LAS AGUAS DEL OLVIDO. Alfonso Cebrián

Me permito en esta entrada compartir la reseña que en mi muro de Facebook publicó Esmeralda Sánchez Martín (MademoiselleBovary Bovary) sobre mi novela Las aguas del olvido, a quien agradezco la atención que ha prestado a mi trabajo. 

Como en la vida, en la novela de A. Cebrián, los ríos interiores pasean a placer, indagando territorios ocultos, desconocidos, que a veces escondemos para protegernos y proteger. En el caso de la protagonista: Elisa Rubio, desde su paraíso actual exprime recuerdos y vivencias con la gente que ha sido importante para ella, amistades y amores, fundamentalmente, que han grabado a fuego sensaciones que perviven a lo largo de los años y que conforman, sin poderlo controlar, la personalidad que ella tiene hoy en día. A pesar del paso del tiempo, hay momentos que resurgen, incontrolables, y marcan el camino hacia un destino presentido.

Las aguas del olvido es una novela de puertas adentro. Podríamos calificarla de psicológica pues domina el pensamiento interior, los deseos y conflictos de Elisa, su lucha y profundización en los trances de su experiencia.

Ella nos hace cómplices de sus confesiones, se va haciendo conocer en la relación diaria con sus allegados y hasta nos sentimos solidarios con su manera de actuar al final de la narración.

Alfonso Cebrián es un buen escritor. Conduce una prosa ágil, entretenida, directa, sin demasiada descripción de paisajes y personajes.

Felicito su autoedición, bien preparada, la sintaxis del libro, la frescura a la hora de presentarlo. Y le felicito por haber puesto sus palabras en boca y pensamiento de una mujer de manera magistral.

Esmeralda Sánchez Martín. Salamanca, febrero, 2021

Nota. Para esta entrada he adaptado el formato de Facebook al de WordPress.

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El aprendizaje de la vida

Uno no los busca —está el mundo para andar buscando—, pero hay libros que lo encuentran a uno. Esto es lo que me pasó con Vidas samuráis, de Julia Sabina, quizá la novela que necesitaba leer en este tiempo de mascarillas y andares huidizos.

¿Por qué? ¿Qué mejor que leerla uno mismo para descubrirlo? simplemente os adelanto que viene muy bien dejarse llevar por una buena obra, ágil, bien escrita y con oficio, en la que los personajes afrontan sus vidas con naturalidad y sin dar la tabarra de puro quejosos.

El asunto es de lo más sencillo: Maribel, veinticuatro años, se desplaza de Madrid a Lille para hacer un doctorado. Qué fácil, ¿verdad? Pues apoyada en un hecho bastante común, Julia Sabina construye un relato en el que a la protagonista no le ocurre nada fantástico ni extraordinario, a no ser que consideremos y reconozcamos que una de las aventuras más importantes de nuestra vida es la de aprender a estar en el mundo y bregar con las dificultades con que cada cual se va topando, todo esto contado con solidez y solvencia, con gran habilidad a la hora de caracterizar personajes, manejar situaciones, giros y sorpresas. Además, en toda la obra se capta una ironía muy sutil, una mirada compasiva e irónica hacia los personajes, y una bastante sarcástica hacia el mundo académico e universitario.

Y para terminar. Por los comentarios que he leído, alguna crítica ya le ha encontrado sitio a esta novela y a la voz de la autora, voz generacional. Lo cual me parece le pone ciertos límites, porque esta autora le puede poner voz a una joven de veinticuatro años o a cualquiera que pase de los cincuenta.

En definitiva, una novela que recomiendo y una nueva autora que tiene todo el mundo de la creación por delante.

Voy a ser positivo

Vanessa Kirby como princesa Margarita en The Crown

Voy a ser positivo, voy a ser positivo, me repito. Oír el ulular del viento y escuchar el canto de las sirenas, ver y mirar la danza de los árboles, de los pañuelos y los vestidos como banderas. Pero no me sale. El vendaval incierto y racheado agita y golpea las cristaleras de la terraza con un traqueteo infame.

Carmen se dispone a leer el periódico. Me pregunta si me he fijado en la fotografía de portada. Le digo que sí, pero que me la deje ver de nuevo. Un grupo avanza a lo Peckinpah —hay que ver lo que les gusta—, aunque sin armas, resuelto hacia su destino, una vez más.

Como el entrechocar de las ventanas suena la cantinela, murga o tabarra; y una vez más las solicitudes y declaraciones de amor —de los odiosos no me ocupo— chocan con respuestas desabridas y quejumbrosas ¡Qué cansinería!

Pero esta tarde me quedo con la atractiva y sensual princesa Margarita, la de la serie The Crown, aquejada por la pena de constatar lo difícil que es para ella alcanzar el amor. Qué magnificencia de sufrimiento y tedio en estancias tan iluminadas y espaciosas, largas escaleras y altos techos. Eso sí que es glamour, cuánto hay que aprender de los Windsor; familias como esa dan para entretener al pueblo y para buenas películas y series de televisión.

El caso es que ha sido ponerme a escribir y olvidarme del maldito castañear de cristales. Habrá que seguir con la serie.

En torno a ‘La Marea del Tiempo’, de María Jesús Mingot

Al leer poesía nos enfrentamos al reto de agudizar la atención. Como el paseante perdido en el bosque, uno anhela el claro en el que resulte iluminado, que no cegado, por la luz. El poeta, con mayor motivo, se adentra en ese bosque del que nos habla María Zambrano a la busca de un saber esencial, así la palabra estará provista de formas de decir y sentir que lleven al desvelamiento. Al hacer ese ejercicio, no serán fanfarrias y artificios los que encuentre, que lejos de favorecer a la poesía la desfiguran, sino palabras precisas cargadas de sentido. Ese es el viaje que, a mi juicio, ha hecho María Jesús Mingot, fruto del cual nos ha dado La Marea del Tiempo, una experiencia mística llena de calma y sin arrebato, una manera de llegar a las cosas de la vida y decirlas con la palabra poética.

María Jesús Mingot nos invita a realizar junto a ella las grandes preguntas a cambio de que lo hagamos ‘ligeros de equipaje’, como dijera Antonio Machado. Qué fácil resulta penetrar, sentir, intuir silencios como el de Dios embebido en la sencillez de sus versos.

Pero el individuo no es solo un espíritu que inquiere; también es un cuerpo que necesita. Que necesita el calor físico, el roce y la carnalidad del amor, cubrirse y ampararse del frío, quitarse el hambre o defenderse frente al maltrato. Un cuerpo que se gasta y siente el peso del tiempo, la marea. Sabe que se tiene que ir, y para ello nada mejor que desvanecerse, borrarse, caer despacio, leve, sin molestar.

Es mi costumbre, la poesía la leo despacio, la releo y la vuelvo a releer. En cada lectura no encuentro un poema nuevo sino crecido, que va cobrando cuerpo y se acerca a ese acabado que siempre se nos negará. La Marea del Tiempo, así y a mi juicio, es una obra plena de madurez y serenidad, que quizá se ha topado con mi mejor estado de ánimo para percibirla, en el momento justo, en el tiempo justo, en el claro justo. Así lo creo, así lo siento.

Leer con amigos…

Comentario sobre mi novela ‘Nada quedó de abril. La casa dorada’, que agradezco con enorme cariño.

Te miro, me miras... Nos miramos.

Dije adiós, hace unos días, a unos “amigos” que me han acompañado en las últimas tardes de invierno, mientras la lluvia paseaba sobre mi ventana o el sol suave tintaba la luz de dorada. Unos personajes que se han convertido en parte de mi vida mientras leía o trasteaba en la cocina.

Pero… os preguntaréis ¿son reales?

Y yo os diré que no nacieron reales, pero que gracias a la maestría de su autor, se han convertido, por unos días en mis compañeros de aventuras.

Os hablo de Carmelo, Blanca, Dorotea, Diego… los personajes del último libro de Alfonso Cebrián “La Casa Dorada” la segunda novela de su trilogía “Nada quedó de abril” , después de “El libro de Carmelo”

Siempre empiezo sus libros con gran expectativa y nunca me han defraudado. Esto no quiere decir que no exija a su escritura, al contrario, siempre espero más y más, porque…

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Siempre fui de letras

Publicado el sábado 8 de febrero de 2014 en La mirada de Sofía. Habla Sofía.

Contextos. La prensa de aquellos días os dará la pista.

***

Ya ves Sofía, por amor perdemos la cordura ¿Quién pretende que seamos responsables? Por eso al diosecillo lo representan ciego.

Emma aparece con inusual energía y le pregunto por su Josefa Aracil. Me gusta esa mujer —le digo— ¿tú crees que firmaría lo que le pusieran delante?. No creo —me contesta—; y de qué manera se enamoró; pero supo poner sus condiciones y cumplirlas; a mí me pareció demasiado estricta, pero…

Estoy afanada en la cocina —con este temporal apenas se puede salir—, va a reventar la nevera; bueno, a Emma le daré unos táperes.

No quiero entristecer a mi amiga; si le hablo de firmas, letras y pagarés, no puede evitar mirar hacia afuera y quedar callada. El caso es que yo, desde bien joven, fui de letras, para el pisito, la nevera, la lavadora, el televisor y luego el coche… anda que no firmábamos mi hombre y yo. Entre nosotros había la confianza que dan el amor y la convivencia; cuando se cobraba por sobre, ambos llevábamos a casa la paga entera y los justificantes de nómina, que guardábamos por si las moscas ¿Y las letras y escrituras? Pues lo mismo. Así que yo sabía lo que él firmaba y él lo que firmaba yo. Bien es cierto que, y a mucha honra, éramos de la clase baja —lo sigo siendo— y poco supimos de negocios.

Eso sí, siempre les dije a mis hijas: Mirad bien lo que firmáis, no sea que luego, por lo que sea, os tengáis que hacer las tontas y echar mano del diosecillo.

Al menos déjennos fumar

Publicado el 23 de diciembre de 2012 en madamebovary

En fin, epidemia aparte, hay que ver hasta dónde hemos llegado.

“Dile que si no fuma crecerá. ¡Bah, déjalo! Tampoco su vida es un lecho de rosas”, piensa Leopold Bloom cuando, callejeando por Dublín, camino del entierro de Paddy Dignam, ve fumando una colilla chupada a un niño que está cogiendo las rebañaduras de un cubo de basura. Pienso en lo que pensó Leopold Bloom al ver a mis amigos velados a través de una niebla de humo; además, de mi casa hace años que se adueñaron los aromas del café y el tabaco.

Viene a cuento la reflexión del señor Bloom por esa asepsia social y sanitaria, esa presión propagandística y social sobre quienes mantenemos, digamos, pequeños vicios. El tabaco, el alcohol, el café, el azúcar o las grasas, aun tomados en pequeñas dosis, están proscritos de la dieta y los hábitos de cualquier persona, especialmente si ya tiene cierta edad. Los economistas vienen valorando el coste adicional que tales costumbres añaden a los costes estructurales y los gestores se toman en serio tales advertencias hasta el punto que, desde distintos ámbitos, se pide penalizar a fumadores y resto de personas poseídas por estas pequeñas adicciones.

No se puede negar la buena intención de quienes desde sus conocimientos científicos proponen hábitos de vida saludable, aunque no caigan en la cuenta de la satisfacción que procuran los pequeños placeres; y fumar, beber y comer lo son.

La naturaleza y la edad ya se encargan de levantar barreras cada día más insalvables, de modo que los placeres pasan a ser evocaciones suavemente melancólicas o distendidos temas de conversación, pero con lo que no contábamos era con el ensañamiento que sobre las vidas cotidianas ejerce el sádico quehacer del puritanismo político tan de derechas. Ya no es la antología de imágenes pavorosas que ilustran las cajetillas de cigarrillos, tampoco la ristra de cruces o asteriscos que una máquina insertará al lado del nombre de cada componente de orina y sangre, sino el horror de pensar en la exclusión de la lista de espera ante cualquier dolencia; si las personas frugales ya tienen que esperar años para ser recibidas por un especialista, qué porvenir le espera a una persona fumadora o gorda.

El llamado estado del bienestar nos compensaba con la promesa de vacaciones en Benidorm, gambas a la plancha o estancia en un balneario para tratar la artritis, el hígado y el riñón; incluso por solidaridad con tanto ascético sobrevenido, y sobre todo, para hacer viable el sistema para nuestros hijos y nietos, sirva para ellos lo que se ahorren de mis pastillas para la tos o, puestos en lo peor, de la operación que en un futuro no tendrán que hacerme si llevo una vida virtuosa. De absentismo laboral ya no se puede hablar porque los pocos que tienen trabajo acuden con la cabeza en la mano si es preciso; del mío, ya me alcanzó la jubilación; la pensión, ya veremos.

Pero los conservadores que gobiernan en el Reino Unido, tan adelantados ellos, están cerrando centros de salud y ya no operan para extirpar tumores cancerígenos a los mayores de setenta años, hayan o no bebido, fumado o comido, según pude oír en la radio hace unos días. Aquí, al paso que vamos, la enfermedad será considerada conducta antisocial, así como la vejez, no en vano Christine Lagarde ya advirtió que se vive demasiados años y que eso no es sostenible, no sé si la vida, su precio, o ambas cosas.

Por eso en estos días sin mula ni buey;  ni estrella, pastores y caganer; cuando Papá Noel luce los colores de El Corte Inglés y los Magos viajan en Ryanair, perdidas las esperanzas, la fe, la cita del traumatólogo, los investigadores, el Teatre Lliure, la educación laica de mis nietos, el Registro Civil, la posibilidad de poner un pleito, la manta eléctrica y el Voltarén, no tengo más remedio que decirles que al menos nos dejen fumar.

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Mercado emocional

Sigo recuperando entradas de mis antiguos blogs. Esta es del 18 de julio de 2012 y la publiqué en madamebovary. Habla Emma.

Estos días estoy leyendo Un traidor como los nuestros, de John Le Carré, traducido al español por Carlos Milla. Pero no quiero hacer reseña ni comentario de la novela sino de las conexiones puramente paranoicas que yo misma establezco en cuanto aparece en escena el MI6. Debo confesar que me fascina la narrativa de espionaje británico tanto en la visión de Ian Fleming con su atractivo y simpático James Bond como la más sofisticada de John Le Carré con sus personajes contradictorios e inquietantes, difuminados en la sociedad, sin desdeñar el cometido de ‘interpretador’ (más que ‘intérprete’ o ‘interpretante’, términos en distintas disciplinas) que Javier Marías asigna a Jacobo Deza en la trilogía Tu rostro mañana.

En la novela del autor británico aparece el barrio londinense de Bloomsbury, caracterizado por sus resonancias culturales, educativas y literarias: fue el de Virginia Woolf y su círculo. En ese barrio sitúa el autor una casa de “tres plantas, finales del siglo XVIII, fachada de típico ladrillo rojo londinense, sin voladizos, escalinata blanca…” en la que el MI6 monta una operación. Y en ese mismo barrio, según cuenta en un reportaje Lola Huete Machado, el filósofo Alain de Botton, con idea de proporcionar autoestima bajo la premisa de que “todos necesitamos ayuda, consuelo y dirección”, creó The School of Life. En esta escuela, amparándose en los clásicos, se imparten cursos de autoayuda y se publican manuales que nos enseñan a controlar las insatisfacciones que nuestro tiempo provoca.

Y ahí viene mi asociación paranoica ¿Pueden el MI5 y el MI6 tramar algo en estos menesteres? Mi alma literaria me lleva a confundir realidad y ficción; la fecunda imaginación de los autores mencionados opera el resto.

Y en estas reflexiones estaba, le digo a Héctor Buonatesta, mi psiquiatra, echada en el diván, cuando me llama mi amiga Sofía. ¿Has oído lo de los dependientes?, me pregunta. Le digo que no, que estaba en mi hora meditativa. Pues verás, oigo su respiración por el auricular, un señor de Valencia, paralítico e insensible del tórax hasta los pies teme que le quiten a su esposa, que es quien lo cuida, la ayuda de ¡Setenta euros!; la cotización a la Seguridad Social ya se la quitaron, con lo que se quedará sin pensión. Y hace unos días, prosigue, vi un reportaje en la TV que en no sé qué ciudad australiana hay un prostíbulo emocional carísimo: las chicas consuelan las penas del alma de los grandes ejecutivos; vamos, como un confesionario o un diván de psiquiatra con sexo incluido. Veo que el señor Buonatesta enarca las cejas, pero no le digo que se tranquilice, que no es mi tipo.

Después de decirme que lo mío no es irreparable, me cita para dentro de tres meses si antes no me da por colgarme de las lámparas. En la recepción me espera Myrtha con su carminizada sonrisa y el pelo a lo Ciscar. Con sonrisa de arpía me dice: Ciento cincuenta, como siempre. Saco la tarjeta de crédito, dándole alguno al ministro Montoro, y me dice: No querida, en metálico y sin factura. Como siempre, le digo con una sonrisa de áspid, cariñosamente.

Las reglas del género

Los días de descanso se acaban convirtiendo en jornadas de intenso trabajo y, si media el cambio de año, de propósito de limpieza y orden. Llenas la papelera y alguna bolsa de basura de papeles viejos o inservibles, cachivaches y prendas de vestir de las que te habías olvidado y ya no te sirven. Así, ajustas cuentas con lo hecho, los propósitos y los compromisos.

Carmen ríe con mi andar frenético y, cuando le hablo del proyecto de completar la trilogía de Nada quedó de abril, me dice que no me empeñe, que las historias ya están escritas, que cualquier añadido no haría otra cosa que redundar sobre lo contado y haría decaer a unos personajes que alcanzaron la plenitud. Me defiendo como gato panza arriba, propongo nuevos puntos de vista, pero reconozco que tiene razón.

Ocurre que, frente a las pretensiones ‘posrománticas’ de darle plena libertad a la escritura, el autor tropieza con una panoplia de convenciones y reglas no escritas, de imperiosa presencia, no ominosa por ello, que ponen límites a la pulsión de escribir y te ayudan a evitar hacerlo sin ton ni son, a merced del capricho de lo que llamaríamos corriente creativa: uno tiene que poner los límites y el momento del fin. Carmen tiene razón y yo me someto a su juicio, de modo que Nada quedó de abril se queda como está, completa en lo contado, lo insinuado y lo no dicho. Eso no impide incursiones en otros campos, muy trillados, como es la novela negra o policiaca, y por lo tanto sometidos a un sinfín de reglas conocidas y otras que uno va descubriendo, a las que hay que someterse o burlar con ironía y sentido del humor, como han hecho y hacen otros que van por delante. Y pregunto: ¿Se puede escribir sin atender a las reglas del género?