Tiempo de ceniza – Eugenia Honrubia

Quien estaba al otro lado del teléfono se llamaba Eugenia Honrubia, y mantenía con Diego una relación tumultuosa y equívoca. No sé cómo decirlo, pero Diego tenía una facultad asombrosa para meterse en líos, pareciera que los buscaba con esmerado empeño. Eugenia colgó sin esperar respuesta y Diego acabó por depositar la cafetera en la lumbre como si de pronto hubiera recuperado la calma y la llamada, lejos de inquietarlo, hubiera sido algo esperado por frecuente, como si Eugenia acostumbrara a llamar de esa forma tan intempestiva por cualquier nimiedad. Había dicho ‘Estoy en una cabina, por favor, ven’ en lugar de ‘Estoy en la cabina’, que hubiera sido lo acordado, pensó Diego, aunque bien mirado, hace bien en decir ‘una’ y no ‘la’ porque de ese modo, si alguien la escucha, tiene que pensar en todas las cabinas y no en una en particular, y esto no es una paranoia sino una elemental precaución ¿Y si alguien sabe cuál es la cabina? Pero yo sí sé cuál es; y si me ha dicho ‘por favor, ven’ no cabe la menor duda de que me espera en el barito que hay cerca, donde convinimos vernos si hubiera problemas, y si son los que temo…

Dos años antes, una noche de otoño, a eso de las tres de la mañana, Diego tomó un taxi libre y le dio una dirección de la zona de Arturo Soria. El taxi se detuvo ante una casa con jardín, de los años veinte. La casa, que a esa hora se veía silenciosa y apagada, está rodeada de un terreno ajardinado de notables dimensiones y separada de la calle por un seto de cipreses y una verja en cuyo centro hay una puerta enrejada. Pulsó el timbre y esperó. Al cabo de medio minuto se encendió una luz en la planta alta. Mantuvo una corta conversación por el telefonillo hasta que la puerta se abrió y accedió al jardín. La puerta principal, al abrirse, derramó un chorro de luz blanca sobre la noche y enmarcó una figura de mujer difuminada bajo un largo camisón azul de piel de ángel.

-Pasa, hace fresco.

-Elvira, te necesito.

Lo miró con una mezcla de burla y estupor para acabar sonriendo.

-Anda, ponte algo de beber; voy a ponerme una bata.

Se sirvió un whisky y otro para Elvira, y se acomodó en un sillón.

Elvira ensayó una bajada de princesa envuelta en el carmín de una bata aterciopelada.

La miró largamente aquilatando lo extraño de su belleza inquietante en el comienzo de la madurez. Pensó que sería la amante perfecta: bella, culta, alegre y divertida, y sobre todo, libre.

-El caso es que no sé cómo empezar: se trata de una cosa tonta o de dos cosas tontas que se mezclan y me tienen hecho un lío.

Se dejó caer descuidada en el sofá frente a él. Lo contemplaba divertida.

-Soy toda oídos –dijo con una sonrisa que desarmaba cualquier relato.

-Pues verás -miró al techo tomando aire-, hace algunos días tenía intención de ir al cine y antes paré a tomar una cerveza. Estaba distraído, absorto, cuando de pronto entró una chica que me fascinó de tal manera que no pasa un solo día sin que piense en ella.

 

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Tiempo de ceniza – Una llamada

No tengo muy claro el porqué de contar todo esto. No quiero pensar, aunque lo tengo bien presente, que en el fondo estoy urdiendo una pequeña venganza.

Cuando leí el borrador de la novela que acababa Diego de escribir, le pregunté: ‘¿A qué viene eso de hacerme enfermar? ¿Por qué me matas?’ ‘¿Quién te ha dicho que seas tú?’, me respondió como acostumbra, con otra pregunta. ‘Hombre, cualquiera que me conozca un poco…’, le dije. Al día siguiente, tomando café con Elvira, me miró burlona y me dijo que daba bien como reaparecido, como resucitado, sobre todo después de haber sido ella misma quien esparciera mis cenizas por el lago Lemán, al pie del castillo de Chillon.

Después de esto, considero que estoy en mi derecho de contar la verdad. Ya se lo he advertido a Diego, ya le he dicho que todo al final se sabrá, tal como fue.

 

Aunque todo empezó mucho antes, me referiré a una tarde de esas grises, cerradas, de las que invitan a quedarse en casa. Diego se disponía a preparar café y poner la tele con la intención de entrar en un duermevela. Cargó bastante la cafetera y encendió la lumbre; sonó el teléfono. Lo sobresaltó el característico pitido de videojuego que siempre lo asusta y le hace caer cualquier cosa que tenga en las manos. Pero se sobrepuso y consiguió mantener la cafetera atrapada por el asa, aunque sin saber muy bien dónde depositarla. Con la cafetera en la mano acudió a la llamada imperativa preguntándose quién sería; un vendedor de seguros o algo por el estilo, se dijo. Aún tuvo tiempo, en lo que se tarda en recorrer la distancia entre la diminuta cocina y el exiguo cuarto de estar, para evocar el sonido del timbre del teléfono negro con disco de aquellos que retrocedían y hacían ta, ta, ta; y el timbre sonaba como Dios manda, lo cual permitía imaginar una voz cálida y bella envuelta en tabaco que llama desde un café con vapores y notas de jazz y dice: ‘ven pronto, te espero cariño’. Pero este sonaba como una plaiestesion. Con la cafetera en la mano, menos mal que no estaba caliente, llegó a la altura del aparato con la esperanza de reconocer el número desde el que llamaban y así hacerse una idea. Cuando reconoces el número tienes tiempo de componer un ‘Dime vida’, o bien ‘¿Qué tal, Manuel?’. Alcanzó a leer ‘número desconocido’, lo cual reafirmó su sospecha: alguien le iba a ofrecer un apartamento en la playa.

Cogió el auricular con la mano libre: ‘¡Dígame!’, dijo con tono severo. Y lo que oyó fue una voz entrecortada, angustiada: ‘Estoy en una cabina, por favor ven, por favor, por favor, no puedo volver a casa: ha ocurrido algo terrible’.

Tiempo de ceniza -Paladeando

Tenía sed y pidió una cerveza. Blanca fumaba un cigarrillo rubio y paladeaba un vino tinto.

-Me gusta el vino, cada día más -dijo-. Es difícil que haya una bebida que se asiente tan bien en la lengua; hay que retenerlo y dejarlo que caiga despacio, entonces caes en la cuenta de que posees el sentido del gusto, de que disfrutas con él.

Su voz le sonaba más ronca, o más grave. A través del amplio ventanal se veía gente por la acera, donde seguía el coche sin que a Blanca le importara demasiado. Diego le dijo si no se lo podían retirar, la grúa, ya sabes…

-Bueno, aquí no es fácil aparcar, pero bueno, no quiero comprometer… enseguida nos vamos – replicó ella.

Antes de que Diego se diera cuenta, llamó al camarero y pagó la consumición. Subieron de nuevo al coche y condujo hacia la zona alta de la ciudad, hasta llegar a una pequeña plaza donde lo hizo bajar y aparcó junto a una pared en un espacio inverosímil. Salió del coche y se colgó de su brazo, Vamos a comer, además bien, ya verás, le dijo. Lo condujo por un dédalo inverosímil calles hasta llegar a un viejo portalón con escudo nobiliario que daba entrada a un patio cubierto y ajardinado, Para dos, dijo con familiaridad a una joven que hacía las veces de recepcionista

– ¿Sabes por qué estoy aquí? -le dijo serio o solemne.

Blanca lo miró directamente a los ojos y le arrojó una carcajada directamente a la cara.

-Bien, ya me contarás, no hay prisa… No has contestado a ninguna de mis preguntas, no sé si te habrás dado cuenta. Tantos años, tantas cosas, en fin, lo que me hayas venido a decir ya me lo dirás, si es que hace falta; pero dime cómo estás tú, si eres feliz -Blanca lo acorralaba sin dejarle salida.

-Como siempre, a salto de mata. Trabajo para una revista: fiestas, folclore, viajes. No pagan mal y viajo…

-Habrás estado alguna vez aquí.

-Sí, pero muy de paso, hay una especie de corresponsal que lo hace todo, además con mucho cariño. Tampoco sabía que anduvieras por aquí -mintió y ella lo notó; Diego se quería escapar-; sólo eso; nada más…

-Entonces… esto, venir aquí, explicarme no sé qué; tú ahora, al cabo de los años, apareces y trabajas para una revista, viajes, fiestas, en fin, cosas de esas… ¿Y qué más?

-Eso era lo que te quería explicar…

-Vale, ya me lo explicarás; pero antes dime: ¿qué más?

-Pues verás, oigo, escucho…

 

Imagen: Toledo, Antiguo Café El Español. Tomada de Internet

 

Tiempo de ceniza – Un hotel céntrico

Otro día de plomo. El viento dobla la esquina y clava en la piel sus alfileres. Un camión de riego lanza sus chorros sobre el borde de la calzada y salpica la acera por la que discurren hilos oscuros que arrastran bolsas de plástico, paquetes arrugados de cigarrillos y una jeringuilla sanguinolenta arrastrada por la corriente negra hasta despeñarse por el enrejado del desagüe. Diego saca un cigarrillo arrugado del bolsillo derecho de la chaqueta, enciende una cerilla, aspira una larga bocanada, y mira hacia el cielo gris, rayado por el vuelo de una banda de palomas y enmarcado por las cornisas de los edificios, aún pálidos como láminas de acero.

Suele cruzar las calles sin hacer demasiado caso de los coches, y también acostumbra a frecuentar el bar donde toma un carajillo antes de irse a acostar. Lo entretiene alargar el café cuando se dan cita la noche y el día; husmear, es algo mirón, se asoma a la vida sin tocarla, y busca materiales para las historias que nunca contará. Después, baja sin prisa por las calles céntricas, mira escaparates y le llama la atención la tienda de ortopedia con los bragueros y los brazos articulados, así demora la llegada al pequeño apartamento en el que vive de alquiler.

Pero aquel día era por la tarde y caía una lluvia muy intensa. Fue un aguacero repentino de los que te pillan desprevenido y corres a refugiarte. Estaba cerca y allí se metió. Pidió una ginebra con tónica y mucho hielo y se dispuso a esperar a que escampara. La bebida, los cigarrillos y el atropellado entrar y salir de la gente mojada eran entretenimiento suficiente para una tarde en la que no tenía demasiado que hacer. De dinero no andaba mal pues había cobrado una suculenta comisión por un encargo que hizo fuera de Madrid. Así fue como se reencontró con Blanca, alguien a quien quería de verdad y hacía tiempo que no veía.

 

Se saludaron con aparente frialdad. Caminaron por el andén mirando hacia la puerta de salida, o más al fondo.

-Te veo un poco más, cómo te diría, la palabra no es gordo, pero parece que abultas más, y esas canas -le dijo sin cambiar la vista de dirección- te hacen más interesante. Bueno, bueno, pasan los años, te vas al culo del mundo, precioso, acogedor, agradable, y aparece el bueno de Diego ¿Y a ti cómo te va? ¿Estás bien? ¿Qué haces, a qué te dedicas?

Los dos miraban hacia la misma puerta.

-Tú también estás algo cambiada; no sé, menos niña, aunque no parece…

-¿Qué haya pasado el tiempo? Vamos Diego, no me digas.

Salieron de la estación y Blanca le condujo hacia un pequeño automóvil.

-Llévame a un hotel céntrico –dijo él-, me gustan los hoteles viejos aunque estén reformados; me gusta ir andando a los sitios, ya sabes.

-¿Entonces no te quedas en casa?

Blanca estaba tensa, aunque esa tensión indicaba que el tiempo no se había portado mal con ella. Había engordado como lo hacen algunas mujeres rubias, con una cierta proporción que la hermoseaba a pesar de un ligero descolgamiento facial y unas bolsas incipientes debajo de los ojos; a cambio había ganado en profundidad, su mirada azul era más concreta, y su forma de conducir, decidida, parecía signo de persona acostumbrada a andar sola, sin necesidad de acomodarse al gusto de nadie. Andaba por las estrechas calles de la ciudad a una velocidad que a Diego le parecía de vértigo, hasta que llegaron a una calle más concurrida donde aparcó el coche sobre la acera y le señaló la entrada del hotel. ‘Te espero en la cafetería’, le dijo.

 

El banco de Soledad (y 2)

-¿Cómo le voy a decir que esto es muy bonito pero no tiene venta?

Telas de raso, de seda, brillantes, lisas, estampadas; vestidos escotados de la espalda estampados de flores o rayas de alegres colores; medias de cristal con costura, ligueros; bragas y sostenes de raso con puntillas vaporosas…

-¡Quite usted hombre; guarde eso!

Y desde dentro el marido:

-Pero mujer, déjale…

Castañetea el rumor de la cortina que aísla el comercio del sol de la calle, entra en el recinto la mujer de la estación, pide una bobina de hilo negro y un metro de goma negra ancha. El día ha sido sofocante pero ella viste de negro riguroso, sin velo ni pañuelo a la cabeza. La penumbra del local no evita que su cabello emita reflejos de azabache. Ha dado las buenas tardes con voz queda y ronca y se ha marchado con la misma frase. La mujer mira de frente y no esconde los ojos enmarcados por la lividez de las profundas ojeras que no resaltan más por causa de su piel morena. Es alta y esbelta; bajo los lutos se adivina la altivez de su pecho y se puede apreciar la lisura de su espalda.

-Es extraña esta mujer, siempre en la estación, como esperando a alguien que no acaba de llegar -dice el viajante mirando el revuelo de la cortina.

-¿Quién, la Sole? -pregunta retóricamente la dueña de la tienda. Si la hubiera visto antes… cuando la guerra y antes ¿Quién le manda? A estos -mira hacia la trastienda- los traía por la calle de la amargura, fueran casados o solteros, daba lo mismo; comían de su mano y todo lo que hacía les parecía bien, menos mal que ha vuelto el orden y cada cual en su sitio… Si la hubiera usted visto vestida de miliciana con el pañuelo de la CNT al cuello…

Y desde dentro, ‘Mujer, deja eso’; y ella, ‘¿Por qué lo voy a dejar? Con Vicente se puede hablar. No es que hiciera nada malo, pero, ¿a quién se le ocurre venir con esas modernidades? Vinieron los de la CNT y los de la FAI y declararon eso que ellos llamaban el comunismo libertario. Hala, fuera el dinero, la propiedad, la propiedad es un robo, decían; el matrimonio, los curas. A don Antonio le hicieron quitarse la sotana y le pusieron a enseñar la cartilla a los mayores, vaya ocurrencia. Y como era verano, se iban a la charca y se bañaban desnudos, y los niños mirando, vaya un ejemplo. Decía la Sole que había que practicar el amor libre, que se había acabado eso de ser esclavas de los hombres, ¿quién iba a fregar los cacharros y hacer las camas? Menudos son estos. Claro, mucho amor libre y no dejaba al Luis ni a sol ni a sombra; así que el Luis la dejó preñada y se fue de huyenda cuando vinieron los moros. Ella estaba con sus padres y no le dio tiempo a salir corriendo, si no es por don Antonio, el cura, aquí iba a estar. Bueno, a la Sole y a las otras de los rojos las pelaron y lo del aceite, pero no pasaron de ahí, gracias a don Antonio, repito, menuda escabechina en el pueblo de al lado… ‘Pero, ¿te quieres callar? –Desde dentro- mira que si viene alguien; aquí hasta las paredes oyen y no tengo ganas de líos. Usted perdone Vicente, pero ya sabe lo que pasa’.

-Ya, me hago cargo. Bueno, ustedes se quedan las muestras y alguna pieza. Miren a las jóvenes, las que se pasan por la capital, a lo mejor alguna pica -La dueña del comercio mira las prendas con ojos soñadores.

Pasan varios días y el calor se hace cada vez más intenso. Un reverbero asciende del suelo y envuelve como un espejismo a la mujer y el niño que se acercan a la estación. El banco de madera, vacío, espera a la sombra de una acacia la llegada de la pareja. El grupo de gorriones se apresta a recibir su ración mientras las cigarras baten sus sierras enloquecidas. Falta aún media hora y el Jefe se refresca con una cerveza al lado del viajante que toma la suya bebiendo del gollete; con la mano izquierda se da aire con un abanico de cartón en el que hay pintada una mujer vestida de largos volantes anunciando una colonia.

-Ya viene, como siempre, dice el ferroviario, ¿no se dará cuenta? Verá, una mujer del pueblo de al lado había perdido a su marido y había quedado viuda. Cuál no sería su sorpresa cuando un día todo el que estaba aquí lo vio, a su marido, bajar del tren, y corrieron a decírselo ¿Y sabe que había hecho? Había cambiado sus papeles por los de un muerto de verdad y se había escondido, y no se le había ocurrido otra que alistarse a la División Azul, mira que hay que tener idea. La Paula se había casado porque a su marido lo habían dado por muerto y así rezaba en los papeles, y uno de fuera la pretendió. Así que fíjese qué lío: la Paula con dos maridos. Andan en pleitos con el obispado; han escrito a Roma: ya decidirán. Menos mal que no tiene hijos. Ahora vive con sus padres hasta que todo se arregle; y no vale que uno de los dos renuncie, menuda es la Iglesia. Entre nosotros, el Jefe baja aún más la voz, pierde el primero, ya lo verá. Entonces, como le decía, se entera Soledad y ahí la tiene, perdido el sentido y esperando a su hombre, y no hay quien la persuada de lo contrario: está convencida de que Luis hizo lo mismo.

Soledad ocupa su banco y echa miguitas de pan a los pájaros; el niño juega a las chapas en el suelo.

Cuentan que pasados los años Soledad volvió a la estación con su hijo: se lo llevaban a la mili. Cuando el tren se marchó tirado por una máquina de gasoil, la mujer enlutada se fue a sentar a su banco y los gorriones acudieron a su alrededor con su desordenado piar.

El banco de Soledad (1)

Soledad limpia los mocos del chiquillo que, como un gorrión más, anda a saltitos alrededor del banco de la estación. Soledad siembra el suelo de migas de pan, que las aves picotean al haber perdido la desconfianza. El jefe de Estación pasea con la bandera plegada bajo el brazo y mira con simpatía al cuadro estático en que se han convertido la mujer y el niño. El tren está a punto de llegar.

Soledad ya sabe medir la proximidad de la máquina. Con minuciosidad ha estudiado los movimientos del funcionario, los pasos, las señales de la bandera; el piafar del vapor, el chirrido de los frenos, el ritmo pausado de las bielas con un compás cada vez más piano. Es entonces cuando coge de la mano al niño y recorre con mirada ansiosa de uno en uno los pasajeros que bajan de los vagones. En alguna ocasión ha tirado de la manga de la chaqueta del hombre delgado que se vuelve con expresión interrogante; y Soledad, Usted perdone, creía…

El jefe de Estación da la salida, pliega la bandera y pasa por su despacho a firmar los partes. Desde la ventana contempla un día más a Soledad con su hijo de la mano alejarse desafiando el sol y tomar el camino descubierto e inhóspito para cubrir a pie los cerca de tres kilómetros que separan la estación del pueblo. Hay días que tiene suerte y la recoge un carro que regresa de faenar del campo; en otras ocasiones soporta la burla de quienes pasan a su lado y la escupen como si fuera una apestada.

El jefe de Estación se da una vuelta por la cantina a tomar un vaso de vino tinto. Un viajante de prendas femeninas y ropa interior está comiendo y lo invita a sentarse con él:

-Y esa mujer, siempre aquí en la estación; alguna vez la he llevado al pueblo, pero no abre la boca; y lleva sujeto al crío para que tampoco lo haga, ya he oído, pero… ¿No estará un poco loca? Tiene una forma de mirar…

-Hombre, como para no estarlo -aunque no hay nadie en ese momento, el funcionario baja la voz-, mataron a su marido, la pasearon, la pelaron y le hicieron tomar aceite de ricino; bueno, ahí es donde le duele, que ella cree que su marido vive, porque según le dijeron, a su marido lo mataron en el frente y… -De una portezuela que da a la trastienda aparece el cantinero y el Jefe continúa-, ¿Y qué tal la venta? Por aquí le va a costar colocar el género: lo que usted trae es muy atrevido y… ya sabe.

-Ya -contesta el viajante-, pero no hay que desfallecer. Verá, lo que hace falta es que haya alguna que se atreva, usted ya me entiende… luego, las demás se van animando… Y la ropa interior: esa no la ve nadie.

-Ya, pero las ven comprarla -tercia el cantinero-, y, usted me va a perdonar, pero si yo me entero, y cómo no me voy a enterar -dice con picardía.

Una muchacha de unos trece años entra en la cantina y se dirige al Jefe:

-Papá, la comida.

El viajante pide un café, paga y se adentra en la camioneta a la sombra de un olmo a dormir la siesta.

El sol empieza a bajar y no cede por eso el monótono cantar de las cigarras. El viajante se despereza y vuelve a entrar en la cantina. Pide un vaso de agua y se encamina al lavabo. Primero orina en una taza turca de uso único y después en un lavabo minúsculo se remoja la cara y ordena sus duras crenchas con un peine pequeño que lleva en la cartera.

-Hasta la semana que viene -se despide del cantinero, arranca la camioneta con la manivela y la pone en marcha.

Justicia poética (y 2)

Vestida con telas de alegres colores, perfumada y fresca, una luminosa mañana de marzo salió de su casa balanceando el bolso y cantando una canción suave. Pasó por el estanco, compró cigarrillos y sacó uno del paquete. Al buscar el mechero tropezó con un papel doblado y extraño. Excitada, se sentó en un banco. El corazón se le desbocó a galope. Con manos presurosas y torpes desdobló el papel. Por fin consiguió leer un texto que apuntaba directo al corazón:

Querida mía, aunque tú no lo sepas, no paso un día sin verte. Cuando te siento, el aire se transparenta y las cosas se tornan de brillos y mi corazón tiembla.

Sostenía el papel con mano temblorosa cuando una lágrima resbaló lentamente sobre su acalorada mejilla.

No puedo más, amor mío, muéstrate a mí y apaga esta llama que me consume, por favor ven a buscarme y llévame a tus dominios,

 

escribió con mano insegura sobre una cuartilla inmaculada sobre la que caía la ardiente escarcha de sus lágrimas. Acudió presurosa a las recónditas calles de su secreto. Allí, abrasada de amor depositó su mensaje. La mañana era transparente y tibia, el rocío hermoseaba con diminutas gotas el verdor de la hierba y de las primeras margaritas. El aire tocaba con finos dedos su renovado semblante y hacía ondear sus cabellos como una bandera. Las altas paredes de las estrechas calles se le echaban encima, se le agitaba la respiración y las lágrimas le empañaban los ojos.

Vino la tarde dorada para, luego, cubrirse con una sábana de fina lluvia. La mujer caminaba despacio sin reparar en los adolescentes que la seguían a cierta distancia. Ajena a todo lo que pasaba a su alrededor, concentraba sus sentidos en el deseo de que la hornacina guardara la respuesta deseada, y, en efecto, una nueva cuartilla se desveló doblada en cuatro pliegues. Nerviosa, con el corazón agitado como un pez recién sacado del agua, cogió el papel y buscó la luz mortecina de un farol. Con fruición, devoró el mensaje. De pronto, se le nubló la vista y las piernas se negaron a sostenerla. Agarrándose a las paredes, sollozando, llegó como pudo hasta las escaleras del atrio de Santo Domingo donde rindió sus fuerzas; su cuerpo cayó desmayado sobre los peldaños. El billete, arrugado, se escapó de su mano y fue a caer a un charco. La tarde se perdió entre nubarrones oscuros. El silencio petrificó las figuras y una neblina se extendió sobre la humedad de las calles. Unos pasos lentos anunciaron la aparición de una larga sombra. Era la de un hombre de cabellos largos y rizados, moreno, con levita negra. Se acercó al cuerpo caído, peinó sus cabellos entre sus largos dedos y, despacio, la tomó en sus brazos para perderse por las oscuras sombras de la calle.

 

Amelia y doña Rosa (final)

Amelia, antes de irse, echa el último vistazo a doña Rosa; se queda tranquila al comprobar la placidez de su sueño. Estira la mantita que el cubre las piernas y le da un beso suave en la mejilla; no llega a captar la media sonrisa que insinúan los labios de la anciana. Coge la mochila, sale de la casa y hace una bajada de escalera de reina o princesa –aunque le gusta el cine, no nos consta que viera la de Scarlett O´Hara, en Lo que el viento se llevó-. Distraída y pensativa mira escaparates sin apenas fijarse en los artículos ni en su imagen. Entra en el metro. Antes, cuando fue a meter la bata en la mochila, notó el peso del teléfono. Lo cogió, lo abrió, y vio las llamadas perdidas y los mensajes de Aitor. No quiso mirarlos, no por falta de curiosidad, tampoco de ganas de sentirlo, de hablar con él, de leer sus cosas, pero se había impuesto el esfuerzo de ignorarlo, para que aprenda, ¿Qué forma es esa de despedirse? Tengo las ideas claras.

Una vez en el metro, como de costumbre, a mitad de trayecto quedaron algunos asientos libres. Amelia descargó el cansancio y también la cabeza, un tanto achispada. Sacó el libro de la mochila y se puso a hojearlo sin encontrar el modo de centrarse en la lectura. Pasaba las hojas de forma mecánica, de adelante atrás y de atrás adelante, hasta que la escritura brilló con luz propia:

“Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela”.

Salió del metro con las primeras farolas encendidas, los neones de los escaparates y las propias farolas dejaban caer hilillos fosforescentes. Anduvo hacia casa, a veces despacio, otras a saltitos. Subió, abrió la puerta y no estaba Aitor. Soltó la mochila, se sentó en el sofá, cogió el móvil, miró los mensajes y la invadió una mezcla de comprensión y ternura. Abrió el whassapp y escribió: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.. Lo leyó, lo repasó y pulsó el botón de ‘enviar’

 

Agosto de 2017

Justicia poética (1)

La tarde se deshilaba en fina lluvia que, menuda y ligera, se deslizaba suavemente sobre el paraguas que una mujer sostenía con trémula mano. Las últimas luces se escapaban difuminadas por los rincones más altos de la plaza de Santo Domingo el Real y el tenue fulgor de las primeras farolas caía despacio sobre el brillo empedrado de la calle. La mujer, desde el cobertizo, miraba y miraba hacia el fondo y pensaba que todo había sido una locura, y se sentía ridícula. La plaza poco a poco se sumergía en la humedad de la noche. ‘Ahora no puedo flaquear, no hay nada de malo en todo esto; en cualquier caso es hermoso’ se decía mientras sus piernas temblaban y, no sabía bien por qué, demoraba sus pasos para retrasar en lo posible la cita con su destino.

En el Instituto hablaba de poesía con pasión contenida y sentía el ligero rubor que apenas traslucía el rescoldo que anidaba en su seno. Cuarenta años de sábanas solitarias, noche tras noche deshojaba la flor amarga del desamor.

Le gustaba dar clases al aire libre. Una tarde, en la plaza de Santo Domingo el Real, donde el silencio resuena iluminado por la tenue luz conventual, al pie de la placa de mármol que en su día dedicaron a Bécquer, con suavidad majestuosa desgranaba sus explicaciones, ilustradas por cálidos y encendidos poemas. En el aire flotaban palabras de amor y de misterio.

Solía pasear por las calles solitarias para oír el eco de sus pisadas. Disfrutaba de la soledad sin más compañía que sus pensamientos. Rara vez aparecía por las calles céntricas, sólo cuando se acercaba al teatro.

Una tarde, cuando andaba por los Cobertizos, llamó su atención una hoja blanca de papel que, doblada cuidadosamente, se ofrecía en el hueco de una antigua hornacina. Picada por la curiosidad, tomó y desdobló cuidadosamente lo que parecía un mensaje. La sorpresa se encendió en su rostro para después elevar la mirada a lo largo de las altas paredes y expresar una lejana sonrisa. Y es que, lo que antes llamaríamos billete decía lo siguiente:

Gracias a ti mis solitarios paseos se alejan de la melancolía, y al verte andar por mis calles el espíritu recupera esa alegría que consideraba perdida. Compartimos nuestras pisadas y mis manos acarician lo que tocas. No me conoces, pero algún día, si quieres, mi cuerpo estará contigo aunque ya posees mi alma. Siempre sé dónde estás. Si aceptas mis cartas pronto tendrás de nuevo mis noticias.

No quería tomar en serio tamaña tontería, lo que no le impedía dejar de pensar en ello. Quién será semejante personaje. No es más que una broma de mal gusto. Pero la curiosidad primero, y el deseo después, comenzaron a minar aquella, hasta entonces, despreocupada mente.

Las lluvias y los fríos acompañaban sus atardeceres sombríos. Miraba la hornacina por si hubiera un nuevo billete, una referencia que soplara en el fuego que iba germinando en su corazón aturdido. En clase se distraía. Los alumnos lo notaban. Hasta que una tarde amarilla, la blancura de papel resaltaba como una luz en la hornacina. Las palabras escritas en él soplaban sobre las ascuas avivando promesas de amor y de misterio. El color rosaba sus mejillas y sus ojos recuperaban lejanos brillos. Lo que había sido una mueca pasó a ser un bello resurgir otoñal. A los apagados ojos de mirada esquiva retornó el claro azul con sus brillos juveniles. La blanquecina piel hermoseaba en leves carmines y en dorados tonos y la risa iluminaba la frescura de su boca. A toda carrera, ante tanta mudanza, acudió el deseo. Ya las noches no estaban vacías. Descubrió de nuevo la seda de su piel, la olvidada firmeza de sus pechos, el suave y húmedo calor de sus rincones. La Luna, indiscreta, plateaba su cuerpo desnudo ante el frío balcón.

 

Imagen: Plaza de Santo Domingo el Real, Toledo.

 

Clásicas

Fregó los cacharros, recogió la cocina, se cambió y fue a echar un vistazo a doña Rosa, que dormía plácidamente, Si me duermo, te vas sin despedirte; no te preocupes, es mi cabezada, ya lo sabes; un poco tarde, pero bueno; tú te vas y pierde cuidado, hija. La verdad es que habían pasado un buen rato y no pensaba echar en saco roto los consejos recibidos, salteados de pequeñas historias. Vamos, quién iba a decir que doña Rosa había padecido unos celos tan grandes, No creo que entre ellos hubiera nada, le dijo, nada de eso, pero, hija, ¿tú sabes lo que es sentirte en tu casa como una convidada de piedra? Que si este fonema, que si la relajación de las oclusivas; yo qué sé, porque yo no entendía nada. Un día cogí uno de sus libros, en la biblioteca estará, lo acababa de publicar un colega suyo, de mi marido, claro… ¡No entendí nada! Luego ella dijo que se inclinaba por las clásicas, y a eso se dedicó; también puedes ver en la biblioteca algunas traducciones suyas, y versiones de teatro y poesía. Pero tengo que reconocer que Aurorita era muy lista, por eso creo que no hubo nada; admiración nada más. Pero me daba una rabia oírla recitar ¡En griego! Y Raimundo, embelesado. ¡Si se le caía la baba!… Por eso, tú no, no seas tonta, aprende, aprovecha, que la juventud se va muy deprisa y luego no es igual; y ese novio tuyo, si te quiere, acabará comprendiéndote. Déjalo que gruña, que se queje, que diga lo que quiera, porque, ¿no será un bruto capaz de pegarte?

-No, doña Rosa, no, no es eso…

-Creo que en el fondo tiene miedo –dijo la anciana.

-¿Miedo de qué, doña Rosa?

-Sí, hija, sí, miedo; miedo de que lo aventajes, de que lo dejes atrás.

-Pero yo no quiero eso.

-Ya, hija, pero, ¿tú sabes lo que se sufre cuando te ves disminuida? ¿Tú sabes cómo llegué a odiar a Aurorita? En silencio, eso sí; ni una queja; nadie supo nada; pero, hija, qué quieres; me costó lo suyo comprender que Raimundo en nada me hacía de menos cuando estaba con ella y lo pasaba tan bien, que cada una ocupábamos nuestro lugar, y que el mío estaba en su corazón y en otro sitio que no te voy a decir.

Doña Rosa, entre risas, le dio otro pequeño tiento a la botella de anís.

 

Imagen: Medea, por Anthony Frederick Augustus Sandys