Fui yo

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Henry Moore, aguafuerte. Pinterest

Ahora quería recordarle aquellas palabras y lo acertaba que estaba, pero intuyó que la Fina con quien compartía empanada y vino estaba muy lejos del servicio y sus contingencias.

—¿Por qué me has llamado? —le preguntó sin que la cuestión sonara inquisitiva.

—Muy sencillo, Luisa —contestó—. Porque tenía ganas de verte; simplemente por eso; también para mostrarte que también hay otra vida; no como la de tus padres, tú y yo somos de otra pasta, además estamos solas; pero hay otra vida.

—¿Cuándo esta ya está gastada?

—Sí, cuando esa ya está gastada. No saber lo que la vida te puede dar si tienes salud y un poco de dinero; y si mantienes un control razonable sobre tu cabeza.

—Y hombres… ¿Algún hombre?

—Pues claro, siempre lo hubo.

—¿Nunca te presionaron?

—Con este no pudieron. Era solo; no tenía familia, ni hijos ni mujer. Siempre estuvo lejos, embarcado… Y ahora los dos…

—Ahora sois dos jubilados felices.

—En cierto modo sí. Pero no convivimos; es tal la costumbre de estar solo; cada uno en su casa, como solemos decir, pero hay tiempo para estar juntos, incluso para el amor.

Se habían acostumbrado tanto a la mentira que Luisa no acababa de convencerse de que no hubiera una intención secreta en el encuentro, algo que tratar fuera del Centro, fuera de Madrid, lejos de los curiosos, que Fina tenía la misión de comunicarle algo, advertirle de algo… Era difícil imaginar, al menos así lo pensaba, que la hubiera llamado por el simple placer de verse. Acabó el vino y Fina la sirvió de nuevo.

—Volvamos fuera si quieres, por dar un paseo, el día no es frío del todo —dijo Fina.

Luisa accedió complacida. Ciertamente se estaba bien en aquel lugar solitario, donde prevalecía el orden del bosque, debidamente modificado para el solaz humano. Remontaron unos metros el empinado camino hasta desembocar en una bifurcación donde cruzaba una pista, más o menos horizontal, que seguía la falda del monte, una pista para el acceso de camiones y máquinas a la gran plantación de eucaliptos. Los marcos y la altura de los árboles denotaban la sucesión de las cortas y los límites de cada parcela. Fina leía con facilidad el lenguaje del bosque: dónde se acostaba un corzo, por dónde bajaba el jabalí. Del pináculo de un poste alzó el vuelo, majestuosa, un águila culebrera sin que pareciera importarle demasiado la presencia de las dos mujeres. Caminaban en silencio, no hablaban, como si se lo tuvieran todo dicho.

—Fui yo —Fina lo dijo de forma desprevenida, como una ráfaga de viento frío que cortara el aire.

—¿Fuiste tú qué? —Elisa preguntó sin saber a qué atenerse.

—Fui yo, y necesitaba que lo supieras; me encargué personalmente para evitar males mayores…

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Ella no te fallará

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La cocina, Ramón Bayeu (hacia 1780) Wikimedia

—¿Esto? —Fina levantó la barbilla señalando la fachada— Esto es la ilusión de mi vida. No siempre fue así; lo que compré era pura ruina; apenas pude aprovechar los fundamentos y poco más. Al constructor —no sé si se puede hablar de restaurador— le dije más o menos lo que quería y más o menos lo que recordaba, porque me crié allá abajo, en la última aldea, y a los niños nos gustaba subir; la señora mayor nos daba frutas y caramelos, y nos dejaba jugar en los prados. Siempre me gustó. Murió la señora, la familia tardó en ponerse de acuerdo en lo que querían hacer con la casa; fíjate que le dio tiempo a caer; la casa era pura ruina. La pusieron en venta y la compré: es mi retiro.

—Nunca mejor dicho —comentó Luisa risueña y asombrada.

Porque no era para menos, ¿quién iba a imaginar que Fina, una mujer sin vida aparente, dedicada íntegramente al trabajo y a la renuncia, tuviera tamaño secreto, no de índole novelesca o peliculera sino íntimo y entrañable. Solo falta que ahora aparezca alguien a quien presente como su hijo, pensó Luisa.

—Así fue como lo pensé siempre —dijo Fina—. Cuando digo siempre me refiero a los últimos treinta y pico años, que ya viene a ser la mitad de mi vida. Me dije que haría todo lo posible por acabar aquí.

—Y lo has conseguido, vaya si lo has conseguido —replicó Luisa.

—Vamos dentro —Fina cogió a Luisa del brazo y la llevó con paso decidido hacia el portón.

En el quicio, disimulado, dentro de un cajetín, se podía ver un teclado. Fina introdujo la llave, marcó un código, se oyó un clic, el mecanismo permitió el giro de la llave y la puerta se abrió.

La luz, de suyo filtrada y absorbida por árboles y prados, pasaba por el tamiz de encaje de los visillos de modo que sugería un espacio suspendido e irreal. Se veía todo nuevo: tratado o renovado: piedra, hierro y madera. Se irrumpía de golpe en el corazón de la casa, a una sala diáfana que hacía las veces de cocina, comedor y salón, todo ello seguido de izquierda a derecha

—Estarás en la gloria —dijo Luisa, que no paraba de mirar de un lado a otro.

La cocina, haciendo isla, los fregaderos bajo una ventana, potas y sartenes a la vista, unas en vasares, las otras colgadas al estilo antiguo. A la derecha una mesa amplia y consistente rodeada de sillas. Más a la derecha, a un nivel ligeramente más bajo, una mesa grande de comedor y en las paredes armarios y aparadores, y al fondo, un conjunto de tres sofás, un par de sillones, librerías y un televisor. En la pared de la izquierda, un robusto hogar con algunos troncos encendidos; al fondo, una escalera de hierro y madera conducía a la planta superior.

—No me quejo —contestó Fina.

—¿Y todo esto para ti sola? —preguntó Luisa con intención. Se había quitado la ropa de abrigo y sentado al amor de la lumbre.

—Alguien habrá encendido —observó Fina con picardía—, pero sí, básicamente para mí sola, lo que no quita para que una se relacione —sorprendió una cierta incomodidad en Luisa—; no, no te preocupes, no te meteré en sociedad: tú y yo solas.

Fina se levantó y fue hacia la cocina, ‘No te muevas’, dijo, pero Luisa se levantó y la siguió. Sobre la encimera de mármol gris oscuro y azulado con vetas blancas había una tabla cubierta por un paño, bajo la tabla se adivinaba la existencia de algo pleno, y panzudo por el centro. Fina retiró el paño y apareció una empanada circular. El suculento aroma se dejó notar.

—Bueno, nos sentamos aquí y charlamos un rato, luego comemos. Ya verás, te vas a chupar los dedos—. Cortó un trozo de empanada y lo dividió en otros más pequeños que puso en un plato blanco con bordes azulados. Cogió dos copas y sacó de la nevera una botella de vino blanco pálido y fresco.

La verdad es que Luisa no salía de su asombro. Fina se había jubilado, se había despedido discretamente —en el departamento no era la amistad lo que mejor se cultivaba—, se había ido en todos los sentidos, lo cual se interpretó como una desaparición. Antes de irse, aparte, se reunió con Luisa en un lugar convenido y le dijo que la había recomendado para que ocupara su puesto: ‘Siempre me he fiado de ti’, le dijo, ‘lo cual es comprensible debido a nuestra antigua amistad y a la competencia que has demostrado; tú, en caso de que ocurra lo que creo que ocurrirá, tendrás que pelear con los celos y resentimientos de quienes aspiran al puesto; eso lo desmontarás con tiempo y paciencia, la gente se cansa; aunque recuerda aquel asunto, ya sabes cómo se las gastan algunos. Quien no te fallará será Eugenia; bastante le hicimos cuando la pusimos a prueba, y ahí sigue; de los demás no te fíes, pero dales cuerda, sólo así saldrás adelante’.

Una extraña invitación

 

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Paisaje, Paul Cezanne, 1870

Miró el vaso y la botella, la tomó y rellenó el recipiente con una ración generosa. Pensó, una vez más, en la alegría sorda y desvaída que trae beber a solas. Volvió a mirar hacia el teléfono, una llamada, un rato de compañía, un par de billetes, y vuelta a la soledad. Ahora que tenía una responsabilidad más alta, se permitía andar al borde de la prudencia como última válvula de escape. Pensó que a su padre no se le había exigido tanto: había formado una familia, criado a sus hijos. Comprendía que para su madre no había sido fácil, recordaba la palidez y el ligero temblor, cuando a altas horas de la noche, sonaba el teléfono y el padre no había regresado. Pero la vida se iba llevando y el padre no tuvo que renunciar a nada. Encendió un cigarrillo y dio un trago largo mientras pensaba en el sinsentido y la infelicidad, en si el precio a pagar no era demasiado alto. Acabó el contenido y añadió un chorrito más, miró al techo y soltó una carcajada. Fina, la muy canalla, una vez jubilada, desapareció ¿Por qué tuvo que mostrarse? ¿Por qué removerlo todo?

Pasado un tiempo, Luisa recibió, por carta, una extraña invitación. Fina le mandó un pasaje de avión y la reserva a su nombre en un afamado hotel ¿Cómo había averiguado que dispondría de algo de libertad en aquellos días? No lo llegó a saber; tampoco se lo preguntó. El caso es que siguió al pie de la letra las instrucciones y, cuando estaba deshaciendo la maleta y colocando sus cosas, recibió una llamada. Era Fina, que le dijo que la esperaba en el salón.
Cuando la vio, apenas la reconoció. Estaba rejuvenecida y había cambiado la ropa severa del trabajo por otra más informal. Se saludaron efusivamente, tomaron un café, y Fina la invitó a salir.
—¿Sin acabar de deshacer la maleta? —Luisa hacía honor a su sentido del orden.
—Ya lo harás —contestó Fina —; ahora nos vamos.
El día se mostraba espléndido y la bahía lucía una luz alegre de invierno. Cerca había un coche aparcado, un todoterreno. Subieron y salieron de la ciudad. Fina condujo bordeando la costa hasta que, llegados a un punto, enfiló hacia el interior. Tomaba carreteras y pistas que tiraban hacia arriba. Pasaban bajo túneles vegetales que formaban los altos robles, castaños, salgueiros, nogales y eucaliptos. Cuando Luisa pensó que estaban en medio de la nada, después de ascender por una pista irregular, surcada y desgastada por los regueros, surgió a su izquierda una casa toda de piedra y madera, rodeada de prados y manzanos, con un lavadero adosado a la pared que traslucía las vetas blancas, azules y oro viejo de la piedra, bajo un lecho de agua cristalina, donde se dejaba oír el resbalar de una película de agua. Para contemplar la magnífica fachada principal, orientada al sur, había que sentarse en el centro de una explanada de césped cuidado y recién cortado, para así descubrir la balconada corrida de hierro forjado, el acristalado del mirador, a dos bandas, sur y poniente, la puerta enmarcada por dintel y pilares de piedra, claveteada, y con un imponente llamador de bronce bruñido. Luisa no salía de su asombro: tan pronto reía como abría la boca y los ojos sin ninguna contención.
—¿Y esto? —acertó a preguntar.

Precauciones

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—Verás —dijo Fina—. Contamos con una persona infiltrada, pero no es agente ni nada que se lo parezca, así que habrá que confiar en ella lo justo. Parece convencida, pero el miedo le puede jugar una mala pasada. Tú entrarás en la casa como asistenta para diversos cometidos, fundamentalmente trabajos en el hogar. Te crearemos un perfil de mujer casada que ayuda con su trabajo a pagar el piso y a correr con otros gastos ¿Qué tal se te da la limpieza? ¿Y la cocina?

—Mujer, de todo eso aprendí de pequeña y algo sé; creo que me apañaré.

—Claro que te tendrás que apañar; y ser creíble.

 

Y la verdad es que se las compuso para ser convincente en su papel. Como estaba convenido, se presentó a pedir trabajo y no tardó en llegar a un acuerdo. La dueña de la casa le habló del continuo trasiego de personajes. Dijo que su marido proporcionaba algo así como una tapadera, pensaba que era un hombre de paja sobre quien no recaería sospecha alguna lo que lo hacía la persona conveniente para servir de correveidile, además de disponer de un lugar discreto y desconocido donde recalar. Apenas sé de lo que hablan, le dijo a Luisa la mujer de la casa. A veces, pocas, se les va la lengua delante de mí; dicen cosas muy fuertes y desagradables; por ser quienes son no me lo tomo como una baladronada o charla de sobremesa. Cuando se juntan, mi marido me indica que lo mejor es que me ausente, me dice que no es conveniente que yo esté presente ¿Qué por qué di este paso? Porque esa gente me da mucho miedo. Recordé la amistad de mi padre con… y acudí a él. Me dijo que estuviera tranquila y me lo agradeció mucho.

Cuando se reunían, Luisa entraba en el salón para servir el café y las copas. Acto seguido cerraban las puertas. La memoria fotográfica de Luisa reconstruyó ante Fina la escena completa: los asistentes, el lugar que cada uno ocupaba; pero no tuvo ocasión de asistir a sus conversaciones, ni siquiera cazar cualquier alusión, un chascarrillo. Desecharon la idea de instalar un micrófono porque el mando suponía que entre los asistentes habría alguien perteneciente o próximo a la Casa, que hiciera un doble juego o estuviera de parte de ellos.

 

—Quizá sea eso lo que explique lo que me cuentas —dijo Fina, que se levantó de la silla y caminó con pasos lentos hacia la ventana—. De todos modos, ya sabemos lo que tenemos que saber, o al menos por donde viene el golpe, que no es poco; en cualquier caso, mejor que estar a ciegas.

—¿A qué te refieres? —a Luisa se le ensombreció la expresión.

—A eso, a que alguien está haciendo doble juego y te ha descubierto.

—¿Eso quiere decir que me retiras? —preguntó Luisa con cierta ansiedad.

—Eso quiere decir que, efectivamente, lo dejas —contestó Fina—. Es evidente que te han descubierto, mejor dicho, que alguien te ha descubierto; lo que no sabemos es si se lo ha dicho a ellos o mantiene un juego a varias bandas y no tenemos ni idea de para quién trabaja; ten en cuenta que aquí hay muchos actores implicados. De lo que no cabe la menor duda es que nos quiere retirar de la escena. A la dueña de la casa le dirás que te ha salido un trabajo fijo en unos grandes almacenes y que por eso te vas, eso tiene que saber y decir; y, naturalmente, que tenga mucho cuidado y que no se exponga más.

—¿Puedo mantener contacto con ella?

—No, terminantemente, no —Fina puso su expresión más seria—. Al marcharte se asustará más si cabe; no hay que exponerla más; no nos conviene que levante la más mínima sospecha. Esperemos que su marido la quiera lo suficiente o sea tan tonto como dices.

Porque, efectivamente, Luisa decidió poner a Fina al corriente del incidente ocurrido en el parque con la niña del piloto, sin olvidar que le había advertido del pago que había que hacer por vivir lo más en paz posible.

Cuando le indicó que tenía un problema del que tenía que informarla, Fina compuso un gesto de preocupación y desaprobación. Sin decir palabra encendió un cigarrillo, se levantó del asiento, le dio la espalda y miró maquinalmente al exterior a través de la ventana. Luisa permanecía de pie y miraba la espalda de su jefa. Miraba sin ver la blusa negra de crespón, ligeramente holgada, aunque no lo suficiente para disimular la complexión fuerte de una mujer no alta pero sí de notable presencia. Por el gesto de Fina se reafirmó en la gravedad prevista, supo el serio peligro que corrían ella y la misión.

¿Qué decirle?

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Jackson Pollock, Sin título, 1950

¿Hablar con él? ¿Explicárselo? Pero, ¿qué explicar? ¿Desaparecer, hacer daño?. Si no le decía nada, la buscaría, se alarmaría, quién sabe hasta dónde podría llegar. Es posible que dijera: Se ha ido, se acabó, es una pena pero me tendré que acostumbrar a su ausencia. Pero nada es fácil, menos, tomarse las cosas de ese modo, vivirlo como el final de una aventura. Y no había sido —no era— una aventura. ¿Qué decirle?: No nos veremos más, ya no te quiero; he conocido a otro, no insistas, todo se acabó, ya lo sabes. Pero no se lo dijo porque no era verdad, aunque sabía, de eso no había duda, que la amenaza era seria, que el mensaje era para ella.

¿Quién? ¿Por qué? El por qué ya lo sabía; la suya era una profesión de riesgo, llena de enemigos, preparados y listos para hacer daño.

Con el piloto se había instalado en un oasis de paz y tranquilidad, hasta cierto punto. Se había permitido vivir el amor y se sentía más mujer, más humana; y no quería renunciar a esa parte tan importante de su vida. Pero no podía jugar con fuego, sabía que quien la avisaba no jugaba de farol. Pero, ¿quién? No ignoraba lo peligroso que era ir dejando cadáveres por el camino. Tienes la sensación de no ser descubierta, aunque la gente ata cabos, saca conclusiones. Pensó en el aviso. Era lógico, en su mundo había gente muy peligrosa, ellos mismos, y algo peor, la gente a la que pagaban para los trabajos sucios.

Y así no dejaba de pensar en el origen de la advertencia. De las misiones que había realizado, la actual, sin duda, era la más peligrosa: los presuntos implicados, como tenían demostrado, no dudaban en matar, por lo cual había que tomarse muy en serio la aparentemente inocente charla de la aparentemente inocente señora con Elena.

 

Se lo habían comunicado con solemnidad, para no quitarle importancia al asunto. La convocó Fina y la condujo al despacho del jefe principal. Además de ellas, a la reunión asistieron el mencionado jefe y un alto funcionario. En el despacho imponían la pesadez de los muebles, la severidad del papel pintado, de un verde demasiado oscuro y, por más que el jefe había intentado dar un toque personal, había elegido algunos paisajes, el despacho, con sus banderas y retratos, no había perdido el olor fúnebre del régimen predecesor. Tomó la palabra el jefe después de pedir la venia con un leve movimiento de cabeza, que fue correspondido por su superior. Le dijo, dirigiéndose a Luisa, que se podía hacer idea de la importancia de su cometido y del indiscutible peligro que iba a correr. Sabemos que hay una operación en marcha, pero sólo eso; sospechamos de algunos elementos notables, pero eso es todo: conjeturas, sospechas, nada más. Necesitamos un relato, una relación de personas, saber si hay un programa, una estrategia, unas fechas; en definitiva: saber quiénes son los actores y si tiene un plan más o menos perfilado. Fina dijo que necesitaría ayuda; Luisa no dijo ni palabra hasta que le preguntaron si se sentía capaz; dijo que sí. Dijeron que no se fiaban de nadie, que eran conscientes de las limitaciones, pero era imprescindible adelantarse a sus posibles intenciones. Y también abundaron en lo innecesario: Ya saben ustedes cómo funciona esto, dijo el alto funcionario, cualquier dato, esbozo, indicio, por aislado que parezca, nos vale. Los presentes miraban a Luisa con una mezcla de estupor y esperanza; era demasiado evidente que sólo contaban con aquel asidero, una mujer joven de poco más de treinta años, intuitiva y astuta, según las recomendaciones de Fina. Se desearon suerte y dijeron que Fina la pondría al corriente sobre el modus operandi.

Ya en el despacho de Fina, cerraron la puerta con todas las cautelas. No cayó en la tentación de pedir que no le pasaran llamadas para no perder la sensación de normalidad.

¿Y yo qué?

 

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“Automat”, Edward Hooper, 1927

El sentido, la deformación profesional, pusieron a Luisa en guardia.

—El asunto parece inocuo —prosiguió el piloto— pero mi mujer está obsesionada y, claro, me afecta. Te cuento. Hace unos días, Elena estaba en el parque con Julita, la pequeña, ya sabes. (Julita, la pequeña, tenía cuatro años, casi cinco, y había nacido al inicio de sus relaciones).

»Pues eso, que Julita jugaba en los columpios y Elena estaba sentada en el banco con la bicicleta, el agua y la merienda cuando una señora de mediana edad se sentó a su lado. Inició una conversación insustancial: los niños, el tiempo, en fin, nada de importancia. Se acercó Julita a beber agua y pidió la merienda. La señora hizo los cumplidos correspondientes y cuando la niña regresó a sus juegos, la señora ponderó sus virtudes: qué linda, qué vigor, qué salud; da gusto verlos así, dijo. Y añadió: Cuídela bien, que no se le malogre; los niños están muy expuestos; no deje que le ocurra nada, sería una lástima y usted y su marido no se lo perdonarían nunca. Piense en lo que le digo. Y dicho esto, se fue. Naturalmente, Elena, nada más llegar yo de Milán, me lo refirió. Se lo noté nada más llegar: no es mujer que oculte sus preocupaciones. No para de preguntarse a qué venía eso. Y en todo caso es de muy mal gusto hablar así a una madre, me dijo. Eso es lo que me ocurre: Elena me ha pegado su inquietud y ahora no paro de pensar en ello ¿Cómo lo ves?

Luisa, al ser interpelada, se vio obligada a dar una respuesta. Además quería y necesitaba tranquilizarlo, pero no se engañaba, el objetivo era ella y hasta donde pudiera indagaría de dónde podía venir la amenaza.

No cabía duda de que alguien la había vigilado, alguien conocía su relación, sus andanzas, y, en el mejor de los casos quería mandarle una advertencia. El asunto era saber si era fuego contrario o fuego amigo; si se trataba de un aviso o una amenaza, en cualquier caso tuvo meridianamente claro que su relación con el piloto sería perjudicial para él, que en todo caso tenía que acabar esa relación, sufrir y hacer daño, desaparecer sin dar explicaciones. Maldita la vida que había elegido pero no tenía otra cosa.

¿Me puedo fiar de Fina?, pensó. Habrá que arriesgarse.

Al piloto le dijo que en principio no le diera demasiada importancia. Hay mucha gente muy loca y entrometida; posiblemente esa señora es de las que ven demasiada televisión y sólo miran el lado malo de la vida. Hay mucha gente así. Tú llevas una vida muy particular, pero si vieras el marujeo que nos traemos con eso de los potingues… Yo no me preocuparía, y tranquiliza a Elena, mi rival, pero esa es otra historia, dijo sonriendo y abrazándolo con intención de animarlo.

Salió Luisa antes y él se quedó en el hotel. Anduvo sin rumbo y descuidada, despreciando el peligro y facilitando el trabajo a sus vigilantes. Buscó un bar tranquilo, donde al menos estuviera libre de miradas, y pidió una copa sin importarle la hora y lo poco usual; en cierto modo quería llamar la atención, comunicar a su vigilante, si es que alguien la seguía, que habían dado en el clavo, que se centraran en ella y se olvidaran de él. Pensó en las últimas misiones, en la que ahora trabajaba, para entender de dónde podía venir la amenaza o el aviso, en todo caso tenía que avisar a Fina para tomar medidas.

Tomaba la copa con parsimonia y pensaba en lo duro de la renuncia, en que además no podía liarse la manta a la cabeza y decirle: Mira, es por esto. Pero ya estoy harta, me voy. Me voy al otro lado del mundo, tú ven cuando quieras, donde no nos conozcan ni nos persigan, ya se cansarán. Pero eso no era posible. Todo lo tenía que resolver ella sola y mal, no se podían minimizar los daños: ella, destrozada y en la picota, y él, confuso, engañado, abandonado sin razón alguna que lo justifique. Se consoló pensando que él, al fin y al cabo, regresaría a una vida que no le era hostil, pero ¿Y yo? ¿Y yo qué?

Algo pasa

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Camille Claudel, Etude. Wikimedia Commons

Como ocurre en los hoteles, y más cuando se trata de una estancia inopinada y de emergencia, la habitación no sugería ninguna diferencia con la suya; nada se había impregnado de la presencia de una mujer. Luisa no había deshecho la maleta, había tomado lo justo y, para el aseo, se servía de los jabones y perfumes existentes en el baño, con lo cual, incluso los olores parecían los mismos. Había que ser muy despistado y poco observador para pasar por alto que Luisa se había soltado el pelo y dejaba caer sobre los hombros una hermosa melena que delineaba el óvalo de su rostro; además, con el aire que da la intimidad de la pieza, se había quitado la chaqueta y lucía una blusa blanca a la que había desabrochado el botón del escote justo para dejar al descubierto el nacimiento de los senos.

Naturalmente, los cambios operados no pasaron desapercibidos al piloto. No te precipites, se dijo, pero tampoco te demores demasiado.

—¿Whisky o cambiamos de bebida? —preguntó Luisa.

—Whisky… ¿para qué cambiar? —dijo él.

Luisa sacó unos vasos, hielo y un par de botellines. Puso los vasos sobre la mesa, el hielo en el centro, y destapó los recipientes con intención de servir el licor. A propósito se agachó ostentosamente y el piloto no tuvo reparo en asomarse a su escote. Brindaron de nuevo.

Fue Luisa quien, en un rapto de audacia, le dijo que no era necesario que pasara calor, que se quitara la chaqueta, y lo ayudó. Se acercó frente a él le desabrochó los botones, con las dos manos separó la pechera y ligeramente metió la pierna derecha entre las del hombre. Él se ahuecó para desembarazarse de la prenda, la arrojó en un vuelo de ave herida y abarcó en un apretado abrazo a la mujer que con tanta decisión había invadido su terreno. Desde ese momento las palabras se apartaron dejando sitio a los actos.

Desde entonces Luisa y el piloto compartieron días y noches en hoteles de media Europa. No podían frecuentar la casa de él por motivos obvios y en la de ella era imposible porque se lo tenían prohibido. Dijo que convivía con su madre y su tía, mujeres antiguas y demasiado estrictas.

El amor se fue haciendo sitio y Luisa disfrutaba, se sentía enamorada de nuevo, al fin y al cabo con esa relación le bastaba; hasta cierto punto tenía su aliciente vivir su vida y tener a quien amar y sentirse querida. Así estuvieron cinco años, pero como se suele decir, cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas. Fina se lo había dicho: Este trabajo es de poca satisfacción y de mucha renuncia. No importa el daño que nos puedan hacer a nosotras, contamos con ello, pero, ay, si nos embarcamos en compromisos, nos atacarán por ahí y será muy doloroso. ¿Y tú cómo te las arreglas?, le preguntó Luisa una noche de confidencias. Me limito a tener una vida privada lo más discreta posible, a no embarcarme en parejas, matrimonio, hijos… A Luisa le pareció muy dura la perspectiva, pero Fina era su tabla de salvación. El golpe había sido muy duro y aquello garantizaba un sueldo y una vida con la cabeza ocupada. Y eso, el diablo no pudo estar quieto.

Una noche, Luisa, que estaba entrenada para detectar los cambios de humor en las personas, descubrió que el piloto andaba caviloso y distraído. Le preguntó si le pasaba algo, si tenía alguna preocupación. Al principio él no quiso estropear el encuentro, pero tal era la zozobra que Luisa no tuvo más remedio que decirle:

—A ti te pasa algo; será mejor que me lo digas, a lo mejor te puedo ayudar.

—No, nada importante creo; una impresión, mi mujer…

De uniforme

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Luisa lo miró divertida, como diciendo: Ya veo por dónde vas; no sé si sabrás, piloto, que estás cogiendo mi rumbo.

—No, no me espera nadie en el sentido que creo que me pregunta. Trabajo, mucho trabajo; sólo eso.

El piloto tuvo la tentación de preguntar por el sentido que atribuía Luisa a su pregunta, pero desistió; descartó lo que sería una impertinencia.

—Cuánto lo siento —dijo—. Quiero decir que es una pena que tenga que volver a España en el vuelo de mañana, porque la acompañaría con mucho gusto si no tuviera inconveniente. Podríamos cenar, en fin, salir un rato.

Luisa se dio cuenta de que el piloto tenía un punto de timidez, que no se atrevía a dar el siguiente paso. Habrá que ayudarlo, pensó.

—En fin —lo envolvió con una mirada seductora—, es una pena porque habría aceptado con mucho gusto su compañía, pero con una condición…

—¿Cuál? —preguntó él.

—Que fuera de uniforme.

El piloto captó el énfasis, la picardía, y dijo:

—Pero eso tiene solución. Ahora mismo me cambio, me pongo el uniforme y problema resuelto.

Luisa, acostumbrada a tener paciencia, se dijo que no le quedaba más remedio que entrar por lo derecho:

—Podemos hacer una cosa —dijo casi con maldad—. Sube a su habitación y se cambia, viene a la mía —le dio el número— y le invito a una copa ¿Qué le parece?

El piloto se esforzó por ocultar el desconcierto que le producía una invitación tan directa. Cualquiera podía pensar que por fuerza tenía que ser un hombre curtido y avezado en esos asuntos por las peculiaridades de su oficio: siempre viajando y frecuentando mundos y personas. Cualquiera pensaría que había salido a tomar una copa para entablar conversación y demás. Pero ninguna de esas consideraciones sería la acertada. Simplemente no tenía sueño. La experiencia le decía que en esos casos lo mejor que podía hacer era emplear alrededor de una hora en dar un paseo o tomar una copa para llamar al cansancio. Por lo demás era un hombre felizmente casado con una esposa a la que amaba y deseaba, y dos hijos, ambos varones, preciosos y saludables. En suma, era un hombre feliz. Por eso le sorprendió el agrado de conversar con Luisa, lo mucho que lo atraía y el punzante deseo de tener una aventura con ella. Esta noche sólo, pensó, mañana como si nada, la cabeza en su sitio, nada de líos.

Dijo al camarero que le apuntara las copas y subieron a las habitaciones. No pudo evitar pensar en lo cómico de la situación: ponerse el uniforme para reunirse con una mujer. Por un momento pensó en cancelar la cita, pero el picotazo del deseo lo animó a vestirse con la mayor prestancia, con el ánimo de gustar. No se demoró demasiado y se rio interiormente porque se dio cuenta del temor a que Luisa se impacientara y eso la hiciera cambiar de idea. Pensó en lo insólito de la situación y comprobó que no tenía nada que ofrecer. Cayó en la cuenta de que en el maletín guardaba los bombones que acostumbraba llevar para su mujer y los niños, pero descartó cogerlos, ni por asomo se le ocurriría perpetrar semejante traición. Así que fue a la cita con las manos vacías porque al final sólo podía llevar unos botellines iguales a los que ella tenía en la nevera de su habitación. Llamó con los nudillos tenuemente y, pasados tres o cuatro segundos Luisa abrió la puerta.

Hoy dejo paso a Alfonso Cebrián y a su nuevo libro: “Amelia y doña Rosa…”

¿Cómo no agradecer el cariño y benevolencia de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós? Os dejo su reseña sobre AMELIA Y DOÑA ROSA

Apalabrando los días

Leer los textos de Alfonso Cebrián es un ejercicio placentero que llevo practicando desde hace años, tantos como los que él lleva compartiendo su quehacer literario en su bitácora. Tantos como el tiempo en que su timidez se resguardaba en los pseudónimos de Emma y Madame Bovary. Tantos como el tiempo en que deshizo el hechizo y dio a conocer su verdadera identidad.
https://cuentosinacabadosblog.wordpress.com/

Hace un año que Alfonso Cebrían publicó su primer libro, una excelente novela titulada “Las aguas del olvido” (Amazon me recuerda que lo adquirí el 26 de noviembre de 2017) y, para celebrar su aniversario, Alfonso nos ofrece una segunda publicación para deleite de todos nosotros: “Amelia y doña rosa, y otros relatos”. Solo quien es consciente del peso específico que tiene la calidad del “postre” que ofrece, lo oferta como enseña de su portada. Por eso el libro comienza con el despliegue de…

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Con retraso

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Una vez en la habitación no tenía sueño y le apetecía tomar una copa, no de un botellín de la nevera sino una generosa y bien servida. Bajó al bar. A esa hora estaba desierto y habría permanecido sola todo el tiempo si no hubiera aparecido un hombre de mediana edad, bien parecido, con pelo y barba con incipientes canas. El hombre vestía de manera informal, con ropas caras. Se acodó también en la barra y pidió whisky con hielo. Le sirvió el camarero y el hombre levantó el vaso con ademán de brindar con la única persona que en ese momento allí estaba. Luisa levantó el vaso y la mirada, y sonrió lo justo, aunque suficiente para que el otro se acercara y se presentara:

—Ignacio Lamas —dijo—, y en cierto modo soy el responsable de que ahora estemos aquí tomando una copa.

Luisa enarcó una ceja como preguntando: ¿Cómo? ¿Por qué?, y el hombre dijo:

—Porque soy el piloto de este trasto que nos ha traído, y algo tengo que ver con el retraso ¿Le ha causado algún contratiempo?

Luisa le contestó que no, salvo tener que hacer noche donde no tenía previsto.

El piloto manifestó su tranquilidad por no haberle causado ningún inconveniente salvo la molestia. Luisa dijo que lo que pudiera tener de molestia quedaba compensado con la novedad sorprendente de tomar una copa en un bar de hotel, a esas horas y en Francia.

Luisa no había dicho su nombre y el piloto quiso saberlo.

Lo de Luisa es comprensible. La naturaleza de su trabajo le exigía ser discreta. Pero en su fuero interno algo le pedía un punto de rebeldía. Le ocurría cuando alguien le caía bien o le gustaba, y era lo que estaba ocurriendo. La tapadera estaba bien definida: ella era Teresa Ortiz, socia con una amiga de una tienda de productos de belleza y cosmética, nada complicado y comprobable. Luisa, por sus conocimientos de idiomas, viajaba para tratar con proveedores, asistir a ferias, trabajar para el negocio.

—Ah, perdone si no me he presentado: Teresa Ortiz, artículos de belleza —se presentó y le tendió la mano.

El piloto se la estrechó con la energía suficiente para infundir el calor y la suavidad necesaria y no dar la sensación de fuerza.

Se hizo un breve silencio que cada cual aprovechó para tomar un sorbo; y fue Luisa, predispuesta a dominar situaciones, la que preguntó:

—¿Y qué le pasaba al avión? ¿Me lo puede decir?

La sonrisa que puso fue de las que vienen a expresar: Dilo, no me lo puedes negar.

—No, nada, en realidad nada que no se pueda resolver; pero había que salir con plena seguridad, sobre todo porque cualquier alarma, por leve que sea, nos dice que algo está fallando, o lo que es peor, puede fallar en cualquier momento, porque una incidencia pequeña a la que no damos importancia puede ocultar otra mayor. Por ejemplo: que no luzca un piloto no quiere decir que falle el elemento al que está asociado, pero es preciso que luzca: en la cabina hay disponer de toda la información; pues bien, el piloto que indica que estás al habla con la torre de control no lucía, aunque nos poníamos al habla ¿Y si se estaba gestando una avería mayor? Por alta temperatura, por ejemplo.

Se lo veía contento con la pregunta; eso le daba pie para conversar con Luisa, que para él era Teresa, a la que había valorado como una mujer muy atractiva, que se refugiaba en un aspecto neutro, por su cara limpia —y eso que comerciaba con productos de belleza—, el cabello estirado y cogido atrás en cola de caballo, el traje sastre oscuro, no ceñido sino suficientemente holgado para no marcar las curvas y ganar elegancia. Hay que decir que Luisa no negociaba con su aspecto: no consentía en disfrazarse.

—Entonces, ¿nos hemos retrasado más de dos horas por una lucecita? —dijo ella tratando de remarcar algo de frivolidad femenina.

—No, no, no era una lucecita —dijo el piloto con una sonrisa—, era algo más, nada importante, es verdad, una cablecito, una conexión, pero había que estar seguro.

Luisa se sentía cómoda con él y consideró que había que avanzar un paso en el agrado y la confianza. Mañana será otro día, se dijo, al fin y al cabo todo está un poco salido de la norma. Siguió sonriendo, bebió, sacó cigarrillos del bolso, le ofreció, fumaron, no sin antes sacar él un mechero del bolsillo y disculparse por no haber caído en la cuenta. Le dijo:

—Qué bien, así me siento segura ¿Sabe que de jovencita soñaba con salir con un piloto? Con el uniforme, para mí los pilotos iban siempre de uniforme; y esa seguridad y pericia para manejar un aparato tan grande y majestuoso; y los pasajeros protegidos por él…

—Y al final, ¿no hubo piloto? —el piloto acepta el tanteo y Luisa se da cuenta de que se ha percatado del lance. Lanza un pestañeo seguido de una caída de ojos y esboza una sonrisa.

—No, no hubo piloto; también se me pasó aquel sueño juvenil, pero cuando una es casi una niña, ya sabe, tonterías…

—¿Y la espera alguien en París? —el piloto había decidido llevar la iniciativa.