¡Gracias Claudia!

Nuestra amiga Claudia, desde su blog Espacio de imágenes y palabras, ha tenido la gentileza de distinguir a esta página con el premio Original Blog Post Award. Es un privilegio y un gran honor recibirlo. Muchas gracias, amiga.

Las reglas del “Original Blog Post Award” son:

Hacer público el reconocimiento, mencionando a la persona que se los entregó.

Nominar a 11 ganadores. (Si se tienen más de 11, nominar hasta 22, o 33, siempre en números múltiplos).

Informar a los ganadores.

Escribir una pequeña nota respondiendo la pregunta ¿por qué escribes? o contando algo de tu historia.

¿Por qué escribo? Por necesidad y por placer. Porque me cuesta dejar pasar un día sin escribir, aunque sea un pensamiento, un par de líneas, un párrafo… Porque me siento bien al contar historias, dar vida a mis personajes, hablar de ellos como si fueran de casa, hablar con ellos…, en fin, escribir.

Antes de pasar a las nominaciones, no puedo pasar por alto mencionar a Isabel Fernández Bernaldo de QuirósVeronica Boletta, María G. Vicent y Julie Sopetrán, cuatro excelentes escritoras y poetas imprescindibles.

Y los nominados son:

Momentos de media noche

Los tacones de Victoria

Percepción de mujer

Por el hueco de la escalera

Macalderblog

La otra literatura

Sallytinta

Misecretosdehoy

darecadodemi

La vida en poesía

Comienzo de 0

Ah, y animo a quien tenga habilidad y tiempo a confeccionar un diseño para este bonito premio ¡Gracias!

 

Carrillada de ternera

Amelia entró como un torbellino. Con pasos decididos fue hacia doña Rosa y le estampó dos besos de los que alegran el día: todo era tan igual. Y sin embargo doña Rosa había sorprendido esas ojeras tan hondas, como lo fue su preocupación: nunca la había visto así. Llevó la mochila al cuarto donde se cambiaba, volvió a la cocina y se sentó a la mesa. Doña Rosa no quiso entrar en brusquedades, ya tendría tiempo de verla, observarla, con cualquier pretexto.

Sí, decididamente a esta chica le pasa algo ¿Será mal de amores? ¿Una desavenencia pasajera? A lo mejor un disgustillo de esos que la juventud tanto agranda. Se había afanado para preparar un buen menú: una buena ensalada, croquetas de jamón y gambas al ajillo; y como plato fuerte, carrillada de ternera al chocolate. Amelia se dispuso a prestarle ayuda y la echó de la cocina, Anda, anda, déjame; tú a lo tuyo; si es que me aturullo si hay alguien conmigo.

¿Habrá notado algo? Seguro que sí; menuda facha, le dijo al espejo del lavabo mientras lo limpiaba… Dejar los estudios, ¿por qué? ¿Qué tiene de malo? No, si no pienso dejarlos ¡No pienso dejarlos! Pero él me lo pide; bueno, tanto como pedir… más que un ruego parece una orden. Mira con lo que sale; ahora celoso; vamos, que si alguien me lo dice lo mando bien alto… Bueno, que se preocupe, que sepa lo que valgo. Vuelve a mirarse en el espejo y sorprende una expresión sombría. No, no, qué va, mi Aitor no es como el Artur, ni mucho menos; Hay que ver a la Choni con las gafas de sol… Con lo de siempre, que si se ha caído o se ha dado con una puerta; a ver, qué va a decir. El caso es que llega con el Artur, con las gafas de sol, la chupa de cuero, tan pegada a él, tan cariñosa… Pero a mí no, ni se le ocurra… No, mi Aitor no es de esos; ya se le pasará.

Amelia vierte un buen chorro de lejía con detergente en la taza del inodoro, mira los azulejos, el espejo, los sanitarios, la mampara, el suelo, y les da el visto bueno.

Aquí, en la mesa de la cocina, como si fuera de la familia, ¡cuernos! ¿A quién tengo yo más que a ella? ¿Quién me cuidó cuando la gripe? Y bien atendida que estuve. Porque Gonzalo ni se enteró; cuando me quiso llamar ya estaba mejor y, ¿para qué preocuparle? Está tan lejos… Se hará maestra, y entonces… entonces me quedaré sola del todo, con el cariño que la tengo… ¿Qué le habrá pasado?

Enrique, el carnicero, la deshuesó y limpió, ¿La hago filetes o la troceo? le preguntó y ella le dijo que no, que no pierda el jugo, le dijo. Luego, ya en la cocina, en la olla exprés depositó la carrillada entera, un par de hojas de laurel, una cebolla troceada en cuartos, un pimiento seco, dos o tres dientes de ajo, unos granos de pimienta negra, y añadió agua y un puñado de sal, todo en frío. Cerró la olla y la puso a fuego vivo hasta subir la presión; bajó el fuego a la mitad y la dejó cocer durante media hora. Después, sacó la carne de la olla y la colocó en una fuente. Así hasta el día siguiente.

Doña Rosa trocea la carne y la deposita en una cacerola; aparte, en una sartén sofríe media cebolla picada y tres o cuatro dientes de ajo; luego, añade una cucharadita pequeña de maicena y medio cubito de caldo de carne, Ay, Dios mío, ¿le gustará? Estoy perdiendo la mano, no sé… Ve dorado el sofrito y añade el vaso de vino tinto que había dispuesto; lo mezcla todo, aparta la sartén del fuego y añade el chocolate que previamente ha deshecho en un vaso con el caldo de la carne. Todo lo pasa por la batidora y prueba la salsa. No está nada segura; tiene el mismo miedo de la primera vez, cuando se la hizo a Raimundo y a su madre. Había aprendido con Rosario, la cocinera, ¿por qué nunca conseguiré el gusto que ella le daba? Vierte la salsa en la carne y pone la cacerola en el fuego; antes, espolvorea un poquito de pimienta blanca. A fuego lento y moviendo la cacerola de vez en cuando, está  muy atenta a que la salsa merme hasta encontrar el punto.

Gloria Ravel en la playa

Y los focos, los focos te cegaban y te daban mucho calor; casi no podía ver al público, pero sentía muy cerca su aliento; había un silencio casi religioso. La orquesta y yo nos acoplábamos a la perfección como si fuéramos una pareja de baile: Bermúdez era un gran músico y le gustaba mucho mi ritmo y el calor de mi voz. Así abrázame mi amor / lo mismo que la yedra ¿Recuerdas esa canción? Siempre la cantaba. Tenía un repertorio muy amplio, no te vayas a creer, pero La Yedra era mi favorita. Y los aplausos, el cariño del público, el escenario repleto de flores; y los ramos en el camerino con sus tarjetas cargadas de insinuaciones ¡Otra vez fumando! Pero hija, si lo acabas de tirar y ya enciendes otro. Como te decía, hubo un tiempo en que tenía Madrid a mis pies. No era bonita pero sí vistosa, lo que más gustaba era mi porte; siempre he tenido buena estatura, el cabello rubio, liso; había que verme con mis vestidos largos y ajustados; verdes, casi siempre verdes, en todos los tonos, bien escotados por delante; y como siempre he estado proporcionada, no resultaba exagerada, no como esas vedettes, tan bastas; y algunas tan ordinarias, cantando canciones soeces, meneando el culo y provocando a los hombres. Yo no, yo era cantante y hacía respetar mi arte; y los guantes largos como Rita Haiworth en Gilda. Antoñito Gilabert, tan guapo y tan fino anunciaba mi actuación: ‘Y ahora damas y caballeros, distinguido público, tengo el placer de presentarles a la estrella de nuestro espectáculo, la elegante, la gentil, la sin par, ¡Gloooria Raveel!’. Me gustaba Antoñito Gilabert, pero hija no había manera de conquistarlo. Tenía afición por los jovencitos y, para qué negarlo, alguno compartí con él. Pero era muy ce­loso; y eso es un peligro, así que me retiraba antes de llegar a mayores. Que no mujer, que eso es mañana. Mañana a la una y media te recojo sin falta; no se te olvide. Bueno, pues como te decía, salimos de gira un verano para presentar en provincias parte del espectáculo, unos bolos que se llama. Nos contrataban para las ferias y ya sabes, la gente va un poquito lanzada, pero yo siempre me he hecho respetar. Una vez, en un teatro de una ciudad cercana a Madrid, me planté y hasta que no echaron a un tío gamberro no seguí cantando; a las demás podrán jalearlas; a mí no. Me dijo Miguel Iranzo, el director, que luciera un poco las piernas, que eso les gustaba a los provincianos; y se me ocurrió ponerme un conjunto de baile negro con incrustaciones verdes que ha­cía juego con una falda capa que me quitaba durante la actuación. Cantaba con picardía, y bailando me quitaba la falda, eso que ahora hace la Norma Duval, pero, mira por donde, un tío desde el patio de butacas se pone a gritar: tía buena y otras cosas. Así que me paré, hice callar a la orquesta y dije que no continuaba mientras no se llevaran a ese gamberro. Oye, el público rompió en aplausos y gritaban ¡Fuera, fuera, a la calle! Hasta que dos acomodadores lo sacaron de allí. Estaría bueno. Luego, Iranzo me dijo que no se me volviera a ocurrir, que había tenido mucha suerte, que si al público le da por otro lado no sabía qué hubiera podido pasar. Así que, ¿sabes qué hice? pues rompí el contrato y me fui a Madrid. A mí me iba a venir con esas; ni Iranzo ni narices. Anda, vamos a darnos un baño que son ya casi las once y me tengo que ir. Sí, hija sí, tengo mucho que hacer ¿Quién saca a hacer pipí a la perra? Además, hace mucho calor y este sol no es bueno. Pero, ¿otro cigarrillo? Mujer, que eso te puede perjudicar. Ya lo sé, ya sé que tu marido te dijo que fumaras cuanto te viniera en gana. El pobre, ya, ya lo sé. Y no había fumado en su vida. Una no sabe; pero de todos modos no te beneficia, fumas demasiado. Que ya no tienes otro placer. Ni yo, ¿qué te crees? Tú eras feliz con tu marido… No, yo no; el mío era un bestia. Pero mira, si no hubiera sido tan malo, yo no habría sido cantante. Menudo era, un Otelo, me tenía siempre encerrada; y un roñoso. No me invitaba ni al cine. Y yo trabajando como una negra para que luego, cuando venía por la noche de jugar la partida, se echara encima de mí… con ese aliento. Eso con veintitantos años… Tú qué sabes. Y encima estaba enredado con otra del pueblo de al lado. No sé qué le vería. Y encima, para fastidiarme, me decían algunas con retintín: ‘hija, no sé qué le dará; porque lo que es valer, vales tú mucho más’. Y cada día se prolongaban más las ausencias, cada día se preocupaba menos de mí. Muchas noches no iba ni a dormir a casa. Hasta que me largué con Manolito Sánchez; eso sí que no se lo esperaba: él me la pegaba pero yo lo dejé plantado. Y así empezó mi carrera. Manolito Sánchez, ¿nunca te he hablado de él? Manolito Sánchez vivía en Madrid y venía al pueblo todos los veranos. Era muy, pero que muy guapo; además siempre iba muy elegante, ni antiguo ni moderno, eso, elegante. La verdad es que a todas nos atraía un poco, bueno, a decir verdad, a algunas nos fascinaba. Sus modales, su conversación… Se veía a la legua que era un hombre de mundo. Murió de mala manera, pobrecito mío. Ya nos habíamos dejado: era un poco inconstante y yo lo sabía. Las faldas lo perdieron. Pero él me introdujo en el mundo del espectáculo y yo triunfé; y me libré del bestia de mi marido. Como te decía, mi marido siempre me tenía encerrada, pero al final se descuidó. Ya casi vivía siempre con la otra, entonces yo, en vez de amilanarme y llorar como una tonta, empecé a salir. Me iba a la ciudad, al cine, yo sola; y hasta me atreví a ir alguna noche a la sala de fiestas. Quería ver el mundo, los artistas, las cantantes, tan elegantes, tan guapas, con aquellos peinados altos. Oye, yo ensayaba en mi casa delante de un espejo; como siempre estaba sola. Pero cerraba la puerta de la calle, no fuera a venir alguna visita inoportuna. Pues como te decía, me ponía delante del espejo, unas veces envuelta en una colcha, lu­ciendo los hombros; otras me ponía un vestido al que quité las mangas y abrí un poco el escote; otras veces, me da vergüenza decirlo, pero qué más da, bailaba vestida sólo con la ropa interior. Me maquillaba, me pintaba bien pintada, y bailaba. En ocasiones me sentía querida por el público, porque yo tenía mi público, el humo del tabaco y los aplausos, el éxito. Soñaba y soñaba… Ahora soy muy realista, qué quieres que le haga; pero de joven…

            El mar es de un azul cristalino y una leve brisa refresca los cuerpos. Pe­queñas gaviotas juegan con los picos de las olas.

            Claro que si no llega a ser por Manolito Sánchez no salgo del pueblo. Me lo puso tan fácil. Al principio de aquel verano estuve algo deprimida; aquel tío ya ni pasaba por casa. Aparecía cuando menos lo esperaba y me daba algún dinero. ‘Toma, me decía, que nadie diga que te falta’. ¿Que si le pedía explicaciones? No hija, no. Jamás oyó de mí la menor queja. Estaría bueno. Verás. Iba algunas noches a la sala de fiestas y pedía una mesa alejada de la pista de baile, discreta, donde fuera difícil que me viera nadie. Pero Manolito debió verme entrar, el caso es que cuando quise recordar lo tenía delante pidiendo permiso para sentarse y para invitarme a una copa. Si te tengo que decir la verdad, diré que no me desagradó en absoluto verme de pronto a solas con Ma­nolito Sánchez en aquel local; al contrario, me puse muy contenta y, sorprendida conmigo misma, me puse a coquetear con él. Ni que decir tiene que le dije que sí. Pidió champan. Dijo, ‘esto hay que celebrarlo’ ‘¿Pero por qué?’ le pregunté. Entonces me dijo no sé qué de las venturas que reservan los dioses a los más afortunados y una serie de cosas muy graciosas y que eran muy suyas. El caso es que pasamos la noche en su hotel y al día siguiente, de madrugada, fuimos a mi casa, recogí lo imprescindible y me fui con él a Madrid.

Publicado en la revista Hermes en el invierno de 1999

Imagen: Playa con gente paseando y barcos. Vincent van Gogh. 1882. Tomada de Internet

CONSOLACIÓN, 1907 Óleo sobre lienzo. Evard

El café de la tarde

Arriba, gandula, dijo Aitor, y saltó de la cama. Amelia se levantó inusualmente despacio y cuando quiso recordar le llegó desde la ducha el canto de su novio. Con menos viveza que de costumbre, se sentó en el inodoro y cerró los ojos. Del inodoro pasó a la ducha, tomó el frasco de gel y se puso a lavarle la espalda, sin embargo no bromeó cuando vio la excitación consecuencia del jugueteo. Solía decir con voz impostada y sorpresa fingida, No, estas no son horas, aunque en ocasiones se apretaba a él. Pero esa mañana no bromeó sino que lo enjuagó con suavidad y le dio un golpecito de cadera como si le dijera, ‘Anda sal, déjame sola’. Desayunaron en silencio, acabó Aitor, salió corriendo, no sin antes decir desde la puerta, Ah, no lo olvides, va en serio lo de la Escuela.

Los pájaros saludaban a la mañana con estrépito, las campanas daban las ocho; el sol la recibió en el portal y la acompañó hasta la boca del metro.

Sacó el libro de la mochila y lo abrió por la página señalada:

“Las lágrimas corrieron por sus mejillas.
Se trataba de caramelos; estaban anunciando caramelos, le dijo a Rezia un ama de cría. Juntas empezaron a deletrear: c…a…r ..
-K … R… —dijo el ama y Septimus la oyó decir «ca erre» junto a su oído, profunda, suavemente, como un órgano suave pero con un tinte de aspereza en la voz, como la de una cigarra”.

Pero lo volvió a cerrar porque nuevamente se sintió perdida. Salió del metro, anduvo y cruzó calles, abrió la puerta y subió las escaleras hasta el Cuarto; el ascensor lucía el eterno cartel de ‘No funciona’.

Al salir de casa, a doña Rosa le asaltó un titubeo: subir paseando por Fuencarral o coger el metro. Tenía tiempo de sobra porque, con el buen tiempo, siempre contaba con la primera opción; acceder por San Onofre, cruzar a la otra acera y mirar escaparates hasta llegar a la puerta del Hospicio, cruzar Barceló y concluir en la Glorieta de Bilbao para acabar recalando en el Comercial, Lo van a cerrar, se rumorea por las mesas. Preguntan a los camareros, pero éstos guardan un silencio discreto. Optó por el paseo y, como casi siempre, pensó en las transformaciones vividas: la joyería de la esquina, la tienda de discos, El Encanto, Mazón… Puntual, siempre puntual, saludando con la sonrisa, la mirada o una leve inclinación de cabeza, pasó a ocupar la mesa que a esa hora y por consenso tácito estaba ocupada por su grupo de amigas; era la de enfrente, según se entraba al salón, bajo los grandes espejos y cerca de los amplios ventanales. Siempre que entra, doña Rosa conserva la imagen del cómico alto, delgado, con gafas metálicas, el traje claro; en la mano, el vaso alto de whisky con hielo; y la joven que, medio escondida, ocupa la mesa adosada a una de las columnas; sobre la mesa, una cantidad ingente de folios escritos y en blanco, y ella, la joven, escribe sin parar. Tampoco olvidaba las veladas de antes, cuando vivía Raimundo, sobre todo porque, a pesar de no ser hombre de grandes salidas, allí se sentía cómodo junto a los colegas y alumnos con los que hacían tertulia.

A Consuelito Revuelta se la veía feliz. El brillo de los ojos y el color de la cara contrastaban con el coqueto descuido indumentario alejado del envarado atildamiento con que hasta no hace mucho se mostraba; desde luego, estaban a la vista los cambios que en Consuelito había operado el amor. Las amigas, ávidas de escuchar el relato con los pormenores de tan notable aventura, fueron obsequiadas con un relato corto y parco en detalles. El enamorado en cuestión era un retirado residente en Galicia que venía a Madrid con alguna frecuencia a casa de su hija. Pasaba unos días, iba al Retiro con los nietos, y aprovechaba para ver alguna exposición y representación teatral. Fue precisamente en una exposición donde se conocieron, una de las temporales del Thyssen, la de Munch titulada Arquetipos. Era una mañana de invierno fría y lluviosa.

Doña Rosa se despidió de sus amigas y se iba a dirigir al metro cuando cambió de idea, hacía una tarde tan espléndida. Cruzó a la otra acera y bajó hacia su casa paseando. Cómo cambian los tiempos, se dijo, mira que esta Consuelito con un amante… hace bien. Pasó ante el moderno Mercado de San Ildefonso y se preguntó qué comida le podía gustar a Amelia; yo creo que le gusta todo, se contestó, no parece melindrosa, le voy ha preparar una carrillada de ternera que se va a chupar los dedos, ¿y el vino, le gustará el vino? Porque un poquito no hace daño.

Abrió la puerta con su llave y se intensificó el aroma del café que ya se apreciaba en la escalera. Sorprendió a doña Rosa atareada en la cocina, Venga, hija, suelta la mochila y siéntate, le dijo. Qué le pasará a esta niña, se preguntó, menudas ojeras.

El lector, avispado y atento, apreciará algunos desajustes cronológicos por lo cual pido disculpas, pero así me cuadra mejor el relato. Gracias.

Y mirando por ahí leo que El Comercial ha reabierto sus puertas, dicen que remozado. No he tenido ocasión de ir; “(…) mantiene el latido de su corazón”, dice alguien que trabajó allí.

Imagen:  Consolación, 1907 Óleo sobre lienzo. Edvard Munch, Museo de Munch

Dietario. Para Isabel

Son niños.

Conjugan la realidad con sueños.

El autobús se me ha antojado enorme. Del interior salía con su vocecita de cascabel una hilera de niños. Serían de infantil, no más de seis años. Los maestros, atentos, los encaminaban del vehículo al parque. Ellos, los niños, cada uno agarradito a la cintura o la espalda del precedente, cada uno con su mochilita a la espalda, con su bocadillo, quizá una pieza de fruta, una botella de agua, un refresco, un zumo, un yogur líquido; todos coreaban las mismas frases, y sus voces han sorprendido, detenido y alegrado mi marcha. Se harán mayores, pero hoy son niños, con los sueños intactos.

El sol, naciente.

Donde la mar se orilla,

Sólo mis huellas.

Caminando por ese milagro de bosque me ha asaltado el perfume desconocido y agridulce de todas las primaveras. No sé de dónde viene, entre arbustos, pinos, palmeras, pitas, dientes de león; no sé de dónde viene pero siempre sale a mi paso, en primavera. Y el mar. Encrespado, pero con ritmo de latido, tan crecido y ávido de playa: La mer, la mer, toujours recommencée.

Hemos acabado los trabajos. Es gratificante terminar y ver el resultado, placer que siente el artista con su creación y el artesano con su réplica. Y le pido a Mari Carmen que haga un poco de Sofía y piense en una receta para doña Rosa, para que vaya con ilusión al mercado y elija las viandas para componer el suculento guiso con que obsequiar a la joven fuerte y guapa que hemos dejado en el metro, disgustada y confusa.

“Malos tiempos para la lírica”, cantaban los de Golpes Bajos al principio de los Ochenta ¿Qué diríamos hoy? Sin embargo la voz poética no se extingue porque siempre habrá quien vea con sus ojos lo que otros sueñan. Vuelvo a este mundo de Internet y encuentro poesía y poetas por los cuatro costados. Voces y estilos para todos los gustos, poesía con la ilusión y la torpeza de los primeros tanteos y poesía con la densidad y elaboración propias de las que se mueven como pez en el agua. Y me permito señalar el día de hoy como el de la consagración de una autora de la que bien se puede decir que, parafraseando a Octavio Paz, hace de sus poemas “creación, poesía erguida”. Dentro de un rato, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós presenta Las farolas caminan la calle, su tercer poemario, donde la poesía vuela como la cometa, sujeta al rigor de su mano, y alta y libre como el águila imperial. Es una poesía aparentemente sencilla, sin abalorios, condensada y liviana, en la que las palabras no suenan con el trompeteo de la gran orquesta sino con el tiento y el compás del conjunto de cámara. Si en algún sitio, en algún olimpo, existe una escala de poetas, Isabel, por méritos propios, se ha situado en un lugar prominente, con esta poesía madura y libre. Qué placer para el sentir y para el decir sintiendo; gran día para la lírica.

El del comienzo es un fragmento del poema Son niños, y el que le sigue un poema sin título, ambos de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós, pertenecientes a su poemario Las farolas caminan la calle.

La fotografía es de Charly Senally la he tomado de Internet

Casting

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio del salón flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Se sumergió entre las sábanas como quien se deja llevar por la suave pendiente de una playa. Su dedo de alabastro, con toque mágico, acabó con el último destello de fosforescencia.

Las primeras luces, como las de días anteriores, la sorprendieron en la cama, ovillada y feliz. Sobre la alfombra descansaba, cerrado, como un estuche de nácar, su pequeño ordenador portátil. El sol entraba a borbotones por el amplio ventanal y alargaba la mano para acariciarle la espalda mientras la sábana le vestía de suavidad el resto del cuerpo. Despertó. Siguió el rastro de sedas y encajes hasta llegar a la mesa en la que dos copas contenían restos de champán; una, un ligero toque bermellón en el borde. Canturreando se mojó los labios y a saltitos, como una bailarina, se metió en la ducha. El domingo acababa de comenzar.

Salió de la ducha, dorada, caliente y esponjosa como el pan reciente. El espejo empañado la envolvía en una gasa cuando sintió con la suavidad del algodón y la firmeza del alabastro la mano abierta como un abanico sobre la leve curva de su vientre. Un suspiro profundo como una navaja y seco como un latigazo delató el calambre que la sacudió de la cabeza a los pies. Los ojos le sonreían a través del espejo. Todo es tan confuso, un brumoso sentir empañado y húmedo, la mano como un abanico, los labios como un aleteo, y la presión urgente y nebulosa que, como sueño o fantasía, se adivina en las diminutas perlas condensadas en la bruñida superficie y se siente en los pulsos del corazón agitado. Es entonces cuando el cuerpo se abre como una granada.

Ducha

Con el énfasis del trueno y la intensidad del relámpago llegó el estremecimiento.

Sin prisa, como si tal cosa, volvieron el sonido de la radio del vecino, el voceo del tapicero, el taconeo del piso de arriba y la cascada de una cisterna lejana. Relajada y diáfana, sonrió a la muchacha del espejo y la señaló con el índice de la mano izquierda; su lengua recordó el crujir de las tostadas y su olfato el aroma del café con leche: sentía hambre. Otra vez de puntillas, con pasos de bailarina, cruzó el salón hasta llegar a la bata que, como una bandera, había caído arriada a sus pies la noche anterior.

Ay, la abuela Antonia. El pan, bien torrado, crujiente, tierno y dorado, en rebanadas, ni muy gruesas ni muy finas. Un tomate maduro, pequeño y con mucho zumo, que caiga a chorro sobre el pan. Una anchoa de salazón lavada al grifo para quitarle el salitre. Y aceite virgen, de la almazara. El café, sobre la leche bien caliente ¿Y las salsas? Cada una a su ritmo y con su tiempo, Paciencia, paciencia y amor, decía cuando le preguntaban el secreto.

Pero no tiene ni el pan ni el tomate ni la anchoa ni el aceite ni la lumbre ni la paciencia ni a su abuela. Aun así, con el pan, el aceite, el tomate, el café y la leche del súper, le queda el recuerdo de su amor, que todo lo impregna.

Por la ventana penetra el sol. Esperan las calles.

El sol, como una cascada de oro, se deja caer a borbotones sobre la estancia, Qué desorden, piensa, y recoge las copas y candelabros, la botella, los platos, el mantel, las servilletas y la ropa de la cama. Tararea y se vence de un lado a otro, armónica y ágil. Cuando quiere recordar, todo ha recuperado su orden. Escruta el armario: vestido liviano de crespón salpicado de florecillas, de ágil caída y mejor ajuste, zapatos altos de alegres colores; tenue raya de ojos y de labios, el cutis rosado natural, cabello suelto y al viento. La acera se viste de fiesta con sus andares. El aire lanza una pícara ráfaga y levanta un ala del vestido, que revolotea a su caer ayudado por su mano que lo alisa como si tal cosa. La mirada sonríe alta, y baja los ojos del espectador sorprendido.

Marilyn

El vestido se remecía y garbeaba poniendo rúbrica a sus andares, el vientecillo travieso hizo un garabato con el borde de su falda, y el largo escaparate, poblado de estáticos espectadores, se unió a la fiesta reflejando el travelín de su paseo. Dos manzanas adelante, ante la puerta de un pequeño teatro, había una larga cola de chicas jóvenes y frescas en busca de una escena, una frase, para trabajar en la serie que rompería todos los índices de audiencia. Enfrente, personas de edad, y algunas jóvenes, eran absorbidas por el oscuro frescor de la puerta del templo. Un alegre campaneo llamaba a misa de doce.

Le había dicho que enseñara la tarjeta al señor de la puerta, que así no tendría que esperar. Un hombre joven con camisa y pantalón negros, y cabello recogido en la nuca con una coleta, la miró de arriba abajo con descaro y tomó la tarjeta, sonrió, la recorrió de nuevo y le dijo que pasara, y luego se volvió sonriente y con las manos en alto hacia las que esperaban y elevaban tímidas protestas. Después de una breve espera, se abrió la puerta del patio de butacas y salió una joven, como ella, con los ojos llorosos, Pasa, te acompaño, le dijo la mujer que hacía de recepcionista, y la condujo al escenario, a la vuelta, cuchicheó unas palabras al oído del que sería el director, al menos era el que llevaba la voz cantante, Bien, ya conoces la escena, le dijo; tienes que hacerme sentir que eres una mariposa. Música y luces se adueñaron del escenario.

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Publicado en el blog  El cuento inacabado -hoy cerrado- bajo el seudónimo de madamebovary.

 

 

 

 

 

 

 

Insomnio

Cuando escribo, tengo una forma de saber cuándo estoy inmerso hasta el cuello en el relato. Das vida a unos personajes, los sitúas en una ciudad, en una casa; les atribuyes tipo, facciones, edad, profesión, si la ejercen o hacen otra cosa, o nada destacable; amistades, amores y gustos; incluso manías, que a veces son las tuyas. Pero no basta con eso: estás hasta el cuello cuando no dejas de pensar en ellos, hablas de ellos y hablas con ellos: ya forman parte de tu mundo, ocupan tu espacio y tu dormitorio, incluso se te aparecen en sueños. Hace unos días, en una novela que estoy acabando, un personaje muy entrañable tenía que morir. Mari Carmen, desde que le hablé de esa posibilidad, me ha estado disuadiendo, pero el destino se tenía que cumplir. Cuando leímos la escena, me pareció que se le saltaban las lágrimas; hoy me lo ha confirmado. Yo, por mi parte, la escribí con un nudo en la garganta.

Este domingo, Javier Marías, en su sección La zona fantasma de El País semanal nos anuncia, y para mí es una buena noticia, que ha terminado la escritura de su nueva novela. Por suerte para todos tiene calidad, fama y editor, así que, pronto el libro estará con nosotros.

Escribe Javier Marías:

“He estado más de dos años conviviendo –no a diario, qué más quisiera– con unos personajes nuevos al principio y que al final son más que amistades. Aunque uno no se siente ante la máquina –y son muchas las jornadas en que es imposible hacerlo, por viajes y quehaceres varios–, durante el tiempo de composición lo rondan incesantemente. Uno piensa en ellos con más intensidad que en los seres reales que lo rodean: de éstos no está contando la historia, ni asiste a ella con el mismo grado de cercanía, y desde luego carece de capacidad decisoria sobre sus vidas, como sí la tiene sobre las de sus entes de ficción, por recuperar la vieja fórmula. Así que despedirse de ellos es en cierto sentido un cataclismo personal. “¿Cómo”, se pregunta uno, “ahora he perdido a estos amigos? ¿No tengo que ocuparme más de ellos, no he de conducirlos a diario? ¿Aquí los abandono y me abandonan? Si algunos no han muerto, ¿es que el resto de lo que les ocurra no me interesa?” Sí, me interesa, pero soy consciente de que a los posibles lectores futuros tal vez no; de que estarán a punto de cansarse de seguirlos, o de que las mejores historias son las que no se relatan completas, no de cabo a rabo”.

“Quiero que dejes la Escuela”. Las palabras sonaron irreales. El silencio se hizo largo. La voz de Aitor resonaba en la cabeza de Amelia ¿Qué habrá pasado? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué le pasa conmigo? Se le atraganta la lechuga, se le corta la respiración; quiere hablar pero no puede; es su mirada la que interroga, la que muestra curiosidad y asombro, Sí, bueno, balbucea él, que te veo muy cambiada, ya no te gustan mis cosas; y con los amigos cada día se te ve más a disgusto. No, no, no, nadie ha dicho nada -Aitor eleva el tono-, pero se nota; ya no te juntas con la Nieves ni con la Carol, con lo amigas que erais, ¡y eso no me gusta! Y todo viene desde la escuela, desde que la rusa esa te comió la cabeza. Te vas, te vas, pero yo no voy a dejar de ser como soy. Y encima el Paco ese. Que si Paco dice, que si Paco opina, que si esta película, que si este teatro… Amelia sonríe y parece que el color le vuelve a la cara, el aire a los pulmones y la sangre a la cabeza, que ya no se atraganta, Acabáramos, dice, así que ‘el Paco ese’, ¿no estarás celoso? Amelia ríe con desenfado, pero su mirada es profunda y seria. Mira, mi amor, pienses lo que pienses, no hay nadie en el mundo como tú; con lo que yo te quiero ¡Entérate, no hay ningún Paco; es un profesor y punto!

Acabaron de cenar riendo y diciendo los dichos y las voces que usan los amantes en la intimidad, pasaron la velada cada uno con lo suyo: Amelia con su cine y Aitor con sus redes hasta que llegó la hora de acostarse. Una vez en la cama, por primera vez, Amelia se dejó llevar, sintió que le faltaba entusiasmo. Aitor cogió el sueño, tranquilo porque había dicho lo que pensaba y había oído lo que quería oír. Amelia se acurrucó entre los brazos de su novio y permaneció quieta, pero no conseguía dormir. La velada, hermana del insomnio, se le hizo confusa y larga. A su embarullada cabeza acudían en desorden la Escuela, Aitor, Paco, los amigos, la Nieves y la Carol ¿De dónde habrá sacado lo de Paco?

Amelia no acertaba a comprender el origen de los celos de Aitor, y a esos celos atribuía su malestar y sus quejas. Pero no le había dado motivos. El caso es que en su fuero interno sentía un lejano halago y, en el maremágnum del insomnio, de forma recurrente y en desorden pensaba en las muestras del especial interés que Paco ponía en ella, en las casualidades que lo situaban esperando su salida, en las invitaciones a tomar algo para cambiar impresiones sobre algún tema; en los consejos y la especial atención que le prestaba. Pero no, qué va, donde estuviera su Aitor…, y acto seguido se sentía contrita por el simple hecho de haber sentido placer ante la posibilidad de atraer el amor de dos hombres. Qué loca, vaya tonterías que me vienen a la cabeza; pobre de mi Aitor, y se pegó toda ella al cuerpo dormido. Lentamente se fue abriendo paso la letra y el compás de un famoso bolero.

La musiquilla del despertador se le clavó en el cerebro como una punzada. No sabía si estaba dormida o despierta, pero lo cierto es que estaba pegada a su Aitor, que se desperezó y como siempre le dijo: Arriba, gandula.

Imagen: Kay Sage:  Too Soon for Thunder , 1943. Tomada de Internet