Seis meses

Va para seis meses que publiqué en Amazon Las aguas del olvidoNo lo voy a negar: la novela ha cosechado un rotundo fracaso en cuanto a las ventas, pero muy buenas críticas, me consta. A este respecto aprovecho estas líneas para agradecer a Isabel Fernández Bernaldo de Quirós la reseña que publicó en su blog, Apalabrando los días, así como a María, Juan, Lucy, Andrés, Reme, Leonor, Martín, Pilar, César, Carmen, Eduardo, Luchi… los comentarios que animan y confirman esta mi pasión por la escritura.

Ya me referí en estas páginas a la autopublicación y me lamenté y pedí disculpas por el desastre técnico de lo que llamaría ‘Primera versión’. A la tercera va la vencida, se conoce que me dije; y es verdad, la ‘Tercera’ salió muy bien, así que aprendí para posteriores intentos.

En cuanto al contenido, me dicen que cuesta entrar, llegar a lo que es el asunto principal; pero me parece bien: la estructura está pensada, mirada y remirada para que ese sea el resultado, para que la historia se vaya haciendo mediante alusiones y recuerdos hasta entrar en el meollo.

He leído manuales que parecen de autoayuda, consejos, procedimientos, todo ello encaminado a promocionar y vender mejor. Pero ¿qué le vamos a hacer? No hago el menor caso, ni pienso hacerlo: estoy bien así.

Tengo otras tres publicaciones en cola, una de ellas lista para salir, y haré lo mismo: la anunciaré en el blog, llevaré un puñado de ejemplares a mi librero amigo, por si vende alguno; naturalmente, me pondré muy contento cuando pueda tocar el libro, hojearlo, olerlo, mirarlo: al fin y al cabo es mi criatura; y, sobre todo, agradeceré especialmente la atención que puedan prestar los lectores, a quienes me dirijo y con quienes quiero conversar.

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Y ellos, sólo ellos

»Sí, es cierto, de buenas a primeras me vi convertido en un espía, un soplón, un policía o vaya usted a saber. ¿Quiénes sois vosotros?, le pregunté a Eugenia. Nosotros somos nosotros ¿Qué más te da?, me contestó. Te has comprometido y no hay vuelta atrás. Y vamos a estar juntos, no creas que suelen consentir esto, pero si el destino nos ha puesto aquí, no le llevemos la contraria. Ahora nos tenemos que dejar ver, mostrarnos como pareja; no hace falta que busquemos casa, nos sirve la tuya, ante todo normalidad. Nos hemos conocido en una exposición, un café, una librería, un baile… donde sea más creíble; nos llevamos viendo un tiempo, mejor corto, vamos a probar a vivir juntos, estamos bien… aunque tampoco hay que pasarse, no hace falta estar a todas horas con tus amigos, es más, sólo cuando sea inevitable, y espero que Elvira sea discreta. Por ella no te preocupes, le dije, pero enseguida lo adivinará. Me dijo que si tenía que saber lo nuestro, que se lo dijera cuanto antes; lo mejor será que venga a casa, yo se lo explico. “Que venga a casa”, dijo. Y yo pensé: ‘No sé lo que es o no conveniente; no sé dónde me estoy metiendo’.

»En realidad no daba crédito a la conversación, me oía, la escuchaba, y lo único que era capaz de comprender, la única certeza, era mi deseo, las ansias de estar con ella. Volvimos a Cuatro Caminos y nos pusimos a callejear como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Pensé que tendría que pasar por la revista, dar señales de vida, hablar contigo. Andando por Santa Engracia le dije que tenía que llamar por teléfono, que tenía que hablar contigo, bueno, con mi jefe, le dije. Pasamos a una cafetería. No creo que te acuerdes, pero te conté una historia bastante peregrina, que había venido un familiar mío, una prima, creo, que tenía que ayudarla con el equipaje y el alojamiento, que venía a trabajar a un hospital; algo de eso te conté. Tómate el día, me dijiste.

—Sí, claro, menudo control ejercía sobre vosotros; quizá lo hicieras para darle sensación de seriedad.

 

Diego andaba con ella, junto a ella, y recordaba los momentos pasados, su cuerpo, a ratos tenso a ratos relajado, sus movimientos felinos y ávidos alternados con aflojamientos dulces. Descanso como preludio de una nueva aceleración, un nuevo acoplamiento. Eso pensaba.

—Vamos a mi casa —dijo de pronto—.

—¿Ahora? —preguntó Eugenia sin mostrar sorpresa.

—Sí, ahora; ahora mismo, ya —contestó Diego y la tomó de la mano haciéndole notar la urgencia, con disimulo y sin atender a los pocos transeúntes.

—Bueno, vamos —Eugenia presionó y se echó a reír— ¿Cogemos un taxi?

Vieron uno libre, paró, y entraron como atropellándose. Diego dio su dirección.

 

»No sé qué pensaría el taxista, pero el calorcillo actuó como caldo de cultivo. Fue ella la más lanzada. Más tarde, hoy, pienso que sus actos no se correspondían con la prudencia exigible a alguien con esos cometidos; o quizá actuaba conforme al papel que le habían asignado. No sé qué pensar, fue todo tan confuso.

 

Habla Diego, apenas calla. Me da material y pie para contar de tan extraña historia hasta los detalles más íntimos, incluso sórdidos, que no sé si contaré o me los callaré.

 

El taxi paró donde le dijo Diego. Bajaron apresuradamente. Pagó él y no esperó el cambio. Entraron a la carrera y subieron a saltos los escalones. Diego abrió la puerta, cogió a Eugenia de la cintura y la llevó al dormitorio. Ella aceptó la urgencia, se acomodó, se sacó la ropa y se ofreció a las ansias del hombre, que metió la cabeza entre las piernas y le cogió el sexo con hambre, con la nariz, con la lengua, con la barbilla. Ella quiso hacer lo mismo, pero estaba tan tenso que le quiso indicar que no, que esperara, que estaba bien así, pero ella no estaba para esperas y lo cogió con la boca, lo que provocó el reventón que él quería demorar. Entonces ella se revolvió como una anguila y lo besó en la boca, fue como darse ellos mismos, su propia naturaleza en su ser más genuino.

Llegados a este punto, ¿qué más se puede abundar? Se acometieron hasta el agotamiento. Perdieron el hambre y el habla, nada les interesaba, sólo ellos. No hubo días anteriores, conversaciones, compromisos. El aire de la habitación era un mar de amor y sexo.

Y ellos, sólo ellos.

Ella no fingía

—Entonces, ¿sólo hablabas tú? —le pregunté sin aparentar demasiada curiosidad.

—Ella también habló; me dijo que comenzaba a sentirse en peligro.

—¿Por qué? ¿Por alguna cuestión propia de su oficio?

—No, ya te he dicho que de eso no hablamos. Me dijo que tenía miedo de enamorarse.

—Enamorarse… ¿De quién, de ti?

—Pues sí, de mí, ¿de quién si no? Y me lo demostró con el tiempo, quiero decir que se había enamorado de mí. Lo malo es que en mi fuero interno, en mi sentir, en mi conciencia, se libró una gran batalla: a la evidencia se oponía la incredulidad; no me podía quitar de la cabeza, y no es para menos, que aquello podía formar parte del montaje.

—¿Montaje? ¿Por qué llegar hasta esos extremos? —quise imponer sentido a su forma de discurrir.

—Eso pensé ¿Por qué iba a fingir con tanto ímpetu? Pero acto seguido aquello se me representaba como una obligación suya, algo que tenía que cumplir, que era una servidumbre del oficio.

—Ya, bueno, pero eso sólo ocurre en las novelas y en las películas, y si te fijas, le ponen algo de sentimiento —le dije con desenfado.

—Pero nosotros lo vivimos con pasión, lo cual le acarreó algún problema serio, según me contó. Pero eso ocurrió más tarde.

 

El aroma del café invadió toda la casa. Fina había vuelto a su ocupación aparente. Dio unos golpes discretos a la puerta y dijo: ‘¡El desayuno! ¡Vamos, que nos tenemos que ir!’

Eugenia y Diego se levantaron, se vistieron con la ropa del día anterior y fueron a la cocina. Fina había hecho una cafetera, calentado leche y preparado una fuente con tostadas: ‘Es lo que hay’, dijo. Los tres se sentaron. El desayuno les vino como un regalo. Fina tomó la palabra:

—Como no creo que te haya dicho nada —la sonrisa no podía ser más elocuente—, te lo digo yo. Esta casa no existe; nunca has estado aquí. Tú y yo no volveremos a vernos; si me cruzo contigo por la calle, no me conoces; sólo tendrás contacto con Eugenia, bueno, ese no lo perderás. Si por casualidad la echas en falta, no hagas nada, no vayas a ningún sitio, no preguntes; ya nos encargamos nosotros. Ahora, recogemos y nos vamos.

Salieron los tres juntos. Un Seat 127 estaba aparcado cerca. Fina abrió la puerta y le dijo a Eugenia que ocupara el asiento de atrás. A Diego le dijo que se sentara delante, a su lado, y se sintió intimidado. Le resultaba difícil conciliar la noche pasada con el papel vigilante que había adquirido Eugenia. ‘Así no me dan la espalda; se cubren, aunque no sea más que por disciplina y costumbre’, pensó.

El automóvil tomó la autovía y enfiló raudo hacia Madrid. Sin preguntar, Fina condujo por Bravo Murillo, giró en Reina Victoria y les dejó ante unos famosos salones situados en los edificios Titanic.

Imagen tomada del blog Palomitas en los ojos

Un olor animal

»Eugenia era… ¿Cómo te diría? Aunque, como es natural, en la descripción que hoy te puedo hacer habrá un sinfín de errores: la memoria traicionera, los rasgos que se van borrando —por motivos obvios no tengo ninguna fotografía—, mi propia visión, mi enamoramiento. Era única; todas lo son. Morena, delgada aunque fuerte, más bien alta, con un aire a la modelo de Moreno de Torres, pero de piel más clara.

 

Empujó a Diego hacia un pasillo, oscuro a esa hora, y lo dirigió hacia una habitación que tenía la puerta entreabierta. Una leve claridad penetraba por la ventana y daba forma a los muebles y a una cama espaciosa. Cerró la puerta y encendió la luz. Por los objetos y pertenencias que había repartidos por la cómoda y las mesillas se concluía que una mujer la ocupaba regularmente.

No se dejaron llevar por un arrebato peliculero. Se sentaron en la cama, se besaron, se echaron en la cama, se siguieron besando y no hicieron nada por contener la exploración de unas manos que, sin premura ni avidez, pero con ganas, levantaron la falda, las de Diego, y tiraron del faldón de la camisa, las de Eugenia. Y las manos encontraron lo que buscaban. Se fueron quitando la ropa y, desnudos, reanudaron el abrazo. Se besaron, se buscaron, se desearon, se acometieron. A Eugenia le quemaban los pezones y a Diego le dolía la tensión. Él tanteó la humedad de sus piernas y ella sintió la dureza de su ansia, hasta que, con la presión de las manos y un beso muy profundo, le pidió que la penetrara. Apenas se habían acoplado cuando estallaron de gozo, locura y placer.

Pero la noche acababa de empezar y nada les metía prisa. Se estudiaron, se conocieron. Enseguida aprendieron a sincronizarse para prolongar los encuentros, hasta que, ahítos de amor, licor y tabaco, cayeron en el sueño.

Les sorprendieron la claridad y el cacharreo de Fina, que ya de mañana, dio por terminada la misión con la satisfacción de haber reclutado a Elvira y Diego sin que apenas hicieran preguntas ni opusieran resistencia.

 

»No te diré porque te mentiría que me desperté sorprendido por el hecho de estar en un lugar desconocido, en una cama extraña y abrazado a una mujer extraña; me ocurrió todo lo contrario. Apenas dormimos. Por ello no hubo ese mirar sorprendido, ese frotarse los ojos, esa mirada asombrada que se afana en reconocerlo todo hasta tomar conciencia de la situación; nada de eso ocurrió; tampoco Eugenia era ya una desconocida después de habernos abrazado toda la noche. Y hablamos; aunque no lo creas, en absoluto sacamos a relucir el tema, me refiero a la encerrona, tampoco nos dedicamos a conocernos en el sentido de saber por qué haces esto, si es interesante o arriesgado, qué estudiaste, de dónde eres, qué esperas de la vida. En realidad hablamos de nosotros mismos en un lenguaje desconocido. No te diría lo que te voy a decir si no fuera porque ha pasado mucho tiempo y quién sabe… Decir estas cosas ya no importa lo mismo que cuando todo está vivo y presente… Le hablé del peso de sus pechos, de la lisura de su vientre, de la curva de sus caderas, de la redondez de sus nalgas, pero junto a todo esto, era su olor el que me enervaba, digo olor porque lo suyo no es aroma, no es nada comparable a los perfumes. No, no era eso, era una mezcla de lluvia con un olor animal que me enloquecía; aún lo recuerdo. Era un fuerte olor a hembra, diría.

 

Se buscaron los labios

»Como comprenderás —Diego parecía dispuesto a contármelo todo de un tirón—, en ese punto me pregunté, ¿pero qué hago yo aquí? ¿Tanto pueden mis ansias de aventura y venganza? Ni que decir tiene que no quería pensar, me negaba a ello, que en el fondo lo que más me importaba, o lo que más quería en ese momento, era que acabara la cena y la conversación para quedarme a solas con Eugenia. Como puedes ver, todo esto me deja ante tus ojos como un ligero de cascos, en el sentido de que no parece que me tome siquiera un tiempo, aunque sea corto, para la reflexión. En mi descargo diré, y eso no se ve del mismo modo ahora con los años, aunque, ya lo sabes, hay tantos que pierden la cabeza, que hacerlo cuando se es joven aún es explicable. Entonces dejé de pensar en la que me estaba metiendo, a esto me ayudó Fina, que una vez acabada la cena, nos dijo que enseguida se retiraría a dormir.

Entre los tres recogieron la mesa. Diego se ofreció a fregar los cacharros; ambas lo dejaron. No hizo nada por mirar en rincones y recovecos porque pensó que allí no podía encontrar nada de interés, además no se le ocurría qué hacer con el hallazgo, una pistola, por ejemplo, en una caja de detergente. No alcanzaba a saber a qué cuerpo u organización pertenecían, aunque supuso que la relación tenía que ver con el entonces llamado CESID: tanto Luisa como Fina y Eugenia no le parecían policías. Temió que lo quisieran enrolar en uno de esos grupos parapoliciales para dedicarlo al trabajo sucio, si bien, ¿qué había de limpio en esos menesteres?

Acabó con la cocina y volvió a la sala en que se desarrollaba la vida social. Lo hizo despacio, aunque no por cautela o sigilo; lo único que sorprendió fue una mirada que le pareció de entendimiento entre las dos mujeres. Fina se marchó definitivamente.

Se quedó a solas con Eugenia y se sintió invadido por un profundo azoramiento, sin palabras ni iniciativa. Lo asaltó el recuerdo del beso, de la aparición de Fina en el momento más importante o justo, según se mire. Podía reanudar la conversación en el punto que la habían dejado, el caso era romper el hielo.

—Dijiste que teníais previsto que fuera con Elvira, pero eso es muy aleatorio: pudo ocurrir o no —Diego pensó que aquéllas no eran precisamente palabras de amor.

-—Cierto —dijo Eugenia—. En todos los casos hay que contar con el azar, pero, es bueno que lo sepas, anticipamos los hechos analizando patrones. Claro, a veces acertamos, a veces no, pero te sorprenderías de la cantidad de ocasiones, a lo mejor hay que decir sucesos, en que damos en el clavo. Por ejemplo, sabía que te quedarías esta noche.

A Diego ya nada lo sorprendía y pensó en las nociones que tenía sobre probabilidad, modelos y patrones, como le había dicho Eugenia.

—¿Por qué lo sabías? —Preguntó un tanto desconcertado.

—Porque yo lo deseaba —Eugenia lo miró con fijeza— y porque me he dado cuenta de que tú también.

—En eso no te equivocas —Diego inició una aproximación—, pero no sólo esta tarde; en realidad desde que te vi en el bar he soñado con este momento.

Diego avanzó hacia Eugenia y Eugenia hacia Diego, esta vez de pie, rectos. Diego le acarició la mejilla y Eugenia la acomodó a la presión de la mano. Inmediatamente se buscaron los labios.

No digas que no me ha salido bien el pulpo

Alguien pensará que digo una cosa y la contraria, aunque, si nos tomamos la molestia de ser muy puntillosos, en todo discurso encontraremos elementos contradictorios. Desde luego hemos de tener en cuenta lo mucho que ocultamos, aunque eso no impide que digamos mucho de nosotros —a veces demasiado— con nuestras costumbres, preferencias, reacciones, selecciones, descartes, con lo que comentamos como si fuera una banalidad; y no nos percatamos de que siempre hay alguien con el ojo avizor, con predisposición al cotilleo por simple curiosidad; pero también quien ha sido aleccionado y entrenado para observar, anotar, distinguir los pequeños cambios, los matices; y no digamos las complicidades o coincidencias.

Diego era, lo sigue siendo, un admirador incondicional de Elvira. No sé si han tenido alguna relación, no me consta, tampoco lo he preguntado ni me lo han dicho. Para Diego, Elvira es confidente, confesora, consejera, psiquiatra, de todo ¿Cómo no iba a buscar su complicidad ante un asunto tan poco común? Ellos lo sabían porque se dedican a saber cosas de los demás, a espiar, a vigilar, a controlar. No siempre les sale bien, no cuentan con la sofisticación que se les atribuye, a ellos y a otros de mayor prestigio, al menos la que aparentan o les conceden los novelistas del género, pero no les resultó difícil ganar su confianza y colaboración.

Elvira, perspicaz y lista, como me dijo, obtuvo mucho a cambio de nada. Porque la revista pasó al olvido hasta que alguien habló conmigo y me señaló que aquello no tenía sentido, que la iban a cerrar definitivamente, y que a nosotros —a Diego y a mí— nos integrarían en lo que llamó pomposamente sección de información y propaganda. Se dirigieron a mí porque Freixido ya estaba amortizado —eso dijeron—, que lo indemnizarían debidamente y que volvería a Galicia. Poco le duró el retiro; al poco tiempo murió. Así se produjo el cambio, que Diego aceptó convencido, o informado, de que había una poderosa razón para hacerlo, no necesariamente presupuestaria; además creo que se había acostumbrado a no hacer preguntas, aunque, por lo que veo, mantiene la ilusión de que yo nunca he sabido ni imaginado nada, y yo no me esfuerzo en desmentirlo.

 

Desde luego Fina es una caja de sorpresas, eso debió pensar Diego cuando reapareció precedida de agradables aromas procedentes de la cocina. Depositó sobre el centro de la mesa una fuente de almejas, otra de rape, y una última con pulpo a feira, todo fresco y reciente, y para acompañarlo, una botella fría de albariño, que pasó a Diego para que la abriera.

—Hay otra en la nevera —dijo—; por si no tuviéramos suficiente.

La comida genera camaradería y con ésta vino la confianza.

—¿Cuánto llevas en esto? —preguntó Diego.

—Ah, no, eso no se pregunta. Te voy a decir una cosa: acostúmbrate a no preguntar, no es nada bueno, hazme caso. Pero te voy a contestar. Mucho, mucho tiempo, el suficiente para haber visto de todo, cosas que ni te imaginas. Porque, claro, alguien tiene que quitar la mierda para que no huela. Todos queremos vivir seguros, que nadie nos moleste, ser felices… No tienes ni idea, nadie la tiene, de lo que hay debajo, de lo que hay que hacer para que nadie la pise y la lleve a casa en la suela de los zapatos. Aunque no todos son asuntos escabrosos o inconfesables, que es lo primero que se piensa; no cariño, en general somos de lo más pedestre; desde luego impresiona lo fácil que es traicionar, y no creas que la traición viene por la presión o la amenaza. El motor suele ser la venganza, pero no creas que ésta se genera, digo los deseos, por motivos poderosos; viene de lo más pueril. Y la envidia. Los envidiosos son un filón: cómo nos saben buscar; cómo nos encuentran. Ya ves que te hablo y te doy confianza; pero anda, no le des muchas vueltas, no digas que no me ha salido bien el pulpo.

En la jaula

De cuando en cuando me planteo el porqué de contar estas cosas, y me digo: ‘Por la necesidad de escribir’. Escribo sobre un asunto truculento, no me cabe la menor duda, lejano en el tiempo, obsoleto y caduco, creo. Diría que no tiene otro sentido que el de tratar de conocer mejor a mis amigos; y una constatación: no llegas a conocer plenamente ni a la persona con quien compartes cama, a quien amas con dedicación religiosa. Mira que es ingrata, qué mal me corresponde, piensas. Pero tú también guardas secretos; no los revelas porque te atan tu sentido de la fidelidad y el compromiso, aunque ahora, después de tanto tiempo y tanta dedicación, como bien cuenta Diego —en eso no discrepamos— te hayan tratado como a un trasto inservible y obsoleto del que se prescinde porque supone un gasto y estorba; porque se lo ve incapaz de manejar esos laberintos que reclaman una atención constante, una necesidad imperiosa de responder con celeridad a cualquier chisme u ocurrencia, a las réplicas y a las recontrarréplicas, sin que importen demasiado la precisión y el rigor: el caso es avivar la polémica, o apagarla, según convenga. Puede que sea divertido, pero ese mundo no es para nosotros, ya no le pertenecemos, sólo nos quedan la memoria y la nostalgia. Lo más chusco del caso es que tampoco ellos supieron, no sé si lo supondrían, que yo también fui un infiltrado: interesaba estar en los medios, ver fluir las noticias, sobre todo los rumores, lo que se publica y lo que se sabe; crear opinión. Me introdujo un conspicuo miembro de la organización, entonces, cuando el entusiasmo movía comportamientos y decisiones, cuando todo eran certezas y no te hacías preguntas.

No quedaba, efectivamente, mucho que decir. Fina recuperó su rol de cocinera y desapareció con intención de recuperar los restos del mediodía para la cena.

—No tanto los restos —puntualizó—; bien me he cuidado de dejar algo apartado, sin cocinar, nada de recalentar, no está bueno y sienta mal.

Diego y Eugenia quedaron solos, al menos fuera de la vista de Fina, bastante confuso él y callada ella. Diego se propuso restaurar cuanto antes el puente de confianza que habían construido con el abrazo y el contacto. Eugenia, por su parte, procesaba con rapidez lo hablado, lo que había por delante, que ya lo tenía previsto aunque no había contado con la posibilidad de ser cogida por esta eventualidad tan vieja y tan antigua, eso que con tanta frecuencia se da entre hombres y mujeres. No se quería decir la palabra, prefería pensar en lo que bien pudiera ser un efecto del contacto, de lo imprevisto. Sin embargo no se podía engañar. Al igual que a Diego le ocurriera, desde el día del simulacro lo tenía bien presente. Pensó que no se podía permitir el lujo de dejarse llevar, de perder el control, de mostrarse ante Fina como una jovencita inerme frente a los sentimientos y el deseo.

—¿Cómo supiste que estaba en el bar? —preguntó Diego por decir algo.

—Fácil —contestó Eugenia—. Te estábamos siguiendo, te vigilábamos. Una vez en la jaula, el resto fue coser y cantar.

—¿En la jaula? —Diego preguntó haciéndose el ingenuo.

—Sí, la jaula, el bar. Lo hicimos bien; cómo te lo creíste —apuntaló Eugenia recuperando la sonrisa.

—Ya, entiendo, pero todo eso podía haber quedado en nada si me da por no hacer caso. Imagínate que soy un tío poco curioso, uno que dice: ‘Mira, una pasta, bien me vendrá’.

—Pero si todo era falso —Eugenia rió con ganas.

—Piensa si hubiera tirado la pistola por un desagüe, un pantano; a la basura no porque a las pistolas les da por aparecer —Diego siguió como si no la hubiera oído.

—Sin embargo corriste a casa de Elvira. Con eso contábamos; salió como habíamos previsto.

—Correr a casa de Elvira —Diego pretendía mostrarse escéptico.

—Sí, claro, ¿por qué te extraña? Al fin y al cabo Freixido nos tiene al corriente de vuestras reacciones, de lo que tenéis de previsible.

Un movimiento antiotan

Para coger el hilo basta leer los anteriores capítulos, dispersos a lo largo del blog.

Diego sonrió, se encogió de hombros y dijo:

—A estas alturas, quién sabe. Me ocurre lo que a ti, creo que a todos, también a Blanca, a la Blanca de hoy, que apenas habla de aquello, no porque le traiga malos recuerdos, incluso por ese orgullo inconfesable que acude sin ser llamado cuando alguien cree que ha protagonizado una heroicidad inútil, porque en realidad no quiere sentirse víctima; estoy convencido de que lo que más desea es una reconciliación con los demás y consigo misma. No para borrar el pasado, no hay por qué y además no se puede, sino por ahuyentar los demonios, los que nos llevaron a darnos la espalda durante tantos años. Pero me preguntas qué hubo de venganza y te voy a contestar: si, en efecto, Fina dio en el clavo. No creo que fuera por un especial conocimiento de mi persona: seguro que me siguieron, que se informaron de mí, no cabe duda, pero, ¿qué sabían de mis sentimientos? Los intuirían. Y, bien mirado, había que echar el anzuelo. Tampoco se puede negar que tantos años de servicio por ahí abajo (en las cloacas interpreté) afinan el olfato. Le pregunté a Fina si ella había intervenido en lo de Blanca. Me contestó que no directamente, que estaba en el servicio pero no había tenido nada que ver. ‘Todo cambia, o al menos lo aparenta, pero esto no; aquí nos acomodamos a todo, si no, habría que cerrar el chiringuito, ¿no crees?’. Eso me dijo con su peculiar estilo. Hubo venganza porque supe lo ocurrido; con eso me bastó.

 

—¿Cómo nos vamos a juntar con ellos? —preguntó Diego. El verbo infiltrar se resistía a salir de sus labios.

—No te diré que sea fácil —contestó Fina—, pero ahora se nos presenta una oportunidad extraordinaria. Todo el mundo está pendiente del Gobierno, de que anuncie su posición en cuanto a la entrada en la OTAN, aunque nos consta que ésta será favorable. Además, así se le ha dicho a quien corresponde. Te digo esto y corro el riesgo de que te vayas de la lengua a sabiendas de que te doy una primicia que no lo es tanto porque no sería ninguna novedad y así les consta a quienes les tiene que constar; lo que sabemos con seguridad es que se está fraguando un movimiento antiotan, muy disperso de momento, aunque con grandes posibilidades de crecimiento. Y ahí estáis vosotros: ¿Quién va a sospechar de un antiguo activista y de una joven guapa y entusiasta? Eso sí, una vez dentro, el resto correrá de vuestra cuenta. No os daremos cobertura alguna, eso ya lo sabe Eugenia, ni siquiera actuaréis cuando llegue el momento, incluso puede que caigáis con ellos; ahí tenéis que ser muy mirados para evitar pruebas que os incriminen, o que sean tan circunstanciales que no lleven a ningún sitio. Te digo esto para que no te llames a engaño y sepas lo que te juegas.

A Diego le pareció todo muy razonable, hasta el punto de que se sintió involucrado: se veía como uno de ellos, espiando, conspirando junto a Eugenia, no en contra sino a favor del poder: ‘Claro, en lo que me movía era tan mío, tan íntimo, que en mi fuero interno consideré que era para hacer justicia, al menos la mía, más precisa que la que figura en los códigos; aunque no me la tomara por mi mano, al menos pagarían los culpables. Por lo que pasó Blanca’.

Acabó la conversación cuando Fina entendió que Diego se había comprometido y se podía contar con él. A partir de entonces sólo se vio con Eugenia.

¡Que hable la literatura!

Dejé Twitter, dejé Facebook: no tiene mérito: hay algo en esas redes que me desagrada, que no me compensa. Son adictivas y consumen demasiado tiempo; quieren tu alma y tu cuerpo, tu conciencia y tu estilo; tus gustos y tus palabras. Es cierto que a nada te obligan, pero el algoritmo tiene la paciencia del alfarero: te propone “amigos”, te incluye en “grupos”, te va modelando y, a través de la aceptación, los ‘me gusta’, te suministra la ración de dopamina (el “soma”) precisa para mantener la autoestima. Mejor fuera.

Aunque no es nada fácil escapar al control. Hace unos días estuve en una óptica. Como llevaba el móvil encendido, en los días siguientes he sufrido un bombardeo de publicidad: gafas de todos los modelos. El teléfono cuenta tu vida: dónde estás, qué haces, qué escribes, qué dices ¿Apagar el móvil? ¿Cerrar cuentas? ¿Salir de las redes? ¿Cerrar el blog? ¿Desaparecer? ¿Dejar de ser?

Como el HAL9000 de 2001: Una odisea del espacio, siento la necesidad de apagarme. Leo la prensa, oigo la radio, veo la TV, y siento un enorme abatimiento, una desgana existencial ante tanta estupidez.

Pero siempre nos quedará la literatura. Buena o mala, tiene el efecto salvador de la palabra, y nos cubre con su manto protector.

¡Que sea ella la que hable!

Me tomo un descanso

Uno va asumiendo tareas y acaba despistado, desorganizado y cansado. Me tomo un descanso. Tengo que ordenar escrituras y lecturas, trabajar algunos textos, pasear, mirar, ver cine, dormir la siesta… Todo ello sin agobios. Pero volveré, seguro que no tardando mucho os echo de menos.

Un fuerte abrazo para todos y ¡Hasta la vuelta!

Imagen tomada de Pinterest