Casting

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio del salón flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Se sumergió entre las sábanas como quien se deja llevar por la suave pendiente de una playa. Su dedo de alabastro, con toque mágico, acabó con el último destello de fosforescencia.

Las primeras luces, como las de días anteriores, la sorprendieron en la cama, ovillada y feliz. Sobre la alfombra descansaba, cerrado, como un estuche de nácar, su pequeño ordenador portátil. El sol entraba a borbotones por el amplio ventanal y alargaba la mano para acariciarle la espalda mientras la sábana le vestía de suavidad el resto del cuerpo. Despertó. Siguió el rastro de sedas y encajes hasta llegar a la mesa en la que dos copas contenían restos de champán; una, un ligero toque bermellón en el borde. Canturreando se mojó los labios y a saltitos, como una bailarina, se metió en la ducha. El domingo acababa de comenzar.

Salió de la ducha, dorada, caliente y esponjosa como el pan reciente. El espejo empañado la envolvía en una gasa cuando sintió con la suavidad del algodón y la firmeza del alabastro la mano abierta como un abanico sobre la leve curva de su vientre. Un suspiro profundo como una navaja y seco como un latigazo delató el calambre que la sacudió de la cabeza a los pies. Los ojos le sonreían a través del espejo. Todo es tan confuso, un brumoso sentir empañado y húmedo, la mano como un abanico, los labios como un aleteo, y la presión urgente y nebulosa que, como sueño o fantasía, se adivina en las diminutas perlas condensadas en la bruñida superficie y se siente en los pulsos del corazón agitado. Es entonces cuando el cuerpo se abre como una granada.

Ducha

Con el énfasis del trueno y la intensidad del relámpago llegó el estremecimiento.

Sin prisa, como si tal cosa, volvieron el sonido de la radio del vecino, el voceo del tapicero, el taconeo del piso de arriba y la cascada de una cisterna lejana. Relajada y diáfana, sonrió a la muchacha del espejo y la señaló con el índice de la mano izquierda; su lengua recordó el crujir de las tostadas y su olfato el aroma del café con leche: sentía hambre. Otra vez de puntillas, con pasos de bailarina, cruzó el salón hasta llegar a la bata que, como una bandera, había caído arriada a sus pies la noche anterior.

Ay, la abuela Antonia. El pan, bien torrado, crujiente, tierno y dorado, en rebanadas, ni muy gruesas ni muy finas. Un tomate maduro, pequeño y con mucho zumo, que caiga a chorro sobre el pan. Una anchoa de salazón lavada al grifo para quitarle el salitre. Y aceite virgen, de la almazara. El café, sobre la leche bien caliente ¿Y las salsas? Cada una a su ritmo y con su tiempo, Paciencia, paciencia y amor, decía cuando le preguntaban el secreto.

Pero no tiene ni el pan ni el tomate ni la anchoa ni el aceite ni la lumbre ni la paciencia ni a su abuela. Aun así, con el pan, el aceite, el tomate, el café y la leche del súper, le queda el recuerdo de su amor, que todo lo impregna.

Por la ventana penetra el sol. Esperan las calles.

El sol, como una cascada de oro, se deja caer a borbotones sobre la estancia, Qué desorden, piensa, y recoge las copas y candelabros, la botella, los platos, el mantel, las servilletas y la ropa de la cama. Tararea y se vence de un lado a otro, armónica y ágil. Cuando quiere recordar, todo ha recuperado su orden. Escruta el armario: vestido liviano de crespón salpicado de florecillas, de ágil caída y mejor ajuste, zapatos altos de alegres colores; tenue raya de ojos y de labios, el cutis rosado natural, cabello suelto y al viento. La acera se viste de fiesta con sus andares. El aire lanza una pícara ráfaga y levanta un ala del vestido, que revolotea a su caer ayudado por su mano que lo alisa como si tal cosa. La mirada sonríe alta, y baja los ojos del espectador sorprendido.

Marilyn

El vestido se remecía y garbeaba poniendo rúbrica a sus andares, el vientecillo travieso hizo un garabato con el borde de su falda, y el largo escaparate, poblado de estáticos espectadores, se unió a la fiesta reflejando el travelín de su paseo. Dos manzanas adelante, ante la puerta de un pequeño teatro, había una larga cola de chicas jóvenes y frescas en busca de una escena, una frase, para trabajar en la serie que rompería todos los índices de audiencia. Enfrente, personas de edad, y algunas jóvenes, eran absorbidas por el oscuro frescor de la puerta del templo. Un alegre campaneo llamaba a misa de doce.

Le había dicho que enseñara la tarjeta al señor de la puerta, que así no tendría que esperar. Un hombre joven con camisa y pantalón negros, y cabello recogido en la nuca con una coleta, la miró de arriba abajo con descaro y tomó la tarjeta, sonrió, la recorrió de nuevo y le dijo que pasara, y luego se volvió sonriente y con las manos en alto hacia las que esperaban y elevaban tímidas protestas. Después de una breve espera, se abrió la puerta del patio de butacas y salió una joven, como ella, con los ojos llorosos, Pasa, te acompaño, le dijo la mujer que hacía de recepcionista, y la condujo al escenario, a la vuelta, cuchicheó unas palabras al oído del que sería el director, al menos era el que llevaba la voz cantante, Bien, ya conoces la escena, le dijo; tienes que hacerme sentir que eres una mariposa. Música y luces se adueñaron del escenario.

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Publicado en el blog  El cuento inacabado -hoy cerrado- bajo el seudónimo de madamebovary.

 

 

 

 

 

 

 

Insomnio

Cuando escribo, tengo una forma de saber cuándo estoy inmerso hasta el cuello en el relato. Das vida a unos personajes, los sitúas en una ciudad, en una casa; les atribuyes tipo, facciones, edad, profesión, si la ejercen o hacen otra cosa, o nada destacable; amistades, amores y gustos; incluso manías, que a veces son las tuyas. Pero no basta con eso: estás hasta el cuello cuando no dejas de pensar en ellos, hablas de ellos y hablas con ellos: ya forman parte de tu mundo, ocupan tu espacio y tu dormitorio, incluso se te aparecen en sueños. Hace unos días, en una novela que estoy acabando, un personaje muy entrañable tenía que morir. Mari Carmen, desde que le hablé de esa posibilidad, me ha estado disuadiendo, pero el destino se tenía que cumplir. Cuando leímos la escena, me pareció que se le saltaban las lágrimas; hoy me lo ha confirmado. Yo, por mi parte, la escribí con un nudo en la garganta.

Este domingo, Javier Marías, en su sección La zona fantasma de El País semanal nos anuncia, y para mí es una buena noticia, que ha terminado la escritura de su nueva novela. Por suerte para todos tiene calidad, fama y editor, así que, pronto el libro estará con nosotros.

Escribe Javier Marías:

“He estado más de dos años conviviendo –no a diario, qué más quisiera– con unos personajes nuevos al principio y que al final son más que amistades. Aunque uno no se siente ante la máquina –y son muchas las jornadas en que es imposible hacerlo, por viajes y quehaceres varios–, durante el tiempo de composición lo rondan incesantemente. Uno piensa en ellos con más intensidad que en los seres reales que lo rodean: de éstos no está contando la historia, ni asiste a ella con el mismo grado de cercanía, y desde luego carece de capacidad decisoria sobre sus vidas, como sí la tiene sobre las de sus entes de ficción, por recuperar la vieja fórmula. Así que despedirse de ellos es en cierto sentido un cataclismo personal. “¿Cómo”, se pregunta uno, “ahora he perdido a estos amigos? ¿No tengo que ocuparme más de ellos, no he de conducirlos a diario? ¿Aquí los abandono y me abandonan? Si algunos no han muerto, ¿es que el resto de lo que les ocurra no me interesa?” Sí, me interesa, pero soy consciente de que a los posibles lectores futuros tal vez no; de que estarán a punto de cansarse de seguirlos, o de que las mejores historias son las que no se relatan completas, no de cabo a rabo”.

“Quiero que dejes la Escuela”. Las palabras sonaron irreales. El silencio se hizo largo. La voz de Aitor resonaba en la cabeza de Amelia ¿Qué habrá pasado? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué le pasa conmigo? Se le atraganta la lechuga, se le corta la respiración; quiere hablar pero no puede; es su mirada la que interroga, la que muestra curiosidad y asombro, Sí, bueno, balbucea él, que te veo muy cambiada, ya no te gustan mis cosas; y con los amigos cada día se te ve más a disgusto. No, no, no, nadie ha dicho nada -Aitor eleva el tono-, pero se nota; ya no te juntas con la Nieves ni con la Carol, con lo amigas que erais, ¡y eso no me gusta! Y todo viene desde la escuela, desde que la rusa esa te comió la cabeza. Te vas, te vas, pero yo no voy a dejar de ser como soy. Y encima el Paco ese. Que si Paco dice, que si Paco opina, que si esta película, que si este teatro… Amelia sonríe y parece que el color le vuelve a la cara, el aire a los pulmones y la sangre a la cabeza, que ya no se atraganta, Acabáramos, dice, así que ‘el Paco ese’, ¿no estarás celoso? Amelia ríe con desenfado, pero su mirada es profunda y seria. Mira, mi amor, pienses lo que pienses, no hay nadie en el mundo como tú; con lo que yo te quiero ¡Entérate, no hay ningún Paco; es un profesor y punto!

Acabaron de cenar riendo y diciendo los dichos y las voces que usan los amantes en la intimidad, pasaron la velada cada uno con lo suyo: Amelia con su cine y Aitor con sus redes hasta que llegó la hora de acostarse. Una vez en la cama, por primera vez, Amelia se dejó llevar, sintió que le faltaba entusiasmo. Aitor cogió el sueño, tranquilo porque había dicho lo que pensaba y había oído lo que quería oír. Amelia se acurrucó entre los brazos de su novio y permaneció quieta, pero no conseguía dormir. La velada, hermana del insomnio, se le hizo confusa y larga. A su embarullada cabeza acudían en desorden la Escuela, Aitor, Paco, los amigos, la Nieves y la Carol ¿De dónde habrá sacado lo de Paco?

Amelia no acertaba a comprender el origen de los celos de Aitor, y a esos celos atribuía su malestar y sus quejas. Pero no le había dado motivos. El caso es que en su fuero interno sentía un lejano halago y, en el maremágnum del insomnio, de forma recurrente y en desorden pensaba en las muestras del especial interés que Paco ponía en ella, en las casualidades que lo situaban esperando su salida, en las invitaciones a tomar algo para cambiar impresiones sobre algún tema; en los consejos y la especial atención que le prestaba. Pero no, qué va, donde estuviera su Aitor…, y acto seguido se sentía contrita por el simple hecho de haber sentido placer ante la posibilidad de atraer el amor de dos hombres. Qué loca, vaya tonterías que me vienen a la cabeza; pobre de mi Aitor, y se pegó toda ella al cuerpo dormido. Lentamente se fue abriendo paso la letra y el compás de un famoso bolero.

La musiquilla del despertador se le clavó en el cerebro como una punzada. No sabía si estaba dormida o despierta, pero lo cierto es que estaba pegada a su Aitor, que se desperezó y como siempre le dijo: Arriba, gandula.

Imagen: Kay Sage:  Too Soon for Thunder , 1943. Tomada de Internet

El prendedor

Vamos, dijo, y pagó la cuenta. El portero paró un taxi. En lo alto, las cornisas dibujaban las calles. La luna, llena, se sobreponía a la catarata de luces urbanas. Ella abrió la puerta y accedieron a un vestíbulo pretencioso y recargado. Tomaron el ascensor de la izquierda y se desabotonó el abrigo. No tardó en sorprender la mirada directa al escote. Entraron en el cálido apartamento, Ponte cómodo, le dijo; abrigo y gabardina, junto con el bolso, fueron a parar a un sofá, Whisky, preguntó de manera retórica y llenó dos vasos. Era el vestido en su cuerpo un guante de tafilete.

Cantaba como los ángeles. Por los caminos, villas, plazas y pórticos de iglesias sonaban los nombres de Macabrú y Gaucelm Faidit. El nuevo estilo, tan dulce, difería de los recios cantares que entonaban los juglares procedentes del norte; los nombres referidos al amor, la belleza y la mujer resonaban en esas lenguas tan parecidas a la que utilizaban para entenderse, pero tan diferentes en tonos y músicas, que parecían moverse en busca del mejor decir. Cantaba como los ángeles, y había elegido para sus canciones esa lengua de los confines, tan musical y sonora, como hecha para el amor. Cantigas y endechas escalaban fachadas y empalizadas, y penetraban por las ventanas de la morada más modesta y de la más alta torre. Los corazones de doncellas y dueñas se ensanchaban con música tan dulce.

Tan alto subían las canciones, que acertaron, y detrás el joven, a atravesar visillos y celosías de la cámara de la bella condesa. Días antes, había tendido un puente de miradas cómplices con el trovador, cuando atraída por tan bello canto, salió a pasear por la plaza y el mercado. Así, todas las noches, una cascada dorada, antes ceñida por un prendedor afilado y puntiagudo coronado por una cabeza de león de marfil, se derramaba suelta sobre las blandas sábanas, que apenas cubrían las infatigables acometidas de la pareja.

Tanto va el cántaro a la fuente y no hay nada que hagamos que no acabe por ser sabido, que ese ir y venir llegó a oídos del conde en el instante en que el amaestrado neblí abatía el vuelo inmaculado de una paloma. Y esa misma noche, la luna llena fue testigo del rayo acerado que se abatió sobre el pecho del joven cuando iniciaba el ascenso hacia la dicha.

La luna, tan blanca y tan grande, enmarcó en la ventana la figura del amado. La joven condesa, como siempre, le hizo sitio, pero ese tacto, ese olor… cuando se quiso dar cuenta, el conde aferraba con el dogal de sus manos el delicado cuello de su esposa.

Cuando lo vio, recordó el retrato que le había mostrado la echadora de cartas en una barraca de feria, Mira bien esta cara, míralo bien, algún día lo encontrarás y sabrás lo que tienes que hacer. Toma, y le dio un prendedor con la cabeza de un león de marfil. Y lo vio en aquel bar de hotel. Desde ese momento, como si una extraña mano la llevara, no fue dueña de sus actos.

Lo desnudó con parsimonia y con el sigilo de una serpiente lo metió en la cama. El hombre, enardecido, se abalanzó sobre ella, que lo recibió como el pozo de un oasis. Con dedos expertos, la mujer localizó el quinto espacio intercostal izquierdo del que con tanta fruición la amaba, colocó la punta del prendedor, y asestó una puñalada directa al corazón. El conde aflojó las manos y cayó como un fardo sobre su esposa. La luna vestía de plata la cámara de la condesa.

Publicado anteriormente en el blog, hoy cerrado, Un té con Draupadi, bajo el seudónimo de madamebovary

 

La petición

Una dificultad grande, que el narrador no siempre solventa con éxito, es la de transcribir el habla (o lenguaje coloquial) de sus personajes. Hay quien, en un alarde de autenticidad, trata de reproducir acentos, dialectos, estilos, registros, argots o jergas. A veces depende de la época, así, lo que hoy es marca de prestigio, el uso correcto de la lengua literaria, mañana puede ser desbordado por una mezcla de usos que podríamos denominar con el nombre genérico de ‘populares’: como es sabido, ya hemos pasado por ambas alternativas. En cuanto a la narrativa en español, no tengo más remedio que acudir a dos grandes talentos: Miguel de Cervantes y Benito Pérez Galdós. Una vez más me serviré del Quijote para llamar la atención sobre la habilidad del autor para utilizar diversos registros, en muchos casos de forma paródica, para así penetrar un poco más si cabe en el alma de los personajes: hay que ser muy bueno y muy hábil para mezclar el lenguaje coloquial con el lenguaje literario. Lo que en el teatro o el cine, llevado con mano discreta, puede tener cierta eficacia, en la novela puede ser un desastre, o en el mejor de los casos un intento fallido.

¿Me quiere de verdad? La pregunta apareció de pronto como el fogonazo que ciega cualquier sensación o pensamiento ¿Hay algún motivo, algún indicio? En realidad no, pero, ¿y esa manía de ir al teatro? Como aquella tarde en que se empeñó en ir al Español porque representaban Ricardo III. Poco le interesaba el teatro, aunque reconocía que por lo menos era llamativo el cromatismo de luces y decorados; y los trajes y vestidos de época, tan coloridos e historiados. Sin embargo vio salir y entrar de entre unas cortinas negras a unos personajes que cantaban, declamaban, gesticulaban, y se sentaban, subían y bajaban de grandes baúles que sin ton ni son aparecían en escena; y por si fuera poco, los hombres vestían largos y andrajosos tabardos, monos de trabajo, o ridículas gabardinas; y las mujeres vestidos y trajes que, a ver, quién se vestía así en tiempos de ese rey. Pero así será el teatro de ahora, y si a ella le gusta. Con todas sus fuerzas, intentó mantener la atención, pero no pudo evitar dar alguna cabezada. Bien, dijo, cuando Amelia le preguntó qué le había parecido; y le agradeció que no siguiera con el tema. Por si acaso se anticipó proponiéndole ir a tomar unas cervezas y comer algo antes de volver a casa.

Se sentía incómodo con esas novedades, pero Amelia era su chica y siempre fue más lista que él. No obstante, no le sentó nada bien que la tarde de aquel sábado, cuando estaban en el bar con los amigos, le ofreciera su entrada al Nico porque tenía que estudiar. Le había regalado la camiseta del Atleti, con la que estaba muy guapa, la bufanda para lucirla y extenderla cuando salían los jugadores mientras sonaba el himno, y agitarla después de cada gol. De esa guisa, se reunían con la Peña del barrio para ir todos juntos. Todo esto lo incomodaba, pero tampoco le daba demasiada importancia; tanto las salidas al cine o al teatro como las idas al fútbol culminaban en locas efusiones de amor. Y sin embargo la duda había sembrado la zozobra: algo había que hacer para que todo volviera a estar en su sitio ¿Dónde iban a encontrar mejores amigos? ¿A ver quién podía presumir de haber curado al Juli? Tan pillado por el jaco y ahora lleva una camioneta de reparto. Hubo que aguantarle el mono; para eso están los colegas. Y ahora, con tanto libro y tanto estudio, apenas se junta con los amigos, y me quiere llevar a mí detrás. Habrá que hablar, decirle las cosas, convencerla.

Como todas las noches, Amelia volvió cansada y con ganas de ponerse cómoda. Soltó la mochila y entró al dormitorio a quitarse la ropa. Se refrescaría, se daría una ducha, y se pondría algo ligero para cenar y pasar la velada. Aitor, como de costumbre, andaba por la cocina friendo boquerones y preparando una ensalada. Se sentaron a cenar, cada uno un plato colmado de ensalada y en el centro una buena tanda de boquerones, en una bandeja, sobre un lecho de lechuga. Tenemos que hablar, dijo, sin levantar los ojos del plato. Amelia lo miró expectante. Aitor levantó la vista, irguió la cabeza, carraspeó, y con voz ronca dijo: Quiero que dejes la Escuela.

[Para quien no quiera pinchar en los enlaces, me he servido del fragmento (Segunda Parte, Capítulo XIX) en el que, con motivo de las bodas de Camacho, conversan el bachiller, don Quijote y Sancho, y Don Quijote dice eso de: “Fiscal has de decir —dijo don Quijote—, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda”. En cuanto a Benito Pérez Galdós, he acudido a “MiauEl lenguaje coloquial (humano) en Galdós”, publicado por la recordada Ana María Vigara Tauste en el Nº 5 de la revista digital Especulo, en 1997].

Un viento traicionero

No hay nada tan perturbador para la vida tranquila y apacible, para la marcha sosegada y uniforme, que la aparición de un viento repentino. En El espejo del mar, Joseph Conrad nos habla con admiración y respeto de los vientos del Oeste y del Este. Para él, según su experiencia, vivida o contada, el viento del Oeste es como un rey vikingo, recio, fuerte, tozudo y constante. Tiene la fuerza del elefante y el zarpazo del león. Oscurece un cielo que se deshace en permanente aguacero y sopla sin tregua; pero es previsible. El buen capitán lo recibe de frente, incluso lo aprovecha para ganar velocidad, aun a riesgo de perder parte del velamen. El viento del Este, sin embargo, es torvo y traicionero como un príncipe o un condotiero del Quinientos. El del Oeste es previsible y no engaña. El cielo puede estar negro y soltando aguaceros durante semanas, pero el marinero sabe a qué atenerse; tiene hasta el detalle de avisar su final con un último turbión. Pero el del Este es capaz de dejar a la vista el cielo, el sol y la luna, para luego embestir de forma inesperada y al tiempo soltar un aguacero helado y brutal; el viento del Este puede desarbolar un barco o tenerlo a la deriva; además hay que andar desconfiado porque nunca anuncia su final.

Aitor es un hombre feliz. Joven, guapo, simpático y dinámico. No se le dieron bien los libros: sacó la ESO por los pelos y, por la insistencia de sus padres, se matriculó en un ciclo formativo relacionado con la mecánica del automóvil, sobre todo por tener un título para poder trabajar. Como suele ocurrir, en seguida destacó en las prácticas, aunque las pruebas teóricas las pasaba a duras penas. En cuanto consiguió el título, sin que nadie le dijera nada, corrió a buscar trabajo. No tardó en encontrarlo, y no podía haber un chico más feliz.

Tampoco Amelia disfrutaba con el estudio. Hubiera preferido quedarse con su abuela al cuidado de las vacas y del huerto, pero sus padres se tuvieron que trasladar a Madrid por imperativos de la empresa. Recordaba los veranos en la aldea, en casa de la abuela, asistir a las vacas y a las gallinas, faenar en el huerto. A veces pasaba por casa una de las pocas jóvenes que aún quedaban por allí. La abuela decía que en nada tenían que envidiar a las de la ciudad. Conducían un automóvil por las modernizadas pistas y carreteras, iban a las ciudades próximas y se divertían como la que más. El caso es que por añoranza o melancolía acabó la ESO y no quiso estudiar más. Se colocó en un supermercado, trabajó en una gasolinera, pero no terminó de gustarle, sobre todo después del atraco en el que se vio ante el cañón de una pistola y no acertaba a abrir la caja. Aunque lo peor fue la bronca del patrón, como si pretendiera que se hubiera enfrentado a los ladrones. Fue cuando Irene, su compañera, una chica procedente de Ucrania, espigada, lista, y con estudios de economía, le dijo que tenía amigas que iban a trabajar a las casas. Ante el respingo de Amelia, se echó a reír divertida, no mujer, le dijo, a limpiar por horas, qué te has creído. Dicen que no les va mal, normalmente son personas mayores o muy ocupadas y que ni siquiera están en casa. Te asignan una tarea y nadie te controla, siempre que lo hagas bien. Pero yo, chica, y si fuera tú haría lo mismo, me voy a matricular en clases nocturnas para sacar algo, yo qué sé, secretaria, ejecutiva, algo importante; pero no me convalidan nada y mi embajada no me hace ni caso, así que. otra vez a empezar de cero. Vamos a hacer una cosa: me acompañas y así ves de qué va eso.

Amelia y Aitor hacían botellón junto con otros amigos del barrio. De vez en cuando se enrollaban, como ellos decían, y se perdían por algún parque o descampado. Aunque no lo dijeran, se iban enamorando y siempre deseaban estar juntos. Con el primer sueldo, Aitor le compró al patrón un coche viejo que fue renovando. Con el coche se fueron independizando, y un día, los dos con trabajo, pensaron que podían juntar los sueldos, alquilar un piso y vivir como pareja. Entonces vino la ilusión por la moto. Amelia prefería una de esas de brillos cromados y niquelados y Aitor se inclinaba por una de las que se encabritan en cuanto les metes un poco de gas. Con esa ilusión, los sábados por la noche se juntaban con la peña de amigos para beber cerveza, fumar un poco y hablar de motores. Así iba todo hasta que Amelia decidió matricularse.

No iba bien la mañana. El puñetero se resistía; por más pruebas que le hiciera, la avería no daba la cara. Se lo entregaban al dueño, le decían que no veían nada, y a los dos días volvía, que si los tirones, que si el ruido ese. Pero Aitor no era de los que se lían a cambiar piezas a ver si así acertamos y de paso el cliente se deja un buen dinero; no, Aitor no era de esos, y el patrón se lo consentía porque era su mejor mecánico, así lo reconocía él, que llevaba toda la vida con el olor a grasa. No es que estuviera distraído, aunque, ahora que hacía cuentas, cada sábado le costaba más ir con los amigos, o tenía que ir solo porque Amelia tenía que estudiar, que por qué no iban alguna tarde al teatro, o al cine; y luego ese Paco, que si Paco ha dicho, que si me ha recomendado. El viento cambió de pronto y Aitor sonrió mientras empujaba el carrillo de las herramientas. Sintió el temblor de Amelia como el furtivo del primer día, el calor de su mirada, la turbación que siempre le provocaba. Pero en el fondo no alcanzaba a dar forma al desasosiego que lo había cogido como una tormenta, sentía que no era a Paco a quien había de temer. Entonces, ¿qué era lo que lo traía a mal traer?

Imagen tomada de Internet

Intuiciones

Decimos de alguien que es intuitivo cuando tiene la capacidad de aprehender de forma inmediata cosas o acontecimientos que a otros les cuesta captar. El conocimiento intuitivo es directo e irreflexivo. El comisario Adamsberg, personaje creado por Fred Vargas, establece hipótesis de trabajo en base a intuiciones y corazonadas. A su lado tiene al inspector Danglard, riguroso, metódico, analítico y lógico: Adamsberg y Danglard son dos caras de la misma moneda: la intuición y el rigor se asocian para establecer la verdad de los hechos, o al menos una aproximación razonable.

Cuando Amelia salió de casa, como casi todas las mañanas, cantaban los pájaros, lucía el sol y las campanas de la iglesia daban las ocho. Faltaron a la cita los estorninos, quizá porque extendían sus rumores y sus vuelos por los sembrados próximos. Anduvo con su natural prestancia, por el centro de la acera, hacia la boca del metro. Tomó asiento, sacó el libro de la mochila y se dispuso a reanudar la lectura, pero, a diferencia del día anterior, no consiguió concentrarse. Ese día le tocaba la casa del profesor, que además es un escritor de cierto renombre. El profesor está soltero, tiene unos cuarenta y cinco años, y vive solo aunque a veces cuenta con alguna compañía. Esto lo sabe Amelia en cuanto abre la puerta. Los olores y la disposición de las cosas le dan pistas sobre cuál de las dos mujeres, porque está convencida de que son dos mujeres, ha pasado la noche. No las conoce pero las ha puesto nombre y les ha atribuido una fisionomía a juzgar por el color del carmín en las colillas, la disposición y humedad de las toallas, o los restos de comida existentes en los platos o en el cubo de la basura. Al profesor lo conoció el día de la entrevista y no lo ha vuelto a ver. Tiene las llaves de la casa y sabe lo que hay que hacer. Cada final de mes encuentra en el lugar convenido un sobre con el dinero de su retribución. En alguna ocasión el profesor le deja una nota con una recomendación particular, como aquella, la primera, en que le decía que no hiciera caso de la mesa de trabajo, que ésta tenía su propio orden y le gustaba encontrarla como la había dejado. Naturalmente, siguió sus instrucciones, aunque interpretó que el cenicero abarrotado de colillas, la taza de café y el vaso con restos de whisky no entraban en ese orden y por eso los recoge, además quita las cenizas y las manchas repartidas por encima de la mesa. Hace grandes esfuerzos, pero no puede, por eso no evita curiosear y mirar los libros abiertos, subrayados y con comentarios en los márgenes, los rimeros de hojas manuscritas, supuestamente por sus alumnos, y las hojas y cuadernos en los que hay escritos esbozos de poemas, de narraciones, y borradores que tratan cuestiones diversas, todos ellos plagados de tachaduras con palabras en el borde superior y numerosos comentarios en los márgenes. Un día se lo comentó a Paco y éste la habló sobre el proceso creativo, de obras acabadas y abiertas, de procesos, aunque, cuando bajó a la tierra, le dijo que de eso ya lo tocarían más adelante. Y la ilustró sobre la dificultad de asentar como buena y genuina la edición de una obra de un autor antiguo, sobre todo si éste ha realizado correcciones, o se las han atribuido. Las obras dramáticas, por ejemplo, cuentan además con la dificultad de que los autores, que eran los equivalentes a los empresarios o directores teatrales actuales, compraban la obra al poeta, que así llamaban al que la había escrito, y la modificaban a su gusto. Pero hoy los escritores controlan la obra desde el manuscrito hasta las pruebas de imprenta; algunos editores les hacen sugerencias, pero ellos, los autores, son muy libres de aceptarlas. Eso sí, los hay que dejan a la vista todo lo que hacen: borradores, manuscritos, comentarios, métodos de trabajo, cartas, facturas, todo, y no falta quien esté presto para publicarlas. A este respecto me hizo gracia la observación que hace Umberto Eco, el de El nombre de la Rosa, a propósito de la escritura. En el principio de El péndulo de Foucault, dice que el ordenador es una bendición porque permite hundir en el éter la palabra, el párrafo, el capítulo, que hemos escrito mal y que no queremos que nadie lea, ¿Y tú qué opinas?, le preguntó. Amelia no se sorprendía por estas preguntas por sorpresa porque ya estaba acostumbrada, ¿Yo?… Verás… A mí no me gusta que me vean hacer mi trabajo. Cuando limpio el despacho de don Raimundo, prefiero estar sola; eso sí, luego me gusta que doña Rosa vea lo que he hecho, aunque, claro, no es lo mismo.

Se habían levantado como todos los días, habían repetido el juego de compartir la ducha, Aitor había preparado el desayuno y Amelia, recogido el baño y hecho la cama; habían desayunado deprisa, y Aitor había salido disparado para ayudar a poner todo a punto antes de abrir el taller. Amelia preparó la mochila y salió de casa con las campanadas de las ocho. Como algo borroso, como salida de un sueño, se le presentó la pregunta, Sí, está casado y tiene una hija de diez años, le dijo a Aitor mientras desayunaban, ¿Qué? ¿Quién? Preguntó él como cogido por sorpresa, Paco, anoche me lo preguntaste, ¿o lo habré soñado?, Ah, no, no lo soñaste; pero, bah, a mí qué me importa, Aitor mojó la tostada en el café con leche; bueno, simple curiosidad, sólo eso, se levantó y dejó los cacharros en el fregadero, hasta luego, mi vida, se inclinó y besó los labios con sabor a café de Amelia ¿Por qué no le había dicho que Paco se estaba divorciando? Se preguntó mientras el metro iba pasando estaciones.

La mente tiene extraños mecanismos para establecer asociaciones. Hasta ese momento Amelia no se había fijado en Paco como una mujer puede mirar a un hombre o un hombre a una mujer. Paco era el profesor de Historia, simpático, agradable, amante de su especialidad y aledañas, a quien le gusta prolongar la clase ante una caña de cerveza. En la Escuela se sabía que su matrimonio no iba bien, que estaba esperando a que se resolviera la demanda de divorcio. Eso se sabía, no porque él lo fuera diciendo sino porque esas cosas se saben. Pero esa mañana, en el metro, cuando iba camino de la casa del profesor y escritor notable, Amelia no se concentraba en la lectura. Hasta ese momento no había reparado en las risas furtivas de algunos compañeros de clase cuando sorprendían a Paco en el pasillo, cerca de la puerta de salida, hojeando unos apuntes, un libro abierto, o simplemente haciendo algo con el móvil. Y también esa mañana, en el metro, porque no se concentraba en la lectura, le llegó a la mente, diáfana y deslumbrante la cuestión: ¿Por qué Aitor le había hecho esa pregunta?

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La duda

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Pedro Salinas, La voz a ti debida

Tú nunca puedes dudar, le dice la voz del poeta al objeto de sus palabras. Sin embargo es la duda, o la falta de certeza, el combustible con que se alimenta la que llamaríamos enfáticamente Época Moderna. Don Quijote no duda, sabe quién es, Yo sé quién soy y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino los Doce Pares de Francia, dice; sin embargo, lo confunde el mundo que le rodea. El dorado brillo del yelmo de Mambrino resulta ser una bacía de barbero; los brazos de gigantes, aspas de molino, y el polvo levantado por el paso de un ejército, un rebaño de ovejas. Son los magos y encantadores, que le tienen ojeriza, quienes lo confunden todo, porque la verdad sólo puede ser una, y todo son impedimentos ante la posibilidad de desvelarla. Sin embargo Don Quijote no es un iluso ni un loco sino un hombre de su tiempo, tan confundido como los teólogos y filósofos, que persiguen el ser y la verdad y se topan con simples apariencias porque el mundo se les ha ido de las manos y ha dejado de ser la ciudad de Dios. Sólo son capaces de intuir la existencia, no al pensar, sino al realizar el acto de pensarse a sí mismos.

Pero no es la duda existencial o metafísica la que asalta a Aitor; no, ciertamente, aunque la angustia y desesperación sean las mismas; pero quienes conocemos esta historia sabemos que lo que parecía ser y no era tomó forma en su mente para dejar asentada la duda. Hasta entonces su relación con Amelia había estado libre de sobresaltos. Los días se sucedían con la monotonía de lo previsible. Pensaba en ella, y en ocasiones, como por arte de magia aparecía en el móvil su imagen acompañada de un mensaje que no era otra cosa que la constancia de su amor, expresado mediante consabidas palabras o códigos alusivos a momentos placenteros. Con la noche llegaba la reunión, estar juntos, cenar, para después dedicar un tiempo cada uno a su afición: él con sus coches, motos y fútbol; ella con sus estudios y películas de cine, para culminar anudados con el mismo deseo del primer día, aunque era cierto que le inquietaban las nuevas ocupaciones de Amelia, su repentina afición por los libros, el afán de cursar estudios, la vocación de ejercer una profesión, no porque lo considerara desatención por su parte, tampoco por alguna secreta envidia; en realidad se trataba de una vaga sensación, algo apenas sentido, como un ligero viento frío en la noche apacible.

Al vislumbrar la escena a través del ventanal, el primer impulso fue la huida ¿Qué hago yo aquí? se preguntó, y cogió el camino de vuelta a casa. Nada había visto que le pudiera inquietar, pero había sorprendido una mirada que conocía muy bien porque era similar a la suya, igual que la suya; el segundo, de aparición seca, de toma de posesión, como diciendo: ‘Se ve que está bien contigo, pero esta chica es mía’; y el tercero, de afirmación: yo también soy algo. Además, abrumado por la incertidumbre, recordó lo que había oído decir a su madre: ‘Cuando lo veo tontear con alguna mujer (con el ‘lo’ se refería a su marido), si es sólo conocida me hago amiga suya, y si es amiga me hago más; creo que hasta ahora me ha dado buen resultado’.

Aitor decía que los coches tienen su propia personalidad. Cuando subes a uno, cuando lo pones en marcha, pisas el embrague y metes la velocidad, el coche te habla. Aitor, como buen mecánico, por la disposición del asiento, la dureza o suavidad de los pedales, la entrada de las marchas, las revoluciones a las que la máquina se adaptaba al cambio, la precisión en las curvas, sabía el estado del automóvil y el tipo de conductor; conocía el lenguaje de los ruidos, tirones, paradas y arranques; soy para un coche lo que el médico para una persona; eso le decía a Amelia, que lo escuchaba con los oídos del amor y le decía que hablaba como un poeta, ¿Yo poeta? preguntaba con tono de guasa; no creo que sea capaz de juntar letras para hacer ni un verso, Ya, le decía Amelia, pero no hace falta componer versos para ser poeta, ¿Y eso quién lo dice? Aitor la miraba con ojos alegres, Paco, el de Historia, contestaba ella.

Ese soy yo, vino a decir la tarde en que Amelia reía con Paco y apareció en el bar porque había ido a buscar a su novia con la intención de dar una vuelta y picar algo; para la mayoría un coche es una máquina; para mí tiene su alma y sus secretos. Fue una manera de presentar sus credenciales, de dejar claro que Amelia salía con un chico que merecía la pena.

Después de andar por el barrio, de picar en los bares, regresaron a casa. Hablaron de vaguedades, se dijeron lo que se dicen las parejas cuando están solas con el tono y las palabras con que se comparte la intimidad. Aitor llevaba entre los labios una pregunta a la que no dejaba salir porque escondía otras que se alojaban en su fondo más íntimo. Por primera vez, ante Amelia, eran grandes las reticencias que lo impedían expresarse con libertad, no por temor a la pregunta sino por miedo a la respuesta. Y al fin se decidió. La dejó para el final. Subieron a casa, y como todas las noches, se acostaron y abrazaron con la pasión loca del enamoramiento y los pocos años. Pero esa noche Amelia sintió en Aitor una pasión y apresuramiento desconocidos, como si se dejara la vida. Estaba a punto de dormirse cuando le oyó preguntar, ¿y ese Paco, tiene pareja, tiene mujer, tiene hijos?

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