La Casa Dorada

Con el otoño vino el ejemplar de prueba. Ahora, a por la última corrección: una errata, una coma mal puesta, un último olvido. Ya está en marcha la edición de La Casa Dorada, segunda entrega de la trilogía Nada quedó de abril. Más adelante hablaré de ella.

El año sabático

Con este cuento reanudo mi actividad en el blog. Hay que dejar al relato de Fraguela que siga su ritmo. La novela tiene su tiempo y sus exigencias. ‘El año sabático’ forma parte de mi colección de relatos cortos ‘Amelia y doña Rosa‘.

Por fin me había decidido. No niego que me costara, en el fondo soy muy indeciso; en cuanto quiero o necesito tomar una determinación aparecen en tropel todos los inconvenientes imaginables: unos los exagero y otros los invento: no hay proyecto que no viva como un parto doloroso. De todos modos, tenía que hacerlo: contar con tiempo para mí, alrededor de un año, solo en aquella casa, alejado de amigos y relaciones: pasear y escribir: eso únicamente. Pero una cosa es pensarlo y otra hacerlo. Además, estaba Marcela ¿Qué decirle?: ‘Oye, me voy, quiero estar solo’, que es tanto como soltarle: ‘Mira, me estorbas’. Decimos que estamos al cabo de todo y sin embargo tenemos los sentimientos a flor de piel; nos sentimos despreciados, ninguneados, como decimos, asunto de una gravedad extrema, porque bien está que a uno lo hieran o desprecien, pero que lo consideren tan poca cosa, que lo ninguneen… ¿Cómo le digo a Marcela que me voy, que no quiero que me distraiga nadie?

¿Cómo no se va a sentir herida, ninguneada, despreciada? Y si encima le digo que no quiero llamadas ni visitas, que por menos de nada se me presenta con Lola, con Jacinto, con Faustina. Aunque, bien mirado, no descartaba la posibilidad más que cierta de que a los dos días la echaría de menos, la llamaría, le diría: ‘Anda, ven a pasar unos días conmigo’. Como la tarde en que, yo callado, pensando en decírselo, pero haciendo que leía la revista dominical del periódico, me dijo que me arrancara:

—Dime lo que tengas que decirme, no te lo guardes —me dijo al tiempo que me miraba con expresión interrogativa.

—No, nada cariño, que me quiero ir por una temporada.

—¿Cuánto, unos días? Yo también quiero moverme un poco, romper la monotonía…

Fue decirme eso y sentirme hundido. Romper la monotonía es tanto como decir romper el tedio.

—No —le dije—, no te hablo de días, te hablo de un año como poco; necesito estar solo.

—¿Para qué? —la pregunta se me clavó como un dardo.

—Para escribir y pensar; ya es hora de que me ponga en serio; cuando no es por una cosa es por otra, el caso es que no puedo trabajar, no tengo tiempo ni sosiego; necesito estar solo, cariño, lo necesito, créeme.

—No, si yo te creo; de lo que no estoy tan segura es de que tanta soledad te sirva para algo, para escribir y pensar, como dices… Pero bueno, tú sabrás.

Cómo que yo sabré. Esperaba que me dijera que dónde iba, que la llevara conmigo, que un año separados, y lo único que se le ocurre es decirme que yo sabré.

No sé si será bueno o malo. Aunque parezca mentira, mis neuras y obsesiones me las paso solo, sin recurrir a psicólogos ni psiquiatras, tampoco a los libros de autoayuda, aunque, en honor a la verdad, el hombro de Marcela me sirve de apoyo y es en ella en quien vierto mis dudas, que son muchas. El caso es que me dijo ‘Tú sabrás’ y me quedé callado y serio; compungido, dijo ella, me cogió la cara con las manos, me acarició, me presionó las mejillas, me besó, me susurró: ‘Está bien, vete’. Pero me dio quince días: ‘Seguro que antes me llamas’, y siguió hablándome; me advirtió: ‘Tú sabrás lo que haces, porque la soledad es muy mala consejera y yo no he nacido para estar sola; puede que vuelvas y ya no esté’.

Que vuelvas y ya no esté. Eso me dijo. La llamo todos los días; al fijo, nada de móvil; con el móvil ya se sabe; mejor dicho, se sabe poco, y no me constaría que estuviera en casa. Que la llame al móvil y me responda no quiere decir que no se haya ido. La llamo todos los días, no una sola vez sino tres o cuatro ¡Hasta cinco! Calculo la hora en la que seguro tiene que contestarme, estar en casa como de costumbre; y no me coge el teléfono, y me entran las dudas, y me consumo porque no sé si no quiere cogerlo o es verdad lo que me cuenta. Porque Marcela, tan hogareña, tan ocupada con sus lecturas, su cocina, las series de televisión, me dice que ha salido de compras, al cine, a tomar algo con las amigas, a casa de su hermana, al teatro. ‘No sabes el agobio; me falta el tiempo’, me dice. Luego me pregunta (no la veo, pero capto el retintín) qué tal llevo la novela, si paseo mucho. Pero, ¿cómo voy a empezar la novela si me tiene todo el día pendiente de ella? Eso no se lo digo, pero lo pienso.

El caso es que no sé qué hacer; mira que si le da por venir. No arranco. No doy con el tono ni con el tema. Tampoco con los personajes. Nada de nada. Me dirá: ‘Entonces no es mía la culpa, ni de la casa, ni de la ciudad’. Eso es lo que más me martiriza, que no comprenda que no es tan fácil, que se tienen que dar las condiciones, que no siempre se consiguen. Sobre todo si te hacen luz de gas, como ella me hace, a veces, pienso, con su punto de perversidad. La llamo y me dice: ‘¿A que no sabes con quién me he encontrado?’. ‘¿Con quién?’, le pregunto con toda la inocencia. ‘Con Antonio Silva’, me contesta y me caigo para atrás o me falta poco. Antonio Silva es un antiguo novio suyo, también amigo mío, o eso creo. ‘¿Cómo está?’, le pregunto. ‘Bien; un poco taciturno y triste lo he visto; se acaba de divorciar’. Se acaba de divorciar, se acaba de divorciar; no puedo evitar pensar: ella sola, yo lejos, y Antonio Silva recién divorciado. ‘Cuánto lo siento’, miento con retranca. Es cuando me clava la puntilla. Me dice: ‘Mañana no me llames hasta la noche; me ha invitado a comer; así me cuenta lo del divorcio’. ¿Quién escribe con esta zozobra? Salgo a pasear y miro el móvil cincuenta veces: la pantalla en blanco. Hay días que me manda por whatsapp un vídeo con las amigas. No sé, pero me parece que se traen una guasa…

Pasan los días y no escribo ni una línea. A Marcela le digo que llevo escritas unas cuarenta páginas, que me habría cundido más si no me viera obligado a volver atrás para ensamblar bien la historia, que todo va bien, que estoy contento con mi trabajo. ‘¿Vas a venir?’, le pregunto y me dice que no, que es mejor que no me distraiga, ‘No sea que pierdas el hilo ahora que vas tan lanzado’. ‘Sí, claro’, digo sin convicción. ‘De seguir así, antes del año estará listo el manuscrito’.

Va para tres meses. El invierno se recrudece. Los días son cortos y oscuros. Me molesta la lluvia y me cuesta calentar la casa. Hay leña de sobra, pero tengo que acarrear al menos cuatro capazos llenos de troncos. Si me quiero conectar a Internet para consultar o bajar algo, tengo que ir a la Biblioteca y aprovechar el wifi. Al principio era algo remiso, por no perder el tiempo. Me limitaba a bajar a por el periódico, a tomar un café y a hacer una compra rápida. Pero pasados unos días acabas por relacionarte. Alguien se te junta a pegar la hebra, te invita y tú lo haces al día siguiente; se va fraguando la relación y algo así como un conato de amistad. Otro día te quedas a comer y compartes mesa con alguien a quien conoces de vista. Sabe quién eres y dónde paras. No tienes más remedio que decir qué haces, por qué estás allí, al fin y al cabo es lo más creíble y además es la verdad, salvo que no has escrito ni una línea.

La Biblioteca está atendida por tres personas: Esther, la bibliotecaria, y dos ayudantes, un chico y una chica. Al principio apenas conversas. Lo justo: hacerte el carnet, preguntar los horarios —una redundancia porque hay carteles por todas partes—, los plazos de los préstamos. Esther te dice que la norma son veinte días prorrogables, pero que tampoco son muy estrictos. Aunque no leas te llevas un par de libros: una novela y un ensayo, te dices que por no desentonar. Vuelves al día siguiente, y al otro, así todos los días, te haces asiduo; miras Internet como quien mira las musarañas, no buscas las informaciones que apuntas para con ellas ilustrar tu mal pergeñada novela; vas donde la bibliotecaria, le preguntas, consulta las fichas: ‘Pronto lo tendremos todo informatizado, pero aún andamos con así’, te dice a modo de excusa. ‘Mejor, más seguro’, le dices sin asombrarte de tu cinismo; en realidad buscas acaparar su atención, conseguir su complicidad. Como anillo al dedo acaba de llegar el ayudante. Unas calles más abajo hay un café de estilo antiguo, con mesas de mármol y pinturas en las paredes, una exposición permanente de artistas locales, sin música estridente, lo más adecuado para una bibliotecaria y un escritor. La invitarás, le dirás que escribes, que precisamente has buscado ese retiro para hacerlo más a gusto, sin que nada te distraiga. No caes en la cuenta de que no llevas nada escrito ni de que hasta ahora sólo has publicado una novela poco leída, premio local, editada por una caja de ahorros. Como si nada, piensas que, pasados los días, los cafés y alguna comida, Esther, picada por la curiosidad, quizá por el afán de conocerte mejor, te pedirá que le enseñes el manuscrito, y, claro, le dirás que no, que ahora no, cuando el borrador esté terminado, que estarás muy agradecido de que sea tu primera lectora. Pero ahora se trata de ir al café y llevas demasiado tiempo allí delante sin decir nada, como pasmado. Es cuando oyes que la bibliotecaria te dice: ‘Voy a tomar algo; si quiere me acompaña; le invito’.

Falta poco para que se cumpla el año. Marcela apenas me llama; yo, una vez a la semana. Me dice que apenas tiene tiempo libre: las amigas, su hermana, el taichí, pilates, yoga, natación, baile; el coro en el que luce sus dotes de soprano, el teatro, las presentaciones: ‘No te puedes hacer ni idea de lo que publica la gente’, me dice con mucha retranca y mala uva. No me pregunta por mi novela, si escribo o no escribo; tampoco se interesa por mi vuelta.

No he comenzado la novela. Paseo, leo poco, voy mucho al pueblo, me reúno con la bibliotecaria y otros amigos. Nos juntamos a cenar de vez en cuando. Algún fin de semana vamos a la capital. Hay noches que se queda a dormir. Mañana iré a pagar la casa. Le diré a la casera que me prorrogue el alquiler por un año más.

EL aire que rompe la niebla, de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Isabel FernándezMe está costando leer este poemario de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós, no por difícil u oscuro, Dios me libre, sino porque me conmueve demasiado su yo poético ¿Por qué? Porque veo en él un ajuste de cuentas con la vida: el deseo, la decepción, la rabia, la conformidad, las penas y los miedos se expresan con un lenguaje selecto en el que no tienen sitio la imprecación y la estridencia, donde el yo se manifiesta en un decir sereno que no levanta rechazo alguno para germinar bien dentro.

Al enfrentarme a esta obra, me he asomado, he metido la punta del pie, la mano, he titubeado, hasta que me he tirado de cabeza, que es la forma de entrar de lleno y con todo. He andado por las cuatro partes que nos propone, por esos sentimientos nombrados, por esos recuerdos de infancia y adolescencia mirados desde esa madurez a la que aspiramos y tanto cuesta llegar, a la que conversa consigo misma con honestidad y sin concesiones.

Como ejemplo me permito reproducir este y solo este poema; del resto, queridos lectores, os debéis hacer cargo. Y me permito decir que no os pesará; o sí a quien persista en el engaño de quien se niega a crecer.

 

Mis besos tardíos

alientan el agua enmudecida de tu boca

Silencio en la estación de los abrazos.

Extravío.

Última ofrenda de mi amor crepúsculo.

Y después, humo.

Solo humo.

 

Y termino. Para mí, esta es una obra de plenitud: Isabel Fernández Bernaldo de Quirós nos entrega su mejor y más depurada poesía, toda ella sensibilidad, hondura y verdad poéticas.

 

Sobre el libro: El aire que rompe la niebla, Ediciones Vitruvio, Madrid (2020)

 

¡Tiene mala suerte!

Paulina se dirigió a Irene con un movimiento de cabeza para invitarla a seguir. Fraguela volvió a tomar asiento.

—Tengo un amante —soltó Irene como el que tira una piedra al centro de un estanque, aunque su efecto no fue demasiado fuerte: Paulina lo sabía y Anselmo lo imaginaba.

—¿Un amante? —Fraguela se hizo el sorprendido.

—Sí, un amante, normal, como supongo que son los amantes…

—Normal —Fraguela enarcó las cejas— ¿Joven, viejo, maduro, guapo, feo, interesante? ¿En qué trabaja?

—¿Importa eso? —preguntó Irene haciéndose la sorprendida.

—¿Importar? Mucho, señora, mucho ¡Vaya si importa! Se lo voy a decir yo: es joven, guapo… y no trabaja.

—¡Tiene mala suerte!

—Eso ya lo sé ¿Usted sabe lo que puede ser eso en manos de la tal Olivia?

—Ya tienes corte, Fraguela —le dijo Paulina sin traspasar códigos compartidos.

Fraguela pensó que, efectivamente, para prevenir lo que estaba al caer, había que examinar al amante y quitarlo de la circulación sin ruido, si era lo que temía.

—¿Le obsequia usted con algo, regalos, dinero… algo?

—¿Por quién me toma? —Irene contestó airada, lo que no arredró a Fraguela; Paulina se divertía, pero era una esfinge.

—No es esa la respuesta, querida. La respuesta es si le da regalos o le da dinero. Se lo pregunto de otra manera ¿Le viste, le calza, le paga el apartamento, el tabaco, los vicios…?

—¡Pero no es como usted piensa!

—Usted no sabe lo que yo pienso y además no es relevante lo que yo piense ¿Le compra ropa, sí o no?

—¡Sí! Pero no le visto; algún capricho, sobre todo mío ¿Qué tiene de malo?

—Nada, Irene, nada; yo no estoy aquí para juzgarla; además, cada cual que haga lo que quiera con su vida, pero la suya es de dominio público.

Fraguela observó que Irene bajaba las defensas.

—¿Y dinero?

—Alguna vez; algún pago puntual, me dice, el alquiler y cosas así.

—¿Cuánto?

—Según se mire, Fraguela, según se mire.

—¿Cuánto es según se mire?

—Mil, dos mil… Hasta tres mil euros. La vida es cara…

—¿Alguna suma importante?

—Él no me pedía, se lo daba yo.

—¿Se lo insinuaba?

—Bueno, eso, pero era yo la que ofrecía.

—Y él se ofendía.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lo sé. Insisto, ¿le ha pedido alguna vez una suma importante? Como cien mil euros, para un pago, una deuda, emprender un negocio…

Cuénteme lo que falta

A Paulina no se le escapaba la tensión que se iba adueñando del rostro de su ex marido, quien acentuaba la atención y ya no interrumpía.

»—Pero niña, no me vengas con esas —me decía—; si te agrada, que yo lo veo, y a mí me hace mucho bien que te guste, porque con tu juventud, ¿qué te puedo dar yo? Además, así me aseguro tu fidelidad ¡Porque me eres fiel! ¡Nunca se te ocurra engañarme porque te devuelvo a la portería! ¡Una cosa es que te diviertas y otra que quieras a otro!

»Hasta entonces, creía en su amor; después comprendí que Cristóbal conmigo era otro hombre; supe que me había comprado ¿Usted sabe lo que se siente? Te sientes indigna ¡Una mujer sin dignidad! ¿Cómo me iba a extrañar cuando me lo confirmó mi madre?

»Pero piensas que con él eres rica y no quieres volver a la portería. Y, aunque merced a las artes de tu madre, en una separación no saldrías descalza, lo quieres todo. Si vas a ser su puta, que pague, que pague muy caro, que pague con todo. Así que seguí complaciendo sus deseos, pero me propuse vender cara mi complacencia.

—Y así fue como se fue fraguando vuestra amistad —Fraguela hizo movimientos de cabeza perceptibles para incluirlas a las dos y corroborar lo dicho.

—Relación profesional, diría —dijo una Paulina irónica—, y de amistad más adelante, con el paso del tiempo y las circunstancias.

—Y así —Anselmo se levantó del sofá y resumió— una cosa lleva a la otra; y usted —se dirigió a Irene—, bien asesorada —fue al lado de Paulina y le puso una mano en el hombro—, se fue haciendo con el imperio de Anaya, de modo que, al fallecer, sus otros herederos se encuentran con la legítima que les corresponde sobre los bienes personales; los puestos y posiciones en las empresas pasan a usted, que, como no me cabe la menor duda, va a estar bien dirigida y acompañada. Verá —dio unos pasos hacia Irene sin invadirle el terreno—, eso a mí me trae sin cuidado: no me concierne. En cuanto al trabajo, lo acepto, me parece interesante y espero que bien pagado. Una sola cosa, y muy importante, tengo que saberlo todo sobre usted; insisto: todo: movimientos, gastos, relaciones, amistades, costumbres, aficiones, vicios… Todo. Sus finanzas, alguien las llevará; de sus asuntos ya veo que se encarga Paulina, pero del resto me encargaré yo, y por el tiempo que usted necesite. Así que, cuénteme lo que falta.

¿Sabe usted qué es ser rico?

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¡Mucho! Porque si lo tienes, seguro que es joven, guapo y encima pobre ¿Me equivoco?

—¿Cómo lo sabes? —Irene abrió unos ojos como platos.

—Porque soy una buena abogada, quizá la mejor; y no quiero que se me escape nada, sobre todo en los asuntos de mis clientes importantes; Anaya lo era, y ahora tú. Vamos a necesitar un colaborador, uno bueno, el mejor, aunque él no lo sepa, quizá porque Anselmo Fraguela fue mi marido.

»Por eso quiero que seas sincera y me digas toda la verdad. Y otra cosa: a Fraguela te lo tienes que ganar. No anda bien de dinero, y, no lo pierdas de vista, eres muy atractiva y a Fraguela le gustamos mucho las mujeres; además, lo más importante: es un puto sentimental y por ahí te lo vas a ganar. Por cínico e insensible que te parezca, en el fondo, una buena historia lo desarma, y, eso es lo mejor y lo peor que tiene, la hace suya. Si consigues eso, será todo nuestro y trabajará sin descanso como un perro fiel.

 

—Pero no siempre fue así, ¿qué quiere decir con eso? —Fraguela preguntó con aparente ingenuidad.

—Quiero decir —Irene hizo un abaniqueo de ojos, como si pretendiera hurgar en un pasado triste— que el amor se fue pasando y vinieron cosas de las que me resulta muy duro e incómodo referirme. Créame que si le hablo de ello es porque Paulina así me lo ha encarecido; es muy desagradable para una mujer contar ciertas cosas.

»Pues verá, Cristóbal, como todo el mundo, envejeció. Pero le costaba admitirlo y menos aceptarlo. Lo que fue cariño se convirtió en una posesión enfermiza, lo que fue confianza pasó a ser una mezcla de control y celos. Perdió el vigor sexual y se convirtió en un hombre lúbrico y salaz, capaz de comprar sexo y convertirlo en espectáculo. Como conmigo no conseguía ni siquiera erecciones, contrataba los servicios de hombres y mujeres para que jugaran conmigo; él nos contemplaba y se masturbaba de forma triste y patética…

—Pero usted podía no consentir —Fraguela interrumpió el relato en ese punto.

—No consentir, no consentir… ¿Y volver a la vida que había dejado? Qué poco se sabe de la vida. Lo había querido y respetado, había sido muy feliz y había conocido la riqueza ¿Sabe usted qué es ser rico, señor Fraguela? Cuando uno es pobre cree que la riqueza consiste en la posesión y el dinero ¡Qué gran error! La riqueza, señor Fraguela, es mucho más que eso, es tenerlo todo al alcance de la mano y además todo hecho, y dejar el esfuerzo físico para el club de tenis y el gimnasio; madrugar por gusto, conocer mundo… Y, por si lo quiere saber, aunque me sentía sucia con esos juegos, acabaron gustándome, porque hasta en esas profesiones, señor Fraguela, está muy separado el grano de la paja. Es después, si te paras a pensarlo, cuando te das cuenta de que te estás corrompiendo, porque, sobre todo, aquel a quien admirabas y amabas era un vicioso, porque no fue una única vez, por probar, por hacer algo nuevo; era ya una costumbre, una obligación… es cuando te sientes envilecida y entonces… entonces se lo dices confiada en que él tome tu queja en consideración, le dices que te sientes sucia… Es cuando tienes que escuchar lo que nunca pensante que te diría…

¿Tenes un amante?

—¿Qué te trae por aquí? ¿Algún problema? —preguntó después de dar una calada. El humo acompañó a la pregunta.

—Bueno, no sé… En realidad no lo sé ¿Has visto alguna vez el programa de Olivia Olivares?

Paulina, al oír el nombre, pensó en el riesgo que se corre con el uso de ciertas paronomasias.

—No, pero a veces oigo hablar de él. Un programa de cotilleo a lo fino —dijo y se llevó el vaso a los labios.

—Pues desde hace unos días soy su principal atracción.

Paulina comprendió al instante el porqué. No obstante, dijo con ironía:

—¿De qué te extrañas? Eres una mujer importante; tributos de la fama. ¿Quieres que lo supervise? ¿Hay algo que te resulte ofensivo? ¿Algún asunto de derechos, a la intimidad o algo así?

—No exactamente. Pero estoy muy preocupada. Se trata de Clara Isabel, mi hijastra…

—¿Y qué tiene que ver? —Paulina esperaba que Irene soltara lo que quería decirle y la invitaba con la mirada.

—Pues que mi, bueno, la mujer de mi hijastro dice que para ella no está clara la muerte de Cristóbal, que el doctor Belmonte extendió demasiado pronto el certificado de defunción, sin siquiera dar tiempo a los hijos a ver el cadáver, que no pudieron venir a casa porque no les avisé a tiempo, que cuando lo vieron ya estaba en el tanatorio expuesto y amortajado, que por todo ello ve algo raro…

—Y, claro, inmediatamente han saltado sobre ti.

—Eso es. Los tengo en la puerta de casa, en la peluquería, en el gimnasio; no hay sitio donde pueda ir. He tenido que salir por la puerta de servicio tumbada en el asiento trasero del coche del asistente de mi madre. Y menos mal que parecen no haber caído en la cuenta de que eres mi abogada.

—O temen una demanda por acoso… Pues el asunto es serio mi querida Irene —Paulina la miró fijamente a los ojos para resaltar la seriedad. Dio una calada al pitillo y por instinto se acercó al amplio ventanal. En principio no parecía que hubiera nadie de la prensa por los alrededores—. Es serio —prosiguió— porque van a poner en tu contra a la opinión pública y van a hacer lo posible por llevarte a los tribunales.

—Estaba preocupada, pero ahora me dejas temblando —dijo Irene—. ¿Qué caso puede haber? Cristóbal murió de infarto; Belmonte lo trataba, lo reconoció y lo certificó; yo misma lo llamé, y él se encargó de los trámites. Yo era su mujer, avisé a los hijos ¿Qué falta hacían para los trámites? Después te llamé, pero el doctor Belmonte se había hecho cargo.

—A ver, Irene —Paulina adquirió de pronto un gesto severo con el objetivo de impresionarla—, todo lo que me has contado es verdad…

—¿Qué quieres decir? ¡Me asustas! —Irene apagó nerviosa el cigarrillo y tomó un largo trago.

—Quiero decir lo siguiente: ¿Mataste a Cristóbal?

—¡Pero Paulina, por Dios! Yo… ¡Yo no! ¡Yo no he hecho tal cosa!

—¿Has manifestado alguna vez a solas o ante alguien el deseo de verlo muerto? ¿De matarlo tú misma?

—No creo, no sé ¡No lo sé! —Irene se removía en el asiento y se retorcía las manos con violencia.

—¿Qué quieres decir con no lo sé? —las preguntas eran cortantes como latigazos.

—Que no lo sé… Últimamente… puede que me hayan oído; mi madre, el servicio… Además, ¿por qué habría de matarlo?

—Odio, venganza, ambición, poder… un amante… ¿Tienes un amante?

¿Por dónde empezamos?

Paulina observaba las reacciones de Anselmo y él se percataba. Pensaba que ambas mujeres intentaban envolverlo en un tinglado emocional, como si no confiaran en su profesionalidad, cuando a él le bastaba con ir al grano y cobrar el estipendio para ponerse al día en sus gastos, dar una alegría a la Sole y permitirse algún lujo. De todo ello lo que parecía claro era que se abriría una investigación que, en principio, no tendría demasiados visos de acabar en el juez.

 

—¿Por dónde empezamos? —la inspectora Luna tomó un sorbo de café, para después, con precisión de cirujano, cortar un pedacito de croissant con mantequilla y mermelada y llevárselo a la boca.

El subinspector Casado miró hacia el techo con arrobo y aire pensativo, como si de su opinión fuera a salir la solución largamente buscada a una conjetura filosófica o a un problema matemático. Suspiró como si quisiera dar a entender que hacía falta el concurso de un amanuense que tomara nota de tan notable e imperecedero pensamiento.

—No lo sé, jefa, no lo sé —dijo repitiéndose como un eco para dar mayor solemnidad a su aserto.

El subinspector Casado era un hombre joven, con aspecto enclenque y enfermizo, frente amplia, nariz ganchuda, barba rala y desarreglada, y un cabello castaño peinado hacia atrás y recogido en una coleta. Tomó un sorbo de café y remachó:

—Nada, jefa, no se me ocurre nada ¿Por qué no le hacemos una visita?

—¿A quién, a la viuda? Hombre, sí, claro; ¿y aparte de eso? —la inspectora sacó el paquete de tabaco, se puso un pitillo en la boca, pero lo volvió a guardar antes de oír la protesta del subinspector, a quien miró fijamente— Ya, ya, a mí tampoco me gusta esto, más propio de fisgones, pero nos ha tocado ¿Qué le vamos a hacer? Visitamos a la viuda, le hacemos unas preguntas, echamos un vistazo, hacemos un informe y, con un poco de suerte, salimos del paso.

—Eso si se conforman los de arriba…

—Hombre, no te lo voy a negar, es fácil de suponer conociendo al comisario ¿Cogemos un coche y vamos para allá? Nos presentamos sin avisar, ya sabes, un golpe de efecto; la viuda no nos espera, se descoloca, y eso nos da ventaja.

—No sé para qué, inspectora; supongo que me dirá esto por aquello de actuar como se espera de nosotros, es decir, como polis.

 

Paulina observaba a Fraguela y este sentía el examen de su ex mujer ¿Qué se traerá entre manos?, se preguntaba. Y el caso es que con un poco de esfuerzo se lo hubiera imaginado. Todo ello venía de la conversación que dos días antes tuvieron las dos mujeres.

 

Paulina preparaba en su despacho una vista que tenía señalada para la semana siguiente: un pleito matrimonial, un divorcio, nada complicado. Andrés Soldevila, el abogado de la demandante, había acordado con ella los términos para una conciliación, y había convencido a su cliente de que no salía mal parado, cuando Maleni, una de las pasantes, le comunicó la visita de Irene Solsona. Le dijo que la hiciera entrar y dejó lo que estaba haciendo.

Irene entró en el despacho y se dejó caer en uno de los sofás sin atenerse a formalidades.

—Dame una copa, por favor —pidió la recién llegada.

Paulina enarcó las cejas acompañando la mirada que dirigía a Irene mientras abría una puertecilla disimulada en la pared y que ocultaba un pequeño frigorífico y un mueble-bar. Con mucha gracia y sin ninguna etiqueta, cogió dos vasos, y con la punta de los dedos tomó unos cubitos de hielo que depositó en cada vaso. Quitó el tapón de una botella mediada de Cardhu y echó whisky hasta cubrir el hielo. Largó un vaso a Irene y el otro lo depositó sobre la mesita de centro. De un cajoncito disimulado sacó un paquete de cigarrillos y una caja de cerillas. Ofreció a Irene y ambas fumaron.

Y yo… Me enamoré de él.

—¿No hizo nada por conquistarte, por entablar relación contigo?

—No, no era tan fácil. Entonces yo apenas comprendía nada. Sabía que le gustaba y él a mí me parecía un hombre mayor, muy mayor, pero atractivo. Cuando lo miro con los ojos de hoy lo veo como un hombre atractivo e interesante, como he dicho. Se mantenía bien, y se cuidaba, tenía la piel lustrosa y morena, discretamente morena, y además poseía el aura que envuelve a un hombre notable y rico, pero no era un chico, y a mí me gustaban los chicos.

»No supe nada de la conversación ni de lo que se fraguó en aquel comedor hasta hace unos dos años, cuando mi madre me lo confesó. Él pretendía otro tipo de relación, pero mi madre se percató del deseo que tenía de mí, de que daría lo que fuera por conseguirme. Yo tampoco entiendo eso, no intentó conquistarme, no se hizo el encontradizo, no sé, un encuentro casual, un café, algo. Ahora me duele porque sé que en el fondo era un hombre que ponía precio a las cosas, y a mí también. No niego que consiguió enamorarme, al fin y al cabo él era un hombre de mundo y yo una mocosa. A veces pienso que en él había algo que lo impelía a tomar las cosas sin esfuerzo, como el que coge el fruto maduro del árbol. El caso es que en el comedor de mi casa, aunque parezca mentira, se fraguó mi venta. Y digo venta porque allí se pactaron las condiciones que no eran otras que el matrimonio con todos los derechos.

»A partir de entonces se inició lo que llamaríamos un noviazgo, o un simulacro del mismo. Me hacía regalos, tenía grandes atenciones conmigo, me introdujo en sociedad y me presentó como su prometida. Iniciamos los trámites de la boda, él era viudo, y nos casamos por la Iglesia, no sin antes firmar unas capitulaciones por las cuales se hacía distinción entre los bienes gananciales del matrimonio y lo que les correspondería a sus hijos por ser parte de su madre y de los gananciales que por derecho les correspondían. Yo de eso no me enteré; todo ello lo negociaron entre su abogado y mis padres, que resultaron lo suficiente avispados y entendidos en esos menesteres para valerse por sí mismos. Y yo… Yo, al tratarlo y entrar en su mundo, me enamoré de él.

»Al principio fui muy feliz, mucho más de lo que una puede imaginar: la riqueza, el lujo, el gozo de cosas impensadas, solo vistas e imaginadas en el cine y en las novelas. Y un hombre de mundo, admirado y conocido: hoteles, restaurantes, tiendas de modas y, aunque me da cierto pudor decirlo, su destreza y delicadeza en el trato y en el sexo, que aprendí a apreciar en la medida en que él me iniciaba en el goce y en los placeres. Pero no siempre fue así.