Qué modernos me saben los clásicos

Hay un tiempo en que todo parece futuro: Ya lo haré, ya iré, ya lo leeré, dices con desenfado y confianza como si dispusieras de todo el tiempo del mundo. En cuanto a la lectura, vas aplazando las obras clásicas, y antiguas, y las dejas dormir en la estantería; eso sí, de vez en cuando les quitas el polvo.

Escribía Juan Goytisolo, en un artículo publicado en un País de Dios sabe cuándo, que había llegado a un punto en que lo contemporáneo a no ser que lo enganchara le duraba poco. A su edad prefería releer aquello con lo que había gozado a descubrir nuevas lecturas. Hace tanto tiempo, que no me sentí concernido como lector, pero tomé nota.

Ahora o nunca, me digo, no tanto por releer —que todo el mundo tiene leídos a los clásicos, así que los relee— sino por enfrentarme de una vez a lo que fui dejando. Por fin me puse con Guerra y Paz; también —en este caso sí—he retomado los Episodios Nacionales desde el comienzo. Algo diré de ellos en días sucesivos.

Un comentario: qué modernos me saben los clásicos.

Sobre las imágenes: Guerra y Paz, León Tolstói (1865-1869) (Fotograma de la serie del mismo nombre, dirigida en 2016 por Tom Harper) y La familia de Carlos IV, Francisco de Goya (1800)

©Alfonso Cebrián Sánchez

Un pueril desasosiego

Por más que lo intenté, el día no pudo continuar pareciéndose a los anteriores. No era capaz de pensar con la limpieza que había conseguido a base de esquivar influencias y noticias. Mi presente se fue proyectando sin poder evitarlo hacia un desconocido a cuya existencia era completamente ajeno y no quería, aunque se hacía difícil, que me condicionara el hecho de que se hubiera confesado lector mío, lo cual sería de agradecer si todo hubiera quedado ahí, nos hubiéramos deseado suerte, hubiéramos dicho que teníamos mucho gusto en conocernos y hasta la próxima, con la seguridad más que probable de que no nos volviéramos a ver, y si así fuera, que nos hubiera bastado con una leve inclinación de cabeza o un movimiento de ojos. Todas estas cuitas no me impidieron dormir a pierna suelta después de haber visto en la televisión una película muy bruta, con mucha nieve, unos gruñidos y poco más. Una historia mínima hecha con cuidado protagonizada por el paisaje y la soledad.

A la mañana siguiente, sin necesidad de despertador ni otros artilugios, me desperté con el sol. Como todos los días, desayuné, me aseé, me vestí, y salí a la calle con la novedad de que me encontraría con un hombre llamado Cosme Vidal. El azar, que tanto nos asiste cuando somos jóvenes y nos hace creer que cada día es un descubrimiento, había sido forzado y también mi nada azarosa rutina: al cabo de unos mil quinientos metros y alrededor de media hora, mi banco no estaría vacío y cabía la posibilidad de que Cosme Vidal lo hubiera ocupado. Al enfilar el paseo sentí un pueril desasosiego: sería inadmisible que se adelantara y por tanto motivo de un enfado tan descomunal que me vería obligado a cortar por lo sano. Incluso deseé que allá estuviera para así recuperar mi soledad. Pero no fue así. Cosme Vidal se mostró tan observador como discreto y exhibió, así ocurrió en lo sucesivo, el tacto de permitir que ocupara mi posesión y disfrutara de unos minutos de soledad tras los cuales se presentaría sin ruidos ni alardes, sin llegar con un sospechoso sigilo. Esa naturalidad me inquietó de forma paradójica: por un lado deseaba que cometiera un desliz; por otro, me agradaba ese miramiento, ese esfuerzo por no molestar.

Cuando se me hizo visible, porque vino de frente para que lo viera a lo lejos, en cierto modo me alegré, sentimiento que intenté combatir y derrotar sin éxito. Cuando llegó al banco me dio los buenos días y se sentó a mi lado sin decir nada, sin romper el silencio. No me preguntó qué tal estaba, tampoco trajo pan para echar a los pájaros; simplemente se sentó.

Sobre la imagen: Mario Casas en Bajo la piel del lobo, de Samu Fuentes.

©Alfonso Cebrián Sánchez

Para leer despacio. Intervalos, de Isabel Montero Garrido

“Con los brazos abiertos recogerás la bruma. Con los ojos fijos, la mirada triste, mirarás la finitud y los labios rotos de sentir a tiempos, recogerás el viento. Frío en el alma. Las palmas de tus manos dirán. Mirarás al cielo. Buscarás los aviones que ascienden de los aeropuertos que miran al mar y esperarás. Esperarás estrecharte y fundir un beso entre las bocas”.

(Fragmento del poema “Encuentro”, dentro del libro Intervalos, escrito por Isabel Montero Garrido).

Es el sino. El escritor, y sobre todo del poeta, se las ve y se las desea para mediar entre la emoción y la palabra, entre el ser y la palabra, y salir indemne. “Sí he perdido la vida… me queda la palabra”, dice Blas de Otero. “Escribir con palabras que no tengan pasado”, escribe Valentín Carcelén. “Volví del pensamiento a la palabra”, cuenta Isabel Montero Garrido. Para el lector, leer poesía exige una preparación, un calentamiento, un ejercicio del alma para sintonizar en lo posible con el poeta. No siempre se consigue, pero hay que esforzarse hasta llegar al momento, porque cuando se trata de poetas no basta con decir qué bonito, qué bien lo escribe, cuánto me gusta. Hay ocasiones en las que los poetas se ponen áridos y oscuros, no porque se oculten, sino porque su ser más íntimo es delicado y poderoso a la vez que intenso, y eso es aplicable a Isabel Montero Garrido, que, a mi juicio, en Intervalos, una vez que las emociones como el amor, el deseo, el miedo, el dolor o el gozo se materializan en su yo poético —y en su persona—, pelea por conseguir que trasciendan en la palabra, que es lo que queda en el tiempo.

Isabel Montero Garrido, con su poesía, me tenía acostumbrado a otros ritmos, a una poesía más escueta y rotunda, pero tengo que decir que, en su Intervalos, lejos de alejarse de su estilo, lo mantiene en períodos más largos, donde no se permite volutas ni hojarascas. Poesía honda, sentida y pensada. Para leer despacio.

Intervalos está editado por La Fragua del Trovador (www.lafraguadeltrovador.com)

¡Un admirador!

Le conozco. Bueno, no a usted en persona, pero lo he reconocido por las fotos. Qué fotos, pensé, y Cosme, como si me hubiera leído el pensamiento, continuó: Sí, claro, qué fotos, se preguntará, aunque no es difícil deducirlo; las de las contraportadas de sus libros, y alguna salida en la prensa; las tengo recortadas, junto con las reseñas y artículos. Le confieso que soy un ferviente admirador suyo, que tengo todos sus libros y los he leído. Por eso al verlo lo he reconocido y, créame, en principio me ha extrañado verlo como a un jubilado cualquiera, sentado en un banco del parque dando de comer a los pájaros. Uno se imagina, permítame la broma, a los escritores inmersos en una vida de lo más mundana, siempre acompañados y enzarzados en animadas tertulias, al menos así creo que se ven ellos mismos, y con muchos ocurre, según me dice mi experiencia, que alguna tengo: hay más escritores perorando en el café que escribiendo en ese modesto y mal iluminado camaranchón donde se les supone.

No pude evitar ponerme en guardia ¡Un admirador! ¿De dónde habría salido? Fotos y artículos de prensa… Ni me acordaba. Algo tenía que decir, aunque sólo fuera para alternar en la conversación, así que fui a lo mío, le pregunté qué le había llevado a mis escritos. La casualidad, me respondió. Y no me sorprendió, qué otra cosa podía ser. Pero fíjese, continuó, los hechos suceden con una lógica implacable; aunque en principio parezca que están sujetos al azar, la necesidad los lleva en direcciones y sentidos marcados. Cuando uno repara en esto que le digo, al final de un episodio o intervalo de su vida, como me ha ocurrido a mí, concluye que, aunque casual, hubo una suerte de fatalidad que me trajo junto a usted, precisamente hoy a esta hora y en este lugar, donde damos de comer a los pájaros. Pero no lo aburro más por hoy. Nos vemos mañana en este mismo sitio.

Se fue, me dejó sin respuesta y con un tema en que pensar, no por desconocido ni pensado, sino por el sentido que parecía darle a lo que llamamos destino y las relaciones causales. Al menos eso fue lo que pensé tras su discurso a falta de la explicación más amplia que me había quedado a deber. También caí en la cuenta de que el tal Cosme Vidal no sólo había intervenido en mi vida, sino que la estaba condicionando con la cita para el día siguiente, tanto más ineludible cuanto mi inasistencia implicaba la renuncia a mi rutina y a mi banco, una invasión intolerable, me dije. Sin reparar en saltos y revoloteos, eché a los pajarillos lo que me quedaba de pan y me levanté cabizbajo y pensativo.

Sobre la imagen: José Gutiérrez Solana. La tertulia del Café de Pombo (1920) 

©Alfonso Cebrián Sánchez

La exclaustrada

Ayer leí una interesante noticia sobre los pimientos de Herbón (los auténticos de Padrón) El titular dice: “Europa falla que los “auténticos” pimientos de Padrón son los de Herbón”. (https://elpais.com/economia/2021/10/05/mis_derechos/1633443048_450218.html)

¿Por qué me llama la atención el asunto? Porque me gustan los pimientos y cuando veo uno más gordito y brillante lo evito o lo como, según el vino que quiera beber. Pero también porque allá fui durante varios años, junto con un matrimonio amigo, a por aguardiente y pimientos. Nos atendía una mujer de modales suaves, que nos daba a probar sus destilados, cuya imagen y modelo me inspiraron esta historia, descartada de la escritura definitiva de Las aguas del olvido y rescatada en Amelia y doña Rosa. Hoy aquí la reproduzco.

***

Habla Elisa y cuenta Héctor.

Nos sorprendió la noche en la eterna disputa entre clasicismo y romanticismo. Como si la contradicción fuera mi norma, defendía la posición romántica, la que no me aplicaba a mí misma ni a mis obras. En mi fuero interno estaba de acuerdo con él, pero me encontraba bien y me divertía avivar la polémica.
Héctor había preparado una comida excelente y ahora tocaba tomar café y una copita de aguardiente gallego.
—No sé de dónde lo sacas —le dije.
—Tengo una proveedora; recorro toda Galicia, pero allá me espera mi exclaustrada con mis aguardientes y los mejores pimientos del país.
—Háblame de la exclaustrada —le pedí con mimo y mi mejor sonrisa.
—Todo se andará: es una buena historia. Y ahora, ¿te apetece dar un paseo?
—Luego —contesté—; ahora cuéntame la vida de la monja.
—Pues verás, nuestra heroína se llama Raquel, tiene una casa en los alrededores de … y se encarga del cultivo de los huertos, del cuidado de la casa y de los destilados del alambique. Tiene uvas, pimientos y toda clase de productos de la huerta; también un invernadero en el que cultiva hortalizas que, aunque no saben a sol, no dejan de estar sabrosas. Raquel era una joven campesina blanca, rubia, con los carrillos encarnados, trabajadora y romántica, que suspiraba por el amor de Delfín, un joven también campesino cuya casa familiar se hallaba en una aldea próxima. Eran novios y se querían casar. Pero Delfín no tenía afición por la tierra y se hizo a la mar. Las vacas y la tierra daban para sostener con apuros a sus padres; los hijos, otro varón y dos hembras, fueron emigrando. José marchó a Suiza y las hermanas a Bilbao. Los encuentros entre Raquel y Delfín eran muy estrepitosos, había que recuperar el tiempo perdido entre viaje y viaje. Un mal día llegó una comunicación en la que se decía de manera oficial y escueta que a Delfín se lo había llevado un golpe de mar una noche de tormenta cuando revisaba la correcta sujeción de botes y aparejos. El barco navegaba por el Atlántico Sur rumbo a la costa argentina. Pasó el tiempo y Delfín se convirtió en uno de tantos desaparecidos como hay en la mar y lo dieron por muerto. Raquel lo esperó con pena, las mejillas se le fueron marchitando y perdió la lozanía del cuerpo. Pasados tres años se recluyó en un convento. En aquel encierro puso todo el empeño y sabiduría en el cultivo de huertos y jardines, y por si fuera poco se las ingenió para especializarse en la elaboración de licores, sacando partido de los alambiques que allí se conservan. De resultas de aquel aprendizaje, elabora los mejores aguardientes del país; hay quien dice que no hay quien se atreva a precintar su destilería. Raquel tiene curtida por una leve sombra la piel del rostro y los brazos; la frente conserva la blancura antigua de la toca.
Héctor ponía pasión en el relato: modulaba en el tono de la voz y cambiaba el brillo de los ojos: hablaba de un mundo que lo encantaba. Sugestionada, tomé un sorbito de aguardiente; los aromas de una sinfonía de hierbas me invadieron el paladar.
—La mano blanca de la monja hace milagros —le dije.
—Pues sí: las manos y los rezos.
—¿Los rezos? No me digas que la exclaustrada tiene poderes —observé divertida.
—Bueno, tiene bastante con los licores; a las vacas simplemente las mantiene limpias y bien alimentadas, que no es poco trabajo.
»Raquel se había acostumbrado a la vida conventual y al cabo de los años no pensaba en nada que no fueran sus trabajos y sus rezos. Pero aquel día de visita notó a su hermana Dorinda nerviosa y enigmática. Con el paso de los minutos y el avance de la conversación se mostraba cada vez más inquieta.
—¿Pasa algo, Dorinda? —Preguntó Raquel.
—No, bueno, sí… no sé si decírtelo, pero me han dicho que te lo diga, así que… Que Delfín vive y ha vuelto.
»El hábito y la toca realzaban la belleza rural y madura de Raquel, refinada en aquellos interiores. Sus labios, a los que no había resecado el rigor de la clausura, se enrojecieron como cerezas, el brillo de sus ojos se destacaba sobre unas ojeras ligeramente lívidas, la luz que penetraba por los altos ventanales resaltaba la blancura de aquel rostro que igualaba al de Santa Teresa en un arrebato místico. Raquel rompió a llorar y a dar gracias a la Virgen, y agitada por grandes convulsiones se abrazó a su hermana.
—¿Qué te pasa? —Dorinda no era capaz de comprender su estado. Pensaba que los largos años de convento, la ausencia del hombre, habían cubierto de ceniza y apagado el rescoldo de amor que guardaba el corazón de Raquel. No suponía, menos imaginaba, que su hermana había sublimado ese amor en una suerte de misticismo cuyos raptos iban dirigidos a Delfín a través de mediadores como eran la Virgen y la Naturaleza. La imagen de Delfín continuaba vívida tanto en el fondo de su alma como en la superficie de sus recuerdos.
—Y dime, Dorinda, ¿cómo está? Digo en apariencia, si está más viejo, cómo son sus ojos, su boca —La hermana no pudo evitar un ramalazo de escándalo al ver a Raquel en tal estado. Confusa, le dijo que estaba muy delgado y que se le había llenado la cabeza de canas; parece uno de esos santos que hay en los cuadros.
—¿Te preguntó por mí?
—Bueno, verás… Según vino diciendo José, el de Fideliña, lo sé porque Domingo se lo oyó contar donde Amable, habían atracado en Montevideo para revisar el motor del barco y les dijeron que río arriba había un boliche, así dicen que lo llaman, donde divertirse… Pero, Virgen santa, ¿qué hago? Anda Raquel, que esto es un convento y tú monja, ¿cómo quieres que hable de estas cosas?
—¡Sigue! —la conminó con energía.
—Bueno —Dorinda se persignó y murmuró algunas palabras de contrariedad— allá que se fueron. El boliche era un barco de esos que salen en las películas, con grandes palas, que estaba varado a la orilla del río, como en un muelle, y enfrente, un pabellón donde el personal y las pupilas tenían las habitaciones ¡Ay Jesús!
—¡Sigue!
—Así que llegaron con dinero y ganas de juerga. José comió, bebió caña, y se llevó a una de esas mujeres a un camarote cuando vio a uno que andaba por el pasillo con un fardo de toallas. Lo mira y le dice, ‘Pero si tú eres Delfín, el de Piñieiro. Pero, ¿no estabas muerto?’ Delfín lo miró como si no entendiera. Entonces José le dio unos billetes a la mujer y entraron los tres en el camarote, ‘Mirá, gallego, esto no se puede hacer, como se entere Elizondo estamos…’, bueno, dijo una palabrota, esas mujeres tienen una lengua…
—¡Sigue!
—Ya sigo, ya sigo, no seas impaciente. ‘¿Quién es Elizondo?’, preguntó José, ‘El cafisho, ¿quién va a ser?’, ‘Bueno, pues toma esto, se lo das a Elizondo y le dices que Delfín es mi amigo y quiero hablar con él’. ‘¿Así que te llamas Delfín? Mira por dónde tiene nombre el palanganero’, dijo la pupila.
—¿Y Defín no lo conoció? A José, digo.
—Pues no, al principio no. La mujer se fue a donde Elizondo que dijo, según cuenta José, que nunca le habían pagado por pasar un rato con el palanganero, y soltó grandes carcajadas, ‘Bueno, a mí qué me importa, pero aquí hay que mantener el orden, así que dentro de un rato vas y le dices que dejen el camarote libre —Dorinda, a medida que avanzaba la narración, se olvidaba de los remilgos y ponía más picardía—, y el gallego que siga con lo suyo’. Dice José que Delfín lo miraba con los ojos muy abiertos pero apagados, sin luz, y con la boca abierta; vamos, como si estuviera lelo. Mira neniña, Delfín lo pasó mal. Pero poco tuvo que hablar José con Delfín; buscó al patrón y le dijo que ése era el que desapareció y que se lo traían a Galicia. El patrón no puso objeción y José le dijo que cogiera los bártulos, ‘Te embarcas otra vez’. No fue fácil convencer a Elizondo, que largó una retahíla de quejas, quién le pagaba esos años, lo he recogido, lo mantengo, aquí no vive mal y las chicas lo quieren. Entre todos hicieron una colecta y le dieron a Elizondo lo recogido. No consiguieron que dejara de relatar, pero ayudaron a Delfín con sus trastos y se lo llevaron al barco. Las mujeres lo despidieron con el cariño que se desarrolla en una comunidad marginal. Así lo contó José, que tiene mucha labia.
»Fue llegar al barco, y Delfín empezar a mirar y tocar como si nada le fuera ajeno. Salieron a faenar hasta llenar los congeladores y después partieron para Galicia. Así que estuvieron pescando la temporada y Delfín se unió a la faena como marinero que era. Con el trabajo vino la memoria; así pudo recordar que cayó del barco en que faenaba y despertó en una cama de hospital. La luz lo cegaba, y cuando fue al lavabo sintió el vaivén y la inseguridad de pisar tierra firme. Se miró en el espejo y frente a él vio a un desconocido demacrado y ojeroso. Cuando volvió, una monja pálida y desteñida estaba de pie al lado de su cama: ‘Tiene que estar tranquilo, ya pasó todo’, le dijo y se fue. Junto a la cama había un pequeño armario donde encontró sus ropas de faena. Se vistió y de esa guisa se marchó del hospital sin que nadie lo retuviera.
»‘En realidad no sabía ni dónde estaba’, contaba José, pero como habían tocado Buenos Aires más de una vez, se movió por la ciudad con soltura y así se encaminó al muelle donde no tuvo la suerte de que lo viera nadie conocido y sí uno que estaba en una barca y le pidió que desenganchara el cabo, ‘Oye, hermano, ¿de dónde te escapaste? Andá, sube; tengo para ti un laburo’. Delfín subió como si estuviera sonámbulo y sin voluntad a un esquife a bordo del cual cruzaron al otro lado, al barco varado, al boliche donde trabajó durante estos años. Esto lo contó José, que dijo que Delfín iba recordando poco a poco, al cabo de los días, hasta que supo quién era, y, ¿sabes lo primero que hizo? Preguntar por ti. Pusieron un cable, se supo en la aldea, y mira, en el diario de la ciudad, pero aquí, como estáis tan encerradas, no te llegó nada y ahora yo te lo cuento.
»Raquel pidió una dispensa, fue a la aldea, dejó el convento y se casó con Delfín.
—Y fueron felices y comieron perdices —le dije burlona.
Un sol anaranjado y grande se acostaba sobre las cepas de los limoneros y alargaba mi sombra al recorrer la pequeña distancia que hay entre ambas casas. Cuando entré en la mía hacía frío. Encendí la chimenea y al crepitar la leña instintivamente miré al techo en el que de forma decorativa se veían las vigas barnizadas imitando las azules de la casa de Lucía. Héctor me devolvía la paz. Una comida, un vaso de vino, una copita, cine, cigarrillos, historias, conversación, y unos ojos claros y tímidos propensos a la lágrima. Contando la historia de Raquel y Delfín le brillaban los ojos ¡Qué poco sé de él! Y él de mí. No nos preguntamos. El pudor, el miedo a herir al otro, nos hace comportarnos como el matrimonio viejo que ha superado la edad de las pasiones y le queda la camaradería.

©Alfonso Cebrián Sánchez

Lo he elegido a usted

Le importa que me siente con usted, me preguntó. Me dijo que perdonara su atrevimiento, que no quería importunarme. Pues claro que me importuna, podría haberle dicho y haberle preguntado si con la cantidad de bancos que hay en el parque a santo de qué viene a sentarse en el mío, pero hubiera sido hosco y descortés. Le dije que sí con un gesto y se sentó, y, una vez sentado, como yo, se puso a contemplar los pájaros. Pasado un rato de silencio, se presentó: Cosme Vidal, dijo, y me ofreció la mano, que yo estreché con fuerza al tiempo que le decía mi nombre. Como todo el mundo sabe, y a más de uno le habrá ocurrido, cuando se da una situación como ésta, a las presentaciones les sigue un ominoso silencio, o un silencio espeso, latiguillo que no sé muy bien a qué viene, cuando el silencio, como estado, es de lo más estimable. No siempre ocurre así, aunque las alternativas suelen ser peores: uno que carraspea o dice: Pues sí, pues sí. O recurre a las preguntas más socorridas: ¿Es usted del barrio? ¿De dónde es usted?. Hay quien sin venir a cuento se queja de la vida o despotrica de todo en la confianza de que el oyente participa de sus resquemores. En esos casos es prudente sonreír y salir andando. Sin embargo, Cosme Vidal, pasado el silencio, inició la conversación sin preguntar, hablando de sí mismo, como si se dijera: Este señor, junto al que me siento porque he invadido su banco y quién sabe si le molesto, querrá saber de mí algo más que el nombre. Aunque no parece curioso ni hablador, este hombre lee, y quien lee quiere saber. Quizá se pregunte, me dijo, por qué habiendo tanto banco voy a parar al de usted. Pero no tema, no lo voy a dejar en vilo, lo he elegido a usted, no al banco, y tengo mis razones, que supongo le interesarán; ahora bien, si mi compañía no es de su agrado, me lo dice, me voy, y quedamos tan amigos, como se suele decir.

En principio sus palabras no me disgustaron; es más, me complacieron el tono y el ritmo de su discurso, y, por qué negarlo, picó mi curiosidad el hecho de que me hubiera elegido; y no me pareció que viera en mí al tipo sufrido que aguanta las tabarras de los demás y reprime las ganas de salir corriendo. Yo, por mi parte, escuchaba el preámbulo de lo que sin duda sería un discurso más amplio y al tiempo echaba de forma distraída miguitas a los pájaros. Continúe, le dije.

Sobre la ilustración: Pequeño paisaje rítmico, Paul Klee (1920) 

©Alfonso Cebrián Sánchez

Vuelo de colorines

Habrá que echar un vistazo a las finanzas, me dije. Nada tenía que mirar porque nada había cambiado en los últimos años: cobraba con puntualidad la pensión y con ella vivía; ni siquiera había logrado que el diez por ciento de mis derechos la menoscabara. En realidad, Laura Cortezo, mi editora, le tenía dicho a Contreras, mi agente, que no estaba dispuesta a perder conmigo un céntimo más, expresión que él, lejos de defenderme, coreaba. Un día no muy lejano, hablando por boca de ella, me dijo: Si quieres escribir como te da la gana, te pagas tú la edición. Eso me reconcomía y me ponía digno. No necesito lectores. Dónde se ha visto que los autores malditos necesiten lectores, refunfuñaba. Me sentiría fracasado, añadía, si me dedicaran en Babelia una crítica o reseña; el suplemento de ABC ya hablará de mí cuando esté muerto y hayan pasado cincuenta o cien años. Con ese runrún salí a la calle y luego se lo repetí a Carmela, que, amorosa y paciente, me dijo: Anda, cariño, no me seas crío. Hace treinta o cuarenta años, vale; pero a tu edad esa cantinela…

***

¿Fue la casualidad la que puso el banco frente a los charcos del camino, esos que se forman apenas caen cuatro gotas? ¿Un banco que tenía la virtud de estar a la sombra en verano, al sol en invierno y entre sol y sombra en otoño y primavera? Eso fue lo que pensé, aunque no sea tan casual que uno, con la persistencia y costumbre, tome estatuto de propiedad del mentado banco y nadie se lo dispute. Cosas del azar, pensaba yo. Ese urdidor de acontecimientos inesperados que te llevan a preguntarte: ¿Quién me lo iba a decir?. Un día sales sin intención ni rumbo, o acudes a una invitación porque no tienes otra cosa que hacer, o por acompañar a alguien que no quiere presentarse solo, y allí encuentras el amor de tu vida.

Porque debió ser el azar el que me metió una china en el zapato y me senté en el banco para quitarme la china y el fastidio. También el mismo azar o quizá otro, que no tiene por qué haber uno pudiendo haber muchos y bien repartidos, dispuso que la noche anterior lloviera y se formaran charquitos donde gorriones y colorines bebieran y revolotearan hasta las ramas bajas de los árboles. Conmigo no mostraban confianza alguna; tampoco parecía que les diera miedo ni me hicieran caso. La sombra, la tranquilidad y la compañía me vinieron muy bien hasta el punto de perder la noción del tiempo, como si éste fuera una carga. Cuando volví a la realidad, continué la marcha. El día siguiente repetí, el otro cogí una bolsa y metí en ella la novela que estaba leyendo. Aquí podría decir que tomé el cuaderno y algo con que escribir, pero mentiría con esos adornos, porque soy incapaz de hacerlo fuera de mi mesa y de mi silla. Pasados unos días eché a la bolsa un trozo de pan. Pensé que al echárselo a los pájaros alteraría el equilibrio ambiental y los viciaría, pero son tan agradecidos que hasta creo, o me hago la ilusión, que me esperan. Y no está demás decir que, si no hubieran puesto el banco y hubieran allanado el terreno, nunca me hubiera detenido, y me hubiera bastado con sacarme la china del zapato. Tampoco se hubiera dado la mañana en que se me acercó un señor, me dio los buenos días y me pidió permiso para sentarse.

©Alfonso Cebrián Sánchez

Y ella también

Cuando la vida se alarga, hay una sucesión de tiempos que a cada cual sorprende y moldea, aunque, por lo que se sabe y se oye, se dan muchísimos casos en los que, como dice la canción, “cada cual cree que no cambia y que cambian los demás”. Hay un tiempo del que apenas se habla, en el que nadie se siente incluido, en el que se valora fundamentalmente la seguridad, el sueño tranquilo y la pacífica sucesión de los días. No se suele referir, pero los cambios sobresaltan y se huye de las sorpresas por la incertidumbre que comportan, más aún cuando esconden nuevos compromisos y obligaciones, añadidos a los existentes, que de suyo son, cada día más, impertinentes y molestos. Porque la seguridad y la calma van de la mano, se desvanece, por innecesario, el espíritu aventurero: nada más cómodo que tener el vino en la copa, la mesa a las dos y a las doce en la cama. Por eso, qué decir del encanto de pasear por las mismas calles, el mismo parque y allí, el mismo banco en que sentarse. Encontrar a la misma gente a la misma hora, cruzar los mismos saludos, las mismas palabras, o parecidas. Y si llueve, ponderar los beneficios que reporta la lluvia porque sabes que el interlocutor no te llevará la contraria y coincidirá contigo en el aprecio. Así, todo permanecerá en orden y se cumplirá sin sobresalto el paso de las horas.

En esa rutina vivía cuando conocí a Cosme Vidal, de quien hablaré largo y tendido, pero ahora me permitiré referir un hecho que, lejos de importunarme, me vino como anillo al dedo o como calcetín al pie, porque hay asuntos que te atropellan. Sobre este particular, me dijo sabiamente un amigo: No hay que dejarse coger; mejor hacerse a un lado. También me dijo que siempre será mejor irse que esperar a que te echen, porque hay muchas formas de echar, y para alguien que, como yo, además de pasear, escribe, es duro saber y sentir que te están echando: hay quien es sutil, aunque no delicado, pero eso hay que saber interpretarlo. De esa condición participan mi agente y mi editora; son gente sabia con un punto de granujería. Digo esto por la conversación telefónica que tuve con Álvaro Contreras, mi agente. Anticipo que andaba remiso y temía dicha llamada porque en ese momento no tenía nada que ofrecerle: me peleaba con un par de relatos que no me acababan de satisfacer y no avanzaba ni con uno ni con otro. Se lo dije a Contreras y no le dio importancia. Me dijo: No te apures, tengo novedades para ti. Qué novedades, le pregunté. Sabes que tu último trabajo no tuvo el éxito esperado (una forma de decirme que apenas se había vendido algún ejemplar); muy buena la novela aunque algo farragosa… Compleja, le corté. Bueno, continuó, Laura dice que farragosa (Laura es la editora). Ya sabes lo que opina: que el lector actual quiere que la historia empiece un uno de enero y acabe un treinta y uno de diciembre, sin saltos temporales, en un lugar definido y reconocible, eso es lo que quiere cuando no se va directamente a la fantasía, zombis y cosas así. Claro, es la tendencia, le dije. Sí, eso, la tendencia, remachó. Y hablando de tendencias, prosiguió, me ha dicho que escribas una historia de las de hoy: gente joven o juvenil, menos de sesenta, ya sabes, poliamorosa, empática, inclusiva, el lenguaje también, ésa es la novedad… Y si no lo hago, le pregunté. Si no lo haces, da por terminado nuestro compromiso. Pensé en mandarlo a la mierda y a ella también, pero recordé el sabio consejo de mi amigo, respiré hondo, colgué, y me fui a pasear bajo la lluvia.

Con esta entradilla comienza mi nueva novela Conversaciones con Cosme Vidal, que se editará completamente en este blog.

Sobre la imagen: Giorgio de Chirico. El enigma de un día (1914) (fragmento)

©Alfonso Cebrián Sánchez

Yolanda

El hombre se retira de la ventana dispuesto a reanudar la lectura de una novela muy reciente que habla de un mundo de mujeres oculto en burkas de seda. Deja la lectura y enciende la televisión para ver las noticias, y la ve.

Estamos tan acostumbrados, piensa el hombre, que no reparamos en algo tan sencillo como es el respirar o el latir del corazón, que si nos falta el aire o el corazón se para se nos va la vida; algo por el estilo ocurre con la libertad, que cogida la costumbre, apenas se nota.

Así que la imagina, quizá porque en su tierra, la de ella, se toca el cielo con salir a dar una vuelta, aprendiendo a valorar las comas, los decimales, la calderilla y a levantarse de la mesa siempre la última. El hombre se dice: Esta mujer acierta incluso al combinar el color del vestido con el de los labios. A este hombre le gustan así: listas, guapas y estilosas, y encima comunistas; que sean como el aire, que apenas se nota, pero que no se puede vivir sin él.