En eso consiste

No creas, no lo hice mal del todo —me sigue contando sin contestar a mi pregunta—. Me hubiera quedado. No te puedes imaginar el gusto que le coges al engaño y al disimulo, todo ello para perpetrar una traición, porque, por mucho que se diga, se trata de eso, de ganar confianza. El objetivo tiene que sentirte próximo, como un amigo, para soltar prenda, no por indiscreción sino por cooperación, ganar a uno más para la causa, un cómplice, un compañero, alguien con quien te jugarías la vida. ¿Sabes lo peor? Que no sientes mala conciencia porque acabas convencido de la bondad, por necesaria, de la misión.

—Ya, pero te me escapas, Diego, te me escapas…

—¿Por qué? Te lo estoy contando todo; y no es muy confesable.

—Te me escapas porque no me acabas de decir tus motivaciones reales.

—Es que no es fácil. Ya te he dicho que fue por Blanca, y por mí, ¿acaso no comprendes que nos jodieron la vida?

—Hombre, también me doy cuenta de que ahora estás con Blanca, y Eugenia es… ¿un buen recuerdo?

—Pero, ¿qué más da? —no digo que se pusiera tenso, aunque reaccionó en la dirección que yo quería.

—No sé, no sé si dará lo mismo; eso únicamente lo puedes saber tú —le contesté.

—Digo qué más da porque mis cosas con Eugenia no invalidan mi necesidad de desquite; ella puso en mi mano los medios para tomármelo, al menos eso creí. Lo que pasa es que eres un puñetero puntilloso y ahora te quieres desquitar por el tiempo en que te tuvimos in albis. Ya escribió Flaubert, y veo que tú lo sigues al pie de la letra, algo parecido a esto: ‘La biografía de un amigo hay que escribirla como si fuera una venganza’.

Podía haber dicho touché, pero no quise darle semejante satisfacción. Lo que sí le dije fue que su cita de Flaubert era imprecisa y que además le cambiaba el sentido, la cita literal es: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. Pero Diego no andaba descaminado en sus apreciaciones; no negaré que el despecho se adueñó de mí durante demasiado tiempo; sobre todo sentí, aunque me cuesta reconocerlo, la falta de confianza de Elvira. Por mucho que uno lo niegue, quieres saber vida y milagros de quien duerme contigo, aunque no sea siempre, aunque no conviva. Paul, personaje protagonista de El último tango en París, pretende hacer del piso un islote utópico exento de sentimientos, incluso de lenguaje: allí no existen los nombres. Pero Paul trata de poseer a Jeanne, la protagonista, a toda ella. Y la persigue, quiere saber quién es, se muestra, pregunta, dice su nombre y un retazo biográfico; y camina hacia su propia destrucción, hasta la muerte.

 

No les resultó difícil entrar en contacto con uno de los grupos que por aquellos días se formaban y crecían como hongos, animados por la oportunidad que se les presentaba: culminar una gran movilización contra uno de los bloques militares formados al abrigo de la llamada “Guerra Fría”. Las plataformas antiotan eran un excelente banderín de enganche: los conocimientos, la experiencia y el entusiasmo servían de pasaporte para llegar a tocar los centros de decisión, pero lo que más les importaba era navegar por los meandros y recorridos que les llevaran al objetivo, a situarlo, a conocer sus conexiones y, lo más importante, detectar los contactos que llevaran hasta él: ‘Nosotros informamos’, decía Eugenia. ‘Otros harán lo que tengan que hacer. En eso consiste’.

 

Sobre la imagen: Fotograma de El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972

 

 

 

Anuncios

La fuerza de una pasión

Rene Magritte, La Memoria

»Nos abrasamos. Lo esperado era una relación aparente, una pareja como cualquiera, un chico y una chica que comparten piso, que tienen una relación… Lo que se presupone es confuso e incompleto, algo que casa con individuos solitarios y descomprometidos. No diría que nosotros no lo fuéramos, al menos en mi caso eso pensarían, o fue como me viera Freixido al informar sobre mí. Pero vivimos el presente como un sueño, como un mundo entre paréntesis, sin conciencia del final. Como en un juego, nos metimos en harina como dos niños traviesos para quienes el engaño no tiene consecuencias…

 

Disimular, engañar, no digo traicionar porque exageraría ¿Quién hubiera pensado que alguien que trabaja a tu lado, que toma copas contigo y te habla de su vida; que comparte carpetas, noticias; que te pasa sus escritos para que los supervises y les des el visto bueno, te propone como cosa informal asuntos que le vienen impuestos por no se sabe quién, que lo dicho está ordenado y supervisado por otros, creado con un fin que no sabes? Aquel empeño en comparar a nuestros militares con los de la OTAN, el déficit en cuanto a su formación, el dominio de idiomas y tecnologías, y la idea central: la convivencia con militares demócratas, todo ello razonable pero interesado en aquel contexto, acompañado de datos sobre la obsolescencia de nuestro armamento y de la falta de operatividad de nuestras tropas. Y las filtraciones. Sabes que éstas siempre son interesadas, que las fabrican para ajustar cuentas, manipular información, ideología, estado de ánimo… Pero no se te ocurre pensar ni por asomo que el que está a tu lado y es tu amigo está metido en un juego de espías por vengar a una mujer y estar al lado de otra, aunque, efectivamente, como le dije, Blanca no te culpó, como bien sabes; te asoció, así te lo dijo, con lo peor que le había pasado, un episodio de su vida con el que no contaba porque no valoró el peligro o nadie la advirtió.

Otra vez el juego. La necesaria ignorancia o desprecio del peligro porque en caso contrario nada se haría, o quedaría todo en manos de los más osados, no necesariamente valientes. En cualquier caso, creo, te vengabas por ti mismo, porque en el fondo bien supiste que todo hubiera sido distinto si no la hubieran delatado, entregada como cebo, como el que dice: Si queréis carne, ahí la tenéis, inocente además, que nada os dirá porque nada sabe. Eso hace daño, mucho daño, tanto que la mente se te cierra y además necesitas atribuir la culpa, no importa a quién, tampoco si es o no justo, es algo que va más allá del puro razonamiento. Lo peor es el rechazo. Quizá pensara: ¿Por qué no me lo advirtió? Como si uno tuviera la facultad de saber, proteger, anticiparse.

Diego se esforzó en hacerme creer que únicamente lo movió el afán de justicia. Lo hizo de forma notable; por más que disimulaba no conseguía engañarme, armó un relato en que hizo lo imposible por establecer el equilibrio, como si pretendiera reivindicarse ante Blanca, convencerla de que compartía su dolor y hacía todo lo que estaba en su mano por repararlo. Con su historia demostraba la propensión que tenemos para inventar justificaciones; creo que no se daba cuenta de que al tratar de dignificar la peripecia, dejaba a la intemperie la pasión que lo movía, nada inconfesable por otra parte, tampoco incompatible con su esfuerzo reparador, porque a ciertas alturas de la vida, con poco que hayamos sentido, estamos dispuestos, digo más, prestos, a comprender la fuerza de una pasión. La locura de los brazos, los besos, las miradas; el hambre de comerse el uno al otro.

 

Sobre la imagen:  René Magritte, La Memoria, 1944, colección privada.

En todo caso lo tengo conmigo

Confidencia tras confidencia voy avanzando con el relato. Lo que tuvo un comienzo dubitativo, porque no conviene olvidar que me puse a escribir por despecho, va creciendo conforme me descubren aquello que ignoraba y ni siquiera pude imaginar, lo cual me hace pensar en lo que tiene de verdad lo que me cuentan o será que yo, son tan largas las noches, lo pongo de mi propia cosecha y les atribuyo hechos que están muy lejos de haber vivido, o se los endoso inducidos o deducidos de medias palabras o actitudes ambiguas, que hoy analizo a raíz de lo que me dicen; o bien puede ser que sean asuntos inventados debido a mi propensión a la fábula, que, desde luego, ellos conocen y alimentan. Ya he dicho que todo esto lo cuento por despecho, por la osadía que tuvo Diego al matarme en un relato suyo, por lo demás una soberbia narración en la que habla de una mujer solitaria, ya vieja, golpeada por la violencia que en tiempos pasados sufrió, y también de una tía de Blanca, cuya presencia inunda la vieja casa en la que ahora viven Blanca y Diego, en lo que llaman la Aldea, dentro de un valle fértil y generoso. Todo ello viene porque, es cierto, Elvira y yo los visitamos hace no demasiado tiempo. Arrastraba un catarro pesado y molesto, pero Elvira insistió tanto, y yo me muero por complacerla, que allá fuimos porque no hay nada en el mundo que me impida darle gusto. Pero de ahí, un catarro, a llevarme a morir a Suiza, hay un salto excesivo. Se lo reproché y me dijo que le venía muy bien al relato. Fue cuando me propuse escribir la verdad y en eso estoy, aunque, confieso, ya no me fío de mi imaginación y mi fantasía; tampoco creo que las distinga.

En cuanto a mi relación con Elvira, no tenía pensado entrar en los pormenores de nuestra relación, pero son tan reales los recuerdos, y los sentimientos tan vivos, que no puedo parar la mano ni la pluma. Elvira… Siempre tengo ganas de ella. Pasan los días y se hacen tan largas las ausencias. Venía, dejaba un artículo, un reportaje, y yo en la pecera como expuesto, deseando que entrara. Soportar sus ausencias, algunas largas y lejanas. Hacerme a la idea de haberla perdido sin perderla. Porque ella es así. Se da toda en el instante y pasado el momento la pierdes, hasta que vuelve, siempre vuelve.

 

No les resultó difícil hacer ver al mundo que eran una pareja feliz. Eugenia se instaló en casa de Diego y comenzó a trabajar en una sucursal de la Caja Postal. Le habían elegido un puesto funcionarial con jornada de mañana para que así tuviera la tarde libre y tiempo para comprometerse; además, los trabajos puramente manuales ya no gozaban del prestigio de otros tiempos entre aquellos con quienes se iban a relacionar. Diego, por su parte, no tuvo que hacer nada nuevo, de suyo gozaba de ser una pieza codiciada por estar vinculado al mundo de las publicaciones. Ahora sólo faltaba reaparecer, tomar contacto con los conocidos, penetrar en el meollo de la organización, estar cerca del objetivo. ‘Tenemos que ser auténticos, creíbles’, le dijo Eugenia. ‘Tú ya lo eres, has estado con alguno de ellos. Tienes que abominar de Blanca, criticar su posición; la atacarás por traidora y vendida, ¿no lo crees así?’. Diego le contestó que no, que no pensaba eso de Blanca, que no la mentaría, que no la metería en eso. Eugenia se percató de su pasión e inmadurez: no volvería a mezclar los sentimientos con el trabajo. ‘¿Qué me importa a mí Blanca?’, se dijo. ‘En todo caso lo tengo conmigo’.

Una belleza turbadora

La realidad penetró por la ventana en forma de furiosa luz, traspasó inmisericorde los visillos y los sorprendió como dos seres anfibios, blancos, de luz lechosa. Diego dormía entre los pechos de Eugenia, que parecía amamantarlo.

­—¿Qué hora será? —preguntó ella. Con los dedos acariciaba los cabellos del hombre, y él  se dejaba hacer como si estuviera dormido.

—¿Para qué quieres saberlo? —preguntó Diego con voz impostada de sueño. Aspiró profundamente el aroma del seno de Eugenia.

—Porque me tengo que reportar.

—Reportarte…

—Sí, cariño; llamar a un número, decir que estoy disponible, esperar instrucciones… Reportarme.

—¿Eso lo tendré que hacer yo?

—Claro, pero conmigo; ya te lo dijo Fina: sólo conmigo.

—¿Cómo lo haré?

—Muy fácil. Apenas nos separaremos; seremos pareja, ya sabes; viviremos juntos. Mañana empiezo a trabajar en un lugar donde hay una buena plantilla de mujeres. Me tienen que decir dónde y a quién me tengo que presentar. Después tú en la revista y yo en mi trabajo. Así nos presentaremos, así nos conocerán, eso sabrán de nosotros.

—Entonces…

—Entonces mañana me mudo. Esta noche, después de reportarme, iré a por mis cosas; bueno, dormiré en mi casa y mañana me mudo contigo.

—Ya, seguro que tú no tienes que dar explicaciones, pero, ¿cómo se lo cuento a Freixido, a Elvira, y a Luis Espejo, que está fuera de todo esto.

—A Elvira, ya te he dicho que yo me encargo; Freixido comprenderá; el resto no tiene por qué saberlo; donde tú y yo vayamos no es de su incumbencia… No te preocupes, todo saldrá bien.

Eugenia hablaba como si lo hiciera con un niño. Hablaba y jugaba con los dedos con el cabello de Diego, con el vello del pecho. Y su mano, como un cálido reptil, bajaba distraída a ocuparse de la erección que suscitaron sus caricias. ‘Mmm… que me tengo que ir… que me tengo que ir… que me tengo que ir…’, susurró al tiempo que se montaba a horcajadas sobre el cuerpo de Diego.

 

»Verás como todo sale bien, dijo Eugenia con total convicción. Transmitía una vitalidad envidiable, una seguridad contagiosa.

—Además te habías enamorado de ella —le dije.

—Además me había enamorado de ella. No sé, esto de los sentimientos es muy particular, pero era fácil enamorarse de ella.

—Dirás que a ti no te resulta difícil. Te advierto que es lo mejor que a uno le puede pasar.

»¿Cómo era entonces Eugenia? No era una belleza espléndida la que la adornaba, para ser exacto no se parecía a la modelo que te dije, quizá se diera un aire, pero no, no era eso; la suya era una belleza turbadora: ante ella, no podías sentir indiferencia. No era una mujer guapa en sentido estricto. Lo primero que te llamaba la atención era su pelo, su hermoso pelo: negro, largo, brillante, oloroso. No digo aromático porque su olor no era de esos dulzones; tampoco transmitía la frescura de lo limpio; era algo más denso, penetrante, como el resto de su cuerpo; era un olor primitivo, a hembra, me decía, y le decía a ella: ‘Hueles a hembra’. Y eso la motivaba y la ponía en guardia porque sabía que acto seguido nos íbamos a quebrar, a enredar; y no siempre estábamos en el lugar adecuado. Sus facciones eran incorrectas: los ojos ligeramente separados, ligeramente oblicuos, lobunos; la nariz más bien ancha, aunque no demasiado; los labios no muy abultados, tampoco finos, la boca tirando a grande, los pómulos asiáticos, como los de los mongoles. El cuerpo era algo musculoso, ágil y fuerte, suave y duro como un pez, pero cálido, muy cálido.

Seis meses

Va para seis meses que publiqué en Amazon Las aguas del olvidoNo lo voy a negar: la novela ha cosechado un rotundo fracaso en cuanto a las ventas, pero muy buenas críticas, me consta. A este respecto aprovecho estas líneas para agradecer a Isabel Fernández Bernaldo de Quirós la reseña que publicó en su blog, Apalabrando los días, así como a María, Juan, Lucy, Andrés, Reme, Leonor, Martín, Pilar, César, Carmen, Eduardo, Luchi… los comentarios que animan y confirman esta mi pasión por la escritura.

Ya me referí en estas páginas a la autopublicación y me lamenté y pedí disculpas por el desastre técnico de lo que llamaría ‘Primera versión’. A la tercera va la vencida, se conoce que me dije; y es verdad, la ‘Tercera’ salió muy bien, así que aprendí para posteriores intentos.

En cuanto al contenido, me dicen que cuesta entrar, llegar a lo que es el asunto principal; pero me parece bien: la estructura está pensada, mirada y remirada para que ese sea el resultado, para que la historia se vaya haciendo mediante alusiones y recuerdos hasta entrar en el meollo.

He leído manuales que parecen de autoayuda, consejos, procedimientos, todo ello encaminado a promocionar y vender mejor. Pero ¿qué le vamos a hacer? No hago el menor caso, ni pienso hacerlo: estoy bien así.

Tengo otras tres publicaciones en cola, una de ellas lista para salir, y haré lo mismo: la anunciaré en el blog, llevaré un puñado de ejemplares a mi librero amigo, por si vende alguno; naturalmente, me pondré muy contento cuando pueda tocar el libro, hojearlo, olerlo, mirarlo: al fin y al cabo es mi criatura; y, sobre todo, agradeceré especialmente la atención que puedan prestar los lectores, a quienes me dirijo y con quienes quiero conversar.

Y ellos, sólo ellos

»Sí, es cierto, de buenas a primeras me vi convertido en un espía, un soplón, un policía o vaya usted a saber. ¿Quiénes sois vosotros?, le pregunté a Eugenia. Nosotros somos nosotros ¿Qué más te da?, me contestó. Te has comprometido y no hay vuelta atrás. Y vamos a estar juntos, no creas que suelen consentir esto, pero si el destino nos ha puesto aquí, no le llevemos la contraria. Ahora nos tenemos que dejar ver, mostrarnos como pareja; no hace falta que busquemos casa, nos sirve la tuya, ante todo normalidad. Nos hemos conocido en una exposición, un café, una librería, un baile… donde sea más creíble; nos llevamos viendo un tiempo, mejor corto, vamos a probar a vivir juntos, estamos bien… aunque tampoco hay que pasarse, no hace falta estar a todas horas con tus amigos, es más, sólo cuando sea inevitable, y espero que Elvira sea discreta. Por ella no te preocupes, le dije, pero enseguida lo adivinará. Me dijo que si tenía que saber lo nuestro, que se lo dijera cuanto antes; lo mejor será que venga a casa, yo se lo explico. “Que venga a casa”, dijo. Y yo pensé: ‘No sé lo que es o no conveniente; no sé dónde me estoy metiendo’.

»En realidad no daba crédito a la conversación, me oía, la escuchaba, y lo único que era capaz de comprender, la única certeza, era mi deseo, las ansias de estar con ella. Volvimos a Cuatro Caminos y nos pusimos a callejear como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Pensé que tendría que pasar por la revista, dar señales de vida, hablar contigo. Andando por Santa Engracia le dije que tenía que llamar por teléfono, que tenía que hablar contigo, bueno, con mi jefe, le dije. Pasamos a una cafetería. No creo que te acuerdes, pero te conté una historia bastante peregrina, que había venido un familiar mío, una prima, creo, que tenía que ayudarla con el equipaje y el alojamiento, que venía a trabajar a un hospital; algo de eso te conté. Tómate el día, me dijiste.

—Sí, claro, menudo control ejercía sobre vosotros; quizá lo hicieras para darle sensación de seriedad.

 

Diego andaba con ella, junto a ella, y recordaba los momentos pasados, su cuerpo, a ratos tenso a ratos relajado, sus movimientos felinos y ávidos alternados con aflojamientos dulces. Descanso como preludio de una nueva aceleración, un nuevo acoplamiento. Eso pensaba.

—Vamos a mi casa —dijo de pronto—.

—¿Ahora? —preguntó Eugenia sin mostrar sorpresa.

—Sí, ahora; ahora mismo, ya —contestó Diego y la tomó de la mano haciéndole notar la urgencia, con disimulo y sin atender a los pocos transeúntes.

—Bueno, vamos —Eugenia presionó y se echó a reír— ¿Cogemos un taxi?

Vieron uno libre, paró, y entraron como atropellándose. Diego dio su dirección.

 

»No sé qué pensaría el taxista, pero el calorcillo actuó como caldo de cultivo. Fue ella la más lanzada. Más tarde, hoy, pienso que sus actos no se correspondían con la prudencia exigible a alguien con esos cometidos; o quizá actuaba conforme al papel que le habían asignado. No sé qué pensar, fue todo tan confuso.

 

Habla Diego, apenas calla. Me da material y pie para contar de tan extraña historia hasta los detalles más íntimos, incluso sórdidos, que no sé si contaré o me los callaré.

 

El taxi paró donde le dijo Diego. Bajaron apresuradamente. Pagó él y no esperó el cambio. Entraron a la carrera y subieron a saltos los escalones. Diego abrió la puerta, cogió a Eugenia de la cintura y la llevó al dormitorio. Ella aceptó la urgencia, se acomodó, se sacó la ropa y se ofreció a las ansias del hombre, que metió la cabeza entre las piernas y le cogió el sexo con hambre, con la nariz, con la lengua, con la barbilla. Ella quiso hacer lo mismo, pero estaba tan tenso que le quiso indicar que no, que esperara, que estaba bien así, pero ella no estaba para esperas y lo cogió con la boca, lo que provocó el reventón que él quería demorar. Entonces ella se revolvió como una anguila y lo besó en la boca, fue como darse ellos mismos, su propia naturaleza en su ser más genuino.

Llegados a este punto, ¿qué más se puede abundar? Se acometieron hasta el agotamiento. Perdieron el hambre y el habla, nada les interesaba, sólo ellos. No hubo días anteriores, conversaciones, compromisos. El aire de la habitación era un mar de amor y sexo.

Y ellos, sólo ellos.

Ella no fingía

—Entonces, ¿sólo hablabas tú? —le pregunté sin aparentar demasiada curiosidad.

—Ella también habló; me dijo que comenzaba a sentirse en peligro.

—¿Por qué? ¿Por alguna cuestión propia de su oficio?

—No, ya te he dicho que de eso no hablamos. Me dijo que tenía miedo de enamorarse.

—Enamorarse… ¿De quién, de ti?

—Pues sí, de mí, ¿de quién si no? Y me lo demostró con el tiempo, quiero decir que se había enamorado de mí. Lo malo es que en mi fuero interno, en mi sentir, en mi conciencia, se libró una gran batalla: a la evidencia se oponía la incredulidad; no me podía quitar de la cabeza, y no es para menos, que aquello podía formar parte del montaje.

—¿Montaje? ¿Por qué llegar hasta esos extremos? —quise imponer sentido a su forma de discurrir.

—Eso pensé ¿Por qué iba a fingir con tanto ímpetu? Pero acto seguido aquello se me representaba como una obligación suya, algo que tenía que cumplir, que era una servidumbre del oficio.

—Ya, bueno, pero eso sólo ocurre en las novelas y en las películas, y si te fijas, le ponen algo de sentimiento —le dije con desenfado.

—Pero nosotros lo vivimos con pasión, lo cual le acarreó algún problema serio, según me contó. Pero eso ocurrió más tarde.

 

El aroma del café invadió toda la casa. Fina había vuelto a su ocupación aparente. Dio unos golpes discretos a la puerta y dijo: ‘¡El desayuno! ¡Vamos, que nos tenemos que ir!’

Eugenia y Diego se levantaron, se vistieron con la ropa del día anterior y fueron a la cocina. Fina había hecho una cafetera, calentado leche y preparado una fuente con tostadas: ‘Es lo que hay’, dijo. Los tres se sentaron. El desayuno les vino como un regalo. Fina tomó la palabra:

—Como no creo que te haya dicho nada —la sonrisa no podía ser más elocuente—, te lo digo yo. Esta casa no existe; nunca has estado aquí. Tú y yo no volveremos a vernos; si me cruzo contigo por la calle, no me conoces; sólo tendrás contacto con Eugenia, bueno, ese no lo perderás. Si por casualidad la echas en falta, no hagas nada, no vayas a ningún sitio, no preguntes; ya nos encargamos nosotros. Ahora, recogemos y nos vamos.

Salieron los tres juntos. Un Seat 127 estaba aparcado cerca. Fina abrió la puerta y le dijo a Eugenia que ocupara el asiento de atrás. A Diego le dijo que se sentara delante, a su lado, y se sintió intimidado. Le resultaba difícil conciliar la noche pasada con el papel vigilante que había adquirido Eugenia. ‘Así no me dan la espalda; se cubren, aunque no sea más que por disciplina y costumbre’, pensó.

El automóvil tomó la autovía y enfiló raudo hacia Madrid. Sin preguntar, Fina condujo por Bravo Murillo, giró en Reina Victoria y les dejó ante unos famosos salones situados en los edificios Titanic.

Imagen tomada del blog Palomitas en los ojos

Un olor animal

»Eugenia era… ¿Cómo te diría? Aunque, como es natural, en la descripción que hoy te puedo hacer habrá un sinfín de errores: la memoria traicionera, los rasgos que se van borrando —por motivos obvios no tengo ninguna fotografía—, mi propia visión, mi enamoramiento. Era única; todas lo son. Morena, delgada aunque fuerte, más bien alta, con un aire a la modelo de Moreno de Torres, pero de piel más clara.

 

Empujó a Diego hacia un pasillo, oscuro a esa hora, y lo dirigió hacia una habitación que tenía la puerta entreabierta. Una leve claridad penetraba por la ventana y daba forma a los muebles y a una cama espaciosa. Cerró la puerta y encendió la luz. Por los objetos y pertenencias que había repartidos por la cómoda y las mesillas se concluía que una mujer la ocupaba regularmente.

No se dejaron llevar por un arrebato peliculero. Se sentaron en la cama, se besaron, se echaron en la cama, se siguieron besando y no hicieron nada por contener la exploración de unas manos que, sin premura ni avidez, pero con ganas, levantaron la falda, las de Diego, y tiraron del faldón de la camisa, las de Eugenia. Y las manos encontraron lo que buscaban. Se fueron quitando la ropa y, desnudos, reanudaron el abrazo. Se besaron, se buscaron, se desearon, se acometieron. A Eugenia le quemaban los pezones y a Diego le dolía la tensión. Él tanteó la humedad de sus piernas y ella sintió la dureza de su ansia, hasta que, con la presión de las manos y un beso muy profundo, le pidió que la penetrara. Apenas se habían acoplado cuando estallaron de gozo, locura y placer.

Pero la noche acababa de empezar y nada les metía prisa. Se estudiaron, se conocieron. Enseguida aprendieron a sincronizarse para prolongar los encuentros, hasta que, ahítos de amor, licor y tabaco, cayeron en el sueño.

Les sorprendieron la claridad y el cacharreo de Fina, que ya de mañana, dio por terminada la misión con la satisfacción de haber reclutado a Elvira y Diego sin que apenas hicieran preguntas ni opusieran resistencia.

 

»No te diré porque te mentiría que me desperté sorprendido por el hecho de estar en un lugar desconocido, en una cama extraña y abrazado a una mujer extraña; me ocurrió todo lo contrario. Apenas dormimos. Por ello no hubo ese mirar sorprendido, ese frotarse los ojos, esa mirada asombrada que se afana en reconocerlo todo hasta tomar conciencia de la situación; nada de eso ocurrió; tampoco Eugenia era ya una desconocida después de habernos abrazado toda la noche. Y hablamos; aunque no lo creas, en absoluto sacamos a relucir el tema, me refiero a la encerrona, tampoco nos dedicamos a conocernos en el sentido de saber por qué haces esto, si es interesante o arriesgado, qué estudiaste, de dónde eres, qué esperas de la vida. En realidad hablamos de nosotros mismos en un lenguaje desconocido. No te diría lo que te voy a decir si no fuera porque ha pasado mucho tiempo y quién sabe… Decir estas cosas ya no importa lo mismo que cuando todo está vivo y presente… Le hablé del peso de sus pechos, de la lisura de su vientre, de la curva de sus caderas, de la redondez de sus nalgas, pero junto a todo esto, era su olor el que me enervaba, digo olor porque lo suyo no es aroma, no es nada comparable a los perfumes. No, no era eso, era una mezcla de lluvia con un olor animal que me enloquecía; aún lo recuerdo. Era un fuerte olor a hembra, diría.

 

Se buscaron los labios

»Como comprenderás —Diego parecía dispuesto a contármelo todo de un tirón—, en ese punto me pregunté, ¿pero qué hago yo aquí? ¿Tanto pueden mis ansias de aventura y venganza? Ni que decir tiene que no quería pensar, me negaba a ello, que en el fondo lo que más me importaba, o lo que más quería en ese momento, era que acabara la cena y la conversación para quedarme a solas con Eugenia. Como puedes ver, todo esto me deja ante tus ojos como un ligero de cascos, en el sentido de que no parece que me tome siquiera un tiempo, aunque sea corto, para la reflexión. En mi descargo diré, y eso no se ve del mismo modo ahora con los años, aunque, ya lo sabes, hay tantos que pierden la cabeza, que hacerlo cuando se es joven aún es explicable. Entonces dejé de pensar en la que me estaba metiendo, a esto me ayudó Fina, que una vez acabada la cena, nos dijo que enseguida se retiraría a dormir.

Entre los tres recogieron la mesa. Diego se ofreció a fregar los cacharros; ambas lo dejaron. No hizo nada por mirar en rincones y recovecos porque pensó que allí no podía encontrar nada de interés, además no se le ocurría qué hacer con el hallazgo, una pistola, por ejemplo, en una caja de detergente. No alcanzaba a saber a qué cuerpo u organización pertenecían, aunque supuso que la relación tenía que ver con el entonces llamado CESID: tanto Luisa como Fina y Eugenia no le parecían policías. Temió que lo quisieran enrolar en uno de esos grupos parapoliciales para dedicarlo al trabajo sucio, si bien, ¿qué había de limpio en esos menesteres?

Acabó con la cocina y volvió a la sala en que se desarrollaba la vida social. Lo hizo despacio, aunque no por cautela o sigilo; lo único que sorprendió fue una mirada que le pareció de entendimiento entre las dos mujeres. Fina se marchó definitivamente.

Se quedó a solas con Eugenia y se sintió invadido por un profundo azoramiento, sin palabras ni iniciativa. Lo asaltó el recuerdo del beso, de la aparición de Fina en el momento más importante o justo, según se mire. Podía reanudar la conversación en el punto que la habían dejado, el caso era romper el hielo.

—Dijiste que teníais previsto que fuera con Elvira, pero eso es muy aleatorio: pudo ocurrir o no —Diego pensó que aquéllas no eran precisamente palabras de amor.

-—Cierto —dijo Eugenia—. En todos los casos hay que contar con el azar, pero, es bueno que lo sepas, anticipamos los hechos analizando patrones. Claro, a veces acertamos, a veces no, pero te sorprenderías de la cantidad de ocasiones, a lo mejor hay que decir sucesos, en que damos en el clavo. Por ejemplo, sabía que te quedarías esta noche.

A Diego ya nada lo sorprendía y pensó en las nociones que tenía sobre probabilidad, modelos y patrones, como le había dicho Eugenia.

—¿Por qué lo sabías? —Preguntó un tanto desconcertado.

—Porque yo lo deseaba —Eugenia lo miró con fijeza— y porque me he dado cuenta de que tú también.

—En eso no te equivocas —Diego inició una aproximación—, pero no sólo esta tarde; en realidad desde que te vi en el bar he soñado con este momento.

Diego avanzó hacia Eugenia y Eugenia hacia Diego, esta vez de pie, rectos. Diego le acarició la mejilla y Eugenia la acomodó a la presión de la mano. Inmediatamente se buscaron los labios.

No digas que no me ha salido bien el pulpo

Alguien pensará que digo una cosa y la contraria, aunque, si nos tomamos la molestia de ser muy puntillosos, en todo discurso encontraremos elementos contradictorios. Desde luego hemos de tener en cuenta lo mucho que ocultamos, aunque eso no impide que digamos mucho de nosotros —a veces demasiado— con nuestras costumbres, preferencias, reacciones, selecciones, descartes, con lo que comentamos como si fuera una banalidad; y no nos percatamos de que siempre hay alguien con el ojo avizor, con predisposición al cotilleo por simple curiosidad; pero también quien ha sido aleccionado y entrenado para observar, anotar, distinguir los pequeños cambios, los matices; y no digamos las complicidades o coincidencias.

Diego era, lo sigue siendo, un admirador incondicional de Elvira. No sé si han tenido alguna relación, no me consta, tampoco lo he preguntado ni me lo han dicho. Para Diego, Elvira es confidente, confesora, consejera, psiquiatra, de todo ¿Cómo no iba a buscar su complicidad ante un asunto tan poco común? Ellos lo sabían porque se dedican a saber cosas de los demás, a espiar, a vigilar, a controlar. No siempre les sale bien, no cuentan con la sofisticación que se les atribuye, a ellos y a otros de mayor prestigio, al menos la que aparentan o les conceden los novelistas del género, pero no les resultó difícil ganar su confianza y colaboración.

Elvira, perspicaz y lista, como me dijo, obtuvo mucho a cambio de nada. Porque la revista pasó al olvido hasta que alguien habló conmigo y me señaló que aquello no tenía sentido, que la iban a cerrar definitivamente, y que a nosotros —a Diego y a mí— nos integrarían en lo que llamó pomposamente sección de información y propaganda. Se dirigieron a mí porque Freixido ya estaba amortizado —eso dijeron—, que lo indemnizarían debidamente y que volvería a Galicia. Poco le duró el retiro; al poco tiempo murió. Así se produjo el cambio, que Diego aceptó convencido, o informado, de que había una poderosa razón para hacerlo, no necesariamente presupuestaria; además creo que se había acostumbrado a no hacer preguntas, aunque, por lo que veo, mantiene la ilusión de que yo nunca he sabido ni imaginado nada, y yo no me esfuerzo en desmentirlo.

 

Desde luego Fina es una caja de sorpresas, eso debió pensar Diego cuando reapareció precedida de agradables aromas procedentes de la cocina. Depositó sobre el centro de la mesa una fuente de almejas, otra de rape, y una última con pulpo a feira, todo fresco y reciente, y para acompañarlo, una botella fría de albariño, que pasó a Diego para que la abriera.

—Hay otra en la nevera —dijo—; por si no tuviéramos suficiente.

La comida genera camaradería y con ésta vino la confianza.

—¿Cuánto llevas en esto? —preguntó Diego.

—Ah, no, eso no se pregunta. Te voy a decir una cosa: acostúmbrate a no preguntar, no es nada bueno, hazme caso. Pero te voy a contestar. Mucho, mucho tiempo, el suficiente para haber visto de todo, cosas que ni te imaginas. Porque, claro, alguien tiene que quitar la mierda para que no huela. Todos queremos vivir seguros, que nadie nos moleste, ser felices… No tienes ni idea, nadie la tiene, de lo que hay debajo, de lo que hay que hacer para que nadie la pise y la lleve a casa en la suela de los zapatos. Aunque no todos son asuntos escabrosos o inconfesables, que es lo primero que se piensa; no cariño, en general somos de lo más pedestre; desde luego impresiona lo fácil que es traicionar, y no creas que la traición viene por la presión o la amenaza. El motor suele ser la venganza, pero no creas que ésta se genera, digo los deseos, por motivos poderosos; viene de lo más pueril. Y la envidia. Los envidiosos son un filón: cómo nos saben buscar; cómo nos encuentran. Ya ves que te hablo y te doy confianza; pero anda, no le des muchas vueltas, no digas que no me ha salido bien el pulpo.