La Casa Dorada

Con La Casa Dorada nos adentramos en la segunda entrega de la serie Nada quedó de abril. Quien haya leído El libro de Carmelo encontrará en este relato a nuevos personajes, como Blanca Falcón, uno de los centros alrededor de los cuales giran estas historias. Diego Álvarez, a quien conocimos en Las aguas del olvido, nos guiará por algunos tramos de su vida, de su relación con Blanca y de los secretos que guardan esas casas antiguas, arruinadas por el tiempo y el olvido.

Para quienes tengan interés en leer esta obra dejo el siguiente enlace:

La ley de la compensación

—Pero qué lindura.

—¿Qué?

—Qué lindura de lunar.

—¿Dónde?

—Ahí, donde pongo los labios, donde pongo la lengua, donde pongo…

A Jacinta un rayo le atravesó el cuerpo y Sergio le apartó la melena y le dio un suave mordisco en el cuello.

Más tarde tomaban un chupito y fumaban.

—¿Ahora lo descubres? —Jacinta coqueteó con el enfado.

—Ahora lo descubro, mi amor; antes, ya sabes. Tan tarde los dos y tú tan cansada.

—¿Yo cansada?

—Eso era lo que decías cuando metías los canelones en el microondas.

—Anda que tú, que nada más entrar… ni que llevaras el mando en el bolsillo.

—¿Seguimos?

—Seguimos —repitió Sergio como un eco.

Los portátiles descansaban en una mesa larga atestada de libros y papeles. Sergio comenzó a preparar la clase y la teleconferencia del día siguiente; Jacinta se dispuso a terminar unos balances urgentes.

El camino más corto

“No hay nada, absolutamente nada por lo que merezca la pena arriesgar la vida. ¿Y alguien? ¿Habría alguien por quien mereciese la pena arriesgar la vida de todos nosotros?”.

“Desde este momento, siempre quisiera vencer todos los obstáculos, vencerme a mí misma y sentirme poderosa sobre los demás, tendría que odiar. Era el camino más corto”. Estas reflexiones son de Verónica. Más adelante hablo de ella.

En la última entrada dije que iniciaba la lectura de Entra en mi vida, de Clara Sánchez. También dije que me había enganchado y así fue de principio a fin. No voy a contar la historia, mejor leerla, pero sí hablaré de las protagonistas, Verónica y Laura, dos muchachas a quienes conoceremos en su preadolescencia, diez y doce años, y reencontraremos en su primera juventud, diecisiete y diecinueve años, que, aunque con crianzas y vidas dispares, el destino hace por reunirlas. Porque será la causalidad la que desencadene el empeño que, con fuerza y tesón, llevará a Verónica hacia Laura.

Se podría decir que andamos por la vida despistados. Cuántas dudas: ir o no ir, acercarse o no, y si no, al menos llamar o preguntar: hacerlo o no hacerlo puede determinar el futuro. Una anécdota, un descuido, o quizá algo que nos llama la atención. Puede ser una palabra, una mirada, un gesto, un trozo de conversación, o la esquina de una fotografía que aparece en una cartera, encima de una mesa, que está ahí porque alguien ha tenido un descuido, y en la foto alguien a quien no conocemos y nos peguntamos quién es. Si eso le ocurre a una niña de diez años, a Verónica, el hecho adquiere una relevancia que desborda su percepción de niña. Y a la cabeza vienen preguntas que no se hacen, pero ahí quedan hasta que la niña deja de serlo y ya sabe que el pensamiento puede llevar a la acción, y la vida deja de ser previsible. Por eso nos interesamos y por eso ya no podemos dejar de leer porque queremos saber.

Y dos observaciones. Una. Es muy de agradecer que la autora caracterice a dos jóvenes que actúan como adultas que son. Dos. Me aventuro a decir que Clara Sánchez, de forma deliberada, renuncia a plantear situaciones melodramáticas en beneficio de una coherencia estilística donde mandan la precisión y el orden. Esa forma de contar, a mi juicio, disfruta del beneficio de la perfección formal, sin embargo prefiero que la narración esté salpimentada con pequeñas dosis de sentimentalismo, aunque no demasiadas.

Y como suele ocurrir, al menos a mí, una cosa lleva a la otra. Leo en El País la presentación de Encargo, primera novela de Berta Marsé. El apellido pesa mucho y para mí Juan Marsé es una referencia, el caso es que compro la versión digital. Y otras dos chicas: Desi y Yesi, pero me falta contexto, tengo que leer más. De cualquier manera, anticipo que la lectura, a medida que avanzo, me lleva a otra novela ya leída, escrita también por una mujer. Tiempo de escritoras, diría.

‘El factor humano’ y otras consideraciones

El pasado viernes, dos de octubre, El País publicó un artículo de Antonio Muñoz Molina titulado “Género Negro”. En el artículo ponía en valor a la novela policiaca y la de espías, y resaltaba la impronta dejada por John Le Carré, fundamentalmente. Así, contextualizaba las “conversaciones literales del excomisario Villarejo en las cloacas del Partido Popular y de la vida política española”.

De todo el artículo resalto el siguiente fragmento:

“Cómo será una novela que incluya a un cura con placa y pistola de policía o un sicario que se presenta vestido de cura a la hora de la cena; o en la que los apodos de los personajes sean el Gordo, la Rubia, el Barbas, el Bigotes, el Asturiano; qué novelista tendrá la mezcla de buen oído e inventiva verbal para recrear el lenguaje canalla de esas grabaciones”.

¿A qué viene este preámbulo? A mi manía de mezclar las cosas. Acababa de leer, releer, o vaya usted a saber, El factor humano, de Graham Greene, traducida por Enrique Sordo, en una edición barata a cargo de Plaza&Janés en septiembre de 1999. Y digo leer o releer porque hay escenas que asaltaron mi memoria. Pensé: esto ya lo he visto. Y el buscador de Google me lleva a la película dirigida por Otto Preminger en 1979 —la novela se publicó en 1978—, de modo que la pulcra y ponderada novela ya estaba instalada en algún rincón de mi cerebro: la tentación de batir ambas historias, la de Castle y la de Villarejo se me hizo irresistible.

Sin embargo la pulcritud y la moderación no están reñidas con la crudeza y el cinismo; el doctor Percival, por ejemplo, muy aficionado a la pesca y a la trucha ahumada, no tiene reparos a la hora de eliminar, esto es, provocar la muerte de uno de los hombres grises del MI6, simplemente porque le da un pálpito ¡Qué diferencia entre un culto y atildado londinense y un madrileño de Arniches, o de Santiago Segura, pero de carne y hueso! Por cierto, andaba yo buscando un veneno —de ficción— para matar a un personaje y el del doctor Percival me viene perlas ¿Cómo pedir a Google que te busque un veneno de los que no dejan huella sin levantar las sospechas del algoritmo?

La novela en sí mantiene el tono de los personajes y te lleva a un pasar, donde, como no puede ser de otra manera, todo es pura apariencia. Poco más puedo decir.

Pero mira por dónde en mi librería andaba descuidada Entra en mi vida, de Clara Sánchez. Me pongo a leerla y me atrapa. Qué habilidad tiene esta autora para hacer grandes historias de vidas pedestres y anodinas. En fin, que me voy a leer; cuando acabe hablaré de ella.

La partida de mus

Esto que voy a contar parecería hoy de lo más normal, pero nos tenemos que remontar a un día caluroso de julio de 1969. Lo recuerdo porque en el televisor que hacía poco tiempo habían puesto en el bar hablaban de la inminente llegada a la Luna de la primera nave tripulada.

—Eso es mentira —dijo el tío Sátur.

El tío Sátur era amigo íntimo de mi abuelo. Este se encogió de hombros como diciendo: Y a mí qué más me da; con tal de que juguemos la partida.

—¿Y tú sabes jugar? —me preguntó el tío Sátur.

—Algo —le contesté—; aunque solo sea por lo que llevo visto.

—Hoy tienes buena pareja, puñetero, aunque con este —señaló a mi abuelo— y conmigo no tenéis nada que hacer. Perdéis, ya lo verás.

Todo empezó a la hora de la comida: ¡Qué fatalidad!, no paraba de repetir mi abuelo.

—¡Vaya por Dios! —replicaba mi abuela— Ya encontrarás a otro ¿Quién no va a querer jugar con la Vicen de pareja?

—Eso es lo malo, que va a haber más que palabras; mira que irse a ingresar el Tino; y anda que avisa.

—Pero, hombre —dijo mi abuela con retintín— ¿Cómo se pueden avisar esas cosas? Uno se pone malo y ya está.

—Ya, ya. Tú siempre lo ves todo tan fácil; a ver cómo nos apañamos.

—Pues que juegue el muchacho y así no hay líos —mi abuela siempre iba a lo práctico.

—¿Quién? ¿Este? Pero si este no sabe ir ni a grandes ni a chicas.

—Será por falta de veros. Si en esta santa casa no se hace ni se habla de otra cosa.

Mi abuela tenía razón; a mi abuelo, a mi padre, a mis tíos y a todos sus amigos los había visto siempre jugando al mus; pero a mí nunca me llamó la atención y no era fácil enrolarme en una partida.

—Entonces, ¿te atreves?

—Hombre, abuelo. Atreverme, claro que me atrevo; otra cosa es que esté a vuestra altura.

—¡Eso ya lo sabía yo! —sentenció mi abuelo— Pero ¿qué dirá la Vicen?

—¿Qué va a decir? ¿Tú crees que no va a preferir, por muy mal que juegue, a un buen mozo que a un vejestorio como es el Tino? Venga, tú, esta tarde, a jugar la partida, y no se hable más.

Mi abuelo me miró con una especie de compasión resignada, aunque acató el no se hable más de la abuela como un fallo inapelable.

El día había salido de pleno verano. Comimos, dormimos la siesta, nos arreglamos y mi abuelo y yo nos fuimos al bar de la plaza. A esa hora, las siete de la tarde, el sol ya estaba cayendo. La mole del Ayuntamiento y las casas colindantes proyectaban su sombra sobre un espacio rectangular, donde también contribuían al fresco las sombras de cuatro grandes acacias. La Consuelo, la dueña del bar, baldeaba y refrescaba el terreno mientras el Gregorio colocaba las mesas y las sillas de tijera. En una apartada, donde la sombra era más densa, jugaríamos la partida. Solo faltaba esperar a que dieran las ocho, lo que hicieron las campanas de la iglesia con medido compás.

Aún resonaba la última campanada, cuando un Mercedes negro apareció y paró en medio de la plaza. Del asiento del conductor bajó un hombre alto que dio la vuelta y abrió servicial la puerta derecha trasera. Del automóvil salió una mujer de edad indefinida, pelo corto, aunque no demasiado, ojos grandes que podían resultar verdes o violeta, alta y esbelta, aunque de formas rotundas. Pantalón y suéter negros, y un pañuelo rojo alrededor del cuello. Era la Vicen, mi compañera de juego.

Todo el mundo pensaría que aquella partida acrecentaría mi afición por el mus; pero no fue así. Hoy apenas recuerdo los lances, de si iba con chicas o grandes, con pares o treinta y una. Lo que no se me olvida son los gestos, sus gestos, mejor dicho.

La Vicen era la Vicen para el tío Sátur y mi abuelo; doña Vicenta para las gentes del pueblo. Siempre fue muy guapa la jodía, decía mi abuelo con cariño. Claro que llegó ese señor de Madrid, compró las mejores fincas, hizo la casa, qué digo la casa, un palacio, y se encaprichó de ella, de la Vicen, quiero decir. Y la Vicen, que no era tonta, lo llevó al altar y la hizo una señora, para que te enteres, me dijo un día mi abuelo cuando le pregunté por otra partida.

Porque yo, entonces, desde la partida, me enamoré de ella y me dio por ir al pueblo los fines de semana. Fueron los gestos. Y era tan hermosa. La tenía frente a mí y yo no atendía a los lances del juego porque tan pronto me guiñaba el ojo como enarcaba las cejas, avanzaba un labio, sacaba la lengua o me lanzaba un beso, y, claro, yo no pensaba en nada salvo en controlar mi turbación. Había que verlo. Mi participación fue un desastre y ella, que ocupaba en la partida el puesto que había dejado vacante su difunto padre, no paraba de reír al tiempo que me lanzaba unas miradas compasivas que me traspasaban el alma.

—¿Qué te pasa alma cándida? Que te veo venir —me dijo mi abuelo al ver mi ansiedad por organizar otra partida— Dónde vas, criatura, si la Vicen puede ser tu madre, y además no hay sitio.

—¿Qué quiere decir, abuelo?

—¿Con qué?

—Con eso de que no hay sitio.

—¿Qué voy a querer decir? Que está ocupada, eso quiero decir.

—¿Qué está casada? Eso ya lo sé. Además todo esto es hablar por hablar ¿De dónde saca que yo…?

—Que tú y que todos ¿Qué te has creído? ¿Que eres el primero al que la Vicen vuelve loco? Mira, muchacho, deja eso, que no te va a llevar a ningún lado. Te vas a quedar con la cabeza caliente y los pies fríos. Y además el Valenciano…

—El Valenciano, ¿quién es el Valenciano?

—El chófer, ¿quién va a ser? El Valenciano está liado con la Vicen ¿Te enteras? Pues eso. Todo el mundo lo sabe, pero calla ¿Sabes por qué? Te lo voy a decir. Porque el señor, que ya es muy mayor, consiente. Cuenta la Manuela, la que va a asistir, que esa lo sabe todo, que el señor les dijo: Solo os pido dos cosas: una, que no me perdáis el respeto, y otra, que me cuidéis hasta el día de mi muerte.

Cuando voy al pueblo, a veces me cruzo con doña Vicenta. Es una señora muy anciana, con el pelo blanco muy cuidado, elegante, cuyos ojos no han perdido la belleza ni la vivacidad. Cuando nos encontramos, siempre nos paramos a saludarnos. Yo voy con Emilia, mi mujer, y ella del brazo de un hombre mayor, conservado y con su antigua gallardía, el Valenciano. Cuando ella me mira recuerdo sus pícaros gestos y me deja la sensación de que siempre supo de mi azorado enamoramiento.

Una historia de amor

Me cogió de sorpresa. Me dijo: Ven, acompáñame, quiero que la conozcas. ¿A quién?, le pregunté. A una muchacha. La verdad es que no pregunté más ni quise ahondar en la conversación. Subió al coche y me indicó que subiera yo también.

En el corto viaje me contó que estaba gestionando la compra de un teléfono móvil: Ahora yo, con un cacharro de esos, me dijo, pero son tan necesarios, tan útiles… Fíjate que puedes hablar con quien quieras desde donde quieras. Siempre que haya cobertura, pensé, pero no se lo dije. También pensé que esas palabras no eran suyas sino el reflejo de la que iba a conocer. Entonces vamos a una tienda de esas, medio le pregunté. Sí, a una tienda de esas, me contestó con expresión beatífica.

Braulio Gamarra era un hombre mayor, como se dice ahora. Tenía setenta y cinco años y había enviudado hacía dos. Yo era bastante joven a su lado, pero fuimos amigos desde hacía tiempo, debido a circunstancias que no vienen al caso en este relato, aunque sí diré que ellos, Braulio y Lucía por su parte, y nosotros, Sofía y yo por la nuestra, vinimos a recalar aquí a traídos por la tranquilidad y la benignidad del clima, y por la oportunidad que nos brindó, a nosotros, el hecho de que te consideren inservible para el trabajo a una edad demasiado temprana. El caso es que nos afincamos en estos contornos y nos hicimos amigos.

El automóvil enfilaba las primeras calles de la ciudad y pareciera que participaba de la impaciencia de Braulio por llegar a la tienda donde, suponía yo, compraría uno de esos teléfonos, y, pensé, allí estaría ella, la muchacha, que bien pudiera ser una mujer entrada en años, viuda también, pero con energía y conocimientos suficientes para regentar una tienda de ese tipo.

Después de callejear brevemente, aparcó ante una tienda de electrodomésticos donde habían colocado el pomposo reclamo de la operadora concesionaria de los servicios de telefonía móvil. Salió decidido del coche y entró raudo en la tienda.

Atendiendo no estaba la viuda que yo esperaba; muy al contrario, una chica muy joven, rubia, con unos ojos en los que se diría se concentraba un trozo de cielo, fina, con brazos de terciopelo, con una sonrisa encantadora se dirigió a Braulio:

—¿Te has decidido ya?

—Bueno… sí… en realidad no… en fin, que he traído conmigo a este amigo para que me asesore —contestó Braulio.

—¿Tan poco te fías de mí? —la pregunta llevaba una inmensa carga de picardía.

—No, no es eso, no… Es que ha venido conmigo y he aprovechado…

—Pues sepa usted que conmigo no puede encontrar mejor asesora. Bueno, yo soy Alicia ¿Y usted?

—Le dije mi nombre con un balbuceo y la mocita salió del mostrador para plantarme dos besos.

La verdad es que no me costó comprender el trance por el que pasaba mi amigo con Alicia, y me esforcé por hacerme el indiferente para escapar de su magnetismo. Alicia se dirigió decidida al expositor y mostró a Braulio un teléfono minúsculo y atractivo. Le dijo que disponía de no sé cuantas funciones y que habían incorporado una cámara de fotos. Ni que decir tiene que Braulio le compró el teléfono y le pidió a Alicia el suyo para estrenar la agenda. Me lo apuntas y así aprendo, le dijo. Alicia le dijo con una sonrisa que el de la tienda ya lo tenía, pero te voy a apuntar el mío personal; por si tienes algún problema en las horas en que esté cerrado. No creas que se lo doy a todos los clientes, añadió.

—¿Qué te parece? —me preguntó con gran interés cuando salimos de la tienda.

—¿Qué me va a parecer? —le contesté— Pues una chica muy guapa y despierta, una brujilla.

—¿Sabes a quién me recuerda? —me preguntó divertido— Pues me recuerda a la brujilla de la película de Armiñán.

Al ver mi despiste prosiguió con énfasis:

—Sí, hombre. A Victoria Abril en ‘La hora bruja’. Paco Rabal y Concha Velasco van con una autocaravana proyectando cine en los pueblos…

—Ah, sí, claro que la recuerdo —le dije—. Y Victoria abril es la brujilla. Sí, la vislumbro en el campanario de esa torre de Allariz que se ve desde cualquier sitio.

—Claro, la película la rodaron en Galicia, siempre con la luz de la caída de la tarde, cuando se acaba de poner el sol, la hora bruja… Pero, a lo que iba ¿Qué te parece?

—Ya te lo he dicho —le contesté—. Pero ¿A qué viene ese interés? ¿No te habrás…?

—¿Enamorado?

—Eso es, enamorado.

Nos acercamos a un bar con terraza a tomar café.

—Pues sí, me he enamorado de ella. Como un crío, como un adolescente ¿Qué te crees?

—No, yo no me creo nada —le dije—. La chica enamora, es verdad; pero hombre…

—Pero hombre, nada. Aunque veo por dónde vas; y no es eso. Bien sé quién es ella y quién soy yo. Además está casada.

—¿Tan joven? —pregunté por preguntar.

—Tan joven y con un hombre que no la merece.

Pensé que Braulio desvariaba, que se comportaba con un desatino impropio. Estaba lanzado y prosiguió:

—Vaya por delante que no pretendo nada de ella, que yo sé quién soy —parafraseó a Don Quijote—, pero verla, oírla, sentirla y soñar con ella me alegra la vida.

—Y el marido, ¿por qué no la merece?

—Porque es un hombre rudo, con unas manos callosas y enormes. Si vieras cómo sufro cuando las imagino tocando su cuerpo de seda.

—Supón que a ella le gusta, que en la intimidad ese hombre es el más delicado y tierno de los amantes.

—¡No puede ser! Es un pecado que ese hombre toque a esa niña ¡Con esas manos!

Pagamos, fuimos hacia el coche y en el viaje continuamos la conversación.

—No me hago ilusión alguna, no creas —me confesó—; bien sé que soy un viejo y dónde está mi sitio; pero, amigo mío, jamás pensé que a estas alturas me iba a venir esta fiebre. No es admiración, no es una ensoñación de viejo verde, no hay nada de lo que avergonzarse, así que ya lo sabes.

En algo no se equivocaba Braulio. No había pasado demasiado tiempo, cuando Alicia se divorció y desapareció de la ciudad.

—Ya está con otro —me dijo Braulio con pena—; no tiene suerte. Este otro es un otelo que no la deja ni a sol ni a sombra, pero nos buscamos las triquiñuelas para llamarnos de vez en cuando. Así que estoy siempre pendiente del teléfono, solo por oír su voz, que es como si la viera.

Pasó el tiempo y continuaron con sus llamadas. Alicia tuvo dos hijos y Braulio envejeció del todo, enfermó y murió. Antes de morir, me dijo que, cuando ocurriera, la llamara para comunicárselo.

Así lo hice y, después de cruzar las palabras convencionales que se usan en estos casos, me dijo entre sollozos:

—A mi manera he querido mucho a Braulio. No conocí jamás a un hombre que me hablara y mirara con tanto amor, tanto respeto y tanta ternura. Se despidió de mí de la forma que lo hacen quienes saben que no volverán a verse ni hablar el resto de su vida.

Ahora, al cabo de los años, me asalta este recuerdo, del que dejo constancia en este escrito.

La Casa Dorada

Con el otoño vino el ejemplar de prueba. Ahora, a por la última corrección: una errata, una coma mal puesta, un último olvido. Ya está en marcha la edición de La Casa Dorada, segunda entrega de la trilogía Nada quedó de abril. Más adelante hablaré de ella.

El año sabático

Con este cuento reanudo mi actividad en el blog. Hay que dejar al relato de Fraguela que siga su ritmo. La novela tiene su tiempo y sus exigencias. ‘El año sabático’ forma parte de mi colección de relatos cortos ‘Amelia y doña Rosa‘.

Por fin me había decidido. No niego que me costara, en el fondo soy muy indeciso; en cuanto quiero o necesito tomar una determinación aparecen en tropel todos los inconvenientes imaginables: unos los exagero y otros los invento: no hay proyecto que no viva como un parto doloroso. De todos modos, tenía que hacerlo: contar con tiempo para mí, alrededor de un año, solo en aquella casa, alejado de amigos y relaciones: pasear y escribir: eso únicamente. Pero una cosa es pensarlo y otra hacerlo. Además, estaba Marcela ¿Qué decirle?: ‘Oye, me voy, quiero estar solo’, que es tanto como soltarle: ‘Mira, me estorbas’. Decimos que estamos al cabo de todo y sin embargo tenemos los sentimientos a flor de piel; nos sentimos despreciados, ninguneados, como decimos, asunto de una gravedad extrema, porque bien está que a uno lo hieran o desprecien, pero que lo consideren tan poca cosa, que lo ninguneen… ¿Cómo le digo a Marcela que me voy, que no quiero que me distraiga nadie?

¿Cómo no se va a sentir herida, ninguneada, despreciada? Y si encima le digo que no quiero llamadas ni visitas, que por menos de nada se me presenta con Lola, con Jacinto, con Faustina. Aunque, bien mirado, no descartaba la posibilidad más que cierta de que a los dos días la echaría de menos, la llamaría, le diría: ‘Anda, ven a pasar unos días conmigo’. Como la tarde en que, yo callado, pensando en decírselo, pero haciendo que leía la revista dominical del periódico, me dijo que me arrancara:

—Dime lo que tengas que decirme, no te lo guardes —me dijo al tiempo que me miraba con expresión interrogativa.

—No, nada cariño, que me quiero ir por una temporada.

—¿Cuánto, unos días? Yo también quiero moverme un poco, romper la monotonía…

Fue decirme eso y sentirme hundido. Romper la monotonía es tanto como decir romper el tedio.

—No —le dije—, no te hablo de días, te hablo de un año como poco; necesito estar solo.

—¿Para qué? —la pregunta se me clavó como un dardo.

—Para escribir y pensar; ya es hora de que me ponga en serio; cuando no es por una cosa es por otra, el caso es que no puedo trabajar, no tengo tiempo ni sosiego; necesito estar solo, cariño, lo necesito, créeme.

—No, si yo te creo; de lo que no estoy tan segura es de que tanta soledad te sirva para algo, para escribir y pensar, como dices… Pero bueno, tú sabrás.

Cómo que yo sabré. Esperaba que me dijera que dónde iba, que la llevara conmigo, que un año separados, y lo único que se le ocurre es decirme que yo sabré.

No sé si será bueno o malo. Aunque parezca mentira, mis neuras y obsesiones me las paso solo, sin recurrir a psicólogos ni psiquiatras, tampoco a los libros de autoayuda, aunque, en honor a la verdad, el hombro de Marcela me sirve de apoyo y es en ella en quien vierto mis dudas, que son muchas. El caso es que me dijo ‘Tú sabrás’ y me quedé callado y serio; compungido, dijo ella, me cogió la cara con las manos, me acarició, me presionó las mejillas, me besó, me susurró: ‘Está bien, vete’. Pero me dio quince días: ‘Seguro que antes me llamas’, y siguió hablándome; me advirtió: ‘Tú sabrás lo que haces, porque la soledad es muy mala consejera y yo no he nacido para estar sola; puede que vuelvas y ya no esté’.

Que vuelvas y ya no esté. Eso me dijo. La llamo todos los días; al fijo, nada de móvil; con el móvil ya se sabe; mejor dicho, se sabe poco, y no me constaría que estuviera en casa. Que la llame al móvil y me responda no quiere decir que no se haya ido. La llamo todos los días, no una sola vez sino tres o cuatro ¡Hasta cinco! Calculo la hora en la que seguro tiene que contestarme, estar en casa como de costumbre; y no me coge el teléfono, y me entran las dudas, y me consumo porque no sé si no quiere cogerlo o es verdad lo que me cuenta. Porque Marcela, tan hogareña, tan ocupada con sus lecturas, su cocina, las series de televisión, me dice que ha salido de compras, al cine, a tomar algo con las amigas, a casa de su hermana, al teatro. ‘No sabes el agobio; me falta el tiempo’, me dice. Luego me pregunta (no la veo, pero capto el retintín) qué tal llevo la novela, si paseo mucho. Pero, ¿cómo voy a empezar la novela si me tiene todo el día pendiente de ella? Eso no se lo digo, pero lo pienso.

El caso es que no sé qué hacer; mira que si le da por venir. No arranco. No doy con el tono ni con el tema. Tampoco con los personajes. Nada de nada. Me dirá: ‘Entonces no es mía la culpa, ni de la casa, ni de la ciudad’. Eso es lo que más me martiriza, que no comprenda que no es tan fácil, que se tienen que dar las condiciones, que no siempre se consiguen. Sobre todo si te hacen luz de gas, como ella me hace, a veces, pienso, con su punto de perversidad. La llamo y me dice: ‘¿A que no sabes con quién me he encontrado?’. ‘¿Con quién?’, le pregunto con toda la inocencia. ‘Con Antonio Silva’, me contesta y me caigo para atrás o me falta poco. Antonio Silva es un antiguo novio suyo, también amigo mío, o eso creo. ‘¿Cómo está?’, le pregunto. ‘Bien; un poco taciturno y triste lo he visto; se acaba de divorciar’. Se acaba de divorciar, se acaba de divorciar; no puedo evitar pensar: ella sola, yo lejos, y Antonio Silva recién divorciado. ‘Cuánto lo siento’, miento con retranca. Es cuando me clava la puntilla. Me dice: ‘Mañana no me llames hasta la noche; me ha invitado a comer; así me cuenta lo del divorcio’. ¿Quién escribe con esta zozobra? Salgo a pasear y miro el móvil cincuenta veces: la pantalla en blanco. Hay días que me manda por whatsapp un vídeo con las amigas. No sé, pero me parece que se traen una guasa…

Pasan los días y no escribo ni una línea. A Marcela le digo que llevo escritas unas cuarenta páginas, que me habría cundido más si no me viera obligado a volver atrás para ensamblar bien la historia, que todo va bien, que estoy contento con mi trabajo. ‘¿Vas a venir?’, le pregunto y me dice que no, que es mejor que no me distraiga, ‘No sea que pierdas el hilo ahora que vas tan lanzado’. ‘Sí, claro’, digo sin convicción. ‘De seguir así, antes del año estará listo el manuscrito’.

Va para tres meses. El invierno se recrudece. Los días son cortos y oscuros. Me molesta la lluvia y me cuesta calentar la casa. Hay leña de sobra, pero tengo que acarrear al menos cuatro capazos llenos de troncos. Si me quiero conectar a Internet para consultar o bajar algo, tengo que ir a la Biblioteca y aprovechar el wifi. Al principio era algo remiso, por no perder el tiempo. Me limitaba a bajar a por el periódico, a tomar un café y a hacer una compra rápida. Pero pasados unos días acabas por relacionarte. Alguien se te junta a pegar la hebra, te invita y tú lo haces al día siguiente; se va fraguando la relación y algo así como un conato de amistad. Otro día te quedas a comer y compartes mesa con alguien a quien conoces de vista. Sabe quién eres y dónde paras. No tienes más remedio que decir qué haces, por qué estás allí, al fin y al cabo es lo más creíble y además es la verdad, salvo que no has escrito ni una línea.

La Biblioteca está atendida por tres personas: Esther, la bibliotecaria, y dos ayudantes, un chico y una chica. Al principio apenas conversas. Lo justo: hacerte el carnet, preguntar los horarios —una redundancia porque hay carteles por todas partes—, los plazos de los préstamos. Esther te dice que la norma son veinte días prorrogables, pero que tampoco son muy estrictos. Aunque no leas te llevas un par de libros: una novela y un ensayo, te dices que por no desentonar. Vuelves al día siguiente, y al otro, así todos los días, te haces asiduo; miras Internet como quien mira las musarañas, no buscas las informaciones que apuntas para con ellas ilustrar tu mal pergeñada novela; vas donde la bibliotecaria, le preguntas, consulta las fichas: ‘Pronto lo tendremos todo informatizado, pero aún andamos con así’, te dice a modo de excusa. ‘Mejor, más seguro’, le dices sin asombrarte de tu cinismo; en realidad buscas acaparar su atención, conseguir su complicidad. Como anillo al dedo acaba de llegar el ayudante. Unas calles más abajo hay un café de estilo antiguo, con mesas de mármol y pinturas en las paredes, una exposición permanente de artistas locales, sin música estridente, lo más adecuado para una bibliotecaria y un escritor. La invitarás, le dirás que escribes, que precisamente has buscado ese retiro para hacerlo más a gusto, sin que nada te distraiga. No caes en la cuenta de que no llevas nada escrito ni de que hasta ahora sólo has publicado una novela poco leída, premio local, editada por una caja de ahorros. Como si nada, piensas que, pasados los días, los cafés y alguna comida, Esther, picada por la curiosidad, quizá por el afán de conocerte mejor, te pedirá que le enseñes el manuscrito, y, claro, le dirás que no, que ahora no, cuando el borrador esté terminado, que estarás muy agradecido de que sea tu primera lectora. Pero ahora se trata de ir al café y llevas demasiado tiempo allí delante sin decir nada, como pasmado. Es cuando oyes que la bibliotecaria te dice: ‘Voy a tomar algo; si quiere me acompaña; le invito’.

Falta poco para que se cumpla el año. Marcela apenas me llama; yo, una vez a la semana. Me dice que apenas tiene tiempo libre: las amigas, su hermana, el taichí, pilates, yoga, natación, baile; el coro en el que luce sus dotes de soprano, el teatro, las presentaciones: ‘No te puedes hacer ni idea de lo que publica la gente’, me dice con mucha retranca y mala uva. No me pregunta por mi novela, si escribo o no escribo; tampoco se interesa por mi vuelta.

No he comenzado la novela. Paseo, leo poco, voy mucho al pueblo, me reúno con la bibliotecaria y otros amigos. Nos juntamos a cenar de vez en cuando. Algún fin de semana vamos a la capital. Hay noches que se queda a dormir. Mañana iré a pagar la casa. Le diré a la casera que me prorrogue el alquiler por un año más.

EL aire que rompe la niebla, de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Isabel FernándezMe está costando leer este poemario de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós, no por difícil u oscuro, Dios me libre, sino porque me conmueve demasiado su yo poético ¿Por qué? Porque veo en él un ajuste de cuentas con la vida: el deseo, la decepción, la rabia, la conformidad, las penas y los miedos se expresan con un lenguaje selecto en el que no tienen sitio la imprecación y la estridencia, donde el yo se manifiesta en un decir sereno que no levanta rechazo alguno para germinar bien dentro.

Al enfrentarme a esta obra, me he asomado, he metido la punta del pie, la mano, he titubeado, hasta que me he tirado de cabeza, que es la forma de entrar de lleno y con todo. He andado por las cuatro partes que nos propone, por esos sentimientos nombrados, por esos recuerdos de infancia y adolescencia mirados desde esa madurez a la que aspiramos y tanto cuesta llegar, a la que conversa consigo misma con honestidad y sin concesiones.

Como ejemplo me permito reproducir este y solo este poema; del resto, queridos lectores, os debéis hacer cargo. Y me permito decir que no os pesará; o sí a quien persista en el engaño de quien se niega a crecer.

 

Mis besos tardíos

alientan el agua enmudecida de tu boca

Silencio en la estación de los abrazos.

Extravío.

Última ofrenda de mi amor crepúsculo.

Y después, humo.

Solo humo.

 

Y termino. Para mí, esta es una obra de plenitud: Isabel Fernández Bernaldo de Quirós nos entrega su mejor y más depurada poesía, toda ella sensibilidad, hondura y verdad poéticas.

 

Sobre el libro: El aire que rompe la niebla, Ediciones Vitruvio, Madrid (2020)