrán de nosotros.

—Entonces…

—Entonces mañana me mudo. Esta noche, después de reportarme, iré a por mis cosas; bueno, dormiré en mi casa y mañana me mudo contigo.

—Ya, seguro que tú no tienes que dar explicaciones, pero, ¿cómo se lo cuento a Freixido, a Elvira, y a Luis Espejo, que está fuera de todo esto.

—A Elvira, ya te he dicho que yo me encargo; Freixido comprenderá; el resto no tiene por qué saberlo; donde tú y yo vayamos no es de su incumbencia… No te preocupes, todo saldrá bien.

Eugenia hablaba como si lo hiciera con un niño. Hablaba y jugaba con los dedos con el cabello de Diego, con el vello del pecho. Y su mano, como un cálido reptil, bajaba distraída a ocuparse de la erección que suscitaron sus caricias. ‘Mmm… que me tengo que ir… que me tengo que ir… que me tengo que ir…’, susurró al tiempo que se montaba a horcajadas sobre el cuerpo de Diego.

 

»Verás como todo sale bien, dijo Eugenia con total convicción. Transmitía una vitalidad envidiable, una seguridad contagiosa.

—Además te habías enamorado de ella —le dije.

—Además me había enamorado de ella. No sé, esto de los sentimientos es muy particular, pero era fácil enamorarse de ella.

—Dirás que a ti no te resulta difícil. Te advierto que es lo mejor que a uno le puede pasar.

»¿Cómo era entonces Eugenia? No era una belleza espléndida la que la adornaba, para ser exacto no se parecía a la modelo que te dije, quizá se diera un aire, pero no, no era eso; la suya era una belleza turbadora: ante ella, no podías sentir indiferencia. No era una mujer guapa en sentido estricto. Lo primero que te llamaba la atención era su pelo, su hermoso pelo: negro, largo, brillante, oloroso. No digo aromático porque su olor no era de esos dulzones; tampoco transmitía la frescura de lo limpio; era algo más denso, penetrante, como el resto de su cuerpo; era un olor primitivo, a hembra, me decía, y le decía a ella: ‘Hueles a hembra’. Y eso la motivaba y la ponía en guardia porque sabía que acto seguido nos íbamos a quebrar, a enredar; y no siempre estábamos en el lugar adecuado. Sus facciones eran incorrectas: los ojos ligeramente separados, ligeramente oblicuos, lobunos; la nariz más bien ancha, aunque no demasiado; los labios no muy abultados, tampoco finos, la boca tirando a grande, los pómulos asiáticos, como los de los mongoles. El cuerpo era algo musculoso, ágil y fuerte, suave y duro como un pez, pero cálido, muy cálido.

Seis meses

Va para seis meses que publiqué en Amazon Las aguas del olvidoNo lo voy a negar: la novela ha cosechado un rotundo fracaso en cuanto a las ventas, pero muy buenas críticas, me consta. A este respecto aprovecho estas líneas para agradecer a Isabel Fernández Bernaldo de Quirós la reseña que publicó en su blog, Apalabrando los días, así como a María, Juan, Lucy, Andrés, Reme, Leonor, Martín, Pilar, César, Carmen, Eduardo, Luchi… los comentarios que animan y confirman esta mi pasión por la escritura.

Ya me referí en estas páginas a la autopublicación y me lamenté y pedí disculpas por el desastre técnico de lo que llamaría ‘Primera versión’. A la tercera va la vencida, se conoce que me dije; y es verdad, la ‘Tercera’ salió muy bien, así que aprendí para posteriores intentos.

En cuanto al contenido, me dicen que cuesta entrar, llegar a lo que es el asunto principal; pero me parece bien: la estructura está pensada, mirada y remirada para que ese sea el resultado, para que la historia se vaya haciendo mediante alusiones y recuerdos hasta entrar en el meollo.

He leído manuales que parecen de autoayuda, consejos, procedimientos, todo ello encaminado a promocionar y vender mejor. Pero ¿qué le vamos a hacer? No hago el menor caso, ni pienso hacerlo: estoy bien así.

Tengo otras tres publicaciones en cola, una de ellas lista para salir, y haré lo mismo: la anunciaré en el blog, llevaré un puñado de ejemplares a mi librero amigo, por si vende alguno; naturalmente, me pondré muy contento cuando pueda tocar el libro, hojearlo, olerlo, mirarlo: al fin y al cabo es mi criatura; y, sobre todo, agradeceré especialmente la atención que puedan prestar los lectores, a quienes me dirijo y con quienes quiero conversar.

Y ellos, sólo ellos

»Sí, es cierto, de buenas a primeras me vi convertido en un espía, un soplón, un policía o vaya usted a saber. ¿Quiénes sois vosotros?, le pregunté a Eugenia. Nosotros somos nosotros ¿Qué más te da?, me contestó. Te has comprometido y no hay vuelta atrás. Y vamos a estar juntos, no creas que suelen consentir esto, pero si el destino nos ha puesto aquí, no le llevemos la contraria. Ahora nos tenemos que dejar ver, mostrarnos como pareja; no hace falta que busquemos casa, nos sirve la tuya, ante todo normalidad. Nos hemos conocido en una exposición, un café, una librería, un baile… donde sea más creíble; nos llevamos viendo un tiempo, mejor corto, vamos a probar a vivir juntos, estamos bien… aunque tampoco hay que pasarse, no hace falta estar a todas horas con tus amigos, es más, sólo cuando sea inevitable, y espero que Elvira sea discreta. Por ella no te preocupes, le dije, pero enseguida lo adivinará. Me dijo que si tenía que saber lo nuestro, que se lo dijera cuanto antes; lo mejor será que venga a casa, yo se lo explico. “Que venga a casa”, dijo. Y yo pensé: ‘No sé lo que es o no conveniente; no sé dónde me estoy metiendo’.

»En realidad no daba crédito a la conversación, me oía, la escuchaba, y lo único que era capaz de comprender, la única certeza, era mi deseo, las ansias de estar con ella. Volvimos a Cuatro Caminos y nos pusimos a callejear como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Pensé que tendría que pasar por la revista, dar señales de vida, hablar contigo. Andando por Santa Engracia le dije que tenía que llamar por teléfono, que tenía que hablar contigo, bueno, con mi jefe, le dije. Pasamos a una cafetería. No creo que te acuerdes, pero te conté una historia bastante peregrina, que había venido un familiar mío, una prima, creo, que tenía que ayudarla con el equipaje y el alojamiento, que venía a trabajar a un hospital; algo de eso te conté. Tómate el día, me dijiste.

—Sí, claro, menudo control ejercía sobre vosotros; quizá lo hicieras para darle sensación de seriedad.

 

Diego andaba con ella, junto a ella, y recordaba los momentos pasados, su cuerpo, a ratos tenso a ratos relajado, sus movimientos felinos y ávidos alternados con aflojamientos dulces. Descanso como preludio de una nueva aceleración, un nuevo acoplamiento. Eso pensaba.

—Vamos a mi casa —dijo de pronto—.

—¿Ahora? —preguntó Eugenia sin mostrar sorpresa.

—Sí, ahora; ahora mismo, ya —contestó Diego y la tomó de la mano haciéndole notar la urgencia, con disimulo y sin atender a los pocos transeúntes.

—Bueno, vamos —Eugenia presionó y se echó a reír— ¿Cogemos un taxi?

Vieron uno libre, paró, y entraron como atropellándose. Diego dio su dirección.

 

»No sé qué pensaría el taxista, pero el calorcillo actuó como caldo de cultivo. Fue ella la más lanzada. Más tarde, hoy, pienso que sus actos no se correspondían con la prudencia exigible a alguien con esos cometidos; o quizá actuaba conforme al papel que le habían asignado. No sé qué pensar, fue todo tan confuso.

 

Habla Diego, apenas calla. Me da material y pie para contar de tan extraña historia hasta los detalles más íntimos, incluso sórdidos, que no sé si contaré o me los callaré.

 

El taxi paró donde le dijo Diego. Bajaron apresuradamente. Pagó él y no esperó el cambio. Entraron a la carrera y subieron a saltos los escalones. Diego abrió la puerta, cogió a Eugenia de la cintura y la llevó al dormitorio. Ella aceptó la urgencia, se acomodó, se sacó la ropa y se ofreció a las ansias del hombre, que metió la cabeza entre las piernas y le cogió el sexo con hambre, con la nariz, con la lengua, con la barbilla. Ella quiso hacer lo mismo, pero estaba tan tenso que le quiso indicar que no, que esperara, que estaba bien así, pero ella no estaba para esperas y lo cogió con la boca, lo que provocó el reventón que él quería demorar. Entonces ella se revolvió como una anguila y lo besó en la boca, fue como darse ellos mismos, su propia naturaleza en su ser más genuino.

Llegados a este punto, ¿qué más se puede abundar? Se acometieron hasta el agotamiento. Perdieron el hambre y el habla, nada les interesaba, sólo ellos. No hubo días anteriores, conversaciones, compromisos. El aire de la habitación era un mar de amor y sexo.

Y ellos, sólo ellos.

Ella no fingía

—Entonces, ¿sólo hablabas tú? —le pregunté sin aparentar demasiada curiosidad.

—Ella también habló; me dijo que comenzaba a sentirse en peligro.

—¿Por qué? ¿Por alguna cuestión propia de su oficio?

—No, ya te he dicho que de eso no hablamos. Me dijo que tenía miedo de enamorarse.

—Enamorarse… ¿De quién, de ti?

—Pues sí, de mí, ¿de quién si no? Y me lo demostró con el tiempo, quiero decir que se había enamorado de mí. Lo malo es que en mi fuero interno, en mi sentir, en mi conciencia, se libró una gran batalla: a la evidencia se oponía la incredulidad; no me podía quitar de la cabeza, y no es para menos, que aquello podía formar parte del montaje.

—¿Montaje? ¿Por qué llegar hasta esos extremos? —quise imponer sentido a su forma de discurrir.

—Eso pensé ¿Por qué iba a fingir con tanto ímpetu? Pero acto seguido aquello se me representaba como una obligación suya, algo que tenía que cumplir, que era una servidumbre del oficio.

—Ya, bueno, pero eso sólo ocurre en las novelas y en las películas, y si te fijas, le ponen algo de sentimiento —le dije con desenfado.

—Pero nosotros lo vivimos con pasión, lo cual le acarreó algún problema serio, según me contó. Pero eso ocurrió más tarde.

 

El aroma del café invadió toda la casa. Fina había vuelto a su ocupación aparente. Dio unos golpes discretos a la puerta y dijo: ‘¡El desayuno! ¡Vamos, que nos tenemos que ir!’

Eugenia y Diego se levantaron, se vistieron con la ropa del día anterior y fueron a la cocina. Fina había hecho una cafetera, calentado leche y preparado una fuente con tostadas: ‘Es lo que hay’, dijo. Los tres se sentaron. El desayuno les vino como un regalo. Fina tomó la palabra:

—Como no creo que te haya dicho nada —la sonrisa no podía ser más elocuente—, te lo digo yo. Esta casa no existe; nunca has estado aquí. Tú y yo no volveremos a vernos; si me cruzo contigo por la calle, no me conoces; sólo tendrás contacto con Eugenia, bueno, ese no lo perderás. Si por casualidad la echas en falta, no hagas nada, no vayas a ningún sitio, no preguntes; ya nos encargamos nosotros. Ahora, recogemos y nos vamos.

Salieron los tres juntos. Un Seat 127 estaba aparcado cerca. Fina abrió la puerta y le dijo a Eugenia que ocupara el asiento de atrás. A Diego le dijo que se sentara delante, a su lado, y se sintió intimidado. Le resultaba difícil conciliar la noche pasada con el papel vigilante que había adquirido Eugenia. ‘Así no me dan la espalda; se cubren, aunque no sea más que por disciplina y costumbre’, pensó.

El automóvil tomó la autovía y enfiló raudo hacia Madrid. Sin preguntar, Fina condujo por Bravo Murillo, giró en Reina Victoria y les dejó ante unos famosos salones situados en los edificios Titanic.

Imagen tomada del blog Palomitas en los ojos